sábado, 24 de junio de 2017

Historia de fascistas: Para eso se ganan las guerras, ¡coño!

Para mandar y ser obedecidos. Para eso se ganan las guerras, ¡coño!

El 20 de noviembre de 1939 hacía tres años que las hordas marxistas habían fusilado en Alicante al mártir más ilustre de la Revolución Nacional Sindicalista que adocenada España. Ese día del año 1939, el gobernador civil de Cádiz hizo llegar a todos los cines, teatros y salas de fiesta de la provincia, un oficio recordando que quedaban «suspendidos en absoluto toda clase de espectáculos públicos en el día de hoy, declarado de luto nacional con motivo del tercer aniversario de la muerte del glorioso fundador de la Falange JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA…». No sólo eso, para que quedara constancia de la orden, el gobernador hizo firmar una copia de tal oficio a cada empresario del gremio.

Tres días más tarde, el 23 de noviembre paseaba por la calle Real de San Fernando la señorita María Garzón García. En la fachada de la Iglesia Mayor, bajo la lápida que recordaba a JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA, siempre presente, aún velaba una guardia de honor formada por falangistas, firmes los ademanes, para mayor gloria del Caído. ¡Y María, inconsciente ella, no saludó, brazo en alto, al pasar!

¡Vaya, vaya con la señoritinga!

Fuente: AMSF Caja 1138 / 5-enero-1940

No sabemos si María conocía estas cosas. Posiblemente sí. La Guerra había terminado hacía siete meses y la propaganda del régimen fascista era extenuante. Rara era la familia de San Fernando que no tuviese un represaliado en sus cercanías y el miedo inyectado en las venas. Era un miedo paralizante… o desafiante, según parece en este caso. Relataba el gobernador civil de la provincia, en su oficio dirigido al alcalde de San Fernando, que María, «…al pasar ante la lápida conmemorativa de José Antonio Primo de Rivera, no hizo el saludo nacional [se refería el hombre al saludo fascista] y al ser requerida cortesmente para que lo efectuase, se negó a ello a pesar de que le fue explicado el simbolismo de dicha Guardia de Honor, cortando la conversación con la frase: “Déjeme Vd. de tonterías”, dirigida al Camarada Jefe de la citada Guardia».

No sé ustedes, pero servidor imagina —perversamente influenciado por películas americanas producidas con capital judío— la cortesía del Camarada Jefe de la citada guardia ante tal insolencia. Para mí que María conocía perfectamente el simbolismo de tal saludo, y por eso la cosa de no saludar. Valiente decisión la de María… o inconsciente, porque se arriesgaba a un buen rapado y un vasito de aceite de ricino para limpiar sus tripas rojas.

Seguía el escrito del señor gobernador diciendo que este hecho no podía quedar sin la sanción adecuada. Digo yo que el hombre debió pensar que un régimen de autoridad como el que estaban montando, dirigido por personas de orden, como él mismo, no podía consentir semejante afrenta al honor del Primer Camarada. Por eso finalmente impuso a la señorita María Garzón una redonda multa de cien pesetas que debía satisfacer en metálico en el plazo de ocho días…

…las pagó. Por supuesto que las pagó. ¡La gente de orden, como aquel gobernador, era feliz con esas cosas!

 Hoy, los herederos ideológicos de aquella jauría humana —asesinos fascistas que en el año 1936 diseñaron concienzudamente el exterminio de miles de españoles, y castraron políticamente a dos generaciones más—, siguen vivos y campando a sus anchas por las calles de nuestras ciudades.

El fascismo tendría derecho a estar, y a expresarse en una sociedad democrática, si su mensaje aceptara otras maneras de concebir la convivencia política. Pero su pretensión inapelable de imponer su sentido particular de la autoridad, de la disciplina y de la violencia, lo excluye de cualquier entendimiento político.

El mensaje fascista —lo ha demostrado históricamente— es capaz de licuar la convivencia de las sociedades en las que parasita. Esta jauría humana no puede, ni sabe, convivir democráticamente con otras opciones porque, por definición, no entiende ni acepta otra voluntad política. De un modo gráfico: no es buena idea dejar que la zorra opine sobre el futuro del gallinero. Hay cosas que los pueblos —y me refiero a los pueblos que deciden convivir democráticamente— no pueden permitir, y el fascismo es una de ellas, porque su sola presencia es capaz de demoler pilares básicos de nuestras sociedades como son el respeto a la diversidad, la aceptación de lo plural y el derecho de cualquiera a ser diferente. Frente a estos valores de tolerancia impondrían el inviolable amor a una patria diseñada ad hoc, obligarían a la unicidad de pensamiento y a la uniformidad ética y estética, como hicieron en España hace 80 años. Por múltiples motivos, es imprescindible identificar, aislar y extinguir los fascismos —extinguirlos a base de libros, digo—. Es una cuestión de supervivencia para las democracias.

Se instala bastante bien el fascismo actual entre las masas bovinas, como siempre ha hecho. Lo hace apelando a falsos agravios que cometen los extraños contra los buenos españoles, y siembran una semilla de odio contra los otros, contra el no nacido en esa España, Grande y Única en la que sólo cabrían ellos. Es un mensaje sencillito el de estos fascistas (a algo más complejo no llegan): los españoles, primero…

…como si nacer en una patria u otra proporcionara a los seres humanos más o menos derechos. 

sábado, 17 de junio de 2017

…en el intento de alcanzar algo parecido a la utopía


«Si las leyes de derechos humanos dificultan la lucha contra el terrorismo, cambiaremos las leyes», ha dicho la premier británica Theresa May. Tiene su lógica. Supongo que lo dice en un intento de conectar con los que quieren (y es lo queremos todos) defenderse eficazmente del terrorismo islamista. Del islamista, digo, que aquí en occidente no se habla del terrorismo propio, del que generan los poderes financieros sobre el resto del planeta… está hablando May del terrorismo yihadista que emana del Estado Islámico que, a su vez, es una derivada del dominio que los occidentales hemos ejercido sobre las actuales naciones islámicas. De ese terrorismo habla, no de otro.


Con mensajes como el de Theresa May acabará pasando lo que pasó en Estados Unidos después del ataque japonés de Pearl Harbour, que metieron en campos de concentración a todos los americanos de origen japonés. Lo mismo pasó en el Cádiz de 1808, que la colonia comercial francesa, que había convivido con nosotros durante lustros, se convirtió de la noche a la mañana en enemiga, y los encerraron en los pontones anclados en mitad de la Bahía. Y a poco que prosperen en Europa los movimientos fascistas —que ya estamos en ello—, y a poco que ayuden los yihadistas creando terror —que también están en ello—, acabaremos expulsando a los europeos de origen islámico al otro lado del mar. Es lo que nos pide el cerebro de reptil que conservamos todos, que, por cierto, encaja la mar de bien con la idea fascista de las cosas.

Posiblemente yo haría lo mismo… porque, lo reconozco, tengo bastante de reptil. Pero frente a esa pulsión visceral y atávica deberíamos anteponer los siglos de civilización que nos han modelado. Somos la consecuencia histórica de un siglo XVIII, plagado de luces y racionalismo. Y somos la derivada de revoluciones que nos convencieron de la igualdad entre los hombres, sin distinción de cuna o cultura. Ya sé que esto es una entelequia, pero al menos somos capaces de imaginarla y percibirla; y caminamos por la historia, tropezando una y otra vez, en el intento de alcanzar algo parecido a esa utopía…

…a los yihadistas les falta este hervor. Ellos, y sus luceros de mezquita, siguen atascados en lo oscuro del Medievo, embrutecidos por una creencia que les exonera de la responsabilidad de sus actos. Y sin responsabilidad, como carácter inherente de sujeto libre, construyen ejércitos de irresponsables —dispersos y encriptados en nuestra sociedad— para ganar un cielo lleno de huríes. No hay mayor fracaso para el ser viviente que entregar su pulsión de vivir. Fácil, porque, además, somos un enemigo odioso que nos merecemos su odio, por prepotentes, por el expolio que hemos hecho de sus recursos y por el menosprecio histórico que le hemos dedicado. Y así cierran el círculo para justificar su guerra santa, su sacrificio y su eterno premio.

No es fácil sobreponerse al cerebro de reptil. Después de ver imágenes de un terrorista apuñalando a un hombre normal en el Puente de Londres, a servidor le pide el cuerpo que esos especímenes sean considerados sub-humanos… Porque si los cosificamos será extremadamente sencillo despojarle de derechos humanos y, en consecuencia, las masas sin conciencia ya nos encargaremos de lincharlos físicamente, sean realmente yihadistas o simplemente lleven la barba al uso. Las masas no somos receptivas al pequeño detalle de la culpabilidad, lo que queremos es venganza y nos da igual que la víctima sea culpable o no. No hay descenso a la barbarie más clara que esa… y Theresa May apunta a ese camino cuando dice lo que dice. Los patriotas filo-fascistas siempre plantean la misma ecuación:

La seguridad es inversamente proporcional a la libertad individual.

Y  nos tienen convencidos de que es inevitable… pero, no sé por qué, no me fío de estos buitres que gobiernan el planeta.

Yo no sé cuál es la solución para ganar esta guerra contra combatientes oligofrénicos, pero mermar los DDHH como dice May o como vienen haciendo los buenos patriotas americanos en Abu Graib, en Guantámano, o en numerosas cárceles secretas de la CIA repartidas por el mundo, es un retroceso catastrófico para la humanidad.

No sé… ¿y si reconociéramos que occidente también provoca terror y que esa ha sido su política histórica? Exterminar pueblos y culturas para saquear y enriquecerse con sus recursos, y provocar su pobreza crónica. ¿Y si intentáramos intervenir en un sistema financiero terrorista que provoca muertes a escala planetaria cuando especula, por ejemplo, con el precio de las cosechas futuras?


¿Y si intentáramos comprender por qué nos odian tanto?

martes, 13 de junio de 2017

Historias en diferido: Vacaciones en el otro mundo

Sobre las peripecias de Alex y Yoli, cooperantes en la Comunidad Inti Wara Yassi, selva amazónica de Cochabamba.



Cuentan que se marcharon una semana de vacaciones. Que ya que estaban en la otra costa del Atlántico, querían conocer aquel lado… un lado quizá alejado del estándar europeo, pero no precisamente un lado oscuro, en absoluto. Puede que allí sea más evidente la diferencia de vida si la comparamos con la occidental… y el problema tal vez sea ese, nuestra insistencia en comparar niveles económicos y olvidar que cada pueblo debería tener su propio camino a la felicidad. Dudo yo que nuestro sistema sea el ideal para eso, para buscar la felicidad de la gente. Porque, si como se empeñan en decirnos, el bienestar consiste en comprar cosas inútiles y en beber seis cervezas mal vamos… No sé. Estoy convencido de que esa cosa que en occidente llamamos bienestar, y que relacionamos siempre con el trabajo, el ocio y el uso del dinero, no puede exportarse a cualquier sitio. Es más, me parece que históricamente ha sido un crimen exportarlo a sociedades que han evolucionado de otra forma… porque el choque culturas que ha supuesto, siempre ha extinguido a las más sencillas. 


Total. Que Alex y Yoli han dejado la Amazonia boliviana, su clínica veterinaria, sus monos, coatíes, puercoespines y demás animales y se han marchado a recorrer el resto del país. Querían ir a no-sé-dónde alquilando una avioneta, pero dicen que les salía muy caro y desistieron, que no está la cosa para tales menesteres. De todos modos no les salió mal el periplo.

Salar de Uyuni

En el suroeste, en el altiplano, está el Salar de Uyuni, un inmenso desierto de sal. Llegaron justo después de unas lluvias y por eso la inmensa llanura tenía un dedo de agua. Lo justo para convertir la superficie en tal espejo que difícil era encontrar la línea horizontal que separa el suelo y el cielo. Cuentan que los sonidos se propagan sin rebotar en ningún obstáculo. Que no existían referencias para calcular distancias y que eso confunde la percepción. Que la brisa era fría y que el espacio abierto y la belleza del lugar te devolvía a la humildad que los hombres nunca deberíamos perder frente a la naturaleza.


Altiplano boliviano

Llanuras del altiplano boliviano que acaban en gélidas montañas. El sol quema a esas alturas, y lanza radiaciones UV inesperadas y peligrosas. El oxígeno es menos denso. La brisa fría barre el altiplano… La cordillera de los Andes sube desde el cabo de Hornos, en el sur de Chile, paralela a la costa, durante más de siete mil kilómetros. Cuando llega a Bolivia gira a occidente y forma el Codo de los Andes, que separa los bosques tropicales de la Cuenca Amazónica, en el norte, de las planicies subtropicales del sur. Es una región con una riquísima variedad de climas y ecosistemas. 

En el Codo de los Andes bolivianos. Un laberinto de montañas y valles.

Hay en Samaipata, al sur de Santa Cruz de la Sierra, una montaña de arenisca roja, de 200 por 60 metros, pulida por la erosión de siglos y tallada con altorrelieves que sólo son visibles desde el cielo. Un santuario precolombino impresionante que aún hoy no tiene una explicación entendible. 


Y tiene Bolivia, según en qué regiones, una pequeña costra de roca sólida que separa a los hombres de una inmensa bolsa de magma. Géiseres y piscinas de aguas termales se reparten por el contorno… El Parque Amboró, en el centro de Bolivia, es uno de los ecosistemas más preciados del planeta. Ubicado en el Codo de los Andes, convergen cuatro de las más importantes regiones biológicas de Bolivia: los bosques húmedos de la Amazonía, los bosques y pampas de los Andes, los chaparrales secos, sabanas y arboledas. Dicen Alex y Yoli que, tal vez lo más asombroso de Amboró fueran los bosques de helechos arborescentes… sólo faltaba el velociraptor asomando detrás de un tronco. No son tales los troncos, sino entramados de raíces que le dan porte de árboles. Todo el carbón mineral que hemos consumido durante el periodo industrial (y que aún consumimos) se formó a partir de enormes bosques de estos helechos en el Carbonífero (zona temporal del periodo Paleozoico, entre el Devónico y el Pérmico) que comienza hace 359 millones de años y finaliza hace 299 millones de años. Impresionantes… los que saben de estas cosas dicen que han sobrevivido porque desarrollaron la capacidad de sintetizar tóxicos de mal sabor que evitaron seguir siendo comida para herbívoros.

Bosque de helechos arborescentes en Parque Amboró

Y cuentan que después de diez días de viaje, la vuelta a Parque Machía fue escalofriante. Si hace casi un año, Alex tuvo que dejarse la barba para que los monos le respetaran… ahora le achuchaban en señal de bienvenida y no podía desprenderse de sus abrazos. 

…está claro que estas cosas no se hacen por dinero. Hay asuntos en la vida que no entienden de monedas. Esas son las realmente valiosas y escasas.

Alex y Yoli son afortunados… pero creo que aún no lo saben.

viernes, 2 de junio de 2017

Carta abierta desde el fondo de la fosa

San Fernando (Cádiz), Junio de 2017


Señora presidenta de la Junta de Andalucía:

Los muertos esperan desde hace ochenta años. Sabemos dónde están y que son demasiados. Seis de los asesinados durante el terror fascista en San Fernando durante 1936, ya nos miran, inmóviles y descarnados, desde el fondo de la fosa. Esperan ser exhumados, identificados y enterrados con la dignidad que merecen. Eso es lo que esperan de nosotros.

Aún no sabemos quiénes son esos seis hombres —como usted sabe, la primera fase de la excavación sólo eran sondeos arqueológicos para localizarlos—. Y son muchos más. La lista de víctimas es larga. Podrían ser concejales de la última corporación republicana de San Fernando, sindicalistas, obreros significados, militares que no se decidieron a apoyar la sublevación, vecinos denunciados por otros vecinos, etc. Uno de esos seis cuerpos podría ser el de Juan Mantero Valero, el último de los dieciséis concejales de San Fernando asesinados entre agosto y noviembre de 1936. Tal vez.

Un 4 de noviembre de tal año mataron a Mantero, edil republicano del Ayuntamiento de San Fernando. Tenía 44 años y bastó una bala de fusil para dejar ocho víctimas directas: él, su viuda y seis huérfanos. El resto de su familia, sus vecinos y amigos cercanos quedaron instalados en la inacción por miedo. Su muerte no fue la consecuencia de una causa judicial, sus homicidas le aplicaron un Bando de Guerra ilegal que impusieron por la fuerza bruta de las armas y por la voluntad expresa de exterminar cualquier disidencia a su causa. Los ejecutores pensaron detenidamente cómo quitarle la vida y se aseguraron dos cosas. Primero, que la víctima no pudiera defenderse y, segundo, que el acto de su muerte no supusiera ningún riesgo físico para ellos mismos. No ejecutaron a Juan Mantero Valero, lo mataron con premeditación, impunidad y alevosía. Fue un asesinato…

Pero Juan Mantero Valero no era un criminal, fue un obrero metido a concejal desde el 27 de febrero de ese año. Su delito —y el de sus compañeros de corporación asesinados o represaliados— fue tener «ideas izquierdistas y/o ser masón» y, lo que era peor, representaba la legitimidad republicana y con ello la inquina de los sublevados contra ella. Lo decía expresamente el artículo 8º del Bando de Guerra que dictó el gobernador militar de la provincia de Cádiz, López-Pinto, el 18 de julio de 1936:

«Serán depuestas las autoridades principales o subordinadas que no ofrezcan confianza y no presten auxilio debido, y sustituidas por las que designe».

Juan Mantero Valero era autoridad republicana, izquierdista y masón, condiciones que resultaban incompatibles con la patria única, grande y libre que plantearon los sublevados contra la República.

Señora presidenta de la Junta de Andalucía, él y todos los asesinados en San Fernando, esperan desde el fondo de su fosa a que los políticos actuales decidan dar el paso siguiente: sacarlos a todos, identificarlos y darles una digna sepultura.

Como usted debe saber, la Asociación por la Recuperación de la Memoria Democrática de San Fernando (AMEDE), integrada por familiares de represaliados por el franquismo, bajo la dirección de un equipo técnico muy implicado (arqueólogo, topógrafo, antropólogos y voluntarios), también con la magnífica ayuda logística del Ayuntamiento de la ciudad y un convenio económico con la Diputación Provincial de Cádiz —incumplido a fecha de hoy, por cierto—, comenzó las catas arqueológicas en el cementerio de la ciudad el mismo día de noviembre que Donald Trump ganó las elecciones en Estados Unidos. Un mes más tarde encontramos los primeros restos. Tienen ustedes un informe preciso de más de 500 páginas, con los aspectos arqueológicos y topológicos de la excavación realizada, con los detalles de cada cuerpo localizado que expone el antropólogo forense, con las circunstancias que explica el antropólogo social. Y, además, tienen ustedes las estimaciones presupuestarias y la firme voluntad de los familiares de represaliados para sacarlos a todos en la siguiente fase. Y, finalmente, tienen ustedes, señora presidenta, una flamante Ley de Memoria Histórica que esperamos sea ágil para que nos sirva a todos.

Desde que finalizaron los trabajos de localización, los muertos siguen en el fondo de la fosa. Tapados con una lona, a merced de gatos, ratas y elementos… esperando que nuestras autoridades políticas autoricen a sacarlos, identificarlos y darles una sepultura digna.

Señora presidenta, ¿qué les impide tomar una decisión?



Asociación por la Recuperación de la Memoria Democrática,Social y Política de San Fernando. (AMEDE)

jueves, 18 de mayo de 2017

Los señores del Pino

Ella quiso que dijera una palabras en la ceremonia… y apenas pude. Los tanatorios ya suelen tener una sala sin símbolos religiosos para estos casos. Era lo propio para mi amigo. No era él un hombre de fe y habría sido una broma macabra relacionarle con liturgias religiosas. Él estaba convencido de muchas cosas, pero NO CREÍA, intentaba COMPRENDER. Y si no alcanzaba el conocimiento —porque la condición humana es así de limitada—, confiaba en que otros sí lo hicieran. La fe era inaceptable para él por la dejadez racional que supone.

Casi todos mantuvieron la entereza. Yo no pude… les expliqué a trompicones que hacía mucho tiempo, en el año 1980, a finales de agosto, mi amigo cumplió los treinta. Intenté que le imaginaran con treinta años, alto, guapo, con esa sonrisa socarrona…

estábamos en la Sierra de Cazorla, cuando Cazorla era un paraíso prácticamente virgen. Acampados en un prado. Dos tiendas al pie de un bosque espeso de pinos grandes. Al otro lado del prado, un riachuelo de agua cristalina. ¡Era final de agosto y, a pesar de la estación, el riachuelo discurría con fuerza! Todas las tardes, entre las cuatro y las cinco el cielo se encapotaba y descargaba un aguacero brusco y abundante…



Les conté que un hombre que acampaba al final del prado aprovechaba para enjabonarse la cabeza, el cuerpo y hasta le daba tiempo a enjuagarse. No había por allí duchas ni nada por el estilo y el tío se duchaba todos los días con la tormenta… y, ahora que lo pienso, ¡yo no recuerdo cómo nos lavábamos nosotros!

…la noche que mi amigo cumplió treinta años, de madrugada, se desencadenó una tormenta de narices. El viento acabó abatiendo un enorme pino que crecía junto a nosotros. El sonido fue espeluznante. Afortunadamente lo tiró para el lado contrario de nuestras tiendas, porque de otro modo nos habría aplastado y ensartado con las ramas. Era tan intimidante la fuerza natural desencadenada que a las tres de la madrugada abandonamos las tiendas y los equipajes, y nos marchamos con lo puesto, en su Dyane 6, al Parador Nacional de Cazorla…

…cuando nos vieron aparecer de aquella guisa, desencajados y contando una confusa historia de un pino que se había caído, se apiadaron de nosotros y nos metieron en las antiguas cuadras que se usaron para alojar a la escolta de Franco cuando el general iba a cazar por esos lares.

…a la mañana siguiente, durante el desayuno, los trabajadores del Parador decían que éramos los señores del Pino. Y esta forma de llamarnos la hemos mantenido mucho tiempo como una cosa de complicidad…

Entonces explique que les había contado esa tontería porque así tendrían una razón más para recordar nuestro amigo como el señor del Pino… que lo había contado en la inteligencia de que cada hombre no muere del todo mientras queden hombres y mujeres que le recuerden, compañeras que le amen, hijos y hermanos que le añoren, y amigos que le echen de menos. Pero no sé si me expliqué…

Cada hombre es la suma de un millón de momentos vividos; de amores que nos traspasan, de odios que generamos, de lecturas medio entendidas, de hombres y mujeres que nos rozan… y cada uno de esos momentos condiciona, aunque sea infinitesimalmente, el resto de la vida. Cada hombre es también la consecuencia de las conversaciones mantenidas. Y yo he tenido el privilegio de escuchar muchas veces a mi amigo…

Confesé que parte de lo que soy, de lo que pienso, de lo que me indigna, es a consecuencia de él. Les dije que mi amigo me atravesó y que mientras yo viviera él no morirá del todo… y que había sido un privilegio haberle tenido.

Pedí un aplauso para él. Vi cómo lo hacía ella, la señora del Pino, la mujer fuerte de puertas para afuera, y miré por última vez el ataúd de mi amigo…


domingo, 7 de mayo de 2017

El mundo de María

Yo la he visto abrazada al cuerpo de su hija. Sin fuerzas para llorar y sin comprender. Con ochenta y ocho años debería ser ella la que recibiera los llantos y no al revés. Pero la muerte pasó a su lado sin prestarle atención porque buscaba con saña a su pequeña. Hasta que se la llevó. La Señora de Negro siempre acaba imponiendo su fea voluntad. Y no lo entiende. María no entiende para qué sigue viva…


Todos los días la visitamos en la Residencia. La encuentro relajada en su butaca con los ojos entornados y me sonríe. Somos uno de los hitos que rompen su rutina diaria. Se apoya en el bastón y en mi brazo y, con permiso de sus rodillas, caminamos juntos hasta un rincón donde nos cuenta las cosas que va descubriendo día a día entre esas paredes y entre los hombres y mujeres que comparten ahora su vida. María apenas interfiere en su entorno, prefiere que la vida transcurra sin ella, que la dejen al margen y que nadie espere nada de María. Sonríe a todos sus compañeros y le gusta que le digan lo guapa que se ha puesto hoy. Y así los va conquistando…

Su mundo es ahora un pequeño universo estructurado donde cada anciano tiene su lugar. Ocupan siempre el mismo butacón. A esas edades es mejor que la vida esté pautada y que cada cual conozca qué va a pasar a continuación… las luchas por un status y la conquista por el liderazgo del grupo son cosas que hay que evitar. Pero ocurren.

Para María el transcurso del tiempo se hace más relativo cada día qué pasa. Ocurre que las mañanas son eternas y las tardes efímeras, o al revés. A María le cuesta a veces saber si lo que viene a continuación es la comida o la cena. Entre comida y cena se sienta junto a Fermina, que habla muy bajito y con acento murciano. María oye muy poco y por eso no la entiende, pero afirma cuando intuye que le hace una pregunta, y le sonríe. De alguna forma encuentran la manera de comunicarse porque comparten el mismo universo y conocen cuáles son las preguntas… luego, cada una compone la respuesta que se le antoja. Fermina tiene un hijo, pero vive lejos y la visita poco. María no sabe si Fermina tiene nietos… a lo mejor se lo ha dicho, pero María oye muy poco y Fermina habla en susurros, y así no hay manera.

José Domingo tiene tres dientes y se mueve con soltura por la Residencia, se conoce todos los rincones y se sabe todas las vueltas del funcionamiento. Cada vez que me encuentra me pide cincuenta céntimos para un cafelito… y me encuentra cada cinco minutos porque tiene memoria de pez. Lo tiene terminantemente prohibido, pero no hace caso y pide a todos los visitantes; se ve que no puede evitarlo. Al final hay que ponerse serios con él y sólo entonces se marcha.

Carmela viste siempre en todos marrones y lee libros para su hermano que va en silla de ruedas. Ella y su hermano no son demasiado mayores, siempre van juntos y a ambos les cuesta devolver el saludo cuando entro en la sala-biblioteca, aunque lo haga todos los días a la misma hora y les dedique un gesto amable. Carmela lee en voz alta y su hermano mira al frente imaginando la escena…

Juana se ha quedado dormida en una butaca de la biblioteca, entre sol y sombra. La cabeza caída y en la mano sostiene una vieja foto de un militar joven…

Hay ancianos que se aíslan voluntariamente… otros están radicalmente solos y no esperan nada. Recuerdo la primera vez que entré en la sala grande y los vi a todos sentados, muchos dormidos, otros desparramados en sus sillas de ruedas. Y recuerdo a mi sobrino Juanito, el nieto de María, que me decía con lágrimas en los ojos que no podía con esa estampa. Yo lo he comprendido al cabo de un tiempo. No imaginaba que detrás de cada uno de ellos, aparentemente abandonados a la indolencia, que no parecen esperar nada del tiempo que les toca vivir, latían tantísimas emociones… cada uno de ellos tiene un nombre, una identidad única, una historia viva y me entregan una sonrisa cada vez que entro en la sala. Los conozco ahora, Juanito, y sé lo feliz que son cuando se les dedica una simple sonrisa: te veo y te reconozco, le estás diciendo a cada uno.

Es tan sencillo.

lunes, 6 de marzo de 2017

El Cementerio de los Soldados

Este artículo se publicó en la Revista General de Marina. Ene/Feb 2017. Páginas 31-35
   
Hay en San Fernando, a orillas de la Bahía de Cádiz, muy cerca de la llamada Casería de Osio, un cementerio olvidado pero lleno de historias y de algún héroe anónimo[1].

Cuando en agosto de 1812 los franceses levantaron el sitio a las Islas Gaditanas —un cerco militar iniciado en febrero de 1810 que acosaba el último reducto de la España libre—, en el Cementerio de San Carlos[2] se habían inhumado novecientos cinco soldados y marineros españoles. Todos ellos muertos por heridas o enfermedad en un hospital militar provisional que se había habilitado, en febrero de 1809, en el Cuartel de la Nueva Población de San Carlos, antigua Isla de León (actual ciudad de San Fernando, Cádiz)[3].

Esos hombres, soldados y marineros, habían muerto defendiendo la independencia del último trozo de España (San Fernando y Cádiz) que permanecía al margen de la dominación napoleónica, ciudades donde se habían refugiado la Regencia del Reino y, a partir de septiembre de 1810, las Cortes Generales. Fueron hombres que dieron su vida mientras a sus espaldas se discutía y gestaba la primera constitución española, la de 1812, que inició una profunda transformación de la sociedad española y americana, y un larguísimo proceso —que se arrastró durante todo el siglo XIX— para superar el Antiguo Régimen. La muerte de estos hombres no fue, por tanto, un sacrificio inútil, ni merecen el olvido en el que han permanecido hasta el momento.

Actualmente el cementerio donde reposan estos españoles es un Sitio Histórico vinculado al Legado Patrimonial de los Lugares de las Cortes y la Constitución de 1812 en San Fernando, Cádiz y la Bahía[4], declarado Bien de Interés Cultural y, pese a ello, es un lugar abandonado, en ruinas y con una historia olvidada. No conserva cruces, lápidas ni epitafios. Es un camposanto totalmente olvidado e ignorado por casi todos. Irreconocible como tal porque ha perdido todas las señas propias de lo que fue. Sus muros se han ido cayendo piedra a piedra a lo largo de las últimas décadas[5]. Y, por supuesto, ningún hito físico recuerda la gesta de estos hombres cuyos restos permanecen ahí enterrados.



Pórtico del Cementerio de San Carlos (San Fernando), de inspiración neo egipcia. 2015


Pero no sólo los defensores de la primera Constitución reposan en el Cementerio de San Carlos. Hoy se conocen los nombres, apellidos y condición militar de trescientos trece prisioneros franceses que tuvieron el dudoso honor de ser los primeros usuarios de este camposanto. Fueron marineros al mando de vicealmirante Rosily y soldados del general Dupont, derrotados en Bailén.

Los primeros procedían de la escuadra gala rendida en la batalla de la Poza de Santa Isabel, el 14 de junio de 1809. Eran marinos y marineros que sobrevivieron a la derrota franco-española de Trafalgar, que desde octubre de 1805 —bloqueados por la flota inglesa— habían permanecido como aliados en el puerto de Cádiz. Sin embargo, los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid los convirtieron de la noche a la mañana en enemigos… y el último recurso de Rosily, imposibilitado para escapar a mar abierto donde esperaba el inglés, fue fondear su escuadra en mitad de la Bahía de Cádiz. Pero el acoso español, y la imposibilidad de recibir ayuda exterior, obligaron al almirante francés a rendirse. Más de tres mil marinos franceses fueron presos ese día.

Por otro lado, los 17.500 prisioneros tomados en Bailén en julio de 1808, soldados del general Dupont, fueron llegando a la bahía de Cádiz, y encerrados en pontones insalubres donde padecieron insufribles penalidades.

Para paliar las enfermedades de estos hombres se dispusieron dos hospitales provisionales. En Cádiz, el de la Segunda Aguada. En la Isla de León, se adecuó para tal fin una zona del Cuartel de la Nueva Población de San Carlos. Asociado a este último nosocomio, se habilitó un cementerio donde enterrar con discreción e inmediatez a sus pacientes muertos. Como ya se ha dicho, al menos trescientos trece prisioneros franceses, fallecidos en el hospital de San Carlos entre agosto de 1809 y febrero de 1810 reposan en el viejo cementerio. Hoy, ni lápidas ni epitafios los recuerdan.

Aquellos fueron los primeros. Los siguientes son los novecientos cinco españoles que defendieron la independencia española entre 1810 y 1812, los mismos que propiciaron con su sacrificio la génesis de la constitución liberal de 1812; la que en su artículo 13º proclama que la felicidad de la nación, y el bienestar de los individuos que la componen, es el objeto del gobierno. Pero no fueron los últimos. A lo largo del siglo XIX y la primera década del siglo XX, más de 5792 ciudadanos adscritos a la jurisdicción castrense fueron inhumados en este cementerio. La inmensa mayoría, soldados y marineros. Unos fueron defensores de causas liberales, y otros murieron defendiendo monarquías absolutas durante un convulso siglo XIX. Los hay cantonalistas y los hay que murieron camino de las colonias de ultramar. Incluso hay muertos que se quedaron sin patria por la que luchar y morir: los que volvieron después de perder Cuba y Filipinas. Hay enterradas monjas de la caridad, también niños, mujeres, personal de la maestranza del Arsenal de la Carraca, bogadores de faluchos, inválidos de Marina, capellanes, cocineros, médicos, aprendices de múltiples oficios, presos de la jurisdicción ordinaria, sirvientes del colegio naval militar, prisioneros carlistas; cabos de vara[6], desterrados y confinados políticos en el Penal de Cuatro Torres, insurgentes cubanos, hay tres ajusticiados a pena de horca y descuartizamiento posterior, y posiblemente haya enterrados un número indeterminado de republicanos fusilados durante la guerra civil. Muchos muertos sepultados en este cementerio como para que siga olvidado y en ruinas.

Pero no nos engañemos, además de los franceses enterrados, la realidad es que estos ciudadanos fueron españoles del siglo XIX que vivían y morían en un país anclado en una profunda incultura y miseria. En el cementerio de San Carlos no reposan marinos ilustres, ni soldados ilustrados. Difícilmente estos hombres empeñaron su vida por ideas o ideales propios, más bien cayeron por ideas o ideales de otros.

Y, sin embargo, todos ellos tienen un factor común: murieron mientras vestían el uniforme militar de la nación que les tutelaba: España. Todos estos muertos han contribuido de alguna manera a que cada uno de nosotros hoy seamos conscientes de pertenecer a una patria.


Conclusión

Después de recuperar la historia olvidada de este cementerio ya no deberíamos hacer caso omiso de estas piedras ni de esta historia. De una u otra forma es nuestra obligación darle a este lugar la importancia que merece. No es la importancia subjetiva que cada uno interprete, no, hay una importancia objetiva inherente al objeto patrimonial, en este caso un viejo cementerio de soldados.

Porque un cementerio de soldados exige la obligación ineludible de cumplir con un acuerdo tácito: ellos, los soldados, entregan la vida si es preciso (y no solo hablamos de muertes heroicas en el campo de batalla, no es eso, porque la inmensa mayoría de estos hombres murieron de tisis y disentería en la cama de un triste hospital) y a cambio, la nación que los tutelaba, les entregaba un pedazo de tierra para descansar dignamente. Ese era el trato: ellos daban la vida mientras vestían el uniforme de su patria, y la nación les garantizaba a cambio un pedazo de tierra donde caer muertos.

Y así se hizo en este cementerio hasta que el olvido extinguió el compromiso. A partir de entonces, nadie se ha preocupado por cumplirlo…

…hasta hoy. Una vez recuperada la historia y las circunstancias de este cementerio de soldados, no podemos ignorar nuestra responsabilidad. Entre todos ciudadanos, representantes políticos y autoridades militares, deberíamos cumplir con nuestra parte del trato: asegurarles un pedazo de tierra digno, reconocible e  identificable donde se les puede recordar.

Se lo debemos.



[1] Este artículo es una consecuencia del libro titulado Un camposanto sin epitafios. (Anotaciones para la historia del Cementerio de San Carlos), de Miguel Ángel López Moreno. Editado en San Fernando,  @MilanLoMo - 2016. Es un libro que recupera los orígenes e historia de este olvidado cementerio castrense situado en un extremo de la Población Militar de San Carlos, en un claro intento de integrar en la ciudad este objeto patrimonial e histórico. Más información en:
[2] A falta de una historiografía para este cementerio, en la ciudad de San Fernando se le conoce popularmente de distintas formas: Cementerio de los Franceses, de los Ingleses, de la Casería de Osio, de San Carlos, Militar y de los Soldados.
[3] El Hospital de San Carlos ha permanecido bajo jurisdicción militar hasta 2013. Ese año pasó a depender del Servicio Andaluz de Salud.
[4] El Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA) publicó el 15 de Marzo de 2012 la inscripción oficial en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz del llamado ‘Cementerio de los ingleses’ como Bien de Interés Cultural (BIC), con la tipología de sitio histórico, en el legado patrimonial de los lugares de las Cortes y la Constitución de 1812 en San Fernando, Cádiz y la Bahía.
[5] Si bien es cierto que el Ministerio de la Defensa, como titular de los terrenos, ha propiciado una intervención puntual en mayo de 2016 para evitar el desplome de los muros que quedan en pie.
[6] Nos referimos a Cabos de Vara del Penal de Cuatro Torres del Arsenal de la Carraca, una especie de capataz entre los penados. La vara que lo identificaba no sólo era un símbolo de autoridad, sino herramienta disuasoria.