Hay un cráneo
humano en el fondo de la fosa. Tiene un tiro de gracia en el parietal
izquierdo. Está inmóvil, con la quietud de cadáver viejo. Imagino la emoción de
Asun, rodilla en tierra, cuando pasa la brocha por encima, quita la última capa
de tierra amarilla y lo ve aparecer…
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Origen de la imagen: Fosa de Puerto Real(Cádiz) / Relatoras Producciones / @RelatorasProd |
…imagino el
alarido de angustia escapando por ese orificio de bala después de ochenta y un
años atrapado. El alivio de una claustrofobia de tumba terrosa que oprime el
alma. Soy capaz de sentir el aire fresco que le inunda después de lustros de
putrefacción. Me
hace feliz imaginar la explosión de
libertad y la gratitud a raudales que fluye del orificio. Imagino el cuerpo
hablando y riendo a borbotones a través de él. Y comprendo muy bien cómo el hueso
muerto agradece las caricias que le ofrece Asun, aunque sean roces con una
brocha. Podría ser el abuelo de su madre, por eso hay una lágrima viva que se
le escapa a la joven y humedece el cráneo seco de tanto esperar. El de Asun es
el primer gesto humano que recibe el muerto después del brutal disparo asesino…
…el asesino. Es
lo primero que veo cuando me enseñan la foto. Me habría gustado empatizar con
la víctima desde el principio, pero no ocurre así. Lo primero que imagino es al
criminal fascista sintiendo un placer reptiliano con la detonación del disparo recorriendo
su cuerpo; y, cerrando el éxtasis de placer animal, lo imagino oyendo el
impacto seco del proyectil perforando la cabeza. Rojo maricón de mierda, ríete ahora…
¿Quién coño
disparó? ¿Quién? Me gustaría ver su cara porcina para odiarlo más, pero no es
eso lo que debo sentir. Y
hago un esfuerzo para pasar página porque hay que pensar diferente si queremos
superar la diferencia. El problema es
que sabemos quiénes dispararon. Sabemos incluso sus nombres… pero callamos por
respeto a los hijos de los hijos de los criminales. Ya no estamos en ese tempo. Callamos porque lo que buscamos
no es venganza, buscamos liberar a esos hombres de la tumba de cal y zahorra, y
recuperar para ellos la dignidad que le
arrancaron. Ha pasado mucho tiempo y lo que nos mueve, aunque se nos revuelvan
las entrañas, es Perdonar lo imperdonable
(1)
Hay otros cuerpos
junto al cráneo de Asun. Sus compañeros en la tierra húmeda están tirados en la
misma fosa común, y sus restos hablan, aunque sigan inmóviles y callados. Cada
hueso es un receptor de las injusticias que recibieron. Cada fragmento explica,
en cada uno de sus detalles, los dardos
de odios disparados en vida. Cada cuerpo es un emisor de la culpa que otros no
pagaron, por eso los asesinos y sus herederos ideológicos, y los que entienden
a los asesinos, y los tibios, y los defensores de la equidistancia (todos cometieron crímenes horrendos) no
los quieren fuera de la tumba; los prefieren tapados y olvidados en las cunetas.
Les aterra las cuencas vacías y el dedo descarnado que les apunta desde la fosa
abierta. Por eso dicen que hay que dejar a los muertos en paz… porque no podrían
sostener su mirada hueca.
Hemos sacamos de
la tumba a los tres primeros. Bajaron a la fosa los técnicos y el forense, para
estar junto a los restos. Los demás, familiares y amigos, arriba, rodeando la
fosa. Todos en silencio, que hasta se percibía la caricia de la brocha
perfilando cada hueso antes de extraerlo de su lecho. Hablábamos en susurros… estamos viviendo una realidad que no existía,
decía Paco. Al padre de Paco se lo llevaron y lo asesinaron contra la pared del
cementerio, justo ahí detrás, a diez metros. Y aún nadie sabe por qué. Tengo ganas de llorar, jolines, me dice Ana. Al abuelo de Ana lo trajeron ya muerto del Penal… no era político, ni militar
republicano, ni sindicalista, ni nada. El abuelo de Ana vendía espárragos y
tagarninas en el Puerto de Santa María, mientras en Pruna (Sevilla) su difunta
madre dejó alquilado un caserón a unos masones… por eso mataron al abuelo de
Ana, porque su madre alquiló una casa a unos masones. Y por eso Ana tenía las
lágrimas a flor de piel
esa mañana…
…pero esos
cuerpos no sólo hablan a los familiares directos como Ana o Paco. Ni sólo susurran a los que expurgan la tierra. Ni sólo emocionan a
los que se asocian para sacarlos. Esos cuerpos ni siquiera pertenecen a los que
pagan los gastos… los huesos que hoy liberamos pertenecen a la historia de este
país, y de nada sirve mantener sus historias en un cajón a la espera de
oportunidades mejores. Las cuencas vacías tienen derecho a mirarnos a todos, tristes,
pero altivas. Hoy. Ya. Sin esperar a mañana.
Sí… no sólo exhumamos
a los tres primeros represaliados por el franquismo en mi pueblo. Sacamos a la
luz una esquirla del genocidio español y
comenzamos a cumplir un compromiso mil veces contraído por las víctimas
silenciadas: ¡Cuando yo muera, prométeme que
seguirás buscando a tu padre!
Hoy,
aquí, hemos comenzado a cumplir la
promesa.
(1) Perdonar
lo imperdonable -Claudia Palacios- es una crónica de la reconciliación colombiana
después del largo conflicto armado.
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