miércoles, 3 de enero de 2018

Los muertos pertenecen a los pueblos



Están tirados los muertos en la fosa común de San Fernando. Cuentan que Pepito, el descerebrado fascista que daba la última patada a los cuerpos en el borde del boquete, se quedó cojo por hacerlo… como si fuera una venganza bíblica por su perversidad. Pues con venganza o sin ella, cojeando iba a su misa de doce todos los domingos. La posguerra española era así de hipócrita, los hombres de orden iban a esas misas de doce en tropel, a hacerse ver y a recibir la eucaristía de don Recaredo… otro espécimen que tal calaña.

Fosa del franquismo en el cementerio de San Fernando. AMEDE excava y exhuma con la colaboración de la Junta de Andalucía, Diputación de Cádiz y Ayuntamiento de San Fernando.

Pero que no se confundan Pepito y don Recaredo, que estos de la fosa no son sus muertos por mucho que los pateara hasta el fondo, o por mucho que los bendijera antes de morir a balazos con las manos atadas. No, no son sus muertos, son vilezas que mantuvieron ocultas y sepultas bajo cal y zahorra. Que no se confundan ni ellos ni los equidistantes que prefieren no remover el pasado y olvidarlo… porque esa equidistancia supone seguir negando la dignidad a las víctimas asesinadas…

…podemos olvidar muchas cosas, pero una imagen, no. Una imagen no se olvida.

Para los asesinos, los muertos pertenecen a la tierra y al pasado. A los asesinos les gusta que la tierra se los coma, los aprisione y los silencie, que para eso los mataron en el 36 y los escondieron bajo una capa de cal, zahorra y escombros. Para eso, para que no pensaran, para que no hablaran, para que no señalaran la ignominia que cometían los fascistas, y muchos militares y curas de este país. Los mataron para que no respiraran, para hacerlos invisibles, para que los olvidáramos. Los asesinos y sus cómplices, y también los hombres y mujeres que hoy día, después de 80 años, insisten en dejarlos descansar (como si estos muertos hubieran descansado un solo momento desde entonces)… los ciudadanos que hoy dicen que para qué remover el pasado y hurgar en las heridas cerradas, a estos no les gusta que los muertos se asomen desde las fosas abiertas. Seguramente, a muchos, les incomoda verlos porque precisamente, antes que muertos, están observando los crímenes que cometieron personas de una cuerda ideológica que podría ser la suya y se avergüenzan de esa cercanía.

Pero estos muertos que hoy sacamos de las fosas ya no pertenecen a la tierra apelmazada de odio, ya pertenecen a la brisa, a las palabras y a la lluvia. Ya son parte integrante de la memoria colectiva… ni siquiera son únicamente el patrimonio de unos hijos y nietos que han sabido mantener la llama y las fuerzas para rescatarlos del olvido. Son de todos nosotros. Estos muertos pertenecen a la historia que conforma el alma colectiva de los pueblos. Son muertos que nos proporcionan entidad propia y un carácter reconocible como grupo. Su muerte ha servido también para ser el pueblo que somos.

La barbarie fascista española convirtió a estos muertos en substratos de ideas y esponja de sentimientos. Nos apoyamos en ellos. Ahora que ya no están adheridos a la tierra, ahora que los hemos liberado de su presidio, ya pertenecen a las utopías que ellos soñaron. No lo sabían, pero su muerte ha servido para que sus huesos sean enciclopedias abiertas donde escribir sus historias. Para que cada imagen de cada hueso sea la estrofa de una gesta del pueblo. Para que cada imagen de cada hueso tenga el valor pedagógico de un millón de buenos ejemplos, para eso…

…y sólo cuando sean verdadera memoria, descansarán ellos y sus verdugos. No antes.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Axel y Windy


Es verdad que hay gente pa tó, sobre todo entre los que investigan ciencia… Por ejemplo, Axel estudia el gradiente de distribución de las tierras raras (lantánidos y actínidos) sobre la roca madre granítica en muestras de Sudáfrica y Madagascar. El potencial económico que hay detrás de este conocimiento es tan extraordinario que posiblemente la geopolítica se moverá en función de esos resultados (y otros similares), y se potenciarán estrategias mundiales, se diseñarán guerras locales, cambios de regímenes y  compras masivas de tierras con tal de que las grandes potencias —empezando por el Imperio— se beneficien de la explotación de unos recursos minerales que son esenciales para las tecnologías de última generación.

Pero es una explotación que se hace con mano de obra esclava y prescindible. Las ganancias de esa explotación nunca repercuten en beneficio de esta gente, ni en el bienestar del país, ni siquiera en los privilegios de su clase dirigente, a sueldo de los verdaderos poderes mundiales. Los beneficios de la explotación caen en manos de los que ya son inmensamente ricos. Que para eso África, pese a la ayuda al desarrollo que recibe, sigue creciendo demográficamente para nutrir la nueva esclavitud y la misma miseria que en tiempos coloniales. No tenemos arreglo mientras permitamos este sistema criminal.

Uno recuerda, tal vez inocentemente, que hace pocos años se investigaba por el hecho de entender los procesos de la naturaleza… CONOCER era el objetivo. Hoy únicamente se investiga si el conocimiento que se conquista sirve para incrementar la riqueza de unos pocos, que son precisamente los que sufragan las investigaciones. El capitalismo atraviesa —y corroe hasta los cimientos— todos los aspectos de la vida…

…tan apabullante es la permeabilidad del capitalismo en nuestras vidas que hasta me parece entrañable lo que se hacía en el Siglo de Oro español, que mientras Newton planteaba su Ley de la Gravitación Universal, aquí en la España de los Austrias se doctoraba en las universidades sobre cuántos ángeles podrían caber en la punta de un alfiler. ¡Eso sí que era investigar en el vacío! ¿Llegaremos algún día los hombres a plantear las cosas con cierta razonable humanidad?

Axel es el compañero de Windy. Windy estudió lingüística y se marchó a una comunidad guaraní, en el Chaco boliviano, cerca ya de la frontera con Paraguay, para hacer su tesis. Dice que llegó a Bolivia cuando apenas conocía el español (y aún menos guaraní) y sin saber dónde ni cómo iniciar su tesis sobre cuestiones lingüísticas de esa lengua indígena… Dice que fue preguntando con su pésimo español por las asociaciones en defensa del guaraní, y que tuvo la suerte de conocer a la hija de una familia que vivía en una comunidad indígena del Chaco. Y allí se fue. El pueblo civilizado más cercano estaba a cinco horas de viaje en camioneta. En Bolivia las distancias no se miden en kilómetros sino en horas de viaje… que depende del vehículo, del tipo de carretera y del número de curvas.

Axel y Windy en primer plano. Parque Machía para recuperación de fauna salvaje. Comunidad Inti Wara Yassi, Amazonía boliviana.

Dice que el contraste de culturas fue lo más impresionante. Windy era la gringa, la extraña. Alta, castaña, guapa. Nadie entendía qué hacía allí y por qué quería estar allí. Se encontró en una sociedad profundamente machista. Los hombres la ignoraron durante días. Las mujeres también. Hablaban entre ellos en guaraní, como si Windy fuera invisible… y al cabo de dos semanas aún se extrañaban de que no les entendiera. La única casa de ladrillos era la de la familia que la acogió. Las demás eran de adobe y radicalmente pobres. Nadie quería hablar con la extraña, a pesar de que les pagaba por eso, simplemente por hablar de cualquier cosa… desistían diciendo que no tenían nada que contar. ¡Y era cierto!

La suciedad asociada a la pobreza se podía entender. La crueldad, no. En su momento, los perros que vivían en las comunidades indígenas tendrían una función concreta, tal vez asociados la ganadería y a la caza. Hoy día, sin ganado y extinguida la caza, siguen sobreviviendo entre los indios a pesar de la extrema crueldad con que los tratan. Los perros son cosas, no se les supone sentimientos y a nadie les importa su dolor. Se reproducen por ley natural, sin intervención de los hombres. Se alimentan de las sobras que les tiran, allí no hay estercoleros ni acumulación de basura orgánica porque los perros la devoran al instante. Pero, aún así, la mayoría de los perros mueren de inanición, y los que sobreviven están ahí al servicio de su crueldad…

había un niño al que odiaba —cuenta Windy con su acento francés— porque era insoportable. Lloraba para joder y para conseguir cualquier cosa de sus padres. Los tenía dominados. Un día la madre del niño odioso (aún le costaba trabajo entenderlo) le dio un palo y le dijo que se fuera a pegar al perro. ¡Como si eso fuese un juego! El perro estaba dormido, sin hacer nada y sin molestar. El niño empezó a pegarle. El niño se reía cada vez que el perro aullaba de dolor… ¡y nadie entendía mi protesta!

También contó que ella misma, para terminar con el sufrimiento de un cachorro (llevaba un día aullando de dolor), lo abrazó fuertemente hasta que dejó de respirar. La familia no se inmutó. A nadie le importó que  lo hubiera matado. ¡Se extrañaron porque había perdido el tiempo con un perro que esa misma noche hubiera muerto por sí solo! ¿Para qué molestarse entonces?

Una cultura, unos valores. Mil culturas, miles de valores… ¿Son culpables de —o perciben en ellos— la crueldad que les atribuimos? Seguramente no… tampoco a un invidente de nacimiento puedes explicarle qué es el color azul.

Tres temporadas estuvo con esos indígenas. Se extrañaban en la comunidad guaraní cada vez que volvía la gringa, porque los extraños no vuelven. Windy nunca llegó a entender a esos hombres. Después de esas experiencias abandonó sus estudios de lingüística, coincidió con Axel en un viaje en Bla-Bla-Car a través de Francia. Ella conducía. Axel subió al coche, abandonó su tesis sobre las tierras raras y el gradiente de distribución sobre la roca madre granítica en muestras de Sudáfrica y Madagascar. Viajaron durante unos meses por ahí, por América Latina, sin saber muy bien qué rumbo tomar… y acabaron en la Amazonía boliviana, en la Comunidad Inti Wara Yassi, recuperando fauna salvaje maltratada…

…había entendido Axel que la felicidad estaba cerca de Windy. Había entendido Windy que la felicidad estaba más cerca de cuidar animales indefensos que de estudiar el origen de las lenguas...

lunes, 11 de diciembre de 2017

Antropoceno


Dicen que el Antropoceno viene a ser la época geológica que el hombre ha generado con su actividad. La última del Cuaternario, la época del hombre, ese virus sobre la superficie de la Tierra que fastidia más que otra cosa. Dicen los que piensan en estos asuntos que hemos creado lo que llaman la noosfera, una especie de inteligencia global humana cuya actividad es capaz de modificar la geología, los procesos químicos y los ecosistemas planetarios… hasta el punto de hacernos la puñeta nosotros mismos. Explican que el estrato geológico que separa el Holoceno del Antropoceno está plagado de isotopos radiactivos provocados por las explosiones nucleares. Ese pequeño detalle es lo que marca la transición geológica…

…aunque lo que vamos a dejar para el futuro —sólo por un tiempo, porque la naturaleza lo integra todo a la larga— son continentes de plásticos y sobre todo (atentos al dato) cordilleras de montañas de huesos de pollo. Porque tal es la fuente de proteínas más grande jamás pensada y criada (según en dónde, porque hay muchos que pasan hambre y ya quisieran pillar esos huesos… vale, según en dónde). Y también dejaremos deforestaciones por talas masivas y por remojo con lluvia ácida, desiertos nuevos, ríos contaminados hasta la muerte biológica y océanos esquilmados y convertidos en un gel de plástico y basura. Eso dejaremos a nuestros herederos naturales: ratas, cucarachas y demás comedores de desechos.

…desayunábamos con Alejandro y Yolanda. La perrita nos esperaba amarrada a un arbolito. De nuevo el sol mañanero de noviembre entraba a raudales por los ventanales de la cafetería. Lo iluminaba todo, hasta el fondo de la cocina. Ni una puñetera nube hacía sombra al sol de otoño… y, pese a esa extraordinaria luminosidad, todas, absolutamente todas las luces del establecimiento seguían encendidas. Es lo que tiene el hombre del Antropoceno, que no es consciente del despilfarro ni de la limitación de los recursos.

Quince mil científicos de todo el mundo lo dicen, que la huella ecológica es tal que en 2016 ya superamos el límite de la capacidad regenerativa del planeta. Es decir, que destruimos los recursos a una velocidad superior al ritmo de recuperación natural. La Tierra ya no puede regenerar en un año los recursos que consume anualmente esta civilización. Nos estamos auto fagocitando y aquí seguimos mirándonos el ombligo como si nada pasara. Pero no hace falta irse a los informes científicos, cada uno de nosotros lo percibimos en nuestro entorno temporal…

—…nos vamos al carajo, Alejandro. Yo recuerdo que en Ceuta, el tío Chico pescaba a pulmón meros de veinte kilos… hoy apenas quedan meros en esas costas, ni burgaíllos, ni lapas, ni mejillones. No sé… ¿tú recuerdas lo que os dije aquella vez que subimos al Circo de Aguas Mulas, por la Sierra de Cazorla? ¿Te acuerdas? Tu hermano y tú tendríais once y nueve años, y os dije solemne, con mi gorra calada y señalando con mi bastón a las cumbres: «Niños, mirad bien este paisaje; miradlo como si fuera la última vez que lo veis… porque dentro de poco no existirá». Ni puñetero caso me hicisteis, seguro.

— Bueno, no sé si fue esa vez —confesó Alejandro—, pero te recuerdo así muchas veces, padre…



El Circo de Aguas Mulas ardió hace unos veranos. Este otoño se quemó Chandrexa de Queixa, en Orense, otro santuario natural que pateamos y respiramos en su momento. En el transcurso de una vida se han extinguido cientos de recovecos maravillosos de cientos de lugares del planeta. Dicen los que saben de estas cosas que «…los registros geológicos muestran que los niveles actuales de CO2 corresponden a un clima que se observó por última vez en el Plioceno Medio (hace entre 3 y 5 millones de años), un clima que era unos 2 ó 3°C más cálido, donde los mantos de hielo de Groenlandia y de la Antártida Occidental se fundieron e incluso desapareció parte del hielo de la Antártida Oriental, lo que provocó que el nivel de los mares subiera entre 10 y 20 metros por encima del actual». Eso dice el informe anual de la Organización Mundial de Meteorología. O sea, que es cuestión de tiempo que pesquemos besugos desde las laderas del Mulhacén… si es que entonces quedan hombres y besugos.

Joder, entre eso y la sequía se te quitan las ganas de tó.

Tristeza… esos pantanos vacíos. Que eran mares que daba gusto verlos y ahora son mierdecillas de barro.

Pero lo que acojona es ver los pueblos que salen del fondo. Que parecen muertos vivientes…

¡Ya mismo están sacando a los santos para pedir lluvias! Ya veréis. Como en la Edad Media.

No sé, pareja… os ha tocado vivir un mal momento. Todo parece ir en contra de vuestro futuro, el clima, la sociedad, la economía… No tengáis hijos, pordió.

— No, padre, no los tendremos.

Yolanda estuvo de acuerdo. La perrita movió la cola…

…también estaba triste.


lunes, 4 de diciembre de 2017

17 billones de euros


La codicia humana es así. Se alía con las tesis capitalistas y desarrolla un comportamiento criminal que aceptamos como algo normal, legal y permitido. Estamos en un sistema económico tan globalizado que nos ha convencido de su inevitabilidad. Han conseguido que asumamos íntimamente que el neoliberalismo (marca actual del capitalismo de toda la vida) es la única vía de progreso y bienestar… sobre todo para los que ya son inmensamente ricos. Y así nos va, que vivimos arrodillados ante las élites económicas como lo hicieron los vasallos del señor marqués. Pero lo que es realmente peligroso es que este sistema está devorando el planeta Tierra de forma irreversible.

Nada ha cambiado en las relaciones humanas desde que amaneció el hombre económico. La riqueza no se comparte, se acumula. Por eso seguimos necesitando humanizar y controlar la codicia del poderoso… por las buenas o por las malas. Porque sólo así, cooperando, salvaremos la civilización y el planeta.

Pero ocurre que las élites financieras, me refiero a los más ricos y poderosos, no conformes con serlo, esconden sus capitales en paraísos fiscales para no contribuir a la solidaridad común, y/o para blanquear las ganancias de sus criminales negocios. El neoliberalismo que nos gobierna (queramos o no) y la sacrosanta libertad de los mercados (leitmotiv de este sistema de valores) permiten estas prácticas. No es ilegal que existan estados de baja o nula tributación, países que deciden no cobrar impuestos y permitir en su suelo toda clase de actividades financieras para mayor gloria de los ya inmensamente poderosos… y mientras eso pasa, extensas regiones planetarias mueren de sed y de hambrunas en mitad de guerras inventadas a discreción del que apetece los recursos de otros. Guerras pagadas con las migajas que se les caen del bolsillo a esos criminales…

Parece que fracasaron las experiencias socializadoras (más bien hicieron fracasar todos los intentos), pero el capitalismo triunfante que nos gobierna es el mayor fracaso de la especie humana porque nos lleva, si no lo embridamos, a la autodestrucción planetaria…

Hace unos años se suponía que había diecisiete billones de euros ocultos en paraísos fiscales. ¿Para qué coño sirve esa cantidad inmovilizada? ¿Cuántas penurias planetarias se podrían evitar si estos criminales fueran solidarios?

Dejemos volar por un momento nuestros hígados y busquemos una venganza reparadora a milenios de tiranía. Seamos malos y reconozcamos que todos tenemos dentro un Caín, y que a veces es un placer dejarlo escapar. Dejemos de ser políticamente correctos y soñemos por un momento qué utilidad le damos a esa cantidad incomprensible de euros…

Fijaos. No existe físicamente esa cantidad de monedas. Sólo son apuntes contables en un sistema informático que todos aceptan como bueno, como aceptaban los cortesanos el traje invisible del rey… pero el día que falle la confianza verás tú qué risa nos va a dar. Pero ¿y si existieran realmente los 17B€ en monedas de un euro? Hace un tiempo me entretuve en hacer unos cálculos partiendo de las dimensiones de la moneda:

Diámetro: 23,25 mm / Peso: 07,50 g / Espesor: 02,33 mm      

Y salían cosas tan absurdas como que si una máquina tragaperras diera ese premio y empezara a vomitar cincuenta (50) monedas de euro por segundo, estarían saliendo durante diez mil setecientos ochenta y un años y cuatro meses (10.781,33 años). Y el premiado necesitaría más de 134 vidas de 80 años cada una, empleadas únicamente en recoger 50 euros por segundo… ¡Ni para un polvo de los rápidos tendría el desgraciado!

Si las pusiéramos una encima de otra, formarían un cable de 23,25 mm de diámetro y treinta y nueve millones seiscientos diez mil kilómetros de longitud (39.610.000 Km). Con ese cable se podría llegar 103 veces a la Luna o rodear la Tierra con más de 988 vueltas…

Con los 17B€ se llenarían más de seiscientas setenta y dos mil seiscientas setenta (672.670) piscinas olímpicas… y con la última, sin llenar, ya seríamos inmensamente ricos para toda nuestra vida. Cubramos ahora el césped del Santiago Bernabeu con monedas de un euro y superpongamos capa tras capa hasta agotar los 17B€… habríamos formado un edificio macizo de 1.287.054 capas horizontales, cada una formada por 13.208.458 €, que alcanzaría una altura de casi tres kilómetros (2.998,8 metros)…



…pero vayamos a lo inconfesable, a lo que le piden los hígados de un hombre apalancado en la barra del bar después de tres cervezas: ¿Qué pasaría si chocara contra la Tierra un meteorito esférico formado con los 17B€ ocultos en paraísos fiscales, a la velocidad estándar de 20.000 km/s? ¿Qué pasaría?

El hombre de la barra propone que caiga directamente sobre los propios dueños del dinero, concentrados todos esos cabrones en un punto concreto de la estepa rusa, para que a pocos más  moleste su pulverización. Eso dice.

A 7,50 gramos por euro, el meteorito de 17B€ tendría una masa de 127,5 millones de toneladas métricas, y ocuparía un volumen cercano a los diecisiete millones de metros cúbicos (16.808.070 m3). Que si tuviera forma esférica sería una pelota de 317,86 metros de diámetro y una densidad de 7580 Kg/m3. Si esa masa chocase contra la Tierra a 20.000 km/s, llegaría con una energía cinética de 2,55·1018 julios. El choque provocaría una explosión equivalente a la de 6000 millones de toneladas de TNT. Es decir, a la explosión de ciento veinte mil (120.000) bombas atómicas como la de Hiroshima.

¡Y que les den y que se metan sus billones de euros donde les quepa! Dice el hombre del bar rematando su cuarta cerveza.

Al César lo que es del Cesar… ¿No era eso?



Parámetros usados en los cálculos.
Distancia media Tierra-Luna: 384.400 km
Perímetro medio de la Tierra: 40.074 km
Dimensiones de piscina olímpica: 50 x 25 x 2 m
Dimensiones del césped del Santiago Bernabeu: 105 x 68 m
Bomba de Hiroshima: 0,05 megatones
Un megatón equivale a 4,2·1015 julios

Imagen: Fotograma extraído de Discovery Channel - Large Asteroid Impact Simulation

lunes, 20 de noviembre de 2017

Nos abrazamos al pie del arbolito

El sol mañanero entra hasta la cocina. Pero a nadie parece importarle la enorme luminosidad del sol… porque todas las luces de la cafetería siguen encendidas. Todas. No lo entiendo.

La perrita, paciente, espera ahí afuera, amarrada a un arbolito, a que termine mi desayuno. No deja de mirar hacia la puerta, y creo que me vislumbra a través del ventanal. Un joven, rapada la cabeza al cero, pide un manchado en la barra y a continuación se va al servicio. Pasa por la calle un señor de mediana edad, barrigón, hablando por teléfono. Gesticula. Suena la cafetera calentando el cazo de la leche. Un abuelo se lleva tres barras de pan. Una de las camareras comenta en voz alta con su compañera no sé qué cosa de su turno, y acaba la frase con un ¡cohone, joé! Es mona la chica —y más lo sería si alegrara esa cara—, pero desilusiona oírle decir eso. No le pega ese lenguaje… Pero ahí está.

Las dudas del escritor / (www.librup.com)

Hoy no tengo que ir a la Residencia. María ya no está, ni me espera, ni se la espera. Recuerdo su última foto. Recuerdo las palabras de mi compadre Carlos y me da una punzada en la garganta. La perrita se llama Boro-Boro y me espera amarrada al arbolito. Seguro que es feliz cuando me vea aparecer por la puerta. Es tan sencillo hacerla feliz. Creo que su mundo se reduce a eso, a complacerme. A María le pasaba lo mismo, que vivía para complacer a su pequeña Marisol… y luego, en sus últimos meses, vivía para sonreír cuando nos veía aparecer por la puerta de la Residencia. Era tan sencillo hacerla feliz.

Pero no sé… los hombres no solemos hacer eso, complacernos los unos a los otros. Somos más competidores que colaboradores. Solo es cuestión de tiempo que aparezcan las competiciones entre los grupos humanos, y con las competiciones terminan formándose ganadores y derrotados. Y luego, surgen humillaciones y venganzas. Casi siempre es así. Yo no sé si tenemos remedio. No sé si la condición humana puede modificarse.

Un cliente le cuenta no sé qué cosa a una de las camareras. Se lo cuenta a voces, como es costumbre por aquí, que buscan de esa forma tan escandalosa que intervengas y des tu opinión, aunque sea con un gesto. No me gusta esta cosa nuestra de hablar a voces, que a veces gritamos tanto que ni me oigo a mí mismo.

Pasa un camión lleno de escombros, un vehículo de parques y jardines del ayuntamiento y un autobús urbano se detiene en la parada de enfrente. Llegan dos chicos en bicicleta. Mediada la treintena, con la vida entera por delante. Bien parecidos son. Enfundados en bufandas y gorros de lana. ¡Raro! No miran los móviles, de hecho ni los sacan de los bolsillos. No sonríen demasiado. Desayunan con pequeñas frases. No les oigo. Luego se marchan… porque la vida, sea la que sea, sigue pese a todo y pese a todos.

La perrita tiembla de emoción cuando me ve aparecer por la puerta. Salta y gime de placer. Nos abrazamos al pie del arbolito. Me lame la nariz… es tan fácil provocar pequeños momentos de felicidad, ¿verdad?

viernes, 17 de noviembre de 2017

Crecían chimeneas en lugar de iglesias


El coche alcanzó la colina y abajo apareció Tarrasa en tonos rojizos y negros. Era el año 1969, por entonces Lleida era Lérida y a Terrassa le decíamos Tarrasa. Me pareció una ciudad profundamente fea (y pasado un tiempo también la percibí deprimente). La inmensa mayoría de las edificaciones se me antojaron inacabadas, con las paredes exteriores de ladrillos rojos. Las dejaban así, sin rematar y sin pintar de blanco, que es como servidor entendía las paredes: encaladas, como se ha hecho toda la vida…


Fuente: http://www.terrasaenlamira.com/

…pero no estábamos en el Sur, donde conviene que las paredes sean blancas por aquello de reflejar las calenturas del sol. Tal cosa no era importante ni hacía falta en esta ciudad de Cataluña (que en ese tiempo se escribía así, con eñe). El otro detalle que me impactó de la ciudad fueron las innumerables chimeneas de ladrillo rojo que crecían por todas partes. Eran atalayas humeantes, altas y delgadas, que salpicaban el paisaje. Crecían chimeneas en Terrassa como en Écija se elevan los campanarios de cuarenta iglesias… Era evidente que estábamos en un país totalmente distinto. ¡Ya quisiéramos en el Sur algunas de aquellas chimeneas en lugar de campanarios! Pero eso lo comprendí mucho más tarde, cuando amanecí a la conciencia política…

¡Qué insulsa me pareció Terrassa! Nadie ponía flores en las terrazas, ni en los balcones, ni en los patios… entre otras cosas porque no se veían patios. Allí la cultura andalusí no había dejado ni su estética ni su tradición, y las casas y las calles no tenían nada que ver con las del Sur… tampoco impregnaron el carácter de la gente, eso tampoco. Era un país en el que las paredes de las calles estaban tapizadas de hollín industrial, que si te rozabas con ellas salías manchado de negro. ¡Qué distinta de las paredes refulgentes de Andalucía! …no t’arrime a la paré que te va llená de cá…

Al principio fue el choque estético lo que más me sorprendió. Diecisiete años viviendo en Ceuta, allá por el norte de África, donde todo era profundamente español y sureño, y la sociedad se rebozaba en un poso colonial donde mandaban los peninsulares y obedecían los moros; y donde los judíos y los hindúes ponían la laboriosidad y sus buenos dineros. En Ceuta me enseñaron —y les creí— que España era Una, Grande y Libre… pero en Terrassa aprendí en poco tiempo que lliure es un concepto que se conquista a fuer de quererlo, que no se regala, ni se aprende por mucho que lo leas  en un libro de Formación del Espíritu Nacional. Lo entendí allí.

En Terrassa asistí a mis últimas misas como creyente y las oí en catalán. Y fui centro de atención cuando iba con los amigos de mi prima Merche, una preciosa catalana que siempre tuvo su corazón en Ceuta. En esas reuniones, cuando catalanes y charnegos se enteraban de mi procedencia africana, me cosían a preguntas… que catetos eran, no sabían nada de mí mundo y algunos pensaban que había leones por las calles de Ceuta. Me hice un poco científico estudiando ingeniería química y comencé a intentar razonar la vida. Leí muchos libros y escribí carteles que reivindicaban los derechos humanos en un cuartucho de la Escuela de Ingenieros. Corté el tráfico junto a los compañeros de Comisiones Obreras y preparé asambleas en una parroquia de Can Anglada mientras otros vigilaban las esquinas por si venía la policía. Conocí a Mas y a Gual, y a Rico también, que con el tiempo los vi en la tele convertidos en dirigentes políticos. Me empapé de lucha obrera leyendo los panfletos clandestinos que cada mañana tapizaba la parada del autobús. En esos años se luchaba por la recuperación de las libertades democráticas de la gente. Estaba claro que Franco era el enemigo y eso ayudaba a que todos nos uniéramos en la misma lucha, cada uno a su manera. No conocí las aspiraciones nacionalistas catalanas y aún menos las independentistas. No eran visibles, aunque imagino que permanecía latente en reductos más profundos de la lucha política. Por esos años escuché a Tete Montoliú en el Jazz Cava de Terrassa, un tugurio lleno de humo y música; y conocí a un joven y melenudo Lluís Llach que ya cantaba L’astaca… Lluis era amigo de mi prima Merche.

Pero fui un extraño en tierra extraña. Me sentía más confortado en un grupo de colombianos que estudiaban en la Escuela de Ingenieros que con mis compañeros catalanes. Uno de aquellos, Ventura se llamaba, dejó embarazada a una chica y huyó de la noche a la mañana a su país. Que, por cierto, de vez en cuando le llegaba a alguno de ellos un baúl procedente Cali con comida, café, panelas y paquetes de marihuana. ¡Yo no sé cómo pasaba eso por la aduana! Y eran generosos aquellos colombianos. El primer canuto lo fumé en mi habitación, con intención antropológica… inolvidable la primera experiencia.

En Terrassa, ese pueblo tan distinto a los del Sur, experimenté una soledad que dolía físicamente. Aprendí a pasear mirando mil veces los mismos escaparates, a entrar mil veces en la misma librería para mirar mil veces los mismos libros, un día tras otro. Cierto que me rodeaba de gente, que conocí a Nuri, a Pilar y a otra chica cuyo padre me asesinaba con la mirada… cierto que estuve comprometido con ideas y compartiendo tareas, pero radicalmente solo.

Y después de cuatro años, a medio terminar una ingeniería industrial, me despedí de cuatro amigos. No hubo más. Y volví al Sur. Y entre las cosas que me traje aprendidas, estaba el convencimiento de que Cataluña es una nación como lo es Francia o Portugal, y que los propios catalanes —aunque muchos resulten profundamente antipáticos y arrogantes— son los que tienen que gobernarla.

martes, 14 de noviembre de 2017

En los museos de la Isla


Miguel Ángel López Moreno
Lcdo. en Ciencias Químicas e investigador

En la última jornada de los XX Encuentros de Historia y Arqueología de San Fernando, visitamos los museos de la ciudad, el Naval y el Municipal. Y la tarde anterior, con muy buen criterio, nos dejó dicho Diego Moreno (enlace al artículo de Diego) qué cosa debe ser un museo, su definición; cómo, qué, por qué y con qué intención exponer las cosas… habló de cómo la luz que baña los objetos resalta un matiz u otro, de los parámetros que debe cumplir el edificio para comodidad de las personas, etc., etc., etc. Y es verdad lo que concluyó, que el museo, más que objetos inanimados, debe ofrecer historias…

…pero no deberían ser historias cristalizadas, estáticas, hieráticas, sino todo lo contrario, las historias deberían fluir del museo, como si éste fuera un ser viviente, y empapar al que se adentra en las salas.



Entonces, de lo aprendido en las palabras de Diego y de la visita me surge una cuestión: ¿Y si los grandes museos no alcanzaran a ofrecer historias y sólo llegaran a entregar información? —entendida información como un conjunto de datos que conforman un mensaje capaz de cambiar el conocimiento del sujeto que la recibe—. Planteo esto porque la información difícilmente es neutral y, además, es fundamental para asentar el conocimiento en cada uno de nosotros. La información puede y suele estar impregnada, en mayor o menor medida, de ideología y, por tanto, el museo (en cuanto que es transmisor de información) se podría convertir en una herramienta al servicio del poder dominante, como puede serlo cualquier medio que difunda información.

Porque la información que emana de un museo es poderosa y es creíble. Y lo es porque se le supone planteada con rigor científico… por tanto, es un tipo de información que también es capaz cambiar nuestro conocimiento de la historia y de alterar los juicios de valor que usamos para interpretar la realidad. Es decir, la información, llegue de donde llegue, puede modificar para bien o para mal nuestra forma de percibir la sociedad y con ello nuestra forma de interrelación con los demás. 

O sea. Un museo podría ensalzar solapadamente una raza y denigrar otra, o podría recordar a unos héroes y olvidar a otros héroes. Un museo podría sobrevalorar una cultura sobre otras. Un museo podría silenciar derrotas históricas y convertir escaramuzas en grandes victorias. Un museo podría contribuir a diseñar una historia para un pueblo necesitado de historia. Un museo podría tener la tentación de atribuir la identidad política actual a los primeros pobladores de un territorio… etc., etc., etc.

Es poderosa la información, sobre todo si pasa desapercibido ese poder… pero no sé, necesitaría escuchar a gente que sepa de estas cosas.


Al menos sirvan estos párrafos como ejercicio de reflexión.