lunes, 6 de julio de 2020

El puzle de la Memoria o cómo encajan las cosas



El documento está fechado el 29 de diciembre de 1936 y es la citación para declarar ante un juez militar. La declarante tenía que presentarse a las tres de la tarde del día 3 de enero de 1937 en el Cuartel de las Milicias Cívicas de San Fernando. Se referían a Pepa La Mayito y la calificaban como mujer de vida airada que vivía en la calle Jardinillo nº 20. El papel no decía nada más y me pareció que el asunto que se dirimía tendría que ver con la moralidad pública, puesto que las nuevas autoridades que mandaban —íntimamente imbricadas con misas y curas— eran muy miradas para las cuestiones de moral y comportamiento de los demás… mientras ellos sí podían torturar, dar palizas y asesinar a rojos, masones y maricones con total impunidad. En un principio no le encontré mucho interés al documento, pero tomé nota y lo guardé. En ese momento tampoco preste atención —porque no lo conocía— al capitán de infantería de Marina, don Manuel Fernández Fecho, en funciones de juez del Cuartel de Milicias Cívicas de San Fernando.

Junio de 2020. Aída en la fosa común del franquismo del cementerio de San Fernando. Excava y exhuma AMEDE.

Así que el documento en cuestión durmió archivado cuatro años en algún rincón de la nube digital. Durante ese tiempo no encontré ocasión de usarlo en la elaboración de “República, alzamiento y represión en San Fernando” …hasta que confluyeron un par de asuntos sin relación entre sí y encajaron las cosas. Me lo contó Aída desde el fondo de la fosa común que AMEDE sigue excavando en el cementerio de San Fernando —ya llevan 109 cuerpos de represaliados exhumados—… por un momento la joven arqueóloga dejo de limpiar los restos que estaban aflorando y se giró para decirme que su abuela por fin le había contado algunas cosas de Rafael Leonisio Mata, su padre, bisabuelo de Aída.

Leonisio era en 1936 un sindicalista significado. Frecuentaba la sede de su sindicato, ubicado en la calle Real, frente a la Iglesia de San Francisco de donde era párroco el ínclito don Recaredo García Sabater, un reconocido fascista —reconocido por él mismo, en sus propias palabras— y admirador del Duce Benito Mussolini. Don Recaredo era, además, un entusiasta colaborador con la sublevación iniciada el 18 de julio de 1936. Los compañeros de Leonisio le avisaron para que se escondiera o se marchara de la ciudad porque, después de asaltar los falangistas y militares las sedes de partidos de izquierda, sindicatos y logias masónicas, iban a por él. Por eso estuvo escondido varios meses en la casa de su madre, detrás de un armario como si de una trinchera infinita se tratara. Finalmente, un chivatazo sirvió para que los falangistas lo detuvieran, le hicieran tomar tres veces un vaso de aceite de ricino —no es la primera vez que tenemos constancia de ese tipo de tortura: tres detenciones; tres visitas al cuartel de Falange; tres vasos de purgante y tres puestas en libertad con los intestinos vaciándose de forma incontrolada mientras la víctima corre a su casa, humillada y señalada para los restos—. La cuarta vez que lo detuvieron fue la definitiva. Encerraron a Leonisio en la cárcel municipal o en el Penal de la Casería de Ossio, a esperar lo que tuviera que ser.

La única forma de sacarle de la cárcel, y de una probable saca y paseo camino del muro del cementerio, era conseguir avales a favor del detenido procedentes de personas de orden y recta moral, es decir, personas políticamente de derechas, que hubieran demostrado resistencia durante la II República, colaboración discreta en la preparación del golpe militar y/o adhesión inmediata al Glorioso Movimiento Nacional. Y en esa tarea puso todo su empeño la madre de don Rafael Leonisio, la vida de su hijo iba en ello. Y lo debió hacer muy bien porque gracias a los avales que consiguió, su hijo salió de la cárcel y evitó ser sometido a consejo de guerra como lo fueron muchos de sus compañeros sindicalistas (otros tantos fueron asesinados directamente). No era fácil conseguir esos avales porque el avalista se arriesgaba a verse señalado como amigo de rojos, y tal cosa no era nada conveniente en esos tiempos. Otras personas apresadas injustamente en San Fernando —como el concejal don Emilio Armengod Molina o el maestro y pastor evangélico don Miguel Blanco Ferrer— lo intentaron todo desesperadamente, sus familiares se movilizaron por toda la ciudad, suplicaron una y otra vez a sus supuestas amistades o conocidos de derechas y no consiguieron que nadie moviera un solo dedo por ellos: ambos acabaron asesinados sin saber qué habían hecho mal.

Sin embargo, la madre de don Rafael Leonisio Mata no cejó en el empeño consiguió tres avales para que soltaran a su hijo. Es decir, tres personas de orden y recta moral pusieron su firma en un papel para que el hijo de La Mayito saliera de la cárcel. Personas muy influyentes tuvieron que ser, y amigos directos de los que mandaban: los Ruiz Atauri, Olivera Manzorro e Isasi Ivison… dueños y señores de las vidas de los que podrían ser potenciales opositores al Glorioso Movimiento Nacional.

Aída, la joven arqueóloga, manchada de barro, desde el fondo de la fosa me lo contó: efectivamente, la madre de Rafael Leonisio, la mujer que se empeñó con valentía en rescatar a su hijo de los falangistas, era La Mayito… y entonces aquel documento que encontré hace cuatro años tuvo significado y la figura de la mujer cobró toda su grandeza. El juez Fernández Fecho —que, por cierto, también tiene una interesante historia que ha investigado y publicado don Jesús Campelo Gainza— quería preguntar a la mujer de vida airada dónde estaba su hijo, ese peligroso sindicalista al que había que neutralizar. Tampoco es el primer caso que nos encontramos de una madre que protege a su hijo por encima de todo, y es acusada de encubridora por el aparato represor.

Sin embargo, las carambolas de la vida son sorprendentes y no terminan aquí. Rafael Leonisio Mata salió maltrecho y enfermo de la cárcel, pero vivo, gracias a los buenos contactos que su madre tenía entre las personas de orden y recta moral. Rehizo su vida como pudo. Tuvo hijos y nietos… y ochenta y tres años más tarde, uno de esos nietos, llamado don Rafael Muñoz Leonisio —aún conserva el apellido del abuelo—, teniente de Infantería de Marina y jefe de la Policía Local de El Puerto de Santa María, durante el confinamiento provocado por la enfermedad COVID-19, fue tristemente famoso por su lamentable actividad en las redes sociales. Llamó a Fernando Simón borracho loco y majadero psicópata; llamó a la ministra María Jesús Montero hija de puta y al vicepresidente Pablo Iglesias chepafregona y comunista de mierda. No solo eso, en sus perfiles de las RRSS, el bisnieto de La Mayito, desde su posición de servidor público, difundió mensajes homófobos contra el ministro Fernando Grande-Marlaska y llamamientos para preparar un golpe de Estado contra el gobierno democrático de España al que califica como …un régimen totalitario acecha España —decía—, alcémonos y desempolvemos las hachas de guerra. Finalmente se dedicó a difundir ideas de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange… cuyos miembros fueron los criminales de camisa azul que sacaron al abuelo Leonisio de su escondite, lo torturaron repetidamente, lo humillaron y lo encarcelaron por haber sido sindicalista. La ejemplar lucha de La Mayito por salvar a su hijo, por un lado; y por otro, la podredumbre que nos muestra su bisnieto cierra un desgraciado bucle histórico.

No sé… parece que el tiempo ha pasado en balde y sin enseñanzas. Otra vez pululan sujetos como el nieto de Rafael Leonisio Mata. Gente que vuelve a admirar y a promover los valores fascistas, los mismos valores que sirvieron para justificar la tortura y asesinato de miles de españoles. Valores que ensalzan una patria única y excluyente, en la que solo caben ellos. Valores que utilizan los cauces democráticos para promover la intolerancia política, el insulto y el desprecio, la anulación del opositor, la desaparición del distinto… ni homosexuales, ni mujeres con derechos, ni emigrantes pobres. Y, sobre todo, imponiendo una moral única: la que ellos dictan.

El fascismo era y es un fracaso de la civilización cuando impregna y emponzoña la sociedad. No podemos olvidar la historia que nos ha pasado por encima por respeto a las víctimas silenciadas por el franquismo. Tampoco podemos olvidar la historia porque eso nos permitirá recordar a los criminales y a las ideologías que utilizaron para justificar sus crímenes. El fascismo del siglo XXI es heredero del anterior. Está aquí, entre la gente que camina por las aceras y en el parlamento. Vuelve a ser un ejemplo para ignorantes y para canallas.

viernes, 12 de junio de 2020

Un abrazo en la curva del cementerio



Cementerio de los soldados, cercanías del Penal de la Casería de Ossio / 2020

Nunca sabremos con seguridad el nivel de sufrimiento que provocó el fascismo del siglo XX en España. Sé que esta historia ocultada y silenciada —me refiero a la represión política y social que comienza el 18 de julio de 1936 y acaba con la muerte del general Franco— siempre será un relato inconcluso. Lo sabía cuando cerré el libro y dejé de investigar [hablo de República, alzamiento y represión en San Fernando]. Ya era suficiente por mi parte. En ese momento me parecía redundante añadir más arbitrariedades, más nombres, más injusticias. Estaban listados los muertos que causó la represión y las viudas, esas mujeres sin llanto, sufrientes de largo recorrido, que tal vez fueran más heroínas que héroes fueron sus maridos e hijos. El libro también dejaba constancia de que los hombres que tomaron el poder por la fuerza en 1936 se calificaron ellos mismos con sus propios actos. Eran actos y pensamientos que no ocultaron, todo lo contrario, los exponían con afán de ejemplaridad, porque ellos mismos estaban orgullosos de haberlos cometido; orgullosos de la historia que escribieron encantados de escribirla. Punto. Cerré el libro cansado, y con la conciencia de haber hecho lo que debía. Ahora que sigan otros… servidor ya puso un peldaño.

Pero un libro en manos de los lectores tiene vida propia. Y este libro relata precisamente lo que dos generaciones de víctimas habían callado. Habla de lo que dos generaciones de victimarios habían silenciado —me refiero a lo que silenciaron los criminales directos y sus herederos ideológicos actuales—. No es pertinente ni es decente apelar a la equidistancia entre víctimas y victimarios para buscar un consenso… simplemente porque no todos fueron iguales. Unos exterminaban con insolencia y con impunidad, otros fueron exterminados como a ratas. Unos fueron exaltados a la condición de héroes, otros fueron desposeídos de su condición humana y tirados en una fosa común, vilipendiados y olvidados. ¿Dónde puñetas ponemos la virtud equidistante? ¿En las víctimas o en sus verdugos?

Hoy me llegan retazos de lo que provoca la lectura de este libro. Son recuerdos que afloran desde lo más profundo. A veces alguien encuentra la pieza de un puzle que encaja en la vida, a veces es una lágrima que debió salir hace tiempo. Otras veces, lo que emana de las pequeñas historias, es una punzada de respeto… la historia no la hacen los personajes, sino la gente humilde y sufrida que mueve la vida hacia horizontes más nobles, más justos, más humanos. Esto decíamos al iniciar el libro…

Un secreto de familia

Mi amiga Josefina ahora comprende por qué ese hombre que se casó en segundas nupcias con su tía nunca se integró en la familia, ahora lo comprende. Lo ha reconocido en el libro. Ese hombre jamás fue aceptado porque todos en la ciudad conocían lo que había hecho: con su uniforme azul de Falange y su prepotencia, detuvo a decenas de hombres para llevarlos al cuartel de la plaza de la Iglesia. No porque fueran criminales, lo hizo porque esos vecinos suyos fueron políticos de izquierda, sindicalistas, obreros significados, masones, maestros republicanos, etc. A los más afortunados les daban una paliza, un vaso de aceite de ricino y lo paseaban desnudo por las calles mientras las víctimas evacuaban los intestinos a la vista de todos, para humillarlos de por vida y condenarlos al ostracismo social en su propio pueblo. A los menos afortunados les pegaban un tiro en la tapia del cementerio… y que las viudas y huérfanos se las apañaran como pudieran.

A Josefina nunca nadie le dijo nada de esto porque hubo un acuerdo tácito entre los vivos: dejar a los niños al margen del terror. Nunca se explicó Josefina por qué ese hombre apenas aparecía en las celebraciones familiares, y si acudía siempre permanecía sentado en un rincón y nadie le dirigía la palabra. Acabó mal, me cuenta. Se dio a la bebida y una cirrosis le hizo sufrir hasta que murió relativamente joven… pareciera un merecido castigo divino. Josefina ha encajado una pequeña pieza en su vida. Ahora comprende mejor su niñez, los silencios que recibió y los entresijos de la familia.

Un abrazo en la curva del cementerio

Mi amigo Pepe dejó escrito no hace mucho un pequeño momento que vivió su abuelo. Se llamaba como él, José Batista y, como no acabó fusilado en la tapia del cementerio, no sale relacionado en los listados… pero sabemos bastantes cosas de este hombre represaliado. Era chofer, miembro del Comité Local del Partido Comunista, tenía 40 años en 1936 y ocho hijos bajo su techo. Manuel, el mayor, tenía 18 años, la pequeña solo unos meses. Lo detuvieron en su casa el 26 de septiembre de ese año por orden directa del comandante militar de la plaza, Ricardo Olivera Manzorro —por cierto, “ciudadano ejemplar”, nombrado Hijo Predilecto de San Fernando, y con calle propia hasta hace tres días—. Primero lo encerraron en el calabozo municipal, y diez meses más tarde, también por orden de Olivera Manzorro, lo trasladaron al Penal de la Casería de Ossio. Los militares que se rebelaron contra la autoridad de la II República lo acusaron precisamente de rebelión militar, y lo juzgaron en consejo de guerra sumarísimo de urgencia —un paripé de justicia con nulas garantías procesales—. Afortunadamente resultó absuelto en mayo de 1937… pero seguía preso en enero de 1938. No sabemos con exactitud cuándo fue liberado.

Pepe cuenta que su abuela —Dolores Arias Mateos— iba todos los días al penal con su hija de meses en brazos. Esta recién nacida se ganó el apodo de la niña del penal para el resto de su vida. El relato que ha permanecido en su familia cuenta que al abuelo José Batista Vela se le aguó la sangre en la cárcel, y que lo soltaron para que muriera en su casa. Y eso pasó, murió en la cama poco después de salir libre a un mundo gobernado por los que tenían las armas, las peores ideas y una repugnante moral.

Y la vida siguió. Cada cual se adaptó a la situación porque hubo que vivir y cada una de esas vidas es una historia digna de ser recordada. Sesenta años más tarde, Manuel, el hijo mayor de José Batista Vela volvió a San Fernando. Mi amigo Pepe (su sobrino) le daba un paseo en coche por la ciudad, para que recordara cada rincón, cada recodo, cada paisaje. Y en la curva del cementerio de los soldados, muy cerca de donde estuvo el Penal de la Casería de Ossio, su tío le contó que el día que liberaron a su padre lo encontró en ese lugar, a pocos metros del penal: Aquí me bajé de la furgoneta al ver a mi padre y nos dimos un abrazo. Dijo que aún recordaba la impresión que se llevó al ver cómo había envejecido en tan poco tiempo, al verlo tan indefenso, tan derrotado.

Sesenta años después de ese momento, en la misma curva del cementerio, mientras Manuel lograba verbalizar este recuerdo, lloró por su padre muerto… La guerra había terminado.

jueves, 4 de junio de 2020

Ginés de Lomas, el de los agustinos


Ginés de Lomas me cayó mal desde el primer vistazo. Coincidimos en el instituto público con dieciséis años para estudiar preuniversitario, y no nos tratamos. No hacía falta. Simplemente éramos mutuamente invisibles. Él venía de estudiar bachillerato en el colegio de los curas agustinos, una auténtica institución en la ciudad. En el ambiente colonial de Ceuta, en los años 60 del siglo pasado, había niños que podían estudiar con los agustinos y los había que estudiaban en el instituto público. Ginés de Lomas llegó a PREU desde los agustinos, con los suyos y con los suyos se relacionó. Yo venía de la enseñanza pública y con los míos me relacioné —pero entiéndase que sí hubo interrelaciones de amistad entrambos grupos, por supuesto—. Todavía era pronto para entender que la procedencia social llevaba implícita una desigualdad inaceptable. No existió enemistad ni rechazo entre nosotros. No hubo nada. No creo que Ginés de Lomas se acuerde de mí. Pero yo recuerdo que su porte de cabeza y su mirada altiva me producían aversión… Una aversión injustificada, estoy convencido, porque una cierta mirada y una cierta posición de cabeza no significan nada.

Instituto Nacional de Enseñanza Media de Ceuta, mediados los años 60 del siglo XX

Luego las circunstancias nos dispersaron a todos en una diáspora vital. Ceuta se nos quedó atrás, la vida nos atravesó. Hubo que atender lo profesional, lo personal, la compañera, los hijos… todo eso nos pasó por encima y nos modeló de una u otra forma. Y ahora, al cabo de cincuenta años, las redes sociales me traen de vuelta a un Ginés de Lomas convertido en la imagen especular de la mía. Si servidor intenta usar la duda y le parece que las cosas deberían ser… Ginés de Lomas sienta cátedra en lo que escribe públicamente. Si servidor ha derivado hacia la izquierda, Ginés de Lomas lo ha hecho hacia la derecha. Para servidor los filofascistas del PP y VOX (los que lo sean, que no todos tienen por qué serlo) son indeseables; Ginés de Lomas llama al presidente Sánchez doctor fraude y al vicepresidente Iglesias lo llama, entre otras cosas, el impresentable coletas. Para servidor la tensión social y política está avivada por una campaña meditada y diseñada milimétricamente por la derecha filofascista; para Ginés de Lomas es todo lo contrario, la causa de la tensión política y social es el discurso chulo y barriobajero del coletas. Si él dice que vamos de cabeza hacia una dictadura social-comunista-bolivariana, yo barrunto y temo una deriva fascista del Estado. Si servidor aplaude el Ingreso Mínimo Vital, Ginés de Lomas lo llama paguita bolivariana… etc. No se pueden tener visiones más opuestas las mismas cosas.

Siempre me ha fascinado observar cómo, ante los mismos hechos —aparentemente objetivos—, las personas interpretemos la realidad con tantísima disparidad.

…y siento un enorme cansancio como para entrar en discusiones dialécticas con Ginés de Lomas, con mi cuñada, con mi sobrino o con cualquier otro, a través de las redes sociales, en los grupos de WhatsApp o en la barra de un bar… cuando había bares y barras. Son discusiones inútiles que no llevan a ninguna conclusión. Yo no quisiera que Ginés de Lomas cambiara su forma de pensar —esas cosas son imposibles a estas alturas de la vida y, en realidad, me da exactamente igual lo que piense—, lo que me gustaría es que aceptemos todos una sombra de duda en nuestro discurso. Servidor lo intenta —aunque no siempre lo consiga, lo reconozco—. Una simple duda. Un mínimo intento de empatía.

Pero la pregunta que todos nos hacemos, cada vez con más temor, sigue en pie: ¿cómo dialogar si parece que somos miembros de especies distintas, que miramos la misma cosa y uno interpreta alfa y otro omega?  

Bueno… aceptemos la disparidad de visiones con deportividad, como un valor añadido. Ginés de Lomas y servidor —alfa y omega— ya coexistimos sin hostilidad durante un tiempo. Puede que todo sea posible si aceptamos los mismos principios básicos. A saber: una persona, un voto; lealtad a las reglas de juego y nobleza en su uso, y una forma civilizada y respetuosa de tratarse…

Por encima de todo, vivir y dejar vivir. Que cada cual interprete su papel en este vodevil, sin interferencias.


lunes, 1 de junio de 2020

Tontos útiles que repiten los mantras hasta convertirse en adoradores de la bota que les aplasta el cuello




A servidor le parece que en la España del siglo XXI el fascismo se fusiona con las formas de VOX y PP. Y no es un fenómeno aislado, Trump, Bolsonaro, Jhonson, Salvini, Le Pen y Orban son el nuevo fascismo en sus respectivos países. Desgraciadamente, en el nuestro, las derechas tienen sus raíces intactas y ancladas profundamente en el fascismo patrio del pasado. Son derechas involucionistas y viejas. El fascismo es el cáncer de la sociedad democrática… corrompe la convivencia, hace enemigos a los vecinos bien avenidos y acaba con la civilización para volver a la barbarie. Lo hizo en el siglo XX y lo hará otra vez si no somos capaces de convencerlos. Solo así se conseguiría diluir al nuevo fascismo con dosis de razonabilidad y se conseguiría encauzarlo hacia la decencia, porque es mejor vivir en tolerancia que en la confrontación que plantean.



Los poderes reales son accidentalistas —se desenvuelven en cualquier sistema político con tal de que no vulneren sus intereses particulares—. Si les viene bien una dictadura, la mantienen. Si ahora conviene una transición política, la abalan. Si luego tienen que ser demócratas, son los primeros… y si ahora no hay una forma legal para desalojar a los bolivarianos (me refiero al gobierno de Pedro Sánchez, ya saben ustedes), aquellos patriotas, defensores de sus propios intereses, harán lo que tenga que hacerse. Es decir, una estrategia de acoso y derribo visceral, mantenida en el tiempo y miserable en el contenido, hasta donde haga falta (no es la primera vez que lo hacen contra gobiernos tibiamente sociales). Y continuarán hasta que la opinión pública quede suficientemente convencida, con campañas bien financiadas, con bulos y con mentiras abiertas, de que el desorden y el desgobierno que ellos mismos han contribuido a crear, ellos mismos lo arreglarán. Lo de costumbre: se trata de crear tontos útiles que repitan los mantras creados ad hoc hasta convertirlos en adoradores de la bota que les aplasta el cuello.

Y si no pueden hacerlo, es decir, si no logran acceder al gobierno a través de los votos, inventarán una solución de orden para evitar que estos bolivarianos gestionen la bestial crisis económica que tenemos encima, consecuencia directa de la pandemia de COVID-19. De ninguna manera van a consentir que un gobierno de coalición PSOE-UP gestione la crisis económica desde una sensibilidad social. Y, entiéndase, sensibilidad social significa que el interés público se pone por encima del interés privado. La derecha filofascista que tenemos hoy en España, y los poderes en la sombra, jamás lo van a consentir porque su patriotismo acaba donde empiezan sus intereses personales.

Por cierto, haría bien Felipe VI en desalentar tajantemente a todos esos patriotas que en la discreción endogámica de los cuarteles —y en las redes sociales— se ponen a sus órdenes para lo que sea… estos patriotas de gatillo fácil no saben (o es precisamente lo que quieren) que esas cosas acaban con listas de gente a las que hay que neutralizar si quieren tener éxito en su intento de violentar el orden con fuerza. No hay nada más despreciable para un miembro de las fuerzas armadas (Ejércitos, Policías o Guardia Civil) que desobedecer la autoridad del pueblo y levantar las armas contra sus propios compañeros o contra sus vecinos… si el fascismo del siglo XXI busca esta confrontación —y es lo que demuestra cada día, cada vez que abren la boca, en la calle y en el parlamento— es el enemigo al que tenemos que convencer de dos cosas: que al gobierno solo se llega a través de los votos, con un discurso leal a las reglas, y un talante civilizado; y que el interés general está por encima del particular… lo dice la Constitución, no esos comunistas bolivarianos: «Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general».

No se puede ser tolerante con los intolerantes, y hace demasiado tiempo que las direcciones del PP y de VOX son un peligro para la sociedad española. No hablo de sus votantes, hablo de las direcciones de estos partidos políticos, que más parecen kamikazes sociópatas que políticos de derechas.

El Ministerio de la Verdad de Orwell es una broma comparado con las redes sociales al servicio del verdadero poder, ese poder que ahora apuesta por una solución de orden con valores filofascistas para defender sus intereses particulares, nunca el interés público. Es francamente difícil encontrar hechos en el maremágnum de opiniones interesadas… y cuanto más dinero hay implicado, más masiva es la avalancha de opiniones pagadas con ese dinero. Lo visible en las redes sociales, no es una verdad razonable. Lo que genera creencias, es decir, lo que se convierte en una verdad absoluta sobre la que construir un discurso, es la opinión difundida masivamente y apoyada masivamente con euros, dólares, rublos o yuanes… y es entonces, para crear esa opinión interesada, cuando entran en juego los tontos útiles que rebotan falsedades, medias mentiras, medias verdades y auténticas injurias contra el gobierno de España… que será un gobierno mediocre y manifiestamente mejorable, pero es el que ha llegado democráticamente a la Moncloa. Y esto es algo que ni entienden ni soportan los filofascistas españoles. Nunca aceptan NO ESTAR en el gobierno: necesitarían castrar sus viejas raíces patrióticas y florecer en otro tiesto para ser una derecha decente de una puñetera vez. Les falta el hervor democrático que nunca han tenido.

Intolerancia total con los fascismos. Nos va la civilización en ello.

jueves, 14 de mayo de 2020

Replicantes


Torrealta desde el manchón de los viejos almendros



Me gustaba pasear con Boro-boro cuando todo era soledad y los vecinos estaban confinados en casa… ya sabéis, la pandemia de COVID-19, ese punto de inflexión en nuestra historia. En los primeros días resultaba sobrecogedor el silencio de la ciudad, la ausencia de movimiento, las calles y carreteras vacías… nadie a la vista. Solo los servicios esenciales, y básicos para la vida, se mantenían en pie y visibles. Entonces daba gusto sonreír a los pocos humanos con los que te cruzabas y era emocionante aplaudir desde los balcones a los que arriesgaban su salud y permanecían al servicio de los demás. Colaborar, cooperar y ser empático eran valores en alza y cada uno de nosotros tenía la secreta esperanza de que sería algo duradero. Teníamos un enemigo común, y esta vez, para variar, no era otro humano, era una cosa que no se sabe muy bien si está viva o es inerte… los que estudian estos asuntos no lo tienen claro. Pero, sea una cosa viva o no, el coronavirus se replicaba como un demonio.

Todo parecía una broma planetaria en el escenario de una distopía de película. De golpe el país (y buena parte del mundo) se detenía en seco porque los hombres éramos vectores de transmisión y no convenía acercarnos unos a otros. Nos quedamos en casa y abandonamos buena parte de los trabajos. Se hizo realidad el símil que explica ese gólem económico irracional, esa economía que no puede dejar de crecer ni detenerse porque… la economía es como pasear en bicicleta, si te paras te caes. Y así ad infinitum, hay que seguir pedaleando aunque delante se abra un precipicio o se agote un planeta, hay que seguir pedaleando sea como sea. Hay que crecer indefinidamente, aunque esa economía depredadora agote los recursos del planeta, lo llene de basura y lo haga inhabitable. Hay que seguir con esto porque no hay alternativas al sistema —nos dicen los popes de la cosa neoliberal—, aunque sea una economía que genera riquezas que acumulan unos pocos y acrecienta la miseria de la mayoría… Pues la paramos en seco porque nos iban muchos muertos en el envite, y porque, afortunadamente, en el gobierno había gente con tal sensibilidad… que casos hay (Trump y Bolsonaro, por ejemplo) que anteponen la actividad económica a la vida, entre otras cosas, porque no entienden que el Estado deba ocuparse de amparar a la gente, sino que lo perciben como una cancha para que los negocios dicten las leyes de la supervivencia social y biológica. A servidor le parece que esa especie de darwinismo económico es un concepto criminal.

Pues, a pesar de la paralización económica, el gobierno bolivariano de España (que así lo llamaban los ciudadanos filofascistas) sacaba dinero de los prestamistas para atender las necesidades inmediatas de la gente —ya veremos quién y cómo se paga esto—. Las empresas más poderosas se volvían aparentemente solidarias de la noche a la mañana, y el temor al minúsculo coronavirus, por el momento, parecía sacar cosas buenas de la condición humana… excepto de algunos políticos, que seguían empeñados en aprovechar esta macabra oportunidad para conquistar el poder con malas artes, como siempre hacen los de esta calaña política cuando no mandan ellos.



En ese tiempo de confinamiento humano, personalmente, me interesaba mucho observar cómo la naturaleza recuperaba el lugar que dejaban los humanos. Jabalíes y lobos por las calles, zorros por jardines urbanos, osos en las piscinas, medusas en los canales de Venecia, nutrias en los puertos… Y al cabo de los cincuenta días —es a lo que servidor iba—, cuando nos dieron suelta y volvimos a pasar por los sitios prohibidos, vimos que las plantas silvestres habían crecido sin control en lugares urbanos que antes eran transitados. Tanto habían crecido que casi cubren, por ejemplo, la escalera que baja desde el Observatorio de la Armada hasta el parque del Barrero, junto al Meridiano de San Fernando. La vida siempre se abre camino, busca los recovecos propicios y la mínima oportunidad, y la aprovecha. Lo hacen las plantas, que crecen estupendamente cuando no hay humanos que molesten. Y lo hacen los virus que, sean cosas vivas o inertes, buscan replicarse simplemente porque tienen una determinada estructura molecular y, en este universo, resulta inevitable hacer copias de tal molécula. Aquí no hay voluntad ni intentos conscientes de autoperpetuarse, solo hay química. Es tan inevitable que un virus se replique (cuando está en la mucosa adecuada) como que una manzana caiga de su árbol. Parece que toda la dinámica vital se reduce a eso, a replicar el ADN por encima de cualquier obstáculo, sin misericordia, a pesar de todo, cueste lo que cueste. La vida es replicarse, hacer copias de esa cadena helicoidal de cuatro bases nitrogenadas ordenadas vaya usted a saber cómo… Física y química, dos percepciones de la misma esencia.

El universo parece ser pura física, aunque no lleguemos a entender sus leyes todavía. La vida parece ser pura química… y cualquier pensamiento o conducta humana, por muy elaborada, sublime o espiritual que nos parezca, es consecuencia de interacciones entre ondas y partículas. Y tal consideración no resta ni un ápice de belleza al hecho de estar vivo, de pensar para construir ideas, de ser conscientes de nuestra existencia y de amar… es decir —hablando de amar—, al imperativo inevitable de replicar tus propios genes con esa chica de ojitos risueños…

martes, 14 de abril de 2020

La guerra es paz, la libertad esclavitud y la ignorancia es fuerza...




Abril de 2020. Un mes de confinamiento. Qué lejano queda todo lo que creíamos normal y asentado. ¡Solo teníamos un castillo de naipes! Para algunos —a los que nos iba razonablemente bien, en países con cierta protección social—, qué deseable resulta (ahora que la hemos perdido) volver a esa normalidad que nos favorecía y que vamos idealizando conforme pasan los días de encierro. Y mientras esperamos confinados, ansiamos que el virus se canse o sea derrotado a fuer de trabajo y solidaridad, y, sobre todo, deseamos que sea derrotado a pesar de las zancadillas que ponen los que no tienen la dirección política, pero la ansían a cualquier precio.



Sin embargo, ¿qué dirán los que viven a nuestro lado y sufrían una normalidad indeseable? Es decir, los que viven al día y con futuro incierto; los parados o con trabajos precarios y sin planes de futuro, porque no se puede pensar en el futuro con una mierda de trabajo, sin casa y sin estabilidad económica. ¿Qué querrán para después de la pandemia los trabajadores que siguen siendo pobres aunque trabajen toda la jornada? Los pobres de solemnidad que viven en la calle, los millones de personas que malviven en países pobres y sin cobertura del Estado; los que huyen de la miseria y la muerte, y quedan atrapados entre las alambradas y los gases lacrimógenos. ¿Qué normalidad desean todos ellos para después de la pandemia? ¿Quieren la misma normalidad que sufrían o querrán el confortable espejismo que teníamos unos pocos? ¿O querrán una situación más justa y solidaria, con una riqueza nacional al servicio del conjunto de la sociedad o, mirando más ampliamente, con una riqueza global al servicio del conjunto de la humanidad en lugar de seguir apalancadas las riquezas en manos del infame 1% y/o en paraísos fiscales?

¡Qué risa doy, por dios, planteando tonterías!

Me parece que no volveremos a ninguna normalidad previa. Ya lo dejó bien explicado Naomí Klein: las crisis provocan un colapso civilizatorio, y el colapso se aprovecha para enriquecer a los que ya eran inmensamente ricos. Lo que teníamos algunos —riqueza, estatus, bienestar— se ha volatilizado. Se nos habrán muerto miles y miles de personas por culpa de un virus que apenas son dos moléculas de 400 nanómetros de diámetro. La civilización de los hombres está quedando en jaque por una cosa pequeña que se reproduce en la garganta de cualquier ser humano a una velocidad endiablada. Las crisis históricas de la humanidad —ya sean económicas, bélicas, sociales, naturales, climáticas, sanitarias o de cualquier tipo— jamás han conducido a la situación previa a ellas, propician siempre otros valores entre los que sobreviven a los vaivenes. Provocan un tiempo nuevo en el que siempre hay vencedores y vencidos exterminados… lo distinto de esta pandemia vírica es que va contra el homo sapiens en toda su amplitud. El bicho es planetario, no entiende de fronteras ni de grupos nacionales o étnicos, ni distingue entre poderosos y sometidos. Tales cosas son inventos culturales que no altera la química y la física de las moléculas.

¿Qué valores emanarán después? Puede que el vuelco social y geopolítico lleve a desorden y caos, y a soluciones autoritarias (ya hemos experimentado tal catarsis histórica). Pero, por encima de eso, ojalá sirva la pandemia —como desea Eudald Carbonell— para que surja la conciencia global de pertenecer a una misma especie… porque si no es así, nos irá muy mal. Y para que eso funcione, es decir, para que nos sintamos miembros de una misma especie y la cuidemos, sobran dirigentes obtusos como Trump, Xi Jinping y decenas de tipos como estos, que anteponen como han hecho todos hasta ahora su tribu a las demás tribus. Creo que necesitamos forjar y difundir una conciencia colectiva basada en la existencia de enemigos comunes a la especie: el coronavirus y la precaria habitabilidad del planeta… Y creo que sobran los pensamientos que consideran esta crisis —y cualquier otra— como una oportunidad de alcanzar el poder y usarlo para reordenar la sociedad según su criterio (¡como si no estuviéramos hasta las narices de fascismos!); pensamientos que ven en la pandemia una oportunidad para rehacer negocios y alcanzar beneficios económicos privados… una oportunidad para seguir por donde íbamos, es decir: corriendo hacia el precipicio (¡maricón el ultimo!), pero con gente doblegada por el miedo.

Yo también quiero creer que es imposible fundar una civilización sobre el miedo, el odio y la crueldad. No perduraría. Nos lo dijo George Orwell.

Son malos tiempos para el pueblo que trabaja, el pueblo que se levanta todos los días para buscar el sustento diario. La gente normal siempre pierde. Los vencedores siempre son las élites dirigentes, los que detentan, por designio propio o divino, las riendas de la sociedad… los que se nutren del trabajo de otros: los indeseables.

lunes, 23 de marzo de 2020

El pueblo y no las élites




Domingo, 22 de marzo de 2020. Primera semana de cuarentena. La cama me rechaza temprano. En el Sur amanece un estupendo día de primavera. Después de la lluvia nocturna el patio huele a la tierra mojada. Disfruto de ese instante y procuro desechar cualquier otro pensamiento. Más nos vale. Boro-boro trota contenta hacia el parque del Barrero… pero está cerrado. El estado de alarma tiene estas cosas. Por el camino solo nos cruzamos con otro perrito y su dueño. No nos conocemos, pero nos saludamos con una especial cordialidad (los humanos, digo). El otro perro se encara con un gato indolente que toma el sol en mitad del camino. No se inmuta el felino. Boro-boro ladra envalentonada para ayudar a su colega… pero el gato sigue impasible en su puesto. Ni se molesta en abrir los ojos y los perros mantienen la distancia. ¡Esto no es lo que era! Los tiempos siguen cambiando desde que lo anunció Dylan… y me parece que jamás van a dejar de cambiar.

Gente junta / (c) Milan-2012

Ayer dio una charleta televisiva el presidente Sánchez. A él le toca ser la cabeza visible de este país enclaustrado. ¿Logrará serlo? Este coronavirus, y las medidas para combatirlo, está creando entre nosotros la conciencia de pertenecer a un mismo colectivo (me parece que esto pone de los nervios a la derecha filofascista, y a la otra también). Es algo que teníamos muy atrofiado, lo de sentirnos miembros de una misma cosa, digo. Ahora, cuando nos ataca el mismo enemigo, en cuestión de días estamos redescubriendo de somos un pueblo capaz de cosas que ni sospechábamos. Es verdad que la pandemia nos hace vulnerables, que nos sumerge en un baño de humildad, pero al mismo tiempo parece que —de momento— nos hace mejores personas. Da la sensación de que con el país en cuarentena entendemos por fin qué es lo verdaderamente valioso en nuestro modelo de sociedad: los ciudadanos. Y en concreto, la gente que pelea cara a cara contra el virus en hospitales, en las calles y fábricas, en los servicios básicos, en las fuerzas armadas, en las distintas policías y demás funcionarios; los miembros de protección civil, los que trabajan en el sector primario, los que están detrás de las cajas de los supermercados y muchos más… Ciudadanos fundamentales mantienen nuestro entramado vital. Son ellos lo más valioso de nuestra sociedad.

El virus ha servido para entender eso, que el sostén del Estado no son los políticos, ni las estrellas del deporte, ni los famosetes encumbrados por la telebasura, ni los privilegiados por nacimiento. Muchos de estos —incluida la familia real, por supuesto— se han convertido, de la noche a la mañana, en personas prescindibles. Sólo son un mal escaparate de la sociedad, son el circo cutre, productos de usar y tirar… y, por lo general (salvo honrosas excepciones), difícilmente son ejemplo para nadie.

Hoy hemos comprendido que una cajera de supermercado es mucho más importante que un futbolista o un famosete infumable. ¡Qué pequeñas y que ridículas parecen ahora esas estrellas mostrando en las redes sociales sus gracietas encerrados en sus lujosas casas! ¡Qué insustancial parece el rey diciendo a destiempo pamplinas que a nadie interesa!

Susana, mi cajera-reponedora del MAS, es mucho más importante que cualquiera de ellos. ¡Ahí está, detrás de la caja, expuesta día tras día a un contagio! ¿Por cuántos euros al mes se expone Susana? ¡Ojalá! la pandemia nos sirva de reflexión y comprendamos que el objetivo de toda política debería ser el bienestar de los que sostienen a la sociedad: la gente real, la importante, es decir, el pueblo —esos héroes anónimos que se lo trabajan y cumplen con sus obligaciones—. Los que construyen día a día la intrahistoria unamuniana. A esa gente debemos la cohesión de nuestra sociedad, no a los que emergen de la basura mediática, no a los que nacen en camas nobles, no a los surgen de una democracia formal y traicionada.

Me gustaría que una de las consecuencias de esta crisis sanitaria, social y económica fuese un cambio de mentalidad que reconozca al pueblo —no a las élites ni a los mercados— como el pilar básico de la sociedad. Y que su bienestar sea el objetivo inviolable de la política.