lunes, 23 de marzo de 2020

El pueblo y no las élites




Domingo, 22 de marzo de 2020. Primera semana de cuarentena. La cama me rechaza temprano. En el Sur amanece un estupendo día de primavera. Después de la lluvia nocturna el patio huele a la tierra mojada. Disfruto de ese instante y procuro desechar cualquier otro pensamiento. Más nos vale. Boro-boro trota contenta hacia el parque del Barrero… pero está cerrado. El estado de alarma tiene estas cosas. Por el camino solo nos cruzamos con otro perrito y su dueño. No nos conocemos, pero nos saludamos con una especial cordialidad (los humanos, digo). El otro perro se encara con un gato indolente que toma el sol en mitad del camino. No se inmuta el felino. Boro-boro ladra envalentonada para ayudar a su colega… pero el gato sigue impasible en su puesto. Ni se molesta en abrir los ojos y los perros mantienen la distancia. ¡Esto no es lo que era! Los tiempos siguen cambiando desde que lo anunció Dylan… y me parece que jamás van a dejar de cambiar.

Gente junta / (c) Milan-2012

Ayer dio una charleta televisiva el presidente Sánchez. A él le toca ser la cabeza visible de este país enclaustrado. ¿Logrará serlo? Este coronavirus, y las medidas para combatirlo, está creando entre nosotros la conciencia de pertenecer a un mismo colectivo (me parece que esto pone de los nervios a la derecha filofascista, y a la otra también). Es algo que teníamos muy atrofiado, lo de sentirnos miembros de una misma cosa, digo. Ahora, cuando nos ataca el mismo enemigo, en cuestión de días estamos redescubriendo de somos un pueblo capaz de cosas que ni sospechábamos. Es verdad que la pandemia nos hace vulnerables, que nos sumerge en un baño de humildad, pero al mismo tiempo parece que —de momento— nos hace mejores personas. Da la sensación de que con el país en cuarentena entendemos por fin qué es lo verdaderamente valioso en nuestro modelo de sociedad: los ciudadanos. Y en concreto, la gente que pelea cara a cara contra el virus en hospitales, en las calles y fábricas, en los servicios básicos, en las fuerzas armadas, en las distintas policías y demás funcionarios; los miembros de protección civil, los que trabajan en el sector primario, los que están detrás de las cajas de los supermercados y muchos más… Ciudadanos fundamentales mantienen nuestro entramado vital. Son ellos lo más valioso de nuestra sociedad.

El virus ha servido para entender eso, que el sostén del Estado no son los políticos, ni las estrellas del deporte, ni los famosetes encumbrados por la telebasura, ni los privilegiados por nacimiento. Muchos de estos —incluida la familia real, por supuesto— se han convertido, de la noche a la mañana, en personas prescindibles. Sólo son un mal escaparate de la sociedad, son el circo cutre, productos de usar y tirar… y, por lo general (salvo honrosas excepciones), difícilmente son ejemplo para nadie.

Hoy hemos comprendido que una cajera de supermercado es mucho más importante que un futbolista o un famosete infumable. ¡Qué pequeñas y que ridículas parecen ahora esas estrellas mostrando en las redes sociales sus gracietas encerrados en sus lujosas casas! ¡Qué insustancial parece el rey diciendo a destiempo pamplinas que a nadie interesa!

Susana, mi cajera-reponedora del MAS, es mucho más importante que cualquiera de ellos. ¡Ahí está, detrás de la caja, expuesta día tras día a un contagio! ¿Por cuántos euros al mes se expone Susana? ¡Ojalá! la pandemia nos sirva de reflexión y comprendamos que el objetivo de toda política debería ser el bienestar de los que sostienen a la sociedad: la gente real, la importante, es decir, el pueblo —esos héroes anónimos que se lo trabajan y cumplen con sus obligaciones—. Los que construyen día a día la intrahistoria unamuniana. A esa gente debemos la cohesión de nuestra sociedad, no a los que emergen de la basura mediática, no a los que nacen en camas nobles, no a los surgen de una democracia formal y traicionada.

Me gustaría que una de las consecuencias de esta crisis sanitaria, social y económica fuese un cambio de mentalidad que reconozca al pueblo —no a las élites ni a los mercados— como el pilar básico de la sociedad. Y que su bienestar sea el objetivo inviolable de la política.

jueves, 19 de marzo de 2020

La lluvia del tercer día



Miércoles, 17 de marzo de 2020. Tercer día de cuarentena. Las calles vacías. Llueve… detrás de los cristales, llueve y llueve, sobre los chopos medio deshojados, sobre los pardos tejados, sobre los campos, llueve. Una DANA se ha plantado encima de nosotros y nos regala sus lágrimas. Invita a mirar a través de los cristales de tu casa, convertida en una jaula por culpa del coronavirus. Ojalá la lluvia no cause daños añadidos. Quiero ser optimista con el futuro que siga a la pandemia, pero me cuesta. Somos frágiles… frágiles y un poco viejos. Hemos aprendido que para pensar en el futuro hay que tener en cuenta la economía. Y para vencer la pandemia nos hemos enclaustrado y detenido en seco la espiral creciente de producción y consumo. ¿De qué va a vivir la gente si no reconstruimos el consumo incontrolado de cosas y servicios, aun sabiendo que es un camino insostenible? Volver a lo mismo, a lo que hemos venido haciendo hasta ahora, implica enormes emisiones de dióxido de carbono, cambio climático, desastres naturales y, sobre todo, implica desigualdades sociales crecientes y explosivas.  El capitalismo, con sus crisis sistémicas (esos parones para reiniciar el expolio de los más pobres, eliminar a los improductivos como sobrantes y acrecentar las desigualdades entre grupos sociales), es un fracaso. Como fracaso fue la praxis comunista ensayada y traicionada siempre… pero nadie habla del fracaso del capitalismo, ese sistema aniquilador de lo público y esclavizante de personas. O si lo dicen unos pocos son ridiculizados por los medios que crean la opinión en manos, por supuesto, de los propagadores del neoliberalismo más salvaje e inhumano.

Imagen cortesía de Ángel López González

Yo sé —como lo sabe todo el mundo— que la felicidad de la gente no puede basarse en consumir cosas inútiles o en viajar emulando grandes aventuras con cara de bobalicones y barriguita cervecera… pero si dejamos de hacerlo nos caemos de la bicicleta. Es lo que está pasando por culpa del coronavirus… que hemos dejado de pedalear y nadie ha inventado una alternativa a la bicicleta. Nadie explica que, a pie, sin bicicleta, también se llega a las grandes alamedas… tal vez más lentamente, pero sin jadear, respirando, hablando con tu compañero y mirando el entorno. Nadie explica que existe vida al margen de lo neoliberal. La vida puede ser más amable. ¡Tiene que ser más amable! La inmensa mayoría de la gente de este planeta lo quiere… entonces ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué no jubilamos a los que trabajan con la desigualdad como método y categoría? ¿Por qué no desplazamos a los que se empeñan en acumular la riqueza explotando a los más pobres? No sé… tal vez por la misma razón por la que los judíos fueron dócilmente a los campos de exterminio. Porque era inconcebible tanta crueldad en los de tu misma especie.

Que un país se quede en casa es una experiencia que todos vamos a recordar, y saca lo mejor de cada uno de nosotros. Está claro que no hay nada más adecuado para cohesionar a un pueblo que un buen enemigo externo. Esta vez no son pérfidas albiones o altivos gabachos los atacantes. Esta vez es un virus lo que nos hace comprender de nuevo que somos un pueblo cohesionado, sin necesidad de banderitas ni fanfarrias. Pero me temo que la recesión económica que va a llegar será histórica y hará saltar por los aires cualquier cohesión inicial. Ojalá me equivoque, pero a la solidaridad cívica y espontanea de los primeros días seguirá el egoísmo propio del animal atávico que llevamos dentro. Ese sálvese quien pueda es tan contagioso como la compra compulsiva de papel higiénico. Y, que no nos quede duda, es lo que conviene a los que mandan en la sombra: que no les identifiquemos como los verdaderos enemigos y que nos peleemos entre nosotros, con nuestros iguales, por las migajas que nos dejan.

Lo más probable es que estemos entrando en una nueva época. Una época en la que los poderosos generen tal crisis social y económica que, para escapar de ella, se justifiquen soluciones autoritarias. Ya pasó en la primera parte del siglo XX. Parece que cada generación tenga que experimentar por sí misma los infiernos que lograron superar las anteriores…

viernes, 21 de febrero de 2020

Mientras dudamos



Mientras dudamos, mientras pensamos con cuidado qué tenemos que hacer, el fascismo del siglo XXI progresa con decisión… La imagen que se me forma en la cabeza cuando escribo estas palabras es la de tres militares sin honor que el 18 de julio de 1936, en trajes de campaña, correajes y pistolas al cinto, suben las escalinatas del ayuntamiento de San Fernando (Cádiz) y detienen a punta de pistola a los concejales republicanos de la ciudad. ¿Su autoridad? Sus pistolas y la amenaza de usarlas. La decisión, la marcialidad y la osadía de esos tres militares indeseables se hizo proverbial. Mientras todo el mundo en San Fernando permanecía expectante ante el desafío del general Franco y el ejército de Marruecos, ellos se adelantaron, tomaron la iniciativa y vencieron… el que golpea primero, golpea dos veces. Mientras la gente de honor pensaba qué cosa debía hacerse, el fascismo del siglo XX tomó el poder en San Fernando y en media España.


Hay algo atávico en el ser humano que nos predispone a desbloquear el instinto más bajo, lo más brutal de nosotros. Dicen los que saben de estas cosas que nuestro cerebro de reptil (que ni piensa ni siente, solo actúa) sigue vivo y latente ahí debajo, en lo más profundo de la masa encefálica, proponiendo una conducta instintiva, poderosa y muy resistente a los cambios. Esa parte del cerebro es la que nos hace territoriales y violentos, y la que nos inclina a defender lo más primario para sobrevivir: mi tribu, mi territorio, mis fronteras, mi hembra, mi prole, mi tradición, mis dioses, mis enemigos… y, en nombre de estas claves, ese cerebro es capaz de cometer las mayores atrocidades mediante respuestas elementales, poco complicadas en lo emocional y en lo intelectual. Cuando dejamos actuar a nuestro cerebro reptiliano nos comportamos como animales salvajes. Las dos guerras mundiales del siglo XX y, sobre todo, los genocidios perpetrados fríamente por los regímenes totalitarios lo muestran. Los animales, no tienen opción… pero la gente civilizada sí la tiene.

A esta parte irreflexiva del cerebro apelan las ideologías totalitarias con éxito asegurado. Ocurrió así con el fascismo italiano, el nazismo alemán, el estalinismo soviético, el franquismo carpetovetónico y demás ponzoñas ideológicas que hoy vuelven a aflorar como setas después de la lluvia. Fueron —y vuelven a ser— ideologías que apelan a lo más primario del ser humano con mensajes sencillos (…en España no puede quedar ni un judío ni un masón ni un rojo, por ejemplo) que tuvieron inmediatas respuestas atávicas y brutales. Es decir, respuestas que aquí en España llenaron las fosas comunes de masones y rojos, ciudadanos que no cabían en esa España excluyente que diseñaron militares sin honor y fascistas sin misericordia… porque esos conceptos-valores [honor y misericordia] no se conjugan en el cerebro reptiliano.

En esas ideologías no caben ni el altruismo ni la empatía, porque tampoco caben en el cerebro de reptil: no está hecho para esas tareas. En los comportamientos fascistas, sincronizados con las potencias del cerebro reptiliano, priman los intereses de la pequeña tribu, lo demás es prescindible. Las conquistas de la historia, el humanismo en sentido amplio, el arte y la poesía, la inteligencia y la sensibilidad, todo lo trascendente, la lucha por colocar al hombre y a la humanidad en el centro de la reflexión por encima de los catetismos nacionales… nada de eso tiene la menor importancia, son cosas prescindibles para los comportamientos fascistas. America, first. Arriba España. Una Patria, un Estado, un Caudillo…

Se nos olvida que las conquistas de la civilización son lo único que disponemos para domeñar nuestros atavismos más primitivos, es decir, para atajar los fascismos del siglo XXI. Desgraciadamente la costra de civilización que hemos creado es extremadamente frágil… ¿qué son cinco mil años de culturas humanas frente a los 3000 millones de evolución biológica para que sobreviva el más fuerte?

Y mientras dudamos qué debemos hacer con la civilización, el nuevo fascismo progresa adecuadamente para destruirla otra vez. El hombre reptiliano vuelve a mandar… es la reconquista de los hombres sin complejos.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Existe otro mundo



Hay otro mundo que discurre al margen de noticias interesadas y bulos intencionados. Es la realidad que te roza directamente, la que ves con tus propios ojos; la que hueles y oyes desde tus sentidos… la realidad que discurre en tu entorno y se extingue a la vuelta de la esquina.



Existe un mundo que se genera con la realidad que llama tu atención, la que te hace volver la mirada para observar el detalle de una zancada o el color de un vestido que medio tapa y medio ofrece, y que arrea la imaginación y despierta deseo. Es el mundo real de los afectos diarios, de la conversación anodina o de las palabras estimulantes que te abren el conocimiento. Es el mundo que se despliega en las hojas de un libro, se palpa en lo rugoso de la corteza de un árbol, en el sabor de un vino añoso, en lo confortable de un viejo amigo con el que compartes silencios y vida…

Sí… Hay un mundo más cercano en lo íntimo, que discurre debajo de la sábana, que se palpa, se siente, te eleva al Olimpo y te remansa en la orilla, bajo un sauce llorón. Un mundo alejado de las redes sociales y de los medios de comunicación, que generan realidades a golpe de intereses comerciales y olvidan —y nos hacen olvidar— que SOMOS (que existimos) solo cuando alguien nos reconoce como seres sintientes y no como entidades que consumen y deben consumir para mantener una sociedad absurda que se auto destruye.

Existe, aunque parezca alejada, la realidad emocionante de la seducción personal cuando hablas y sonríes al ser humano que tienes delante. Percibir las feromonas del otro con la intención de ser reconocido como individuo único e irrepetible. Soy Miguel, hijo de Miguel, nieto de Miguel… Volver a ser un humano conectado a la verdadera red que nos generó: la vida y el planeta…

lunes, 11 de noviembre de 2019

10N: grano de pus que explota y lo pone todo perdido



Estaba mal cerrada la herida de España. Me refiero a la que dejaron abierta en 1939 los militares sin honor, los fascistas de patria excluyente y los curas de sotanas negras como mi alma. Aquellos sujetos, y otros muchos españoles que desviaron la mirada para no ver los crímenes del Régimen, fueron tan criminales como los propios ejecutores. La herida supuró durante décadas en esa España única, grande y libre que diseñaron los vencedores. Única, gracias a la fuerza bruta que exterminó cualquier idea disidente. Grande, solo para los ojos miopes y legañosos de los propagandistas de la dictadura. Y libre para los mediocres que se arrimaban al poder y le babearon encima. La España de Franco y sus conmilitones, arropada de fascistas, opusdeistas o tecnócratas, era una pena de país… pero era nuestra patria. Nadie elige dónde nacer.



Y cuando murió el dictador —a pesar del manto de la Virgen del Pilar y del brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús en la mesita de noche—cerramos la herida de mala manera. La cerramos mal porque, entre otras cosas, los sables seguían afilándose en los cuarteles convertidos en vigilantes refugios de la verdadera Patria y en baluartes de los eternos valores de la españolidad… Más nos valía cerrar la herida en ese momento, a ver si con el tiempo nos olvidábamos de la guerra y cicatrizaba de una vez. Pero no, cada muerto en cada cuneta, enterrado con saña, era un grito enquistado que seguía suplicando una reparación a las víctimas vivas.

En 1977, mientras los sables vigilantes se afilaban en los cuarteles, nos metieron a traición una ley de amnistía inmoral. Fue una especie de cosa que debería superar la historia trágica de este país inconcluso que se llama España, pero no lo hizo. Yo estuve en la calle gritando Amnistía y Libertad. Muchas veces. Pero esa ley, que sirvió para liberar a todos los luchadores antifranquistas, también sirvió para exculpar a los criminales franquistas, los que exterminaron impunemente a una clase ideológica en España y siguieron yendo a misa de doce todos los domingos, como si nada hubiera pasado.

Sí… en la modélica Transición nos colaron una ley de punto final porque los sables seguían vigilantes en los cuarteles. Fue una ley que nos colocó una venda en los ojos y un tapón en la nariz. Pero los muertos siguieron en las cunetas y los poderes del franquismo —convertidos en demonios súcubos— se transformaron en demócratas de toda la vida. Víctimas y victimarios revueltos en la modélica España de la Transición. Como agua y aceite.

La ley del 77 no ha servido para olvidar y sí para enquistar la pena y para difuminar la podredumbre. Se hizo esta ley a traición, con la pistola apuntando a la nuca, bajo coacción, igual que la ejemplar Transición española que se estudia en todas las universidades del mundo... que se hizo con los cavernícolas vigilando cómo puñetas se hacían las cosas. Esos cavernícolas no eran más que los perros guardianes de los poderes que florecieron con el franquismo. Y así no pueden sanar las heridas. La disyuntiva fue intolerable: aquí lo olvidamos todo, o volvemos a las andadas. Y ese no podía ser el camino, porque por debajo de la piel de toro maduraba lentamente la podredumbre de cien mil hombres y mujeres asesinados por el fascismo patrio y enterrados de mala manera en cientos de fosas comunes... y mientras estos se convertían en polvo y olvido, los otros, los Caídos por Dios y por la Patria en esa Santa Cruzada de Liberación Nacional, se convirtieron en héroes y santos, y eran ejemplo para las nuevas generaciones. Pobrecitos míos (las nuevas generaciones, digo). Los asesinos convertidos en héroes. ¡Pero qué mierda de historia nos contaron, hombre de Dios!

No sale pus de las fosas comunes... la purulencia sale del brazo incorrupto de Santa Teresa y del manto de Nuestra Señora del Pilar. No es de los republicanos muertos de donde sale la podredumbre de España. Habrá cien razones y explicaciones para comprender lo que ha pasado, pero el grano que ha estallado este 10 de noviembre de 2019, dejándolo todo perdido, estaba latente en la derecha carpetovetónica de siempre; es decir, en los herederos ideológicos de los vencedores que hoy vuelven a resurgir. Estos sujetos nunca perdieron el placer de cantar cara al sol, ni caminar a buen ritmo por montañas nevadas, prietas las filas, recias y marciales. Tantas décadas creyendo que habíamos superado estas cosas a base de civilización, y aquí están otra vez, rojas y frescas las rosas de mi haz. ¡Que aburrimiento, joder! ¿Vamos a necesitar otros 40 años para superar de nuevo al fascismo del siglo XXI y reencontrar el camino de la civilización? Esta gente de brazo en alto, sin complejos, que habla en tonos elevados, que dicen que primero van los españoles, que hay que echar a los extraños; que los extraños son los maricones, los negros, los moros, los rumanos; que tenía que venir otro Franquito a poner orden y levantar muros… esta gente nos va a poner otra vez a rezar el rosario de la aurora, a vigilar qué cosa leemos y mandar a las mujeres a la cocina a criar hijos, mi mujer es mía y en mi casa mando yo, cojones... ¡Otra jodida vez vamos a tener que lidiar con esta mierda!

Sí... a las derechas españolas se les ha reventado un grano de pus en su propio culo. Y cuando digo derechas españolas me refiero a esos que ven españoles miren por donde miren, a los que gobiernan apoyados por la bazofia de Vox con tal de gobernar, a los que van sin complejos apropiándose de banderas para arropar con ellas a vírgenes y toreros; me refiero también a los que lloran cuando los soldaditos de verde hacen sus numeritos de circo con fusiles al aire, alzan cristos mientras cantan himnos necrófilos y usan a cabrones como guías; me refiero a los obtusos y cegatos que los jalean con el patético grito de ¡A por ellos, Oé! Era un forúnculo purulento que tenían en su trasero y ha reventado, y lo ha puesto todo perdido.

Ya sé lo que me van a decir algunos: Los votos son los votos, figura. ¿Tú no eras demócrata? Pues a mamarla, giliprogre, y a respetar los resultados… es verdad. Si 100.000 millones de moscas comen mierda no pueden estar equivocadas… sobre todo si tienes el cerebro de una mosca cojonera.

Que estalle el grano de pus fascista no es nuevo. El problema es que nos salpica a todos los españoles... y da asco, la verdad.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Un busto para Cayetano Roldán




Teníamos una deuda con Cayetano Roldán, último alcalde republicano de La Isla. Este pueblo le debía una reparación. A él, a sus hijos y a su familia. También debemos una reparación a sus compañeros de corporación, asesinados igualmente en 1936. Y debemos una reparación los compañeros de fosa, esos doscientos muertos que le acompañaron en la tierra durante 83 años. Parte de ellos ya están exhumados gracias al movimiento memorialista que se inicia con los republicanos de la Isla en 1991 y cristaliza hoy, 28 años más tarde, en AMEDE (apoyados, por supuesto, por las administraciones, es justo decirlo) y, sobre todo, gracias a los familiares y voluntarios buscadores de huesos, como los llaman algunos impresentables. Sacarlos a todos, identificarlos y entregarles la dignidad robada es una asignatura pendiente para esta democracia… y para resolverla es imprescindible mantener la voluntad política y mejorar la eficacia administrativa de todos los implicados.

Busto en bronce de don Cayetano Roldán, obra de Cristóbal Cepillo

El busto de Cayetano Roldán se inauguró en su ciudad el 29 de octubre de 2019. Hacia 83 años de su asesinato. Está visto que tardamos demasiado en saldar nuestras deudas con la historia. Exponer el busto al pueblo no es una meta en sí, es solo un hito en el camino… Pero está bien que se exponga finalmente porque eso significa que las plazas de La Isla empiezan a estar presididas por personas ejemplares que dieron su vida trabajando por la República y la Democracia, y no presididas por sus negadores. Un pueblo que se organiza en torno a la voluntad popular no debería amparar a los que detestaban la democracia porque no son ejemplo de nada. Pero ahí sigue el general, con un par…

Y hablando de hombres de no amaban la democracia. El 18 de julio de 1936, a las 5 de la tarde, tres militares sin honor subieron las escalinatas del ayuntamiento, llegaron hasta el salón de plenos, desenfundaron sus armas y detuvieron a los concejales allí reunidos. Al alcalde Cayetano Roldán lo detuvieron el 22 de julio, y a todos encerraron en el Penal de Cuatro Torres, en el Arsenal de la Carraca. Pero no solo detuvieron a los concejales, representantes de la legalidad republicana, el mismo 18 de julio empezaron a detener a masones, maestros, dirigentes y afiliados a partidos de izquierdas, a sindicalistas y trabajadores significados y, por supuesto, a todos los militares que se resistieron al golpe de Estado. Detuvieron a toda persona susceptible de oponerse intelectual o físicamente a la sublevación de los militares. Y a todos encerraron en el Penal de Cuatro Torres.

A partir del 10 de agosto comenzaron a distribuirlos. A unos los enviaron a la Prisión Central del Puerto de Santa María, otros fueron a parar al Penal de la Casería de Ossio. Y poco a poco los fueron asesinando… a los hijos de Cayetano Roldán el 16 de agosto. Don Cayetano murió el 29 de octubre de hace ya 83 años. No hubo juicio. No les hacía falta…

Un año más tarde, Ricardo Isasi Ivison, uno de aquellos tres militares sin honor que ocuparon el ayuntamiento pistola en mano, era alcalde de San Fernando. Recibió tres oficios de otros tantos jueces militares preguntando por el paradero del anterior alcalde. Y las tres veces, como una negación bíblica, contestó que se desconocía el paradero de Cayetano Roldán y que, en los seis distritos de la ciudad, no daban razón de él.

La catadura moral de este personaje (que se vanagloriaba de haber detenido a esa chusma izquierdista) queda refrendada en sus propios documentos con su firma estampada en ellos. No es preciso calificarla. Es la que es.

Y frente a esa catadura moral, se engrandece la figura de Cayetano Roldán. Hay tres factores que coinciden en este hombre y lo hacen extraordinario: su condición humana y moral, su compromiso político y su calidad profesional. Les voy a contar brevemente dos episodios de su vida que muestran la confluencia de estos valores en el alcalde asesinado.

El primero ocurre en 1935. Cayetano y sus compañeros ideológicos eran en esos momentos proscritos políticos. Habían sido expulsados de sus escaños de concejales que ocupaban, por elección popular, desde mayo de 1931. Cayetano era en ese momento director del Hospital de San José. Por esos días había llegado de Sevilla un camarero en busca de trabajo. No tenía donde caerse muerto y una noche, mientras comía unos trozos de pescado frito que le habían regalado, lo detuvieron, lo metieron en el calabozo municipal y le dieron una paliza de muerte. ¿Por qué? Porque en 1935 las autoridades que regían la República no distinguían entre un vago, maleante y proxeneta, y un obrero en paro que no tenía donde caerse muerto. Los primeros eran potenciales delincuentes, y el obrero pobre era un potencial revolucionario… cuando las personas no tienen esperanzas pasan esas cosas, que se convierten en revolucionarios. Y por eso las autoridades permitían que no hubiera diferencias entre vagos y obreros pobres.

A la mañana siguiente llevaron al camarero hasta el Hospital de San José. Lo atendió Cayetano Roldán… la piel le salía a tiras cuando le quitamos la ropa… ¿Qué hacer ante la evidencia? Es aquí donde aflora la condición humana y moral, el compromiso político y la calidad profesional de Cayetano Roldán. Denunció la tortura al juez de instrucción (un personaje que llegado el 18 de julio se pondría a disposición de los golpistas), que abrió sumario por lesiones a tres guardias municipales y un falangista y policía. Los metió en la misma prisión municipal donde habían torturado al camarero. Desconocemos cómo terminó el sumario… pero ese policía que había sido denunciado por Cayetano Roldán se convirtió en el jefe de la Comisaría de Investigación y Vigilancia de San Fernando, y en jefe de investigación de la Falange local después del 18 de julio. Este sujeto fue el responsable de un informe policial sobre Cayetano Roldán que lo define como un depravado… ¿Por qué? Porque cuando despojas de humanidad a un hombre, cuando lo conviertes en un depravado, es más sencillo asesinarlo o justificar su asesinato si ya está muerto. Un discurso de odio siempre viene bien para tranquilizar las conciencias y para justificar lo injustificable.

El segundo episodio ocurre en 1932. Demuestra documentalmente que todos reconocían en la ciudad la bonhomía de Cayetano Roldán. En un pleno municipal, uno de sus adversarios políticos (un hombre que llegado el momento se adhirió al Glorioso Movimiento Nacional) pidió que saliera del pleno porque se iba a tratar un asunto que le concernía. Salió Cayetano, y su oponente explicó que el director del Hospital de San José había permanecido veinticuatro horas seguidas tratando de salvar la vida de un paciente (no es la única vez que ocurrió un episodio como éste). Pero no pudo ser. Falleció el joven a pesar de los esfuerzos del médico, y el suceso provocó pesar en la Isla. El adversario político del Cayetano propuso que constara en acta el reconocimiento y gratitud de la Corporación hacia tan ejemplar y humanitario médico. Y por unanimidad se aprobó.

Condición humana y altura moral, compromiso político y calidad profesional aunadas en la persona ejemplar de don Cayetano Roldan Moreno, último alcalde republicano de San Fernando. Asesinado por las hordas fascistas. ¡Salud y República, viejo amigo!

viernes, 23 de agosto de 2019

El viejo que bebía sorbitos de coñac



Recuerdo que encontramos al viejo en la cantina de Regulares, por la Loma larga, cerca de un lugar que los propios soldados llamaban la Pista de Aplicación. Entonces los montes de Ceuta estaban cubiertos por un bosque mediterráneo de pinos y chicharras, espeso y aromático, lleno de romero, tomillo, orégano, poleo, alhucema… hoy lo han incendiado varias veces y todos hemos perdido otra pequeña isla de naturaleza. Nuestra acampada estaba en ese bosque, al raso, sin tiendas de campaña. Dormíamos —o lo que fuera— entre la floresta, cerca de un claro que tenía de largo lo que alcanzaba una flecha disparada por Cóico, que era el más hábil de todos nosotros.

El borrado. Autor anónimo.
La Pista de Aplicación era un lugar divertidísimo, lleno de obstáculos hechos con troncos de árboles colocados de distintas maneras para que los soldados los superaran en el menor tiempo posible. En cierto modo recordaba una pista ecuestre, pero aquí los que superaban los obstáculos eran legionarios y regulares. Atravesar todos aquellos obstáculos era para nosotros un reto divertidísimo.

Recuerdo que por allí había un carro de combate que debía ser de la primera guerra mundial, oxidado y muy malparado… y recuerdo a una dulce chica de pelo castaño con la que estuve explorando el interior del tanque. Eso lo recuerdo muy bien…

Y junto a la Pista de Aplicación, bajo un chambao estaba la cantina donde la muchachada sudorosa se nutría a base de gigantescos bocadillos de sardinas en aceite que luego asentaban con lingotazos de coñac. Allí estaba el viejo, siempre en el mismo rincón, sentado en el borde de un taburete, delante de una copa de coñac que bebía a minúsculos sorbos, aspirando aire al mismo tiempo, como si fuera sopa caliente.

Al viejo se le iluminaban los ojos cuando nos veía entrar, y no nos perdía de vista. Nuestras camisas azules de falange, las flechas en el haz, la boina roja de los tradicionalistas prendida en la hombrera, la bulliciosa alegría de la juventud, que nada nos cansaba y siempre había una ocasión para la carcajada… todo eso encandilaba al viejo, que nos miraba extasiado, sin perder detalle de nuestras payasadas.

Fernando Aguilar había intentado hilar conversación con el hombre, pero el viejo se limitaba a afirmar con la cabeza y sonreír. No parecía que entendiera nada y no decía nada. Fue Eusebio, el cantinero que vivía por la Puntilla, el que nos contó algunos detalles del cojo Marcial, que así le llamaban. Había estado en la División Azul con apenas 18 años, por eso se pone así cuando os ve, por las camisas azules, dijo. Le habían herido en una pierna en no se sabía que escaramuza, y desde entonces arrastraba el apodo. Luego estuvo prisionero en un campo de concentración ruso, pero el Caudillo se lo trajo de vuelta. Tenía una pensión vitalicia y una medalla por sufrimientos a la Patria… Duerme ahí abajo, nos contó Eusebio, donde la huerta de Adriano, que le tiene el hombre preparado un tapaíllo para él. Pero hay días que me lo encuentro por la mañana detrás del mostrador. El capellán del destacamento o el propio cantinero le traían ropa de vez en cuando.

Y allí liquidaba su vida el cojo Marcial, en el chambao de Eusebio, bebiendo coñac a pequeños sorbos, como si fuera sopa caliente, y comiendo los restos del rancho que le arrimaba todos los días un cabo de Regulares. No había más en esa vida. No pedía nada el viejo, no esperaba nada y tal vez ni siquiera fuera consciente de que vivía de la buena voluntad de los que tenía cerca.

Y a pesar de la profunda tristeza que me provocaba ese hombre, absolutamente solo, con su vida vacía, sin sentido, sin estímulos, anclada en un pasado siniestro… jamás en los cincuenta años que han pasado desde entonces, he olvidado lo feliz que era cuando nos veía llegar vestidos con la camisa azul de esa falange tardía que viví…

Ahora pienso —quién me lo iba a decir— que, aunque solo fuese por eso, mereció la pena vestir ese trapo.