jueves, 14 de mayo de 2020

Replicantes


Torrealta desde el manchón de los viejos almendros



Me gustaba pasear con Boro-boro cuando todo era soledad y los vecinos estaban confinados en casa… ya sabéis, la pandemia de COVID-19, ese punto de inflexión en nuestra historia. En los primeros días resultaba sobrecogedor el silencio de la ciudad, la ausencia de movimiento, las calles y carreteras vacías… nadie a la vista. Solo los servicios esenciales, y básicos para la vida, se mantenían en pie y visibles. Entonces daba gusto sonreír a los pocos humanos con los que te cruzabas y era emocionante aplaudir desde los balcones a los que arriesgaban su salud y permanecían al servicio de los demás. Colaborar, cooperar y ser empático eran valores en alza y cada uno de nosotros tenía la secreta esperanza de que sería algo duradero. Teníamos un enemigo común, y esta vez, para variar, no era otro humano, era una cosa que no se sabe muy bien si está viva o es inerte… los que estudian estos asuntos no lo tienen claro. Pero, sea una cosa viva o no, el coronavirus se replicaba como un demonio.

Todo parecía una broma planetaria en el escenario de una distopía de película. De golpe el país (y buena parte del mundo) se detenía en seco porque los hombres éramos vectores de transmisión y no convenía acercarnos unos a otros. Nos quedamos en casa y abandonamos buena parte de los trabajos. Se hizo realidad el símil que explica ese gólem económico irracional, esa economía que no puede dejar de crecer ni detenerse porque… la economía es como pasear en bicicleta, si te paras te caes. Y así ad infinitum, hay que seguir pedaleando aunque delante se abra un precipicio o se agote un planeta, hay que seguir pedaleando sea como sea. Hay que crecer indefinidamente, aunque esa economía depredadora agote los recursos del planeta, lo llene de basura y lo haga inhabitable. Hay que seguir con esto porque no hay alternativas al sistema —nos dicen los popes de la cosa neoliberal—, aunque sea una economía que genera riquezas que acumulan unos pocos y acrecienta la miseria de la mayoría… Pues la paramos en seco porque nos iban muchos muertos en el envite, y porque, afortunadamente, en el gobierno había gente con tal sensibilidad… que casos hay (Trump y Bolsonaro, por ejemplo) que anteponen la actividad económica a la vida, entre otras cosas, porque no entienden que el Estado deba ocuparse de amparar a la gente, sino que lo perciben como una cancha para que los negocios dicten las leyes de la supervivencia social y biológica. A servidor le parece que esa especie de darwinismo económico es un concepto criminal.

Pues, a pesar de la paralización económica, el gobierno bolivariano de España (que así lo llamaban los ciudadanos filofascistas) sacaba dinero de los prestamistas para atender las necesidades inmediatas de la gente —ya veremos quién y cómo se paga esto—. Las empresas más poderosas se volvían aparentemente solidarias de la noche a la mañana, y el temor al minúsculo coronavirus, por el momento, parecía sacar cosas buenas de la condición humana… excepto de algunos políticos, que seguían empeñados en aprovechar esta macabra oportunidad para conquistar el poder con malas artes, como siempre hacen los de esta calaña política cuando no mandan ellos.



En ese tiempo de confinamiento humano, personalmente, me interesaba mucho observar cómo la naturaleza recuperaba el lugar que dejaban los humanos. Jabalíes y lobos por las calles, zorros por jardines urbanos, osos en las piscinas, medusas en los canales de Venecia, nutrias en los puertos… Y al cabo de los cincuenta días —es a lo que servidor iba—, cuando nos dieron suelta y volvimos a pasar por los sitios prohibidos, vimos que las plantas silvestres habían crecido sin control en lugares urbanos que antes eran transitados. Tanto habían crecido que casi cubren, por ejemplo, la escalera que baja desde el Observatorio de la Armada hasta el parque del Barrero, junto al Meridiano de San Fernando. La vida siempre se abre camino, busca los recovecos propicios y la mínima oportunidad, y la aprovecha. Lo hacen las plantas, que crecen estupendamente cuando no hay humanos que molesten. Y lo hacen los virus que, sean cosas vivas o inertes, buscan replicarse simplemente porque tienen una determinada estructura molecular y, en este universo, resulta inevitable hacer copias de tal molécula. Aquí no hay voluntad ni intentos conscientes de autoperpetuarse, solo hay química. Es tan inevitable que un virus se replique (cuando está en la mucosa adecuada) como que una manzana caiga de su árbol. Parece que toda la dinámica vital se reduce a eso, a replicar el ADN por encima de cualquier obstáculo, sin misericordia, a pesar de todo, cueste lo que cueste. La vida es replicarse, hacer copias de esa cadena helicoidal de cuatro bases nitrogenadas ordenadas vaya usted a saber cómo… Física y química, dos percepciones de la misma esencia.

El universo parece ser pura física, aunque no lleguemos a entender sus leyes todavía. La vida parece ser pura química… y cualquier pensamiento o conducta humana, por muy elaborada, sublime o espiritual que nos parezca, es consecuencia de interacciones entre ondas y partículas. Y tal consideración no resta ni un ápice de belleza al hecho de estar vivo, de pensar para construir ideas, de ser conscientes de nuestra existencia y de amar… es decir —hablando de amar—, al imperativo inevitable de replicar tus propios genes con esa chica de ojitos risueños…

martes, 14 de abril de 2020

La guerra es paz, la libertad esclavitud y la ignorancia es fuerza...




Abril de 2020. Un mes de confinamiento. Qué lejano queda todo lo que creíamos normal y asentado. ¡Solo teníamos un castillo de naipes! Para algunos —a los que nos iba razonablemente bien, en países con cierta protección social—, qué deseable resulta (ahora que la hemos perdido) volver a esa normalidad que nos favorecía y que vamos idealizando conforme pasan los días de encierro. Y mientras esperamos confinados, ansiamos que el virus se canse o sea derrotado a fuer de trabajo y solidaridad, y, sobre todo, deseamos que sea derrotado a pesar de las zancadillas que ponen los que no tienen la dirección política, pero la ansían a cualquier precio.



Sin embargo, ¿qué dirán los que viven a nuestro lado y sufrían una normalidad indeseable? Es decir, los que viven al día y con futuro incierto; los parados o con trabajos precarios y sin planes de futuro, porque no se puede pensar en el futuro con una mierda de trabajo, sin casa y sin estabilidad económica. ¿Qué querrán para después de la pandemia los trabajadores que siguen siendo pobres aunque trabajen toda la jornada? Los pobres de solemnidad que viven en la calle, los millones de personas que malviven en países pobres y sin cobertura del Estado; los que huyen de la miseria y la muerte, y quedan atrapados entre las alambradas y los gases lacrimógenos. ¿Qué normalidad desean todos ellos para después de la pandemia? ¿Quieren la misma normalidad que sufrían o querrán el confortable espejismo que teníamos unos pocos? ¿O querrán una situación más justa y solidaria, con una riqueza nacional al servicio del conjunto de la sociedad o, mirando más ampliamente, con una riqueza global al servicio del conjunto de la humanidad en lugar de seguir apalancadas las riquezas en manos del infame 1% y/o en paraísos fiscales?

¡Qué risa doy, por dios, planteando tonterías!

Me parece que no volveremos a ninguna normalidad previa. Ya lo dejó bien explicado Naomí Klein: las crisis provocan un colapso civilizatorio, y el colapso se aprovecha para enriquecer a los que ya eran inmensamente ricos. Lo que teníamos algunos —riqueza, estatus, bienestar— se ha volatilizado. Se nos habrán muerto miles y miles de personas por culpa de un virus que apenas son dos moléculas de 400 nanómetros de diámetro. La civilización de los hombres está quedando en jaque por una cosa pequeña que se reproduce en la garganta de cualquier ser humano a una velocidad endiablada. Las crisis históricas de la humanidad —ya sean económicas, bélicas, sociales, naturales, climáticas, sanitarias o de cualquier tipo— jamás han conducido a la situación previa a ellas, propician siempre otros valores entre los que sobreviven a los vaivenes. Provocan un tiempo nuevo en el que siempre hay vencedores y vencidos exterminados… lo distinto de esta pandemia vírica es que va contra el homo sapiens en toda su amplitud. El bicho es planetario, no entiende de fronteras ni de grupos nacionales o étnicos, ni distingue entre poderosos y sometidos. Tales cosas son inventos culturales que no altera la química y la física de las moléculas.

¿Qué valores emanarán después? Puede que el vuelco social y geopolítico lleve a desorden y caos, y a soluciones autoritarias (ya hemos experimentado tal catarsis histórica). Pero, por encima de eso, ojalá sirva la pandemia —como desea Eudald Carbonell— para que surja la conciencia global de pertenecer a una misma especie… porque si no es así, nos irá muy mal. Y para que eso funcione, es decir, para que nos sintamos miembros de una misma especie y la cuidemos, sobran dirigentes obtusos como Trump, Xi Jinping y decenas de tipos como estos, que anteponen como han hecho todos hasta ahora su tribu a las demás tribus. Creo que necesitamos forjar y difundir una conciencia colectiva basada en la existencia de enemigos comunes a la especie: el coronavirus y la precaria habitabilidad del planeta… Y creo que sobran los pensamientos que consideran esta crisis —y cualquier otra— como una oportunidad de alcanzar el poder y usarlo para reordenar la sociedad según su criterio (¡como si no estuviéramos hasta las narices de fascismos!); pensamientos que ven en la pandemia una oportunidad para rehacer negocios y alcanzar beneficios económicos privados… una oportunidad para seguir por donde íbamos, es decir: corriendo hacia el precipicio (¡maricón el ultimo!), pero con gente doblegada por el miedo.

Yo también quiero creer que es imposible fundar una civilización sobre el miedo, el odio y la crueldad. No perduraría. Nos lo dijo George Orwell.

Son malos tiempos para el pueblo que trabaja, el pueblo que se levanta todos los días para buscar el sustento diario. La gente normal siempre pierde. Los vencedores siempre son las élites dirigentes, los que detentan, por designio propio o divino, las riendas de la sociedad… los que se nutren del trabajo de otros: los indeseables.

lunes, 23 de marzo de 2020

El pueblo y no las élites




Domingo, 22 de marzo de 2020. Primera semana de cuarentena. La cama me rechaza temprano. En el Sur amanece un estupendo día de primavera. Después de la lluvia nocturna el patio huele a la tierra mojada. Disfruto de ese instante y procuro desechar cualquier otro pensamiento. Más nos vale. Boro-boro trota contenta hacia el parque del Barrero… pero está cerrado. El estado de alarma tiene estas cosas. Por el camino solo nos cruzamos con otro perrito y su dueño. No nos conocemos, pero nos saludamos con una especial cordialidad (los humanos, digo). El otro perro se encara con un gato indolente que toma el sol en mitad del camino. No se inmuta el felino. Boro-boro ladra envalentonada para ayudar a su colega… pero el gato sigue impasible en su puesto. Ni se molesta en abrir los ojos y los perros mantienen la distancia. ¡Esto no es lo que era! Los tiempos siguen cambiando desde que lo anunció Dylan… y me parece que jamás van a dejar de cambiar.

Gente junta / (c) Milan-2012

Ayer dio una charleta televisiva el presidente Sánchez. A él le toca ser la cabeza visible de este país enclaustrado. ¿Logrará serlo? Este coronavirus, y las medidas para combatirlo, está creando entre nosotros la conciencia de pertenecer a un mismo colectivo (me parece que esto pone de los nervios a la derecha filofascista, y a la otra también). Es algo que teníamos muy atrofiado, lo de sentirnos miembros de una misma cosa, digo. Ahora, cuando nos ataca el mismo enemigo, en cuestión de días estamos redescubriendo de somos un pueblo capaz de cosas que ni sospechábamos. Es verdad que la pandemia nos hace vulnerables, que nos sumerge en un baño de humildad, pero al mismo tiempo parece que —de momento— nos hace mejores personas. Da la sensación de que con el país en cuarentena entendemos por fin qué es lo verdaderamente valioso en nuestro modelo de sociedad: los ciudadanos. Y en concreto, la gente que pelea cara a cara contra el virus en hospitales, en las calles y fábricas, en los servicios básicos, en las fuerzas armadas, en las distintas policías y demás funcionarios; los miembros de protección civil, los que trabajan en el sector primario, los que están detrás de las cajas de los supermercados y muchos más… Ciudadanos fundamentales mantienen nuestro entramado vital. Son ellos lo más valioso de nuestra sociedad.

El virus ha servido para entender eso, que el sostén del Estado no son los políticos, ni las estrellas del deporte, ni los famosetes encumbrados por la telebasura, ni los privilegiados por nacimiento. Muchos de estos —incluida la familia real, por supuesto— se han convertido, de la noche a la mañana, en personas prescindibles. Sólo son un mal escaparate de la sociedad, son el circo cutre, productos de usar y tirar… y, por lo general (salvo honrosas excepciones), difícilmente son ejemplo para nadie.

Hoy hemos comprendido que una cajera de supermercado es mucho más importante que un futbolista o un famosete infumable. ¡Qué pequeñas y que ridículas parecen ahora esas estrellas mostrando en las redes sociales sus gracietas encerrados en sus lujosas casas! ¡Qué insustancial parece el rey diciendo a destiempo pamplinas que a nadie interesa!

Susana, mi cajera-reponedora del MAS, es mucho más importante que cualquiera de ellos. ¡Ahí está, detrás de la caja, expuesta día tras día a un contagio! ¿Por cuántos euros al mes se expone Susana? ¡Ojalá! la pandemia nos sirva de reflexión y comprendamos que el objetivo de toda política debería ser el bienestar de los que sostienen a la sociedad: la gente real, la importante, es decir, el pueblo —esos héroes anónimos que se lo trabajan y cumplen con sus obligaciones—. Los que construyen día a día la intrahistoria unamuniana. A esa gente debemos la cohesión de nuestra sociedad, no a los que emergen de la basura mediática, no a los que nacen en camas nobles, no a los surgen de una democracia formal y traicionada.

Me gustaría que una de las consecuencias de esta crisis sanitaria, social y económica fuese un cambio de mentalidad que reconozca al pueblo —no a las élites ni a los mercados— como el pilar básico de la sociedad. Y que su bienestar sea el objetivo inviolable de la política.

jueves, 19 de marzo de 2020

La lluvia del tercer día



Miércoles, 17 de marzo de 2020. Tercer día de cuarentena. Las calles vacías. Llueve… detrás de los cristales, llueve y llueve, sobre los chopos medio deshojados, sobre los pardos tejados, sobre los campos, llueve. Una DANA se ha plantado encima de nosotros y nos regala sus lágrimas. Invita a mirar a través de los cristales de tu casa, convertida en una jaula por culpa del coronavirus. Ojalá la lluvia no cause daños añadidos. Quiero ser optimista con el futuro que siga a la pandemia, pero me cuesta. Somos frágiles… frágiles y un poco viejos. Hemos aprendido que para pensar en el futuro hay que tener en cuenta la economía. Y para vencer la pandemia nos hemos enclaustrado y detenido en seco la espiral creciente de producción y consumo. ¿De qué va a vivir la gente si no reconstruimos el consumo incontrolado de cosas y servicios, aun sabiendo que es un camino insostenible? Volver a lo mismo, a lo que hemos venido haciendo hasta ahora, implica enormes emisiones de dióxido de carbono, cambio climático, desastres naturales y, sobre todo, implica desigualdades sociales crecientes y explosivas.  El capitalismo, con sus crisis sistémicas (esos parones para reiniciar el expolio de los más pobres, eliminar a los improductivos como sobrantes y acrecentar las desigualdades entre grupos sociales), es un fracaso. Como fracaso fue la praxis comunista ensayada y traicionada siempre… pero nadie habla del fracaso del capitalismo, ese sistema aniquilador de lo público y esclavizante de personas. O si lo dicen unos pocos son ridiculizados por los medios que crean la opinión en manos, por supuesto, de los propagadores del neoliberalismo más salvaje e inhumano.

Imagen cortesía de Ángel López González

Yo sé —como lo sabe todo el mundo— que la felicidad de la gente no puede basarse en consumir cosas inútiles o en viajar emulando grandes aventuras con cara de bobalicones y barriguita cervecera… pero si dejamos de hacerlo nos caemos de la bicicleta. Es lo que está pasando por culpa del coronavirus… que hemos dejado de pedalear y nadie ha inventado una alternativa a la bicicleta. Nadie explica que, a pie, sin bicicleta, también se llega a las grandes alamedas… tal vez más lentamente, pero sin jadear, respirando, hablando con tu compañero y mirando el entorno. Nadie explica que existe vida al margen de lo neoliberal. La vida puede ser más amable. ¡Tiene que ser más amable! La inmensa mayoría de la gente de este planeta lo quiere… entonces ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué no jubilamos a los que trabajan con la desigualdad como método y categoría? ¿Por qué no desplazamos a los que se empeñan en acumular la riqueza explotando a los más pobres? No sé… tal vez por la misma razón por la que los judíos fueron dócilmente a los campos de exterminio. Porque era inconcebible tanta crueldad en los de tu misma especie.

Que un país se quede en casa es una experiencia que todos vamos a recordar, y saca lo mejor de cada uno de nosotros. Está claro que no hay nada más adecuado para cohesionar a un pueblo que un buen enemigo externo. Esta vez no son pérfidas albiones o altivos gabachos los atacantes. Esta vez es un virus lo que nos hace comprender de nuevo que somos un pueblo cohesionado, sin necesidad de banderitas ni fanfarrias. Pero me temo que la recesión económica que va a llegar será histórica y hará saltar por los aires cualquier cohesión inicial. Ojalá me equivoque, pero a la solidaridad cívica y espontanea de los primeros días seguirá el egoísmo propio del animal atávico que llevamos dentro. Ese sálvese quien pueda es tan contagioso como la compra compulsiva de papel higiénico. Y, que no nos quede duda, es lo que conviene a los que mandan en la sombra: que no les identifiquemos como los verdaderos enemigos y que nos peleemos entre nosotros, con nuestros iguales, por las migajas que nos dejan.

Lo más probable es que estemos entrando en una nueva época. Una época en la que los poderosos generen tal crisis social y económica que, para escapar de ella, se justifiquen soluciones autoritarias. Ya pasó en la primera parte del siglo XX. Parece que cada generación tenga que experimentar por sí misma los infiernos que lograron superar las anteriores…

viernes, 21 de febrero de 2020

Mientras dudamos



Mientras dudamos, mientras pensamos con cuidado qué tenemos que hacer, el fascismo del siglo XXI progresa con decisión… La imagen que se me forma en la cabeza cuando escribo estas palabras es la de tres militares sin honor que el 18 de julio de 1936, en trajes de campaña, correajes y pistolas al cinto, suben las escalinatas del ayuntamiento de San Fernando (Cádiz) y detienen a punta de pistola a los concejales republicanos de la ciudad. ¿Su autoridad? Sus pistolas y la amenaza de usarlas. La decisión, la marcialidad y la osadía de esos tres militares indeseables se hizo proverbial. Mientras todo el mundo en San Fernando permanecía expectante ante el desafío del general Franco y el ejército de Marruecos, ellos se adelantaron, tomaron la iniciativa y vencieron… el que golpea primero, golpea dos veces. Mientras la gente de honor pensaba qué cosa debía hacerse, el fascismo del siglo XX tomó el poder en San Fernando y en media España.


Hay algo atávico en el ser humano que nos predispone a desbloquear el instinto más bajo, lo más brutal de nosotros. Dicen los que saben de estas cosas que nuestro cerebro de reptil (que ni piensa ni siente, solo actúa) sigue vivo y latente ahí debajo, en lo más profundo de la masa encefálica, proponiendo una conducta instintiva, poderosa y muy resistente a los cambios. Esa parte del cerebro es la que nos hace territoriales y violentos, y la que nos inclina a defender lo más primario para sobrevivir: mi tribu, mi territorio, mis fronteras, mi hembra, mi prole, mi tradición, mis dioses, mis enemigos… y, en nombre de estas claves, ese cerebro es capaz de cometer las mayores atrocidades mediante respuestas elementales, poco complicadas en lo emocional y en lo intelectual. Cuando dejamos actuar a nuestro cerebro reptiliano nos comportamos como animales salvajes. Las dos guerras mundiales del siglo XX y, sobre todo, los genocidios perpetrados fríamente por los regímenes totalitarios lo muestran. Los animales, no tienen opción… pero la gente civilizada sí la tiene.

A esta parte irreflexiva del cerebro apelan las ideologías totalitarias con éxito asegurado. Ocurrió así con el fascismo italiano, el nazismo alemán, el estalinismo soviético, el franquismo carpetovetónico y demás ponzoñas ideológicas que hoy vuelven a aflorar como setas después de la lluvia. Fueron —y vuelven a ser— ideologías que apelan a lo más primario del ser humano con mensajes sencillos (…en España no puede quedar ni un judío ni un masón ni un rojo, por ejemplo) que tuvieron inmediatas respuestas atávicas y brutales. Es decir, respuestas que aquí en España llenaron las fosas comunes de masones y rojos, ciudadanos que no cabían en esa España excluyente que diseñaron militares sin honor y fascistas sin misericordia… porque esos conceptos-valores [honor y misericordia] no se conjugan en el cerebro reptiliano.

En esas ideologías no caben ni el altruismo ni la empatía, porque tampoco caben en el cerebro de reptil: no está hecho para esas tareas. En los comportamientos fascistas, sincronizados con las potencias del cerebro reptiliano, priman los intereses de la pequeña tribu, lo demás es prescindible. Las conquistas de la historia, el humanismo en sentido amplio, el arte y la poesía, la inteligencia y la sensibilidad, todo lo trascendente, la lucha por colocar al hombre y a la humanidad en el centro de la reflexión por encima de los catetismos nacionales… nada de eso tiene la menor importancia, son cosas prescindibles para los comportamientos fascistas. America, first. Arriba España. Una Patria, un Estado, un Caudillo…

Se nos olvida que las conquistas de la civilización son lo único que disponemos para domeñar nuestros atavismos más primitivos, es decir, para atajar los fascismos del siglo XXI. Desgraciadamente la costra de civilización que hemos creado es extremadamente frágil… ¿qué son cinco mil años de culturas humanas frente a los 3000 millones de evolución biológica para que sobreviva el más fuerte?

Y mientras dudamos qué debemos hacer con la civilización, el nuevo fascismo progresa adecuadamente para destruirla otra vez. El hombre reptiliano vuelve a mandar… es la reconquista de los hombres sin complejos.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Existe otro mundo



Hay otro mundo que discurre al margen de noticias interesadas y bulos intencionados. Es la realidad que te roza directamente, la que ves con tus propios ojos; la que hueles y oyes desde tus sentidos… la realidad que discurre en tu entorno y se extingue a la vuelta de la esquina.



Existe un mundo que se genera con la realidad que llama tu atención, la que te hace volver la mirada para observar el detalle de una zancada o el color de un vestido que medio tapa y medio ofrece, y que arrea la imaginación y despierta deseo. Es el mundo real de los afectos diarios, de la conversación anodina o de las palabras estimulantes que te abren el conocimiento. Es el mundo que se despliega en las hojas de un libro, se palpa en lo rugoso de la corteza de un árbol, en el sabor de un vino añoso, en lo confortable de un viejo amigo con el que compartes silencios y vida…

Sí… Hay un mundo más cercano en lo íntimo, que discurre debajo de la sábana, que se palpa, se siente, te eleva al Olimpo y te remansa en la orilla, bajo un sauce llorón. Un mundo alejado de las redes sociales y de los medios de comunicación, que generan realidades a golpe de intereses comerciales y olvidan —y nos hacen olvidar— que SOMOS (que existimos) solo cuando alguien nos reconoce como seres sintientes y no como entidades que consumen y deben consumir para mantener una sociedad absurda que se auto destruye.

Existe, aunque parezca alejada, la realidad emocionante de la seducción personal cuando hablas y sonríes al ser humano que tienes delante. Percibir las feromonas del otro con la intención de ser reconocido como individuo único e irrepetible. Soy Miguel, hijo de Miguel, nieto de Miguel… Volver a ser un humano conectado a la verdadera red que nos generó: la vida y el planeta…

lunes, 11 de noviembre de 2019

10N: grano de pus que explota y lo pone todo perdido



Estaba mal cerrada la herida de España. Me refiero a la que dejaron abierta en 1939 los militares sin honor, los fascistas de patria excluyente y los curas de sotanas negras como mi alma. Aquellos sujetos, y otros muchos españoles que desviaron la mirada para no ver los crímenes del Régimen, fueron tan criminales como los propios ejecutores. La herida supuró durante décadas en esa España única, grande y libre que diseñaron los vencedores. Única, gracias a la fuerza bruta que exterminó cualquier idea disidente. Grande, solo para los ojos miopes y legañosos de los propagandistas de la dictadura. Y libre para los mediocres que se arrimaban al poder y le babearon encima. La España de Franco y sus conmilitones, arropada de fascistas, opusdeistas o tecnócratas, era una pena de país… pero era nuestra patria. Nadie elige dónde nacer.



Y cuando murió el dictador —a pesar del manto de la Virgen del Pilar y del brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús en la mesita de noche—cerramos la herida de mala manera. La cerramos mal porque, entre otras cosas, los sables seguían afilándose en los cuarteles convertidos en vigilantes refugios de la verdadera Patria y en baluartes de los eternos valores de la españolidad… Más nos valía cerrar la herida en ese momento, a ver si con el tiempo nos olvidábamos de la guerra y cicatrizaba de una vez. Pero no, cada muerto en cada cuneta, enterrado con saña, era un grito enquistado que seguía suplicando una reparación a las víctimas vivas.

En 1977, mientras los sables vigilantes se afilaban en los cuarteles, nos metieron a traición una ley de amnistía inmoral. Fue una especie de cosa que debería superar la historia trágica de este país inconcluso que se llama España, pero no lo hizo. Yo estuve en la calle gritando Amnistía y Libertad. Muchas veces. Pero esa ley, que sirvió para liberar a todos los luchadores antifranquistas, también sirvió para exculpar a los criminales franquistas, los que exterminaron impunemente a una clase ideológica en España y siguieron yendo a misa de doce todos los domingos, como si nada hubiera pasado.

Sí… en la modélica Transición nos colaron una ley de punto final porque los sables seguían vigilantes en los cuarteles. Fue una ley que nos colocó una venda en los ojos y un tapón en la nariz. Pero los muertos siguieron en las cunetas y los poderes del franquismo —convertidos en demonios súcubos— se transformaron en demócratas de toda la vida. Víctimas y victimarios revueltos en la modélica España de la Transición. Como agua y aceite.

La ley del 77 no ha servido para olvidar y sí para enquistar la pena y para difuminar la podredumbre. Se hizo esta ley a traición, con la pistola apuntando a la nuca, bajo coacción, igual que la ejemplar Transición española que se estudia en todas las universidades del mundo... que se hizo con los cavernícolas vigilando cómo puñetas se hacían las cosas. Esos cavernícolas no eran más que los perros guardianes de los poderes que florecieron con el franquismo. Y así no pueden sanar las heridas. La disyuntiva fue intolerable: aquí lo olvidamos todo, o volvemos a las andadas. Y ese no podía ser el camino, porque por debajo de la piel de toro maduraba lentamente la podredumbre de cien mil hombres y mujeres asesinados por el fascismo patrio y enterrados de mala manera en cientos de fosas comunes... y mientras estos se convertían en polvo y olvido, los otros, los Caídos por Dios y por la Patria en esa Santa Cruzada de Liberación Nacional, se convirtieron en héroes y santos, y eran ejemplo para las nuevas generaciones. Pobrecitos míos (las nuevas generaciones, digo). Los asesinos convertidos en héroes. ¡Pero qué mierda de historia nos contaron, hombre de Dios!

No sale pus de las fosas comunes... la purulencia sale del brazo incorrupto de Santa Teresa y del manto de Nuestra Señora del Pilar. No es de los republicanos muertos de donde sale la podredumbre de España. Habrá cien razones y explicaciones para comprender lo que ha pasado, pero el grano que ha estallado este 10 de noviembre de 2019, dejándolo todo perdido, estaba latente en la derecha carpetovetónica de siempre; es decir, en los herederos ideológicos de los vencedores que hoy vuelven a resurgir. Estos sujetos nunca perdieron el placer de cantar cara al sol, ni caminar a buen ritmo por montañas nevadas, prietas las filas, recias y marciales. Tantas décadas creyendo que habíamos superado estas cosas a base de civilización, y aquí están otra vez, rojas y frescas las rosas de mi haz. ¡Que aburrimiento, joder! ¿Vamos a necesitar otros 40 años para superar de nuevo al fascismo del siglo XXI y reencontrar el camino de la civilización? Esta gente de brazo en alto, sin complejos, que habla en tonos elevados, que dicen que primero van los españoles, que hay que echar a los extraños; que los extraños son los maricones, los negros, los moros, los rumanos; que tenía que venir otro Franquito a poner orden y levantar muros… esta gente nos va a poner otra vez a rezar el rosario de la aurora, a vigilar qué cosa leemos y mandar a las mujeres a la cocina a criar hijos, mi mujer es mía y en mi casa mando yo, cojones... ¡Otra jodida vez vamos a tener que lidiar con esta mierda!

Sí... a las derechas españolas se les ha reventado un grano de pus en su propio culo. Y cuando digo derechas españolas me refiero a esos que ven españoles miren por donde miren, a los que gobiernan apoyados por la bazofia de Vox con tal de gobernar, a los que van sin complejos apropiándose de banderas para arropar con ellas a vírgenes y toreros; me refiero también a los que lloran cuando los soldaditos de verde hacen sus numeritos de circo con fusiles al aire, alzan cristos mientras cantan himnos necrófilos y usan a cabrones como guías; me refiero a los obtusos y cegatos que los jalean con el patético grito de ¡A por ellos, Oé! Era un forúnculo purulento que tenían en su trasero y ha reventado, y lo ha puesto todo perdido.

Ya sé lo que me van a decir algunos: Los votos son los votos, figura. ¿Tú no eras demócrata? Pues a mamarla, giliprogre, y a respetar los resultados… es verdad. Si 100.000 millones de moscas comen mierda no pueden estar equivocadas… sobre todo si tienes el cerebro de una mosca cojonera.

Que estalle el grano de pus fascista no es nuevo. El problema es que nos salpica a todos los españoles... y da asco, la verdad.