martes, 18 de septiembre de 2018

La noche de aquel día




Nos pasamos la vida encorsetados. Atados a promesas eternas y deseando escapar de ellas para bucear en la fantasía de otras vidas. Nos pasamos la vida intentando cumplir con las expectativas que tienen de nosotros la familia, los amigos, los jefes; los que nos ven desde fuera… Y se nos pasa la vida en ello, en cumplir con no sé cuántas retorcidas obligaciones. Unas impuestas y otras elegidas. Es nuestra decisión cumplir o escapar… y casi siempre cumplimos porque la mayoría de la gente es honesta y leal. A muchos nos pasa lo mismo, que elegimos ceder nuestra libertad para compartirla porque eso nos hace felices y nos proporciona seguridad y, sobre todo, porque es bello hacer feliz a otro…

…pero es tan estimulante soñar con escapar.



Una vez, hace ya treinta años, Cooper y yo nos desnudamos en una playa de arenas blancas. He soñado ese momento mil veces. Ella es la imagen de Eros. Su melena rubia y ensortijada. Sus pezones mirando al cielo cuando ella entraba en el mar. Su cuerpo delgado, del color del bronce… ¡que la puñetera no le ha echado ni un solo gramo a ese cuerpo en todo este tiempo! Pero cada vida y cada mente discurren por sus propios derroteros… Cooper por aquel lado, con cien vericuetos al retortero; otros a cuatro jornadas de distancia, viviendo otra vida en cinco o diez kilómetros cuadrados, no más.

Con René es distinto. Con René llevo toda la vida riendo y jugando ‘a que te cojo una teta, a que no me la coges’… Y tantas veces he imaginado que las alcanzo y las acaricio que, cuando me dispongo a sentirlas, me despierto. Porque a la gente del común ni en sueños se nos permite semejante licencia… los curas agustinos y los curas del barrio hicieron con nosotros un trabajo muy fino: nos castraron la imaginación y mucho hemos sufrido para recuperar esa bendita libertad de imaginar cualquier cosa sin remordimientos, aunque fuese pecado mortal. Ya digo, vivimos encorsetados hasta en sueños.

Sin embargo, Tiny y yo nos hemos visto pocas veces. Es pequeña y se ríe. Tiene algo tan singular Tiny que no puedo dejar de mirarla. Cuando se nos cruzan las miradas, bajamos los ojos al instante. Pero al segundo nos volvemos a encontrar… Ella sabe que me sorprende. Lo sabe. No sé qué es, pero cuando le hablo no puedo dejar de mirarla a los ojos. Y cuando me contesta, va más allá de lo que pide la pregunta. Y aunque se la vea seria y callada, siempre parece a punto de sonreír. Es la princesa Tiny… y estuvo a mi lado en la cama.

Amy es tierna. Es suave como un osito de peluche. Se deja abrazar y te abraza con los ojos cerrados, y te respira… y entonces, cuando la tienes entre los brazos, te envuelve una mezcla de deseos. La ternura y el cariño de su abrazo es lo primero que te hace feliz, pero después me gusta dejarme llevar… ser consciente de sus senos, de su vientre, de su piel y de su mejilla contra la mía. Amy, la princesa tierna, casi se me cae de la cama.

Y la princesa dulce es Billy, con sus ojillos pícaros y sonrisa traviesa… con ella hay muchos días y noches, entradas y salidas, idas y vueltas. Compartir la vida tiene esas cosas, que uno no es consciente de cuándo dejamos de ser compañeros de caricias y nos convertimos en cómplices de la vida. Billy es generosa, es la que me regaló una noche con cinco princesas en la cama. Cinco princesas surgidas del cariño, de las caricias y de los besos. Cinco sueños corpóreos y deseados.

Sí… nos pasamos la vida encorsetados. Atados a promesas eternas y deseando escapar de ellas para bucear en la fantasía de otras vidas… deseando escapar para explorar los caminos con la complicidad de mis soñadas princesas. Detenerme de una puñetera vez en los deseables senos de René, y acariciarlos sin prisas, hasta donde haga falta. Caminar por la suave piel de Tiny que, cuando dejo atrás su rodilla y bajo hasta el fondo, se estremece. Recorrer con caricias la nuca de Amy, y sentir cómo la piel de gallina recorre su cuerpo en oleadas. Navegar también entre los pezones de Cooper, tan altivos como hace treinta años, que me esperaron todo este tiempo. Y fantasear con la mano cómplice de Billy que serpentea por mis caminos hasta alcanzar la cima…

Fue en la noche de aquel día, en esa cama, con mis princesas. No sé… todo confluye en un sueño que se hace real, o en una realidad que se hace sueño. No es que haya mucha diferencia.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

En Blanco y Negro




El mejor sitio está pasando el puente del río Barbate, junto a unas viejas murallas, camino ya de Zahara de los Atunes. Anita lo sabe porque otras veces le ha ido bien. Y allí se detiene a esperar que algún conductor se apiade. No es que Anita despierte piedad precisamente. Tampoco hace falta que Anita disponga alguna pose al borde de la carretera. Anita es una escultura de ébano forjada en África. Tiene un cuerpo cincelado de sensualidad y todos los hombres de este sur la desean por lo exótico de su rostro y por las ondulaciones que forma su cuerpo. Unos directamente, con descaro; otros en silencio y de reojo.

No sabe Anita si aún pisaba la tierra de Senegal cuando la violaron por primera vez. Fueron cuatro despojos humanos con uniforme, eso sí lo recuerda. Y la última violación ocurrió en Mauritania, en la playa, antes de subir al cayuco. Anita tampoco sabe quién es el padre de su hijo... ni quiere saberlo.

Desconozco el origen de esta imagen

En el otro mundo, Blanca regresa cansada de la  clínica. Blanca es pequeña y del color de un melocotón a medio madurar. La belleza de Blanca es consecuencia de mil razas  mezcladas y de mil años de historia atravesadas de guerras que ahora parecen remansadas. Está embarazada de  cinco meses. Su bebé no sabe la suerte que va a tener.  Conduce un robusto coche blanco y no puede saber que se va a cruzar con Anita. Un segundo antes de que ocurra, ni siquiera ella sabe que va a detenerse pasado el puente sobre el río Barbate, camino ya de Zahara de los Atunes. ¿Por qué no llevar a la chica negra? Se pregunta. ¿Y por qué no? Se responde ella misma.

Anita se asoma por la ventanilla y pregunta que si puede llevarla hasta Zahara. Sonríe con una boca amplia y fresca. Es por allí, dice señalando al frente, hacia la sierra del Retín. Después de siete años en Barbate, sabe comunicarse con un enorme arsenal de recursos, y el idioma no es el único ni el más eficaz. Su forma de sonreír le abre puertas, y ella lo sabe. Cuando Blanca le dice que suba, Anita llama a los demás. Son cinco hombres negros de Senegal, como ella, que esperaban al otro lado de la carretera, agazapados junto a la Venta Curro.

Blanca se sorprende y le dice un poco alertada que todos no caben, que sólo pueden ir cinco en el coche. ¡Pero qué sabrá esta chica! Si cupimos sesenta y cuatro en el cayuco, como no vamos a caber seis personas en este coche tan grande. Claro que cabemos, hija. Intenta explicar Blanca algo relacionado con la Guardia Civil y el número máximo de viajeros y tal… Pero ya están todos dentro del Toyota. No merece la pena entablar una batalla que ya está perdida.

Los doce kilómetros que separan Barbate de Zahara de los Atunes dan para mucho. Anita y su familia viven en un garaje a la salida del pueblo. Pertenece a Manolo, un anciano viudo y sin hijos… y afortunados son los siete por tener un garaje para ellos. Y así el anciano no se aburre, se sienta en la acera a tomar el sol, junto al portalón, para oír hablar a Anita en esa lengua tan extraña y sonríe… a saber qué extraña ensoñación hace el abuelo con Anita.

Ahora, en agosto, lo mejor es desplazarse a Zahara para hacer trencitas a las turistas. Jamás habría podido imaginar que estos europeos de pelo lacio y claro pagaran precisamente por encresparlo. Por eso intenta ir todos los días al pueblecito. Ella hace trencitas y ellos pagan. Aún hoy, después de estos siete años le asombra la manera que tiene esta gente pálida de tirar el dinero como si fuera la cascarilla del sorgo.

Y su hijo, fruto de alguna de las violaciones del viaje —Paquito le dicen en el pueblo—, tiene ya casi siete años. El niño cena todas las noches en el bar de Concha, que es nieta, hija, mujer y madre de almadraberos en paro y dedicados a lo que salga. Por la puerta de la cocina, por la que da al callejón, le arrima la cena a Paquito. Dice Concha que lo que más gusta al joío niño son las gambas al ajillo. Y lo dice con el ceño fruncido, con máscara de falso enfado y orgullo de abuela postiza.

¡Qué sería de este mundo sin la gente buena!


domingo, 26 de agosto de 2018

Discrepancia



¡Qué jodida es la condición humana! Un sólo sol nos ilumina, pero mil sombras hay detrás de cada hombre.


Hay un universo de pequeñas batallas a nuestro alrededor. No son peleas que traspasen lo cercano, solo son escaramuzas por discrepancias pequeñas. No debería ser malo discrepar en el seno de los grupos humanos (en la empresa, en el colectivo cultural o profesional, en los partidos políticos, ateneos, cofradías, clubes, etc.) Lo suyo es plantear problemas y discutir soluciones… a ser posible sin gritar. Con respeto, civilizadamente. Tragándose cada uno sus bilis, si las hubiera. Se pueden defender las causas nobles sin ofender a nadie… creo.



Primero se presenta una idea para alcanzar objetivos; eso es la tesis. A la tesis se opondría una antítesis que discrepa o matiza los medios para alcanzar los mismos objetivos que busca la tesis […porque si pretende otros objetivos ya estamos en otra cosa]. Y de la discusión civilizada entre partidarios de la tesis y de la antítesis debería salir una síntesis de muchísimo más valor y mejor ajustada a lo que busca ese grupo humano. La unión de cabezas pensantes y discutidoras, la diversidad de puntos de vista y la suma de correcciones, suele ampliar la eficacia de lo que se busca. Y ese desenlace logra aglutinar a más gente.

Pero es que, además, esa síntesis debería convertirse en tesis para volver a empezar el proceso. Es aplicar una especie de método científico a la toma de decisiones subjetivas… más o menos.

Lo esperable sería eso, que la discrepancia fuera un proceso creativo y acabara con un logro social o profesional mucho mejor ajustado… y que no pasara nada más. Es decir, que no repercutiera en las relaciones personales. Pero la realidad es que sí pasa. Pasan cosas porque las relaciones humanas siempre son inesperadas. Las personas no somos números. Dos hombres a veces suman y a veces restan… y normalmente dos hombres acaban aliándose contra el tercer humano. Son los genes.

Nos pueden las vísceras. Y eso pasa porque a veces convertimos aviesamente una situación normal en una situación de fortaleza asediada y ya sabemos que «…en una fortaleza asediada, toda disidencia es traición» [Ignacio de Loyola]. La condición humana, la falta de educación y la falta de empatía  llevan a la incomprensión, a la discusión inútil en la que cada uno habla de lo suyo, no escucha al otro y no es escuchado por el otro… y el proceso finaliza inevitablemente con la fractura del grupo. Unos se quedan con la tesis y otros con la antítesis. La mayoría de las veces alguien queda fuera de la burbuja, cae en desgracia y se transforma en enemigo. Los hombres tenemos estos caminos muy bien ensayados. Los repetimos una y otra vez. Todas las revoluciones son traicionadas. Me parece que en las relaciones de grupo nos suele faltar generosidad, empatía y elegancia, y nos sobra ego y visitas al propio ombligo.

Y, sobre todo, se nos olvida que en las cuestiones humanas no hay verdades absolutas. Casi todo es opinable y, por supuesto, discutible… Casi todo.

De momento, que servidor sepa, lo único absoluto son dos cosas: la velocidad de la luz en el vacío y la quietud total a menos 273,15º centígrados, la ausencia de todo movimiento en el cero absoluto… dos cosas que, por cierto, no dependen de la condición humana, afortunadamente. Y aún así, puede que el día menos pensado vengan estos físicos y nos rompan los esquemas que creíamos fijos para dejarnos sin suelo donde pisar.

¡Ya verás tú esta gente!

lunes, 6 de agosto de 2018

Los crímenes del Frente Popular en San Fernando



Imagen tomada de http://historiasreales.net


Finalizada la guerra civil española, las autoridades victoriosas inician una recopilación minuciosa de los «hechos delictivos cometidos en todo el territorio nacional durante la dominación roja». Pero no sólo investigaron las acciones delictivas —que las hubo, muchas y gravísimas, y las castigaron con creces—, sino que investigaron las actuaciones acometidas por las autoridades republicanas de izquierda, en el ejercicio de sus funciones, desde la instauración de la II República, en abril de 1931, hasta el comienzo del Glorioso Movimiento Nacional, el 18 de julio de 1936. Esta aberración jurídica criminalizaba a posteriori lo que en su momento eran actos administrativos conformes a la ley. Sin embargo, este enorme proceso, que se conoce como Causa General, no se inicia con el Decreto de 26 de abril de 1940 del Ministerio de Justicia, existieron procesos provinciales iniciados en Zonas Liberadas durante el transcurso de la guerra... es el caso de San Fernando y la provincia de Cádiz.

La búsqueda de responsabilidades, con las que justificar los asesinatos que ya se habían cometido en la ciudad, se inicia en el verano de 1938. En ese momento los vecinos de San Fernando asesinados por militares sublevados y por fascistas se acercaban a los doscientos. Ese dos de agosto de 1938 el alcalde de San Fernando, Antonio Rodríguez, recibe un telegrama-circular del Delegado Provincial de Trabajo en el que le ordena lo siguiente:

«PARA CUMPLIMENTAR SERVICIO URGENTE ENCOMENDADO POR LA SUPERIORIDAD RUEGO VS ENVÍE BREVEDAD POSIBLE DOCUMENTO EXPRESIVO CUAL FUESE ACTUACIÓN Y DESARROLLO DISTINTOS SINDICATOS ESA CIUDAD. HUELGAS O ACTOS DE SABOTAGE [sic] TUVIERAN LUGAR. REPARTOS Y ASENTAMIENTOS OBREROS AGRÍCOLAS Y HUELGAS DE INQUILINOS FINCAS URBANAS PLANTEADAS PERIODO COMPRENDIDO DESDE 16 FEBRERO 936 A INICIACIÓN GLORIOSO MOVIMIENTO NACIONAL. SALÚDOLE. ARRIBA ESPAÑA»

Es decir, quería saber qué había pasado en la ciudad durante el gobierno municipal del Frente Popular. La respuesta sale seis días después.

«En el tiempo comprendido entre el 16 de febrero de 1936  hasta la iniciación de nuestro Glorioso Movimiento Nacional, sólo existió en esta ciudad como Asociación Obrera el Sindicato Único de Trabajadores, afecto a la CNT, en donde se encontraban inscritos todos los obreros de los diversos ramos del trabajo. La actuación y desarrollo del mismo, iba encausada [sic] al planteamiento constante de huelgas, a los fines de destruir el capital y la industria. Constantemente organizaba mítines, en donde se inculcaba a los obreros la rebeldía contra los poderes constituidos y se amenazaba a las autoridades, acuciando a los obreros contra la misma [sic]. En 6 de mayo de 1936 plantearon una huelga general, por solidaridad con los obreros de la capital, que fue solucionada en 8 de igual mes...»

Continúa el alcalde de San Fernando concretando que «...no hubo en esta ciudad desgracia personal alguna». Y explica los dos únicos actos de sabotaje ocurridos durante el gobierno del Frente Popular:

«...solo puede detallarse el intento de incendio de la Iglesia Mayor Parroquial, hecho ocurrido en 9 de marzo de 1936, así como en 23 de igual mes y año, varios jóvenes que vendían el periódico “Mundo Obrero”, apedrearon y destruyeron una imagen que había colocada en hornacina existente en la Avenida General Varela, esquina a la Santísima Trinidad...»

No explicó el señor alcalde a la superioridad, que los que intentaron quemar la Iglesia Mayor fueron detenidos por las autoridades del Frente Popular ese mismo día. Que, por orden del juez de instrucción Marcelino Rancaño, fueron encarcelados en la prisión de San Fernando. Que fueron encausados en el sumario 32/1936 por incendio y en el 164/1936 por sedición. Que se llamaban José Mateo Callealta, Fernando Oliva Iglesias, José Fraga Cruz, Pedro Montero Cabezas, José Gavilán Mendoza y Diego Marín Fernández. Los primeros, de Cádiz. El último, de San Fernando. Tampoco explicó el señor alcalde que, por orden del juez de instrucción, todos ellos acabaron encarcelados en el Penal del Puerto de Santa María el 21 de marzo de 1936… y que allí, en tan peligroso lugar, les alcanzó el Glorioso Movimiento Nacional. Luego, cuando ya no mandaban las hordas marxistas del Frente Popular, sino las nuevas autoridades emanadas de la fuerza bruta de las armas, a Diego Marín lo sacaron del penal el 23 de agosto y lo fusilaron. Su viuda fue la que logró que inscribieran su muerte en 1944. Del resto de los incendiarios, por el momento, no sabemos nada. Pero duda servidor que unos rojos que intentaron quemar la Iglesia Mayor sobrevivieran al Penal del Puerto de Santa María en manos de las nuevas autoridades. Tampoco sabemos nada de los jóvenes que apedrearon la imagen de la hornacina. El informe de la guardia municipal dice que los sujetos huyeron a Cádiz y ahí perdemos la pista…

Unos días más tarde, el 24 de agosto de 1938, siguiendo con la recopilación de datos iniciada, el gobernador civil de la provincia, Daniel Araujo, le dice al alcalde:

«Para dar cumplimiento a órdenes recibidas de la Superioridad ordenará preparar y remitirá en el más breve plazo posible un estado comprensivo de los extremos que siguen en relación con la actuación marxista en España…».

Se está refiriendo a la actuación del Frente Popular, febrero-julio de 1936. Y, siguiendo el formulario que le propone el gobernador, el alcalde de San Fernando responde lo siguiente:

Número de casas y edificios públicos destruidos: NINGUNO.
Número de fábricas y comercios destruidos: NINGUNO.
Número de Bancos destruidos y sus pérdidas: NINGUNO.
Número y valor de museos y obras de arte destruidas: NINGUNO.
Iglesias, conventos y capillas destruidos: NINGUNO.
Calles, puentes, ferrocarriles, puertos, estaciones destruidas, número y daños materiales: NINGUNO.
Número de asesinatos cometidos en esta localidad: NINGUNO.

En este último apartado, se ve que para introducir algún hecho destacable —aunque ocurrido tres años antes de la llegada del Frente Popular—, aprovecha el alcalde para explicar el atentado perpetrado en el Teatro de las Cortes el 12 de noviembre de 1933. Ese día, durante la celebración de un mitin organizado por Acción Ciudadana de San Fernando, en el que intervendrían José María Pemán, Ramón de Carranza, José A. Primo de Rivera y otros, unos pistoleros dispararon desde uno de los palcos provocando un muerto y tres heridos. Pero no fue un crimen impune. En agosto de 1938, cuando se emite este informe, los cuatro implicados habían sido detenidos y pagado sus culpas.

Es decir, cuando las autoridades franquistas inician la búsqueda de información, tanto los responsables del atentado del Teatro de las Cortes en 1933 como los que intentaron incendiar la Iglesia Mayor en 1936, estaban encarcelados, muertos o desaparecidosEntonces... ¿De qué eran culpables los casi doscientos vecinos de San Fernando asesinados por los franquistas para merecer la muerte? ¿Qué actos habían cometido?

Habían hecho una huelga de dos días en solidaridad con los trabajadores de Cádiz y habían celebrado múltiples reuniones en las que «...se inculcaba a los obreros la rebeldía contra los poderes constituidos...». Es lo que había dado de sí el periodo de dominación marxista en la ciudad.

No. La represión desplegada en San Fernando no fue consecuencia de insoportables agitaciones sociales, desmanes o crímenes cometidos en ese periodo, porque, según las propias autoridades franquistas, no los hubo en la ciudad. La violencia posterior al golpe de estado (asesinatos, desapariciones forzadas, depuraciones de funcionarios, maestros y guardias; encarcelamientos arbitrarios, etc.), obedeció a una meditada planificación —en la que intervinieron la cúpula militar del Departamento Marítimo de Cádiz y la Falange de San Fernando— que consiguió descabezar cualquier intento de oposición. Es lo que indicaban las directrices del urdidor del golpe, el general Emilio Mola Vidal:

«Hay que sembrar el terror... hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros».

«Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al movimiento aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas».

Pero la represión en esta ciudad no se limitó al asesinato (el general Mola lo llamaba castigo ejemplar) del alcalde y concejales del Frente Popular que, como representantes de la legalidad republicana, su sola presencia física denunciaba el crimen que cometían los sublevados. El asesinato, con la liturgia de fusilamientos judiciales, alcanzó —sin entrar a valorar lo ocurrido en el ámbito militar— a los dirigentes de partidos políticos de izquierda, masones, sindicalistas y a los obreros que se habían significado en el proceso de empoderamiento popular que ocurrió en los últimos meses de la Segunda República. Por otro lado, el proceso represivo expulsó de las administraciones a todos los trabajadores sospechosos de haber colaborado abiertamente con las políticas emanadas de la República. El gobernador civil de Cádiz se lo recordaba al alcalde de San Fernando en agosto de 1936:

«...en virtud de las atribuciones delegadas por el Excmo. Sr. General Comandante Militar de la Plaza [general López Pinto], que en cada ayuntamiento se verifique una escrupulosa depuración del personal de todas las clases y categorías dependientes de ellos para que fulminantemente queden separados definitivamente de sus cargos todos aquellos que hubiesen tenido relación con el llamado Frente Popular y se dedicaron a actuar políticamente contribuyendo con ello a la ruina que para la Patria ha significado el mencionado Frente Popular».

Y lo hicieron magistralmente. Lo hicieron hasta dejar una gestión municipal sumisa y adicta al nuevo Régimen. A comienzos del año 1937, los militares y falangistas que mandaban en San Fernando habían conseguido una ciudad descabezada de todo liderazgo político y sindical, una sociedad sumisa, un pueblo aterrorizado...

...y, en consecuencia, dejaron las fosas comunes de la ciudad repletas de cadáveres anónimos. Habían triunfado.

sábado, 28 de julio de 2018

Invasores de patrias




El miedo es la mejor herramienta para controlar a los pueblos. El que gestiona el miedo de la gente tiene el poder. Y cuando no existe miedo, se inventa. O se coge cualquier temor social, por ridículo que sea, y se incrementa convenientemente hasta llevarlo a la categoría de terror. Una vez creado el miedo, para vencerlo y recuperar la seguridad, la gente, convenientemente dirigida, aceptará y hará cualquier cosa… Porque los seres humanos somos esencialmente gregarios y necesitamos atávicamente seguir al líder de la manada o, en estos momentos históricos, necesitamos sumarnos a una ideología sin complejos, que prometa la seguridad para la manada-grupo-nación. Y si para eso es necesario exterminar al extraño, se extermina de forma literal o virtual. No hay ningún problema, simplemente inventamos una ideología que silencie lo que nos dicte la razón y justifique lo que nos pide el hígado. ¡Fácil! Luego votamos masivamente a esta ideología salvadora y, listo, tenemos la tranquilidad de conciencia para cerrar fronteras y exterminar grupos sociales. No cambiamos los seres humanos. Siempre hacemos lo mismo. Es la ley del clan, la fuerza de la manada… es regresar democráticamente al paleolítico. Es el fascismo visceral que triunfa sobre la reflexión. Y no tenemos arreglo… ahí están los nuevos cuñaos para seguir el proceso.

Estamos en julio de 2018 y mis paisanos de Ceuta tienen miedo de los 602 hombres negros que han saltado las vallas rematadas con concertinas. Han herido a veintidós guardias civiles. Y tienen razón mis paisanos, temen por sus hijos; la inseguridad en las calles, la precariedad que supone para la ciudad una masa de hombres que no conocen nuestros parámetros de convivencia. Tienen terror a lo que eso significa: que sólo es el comienzo de una avalancha incontenible. Porque si han sido seiscientos los subsaharianos que han saltado las alambradas, eran 60.000 los que salieron de Mali, Costa de Marfil, Congo, Sierra Leona, etc. Hace treinta años ya sabíamos que a principios del siglo XXI llegarían al norte de África 50 millones de seres humanos sin agua, sin comida, sin ropa, sin sanidad, sin techo, sin los mínimos recursos vitales. Consecuencias de las guerras de explotación, de las sequias y de las hambrunas. Cincuenta millones de hombres y mujeres sin esperanza de que sus países puedan ofrecerles vida. No una vida digna, simplemente vida. Todos ellos, además, tienen la certeza de que engendrarán hijos únicamente para nutrir esa inmensa humanidad sobrante y sufriente. Procrear para generar más miseria y más seres condenados. La otra certeza que tienen es un dilema: o mueren de miseria en África o emprenden un viaje al Norte superando torturas de las policías de los países que atraviesan, violaciones a las mujeres y jóvenes, chantajes de las mafias de cada lugar, mercados de esclavos en Libia, Mauritania y el Chad. Solo los más resistentes y suertudos podrán atravesar el Mediterráneo o saltar las vallas de Ceuta y Melilla en un intento de alcanzar lo que para ellos es el paraíso. Y el paraíso es un país donde, en lugar de torturas, palos y violaciones, reciben agua, comida, ropa, un lugar para descansar… y a veces, una mirada directamente a los ojos. Mi amiga Rocío lo hace. Los mira y con esa mirada les dice: te reconozco como ser humano. Y eso tan simple es el paraíso.

Dos de los 602 invasores de Ceuta en julio de 2018


La selección darwiniana siempre deja frente a Europa a los más sanos, a los más fuertes y a los mejor adaptados… los débiles, los menos jóvenes y la inmensa mayoría de mujeres habrán caído en el camino a consecuencia de muertes horribles. Cincuenta millones de seres humanos esperando en el norte de África. Lo sabíamos hace treinta años. Yo lo recuerdo. Y si alguien, desde la comodidad de su casa europea, criminaliza a esta gente por intentar llegar a occidente tiene mi desaprecio —porque estos hombres y mujeres de color son personas que lo único que han hecho es nacer en un lugar inhóspito y sobrevivir a un viaje infernal—.

Seiscientos dos son los que han logrado invadir Ceuta después de sobrevivir a la travesía de África. Y han entrado por la fuerza bruta de su fragilidad, usando sus propios excrementos como armas arrojadizas y sus propios cuerpos como escudos. Y también han usado como armas lo que les ofrece el bosque de Beliunech, en Marruecos, frente a las alambradas de Ceuta. El mundo civilizado está lleno de criminales que pagan a Marruecos, Argelia, Túnez y Libia para que hagan lo que sea menester para detener la avalancha migratoria. Sí, el mundo está lleno de criminales, pero no son precisamente los que saltan las alambradas de Ceuta lanzando a la guardia civil su propia mierda y cal viva.

No creo que nada pueda contener estos flujos migratorios masivos —el imperio romano no pudo—. Yo no sé cómo se podrían integrar estos hombres y mujeres en la dinámica de los pueblos receptores. No lo sé… Lo que me aterra en primer lugar es la deriva del pensamiento que se percibe en la gente. Me da la sensación de que muchos o pocos de mis paisanos ceutíes (por lo menos los que comentan activamente en las redes sociales) verían con buenos ojos que levantaran un muro terrestre como el de los sionistas en Gaza o como el que quiere levantar Trump en la frontera de México. Y me temo que no sólo eso, creo que muchos verían con buenos ojos que instalaran cañones de gas mostaza (o tal vez ametralladoras) que barrieran las cercanías. Por mar ya lo hicieron en la playa del Tarajal, que en tiempos del Partido Popular, lanzaron gases lacrimógenos y pelotas goma a un grupo de inmigrantes que nadaban hacia Ceuta… murieron tres, por cierto.

No sé, últimamente veo a mucho español que todo lo soluciona mandando a la legión por delante… a Catalunya o a la frontera con Marruecos. Y, la verdad, yo prefiero que los legionarios sigan con sus numeritos circenses paseando tarugos de madera a verlos otra vez convertidos en novios de la muerte.


jueves, 19 de julio de 2018

Somos peores que los insectos que matan a la surfinia




Los insectos han atacado en masa a la surfinia. La han dejado sin flores y sin vitalidad. Ayer tenía encima miles de pequeños libadores de savia y después de una buena rociada de insecticida han muerto. Yacen ahora en la mesa los miles de cadáveres como motitas de polvo… Pero fue tarde. Tal vez muera la surfinia. Por más agua que le regalo, sigue mustia. Es lo que pasa con las cosas vivas, que mueren tarde o temprano. Por una causa o por otra.

Pero eso es lo que hacen los insectos, sobrevivir y alimentarse para procrear mejor que los vecinos. No tienen otra opción. Lo llevan ensayando con éxito desde hace millones de años. Hacen lo que les mandan los genes. No cabe pedir contención, estrategia o humanidad a un puñado de insectos libadores…

Hoy he visto un manojo de tres hombres atados por los pies y colgados boca abajo de una ventana. Como gallinas vivas en un mercado de hace cincuenta años. Eran tres hombres que los negreros libios vendían en un mercado de esclavos. Es una imagen real, de hace unos meses. No del siglo XIX. Es Libia, hoy. Ese país que los europeos hemos convertido, a base de euros, en un muro y en una cárcel para que no puedan llegar a Europa los que huyen de la pobreza, de las guerras y de las hambrunas… La civilización occidental ha esquilmado los recursos de África durante siglos, y lo seguimos haciendo de manera despiadada. Y para mantener a raya el éxodo masivo, compramos a estos criminales libios para que sigan haciendo el trabajo sucio por nosotros.

No creo que tengamos arreglo como especie. A esta civilización no la mueve el interés humanitario —no sabe qué cosa es eso—, la dirigen intereses criminales que tienen su leitmotiv en el máximo beneficio privado. Somos infinitamente peores que los insectos que matan a la surfinia porque nosotros sí tenemos elección. Sí tenemos conciencia del bien y del mal, pero nos falta humanidad y voluntad para hacer lo que es correcto. Es más fácil cerrar los ojos y olvidar lo que ocurre detrás de la esquina. Es más sencillo para los poderosos seguir ganando dinero y acumulando riquezas y poder —poder para seguir ganando más dinero y más riquezas—. Es más sencillo para los mediocres cerrar nuestros ojos y engañarnos con falsos paraísos que caben en un miserable crucero de placer pagado en cómodos plazos… Todo, cualquier cosa, es más sencillo que restregar esta imagen de hombres atados como gallinas por la cara de los que tienen el poder de evitarlo si quisieran…

¡Ay! ¡Si los pueblos gobernaran realmente! Dan ganas de hacer las mismas barbaridades a la recíproca…

domingo, 8 de julio de 2018

El asesinato de Andrés Silva Lobato




En San Fernando —y en cada rincón de España— los asesinos que se destaparon el 18 de julio de 1936 no dejaron evidencias documentales de sus crímenes. La mayoría de los asesinatos cometidos durante el Terror Caliente (julio de 1936, marzo de 1937) no están documentados. No pueden estarlo porque nadie en su sano juicio certifica que ha cometido un asesinato. Eran asesinos, pero su grado de estulticia no llegaba al punto de dejar constancia escrita de tal crimen. En cambio, sí contaban con la complicidad, la comprensión y el silencio expreso de los suyos, es decir, de las cúpulas rebeldes de la Armada e Infantería de Marina, de los guardias civiles y carabineros sublevados contra el gobierno de la República, de entusiastas falangistas salvadores de su particular patria, de fanáticos sacerdotes salvadores de almas y condenadores de cuerpos, y de todas esas personas de orden que apoyaron un régimen que protegía sus privilegios de clase dominante, aunque ello implicara torturar, asesinar y hacer desaparecer los cuerpos de los que podían oponerse a la barbarie que ese día comenzó en San Fernando y en España. Sí… contaron con la complicidad de personas normales que protegieron sus normales privilegios de toda la vida. Y contaron también con el paralizante miedo que provoca el terror desparramado por las callejuelas del pueblo.

Lo que sí hicieron estos asesinos fue marcar los libros de actas del ayuntamiento. Trazaron una cruz junto al nombre de cada concejal asesinado. También inscribieron una cruz en el frontal de algunos expedientes que abrieron en la cárcel municipal a los enemigos de España… el nuevo país que estos criminales estaban construyendo sobre torturas y muertes. Esas cruces son las únicas señales escritas que dejaron de sus fechorías.

No. No hay pruebas documentales de los asesinatos cometidos durante el Terror Caliente. El único documento primario que los describe es el Libro único y secreto que ordenó abrir el Vicario Capitular de la Diócesis de Cádiz (Eugenio Domaica) a los párrocos de San Fernando… Es el cuaderno que utilizó José Casado Montado para escribir Trigo tronzado, y el que usaron contados investigadores para listar a los muertos en la provincia de Cádiz. Hoy ese libro está bajo férrea custodia en algún archivo episcopal. ¡Que para eso era único y secreto, qué coño! Sólo podemos utilizar las fotocopias que furtivamente se hicieron en su momento…

…pues, a pesar de la ausencia documental a veces afloran evidencias que señalan a los criminales de manera inequívoca. Es el caso del asesinato de Andrés Silva Lobato, trabajador de la Sociedad Española de Construcciones Navales, que —según informaba Enrique García Escribano, Agente Jefe de la Comisaría de Investigación y Vigilancia de San Fernando, en junio de 1937— había sido vocal del Comité Local del Partido Comunista de la ciudad, y en enero de 1936 formó parte del comité que organizó un acto electoral presidido por Esteban Salamero Bernal, y que tuvo autorización gubernativa.


Detalle de la página 14 del Libro Único y Secreto.

Y eso era un crimen para los salvadores de la Patria. Pertenecer a un partido del Frente Popular y señalarse abiertamente, implicó una bala en el corazón junto al muro suroeste del cementerio de San Fernando, un tiro de gracia en la cabeza y una patada al borde de la fosa común para que el cuerpo rodara hasta el fondo. Los rojos, esos disolventes de la patria, no merecían otra cosa.

El dos de septiembre de 1936 detuvieron a Silva Lobato por orden del teniente coronel Ricardo Olivera Manzorro, Comandante Militar de la Plaza y máximo responsable de la represión desplegada en San Fernando desde el 18 de julio. Encerraron a Silva Lobato en la prisión de partido de San Fernando y le abrieron un expediente procesal incompleto. Eran tantos los detenidos en ese mes de septiembre que muchos de los datos quedaron en blanco. Ese mismo día, Olivera Manzorro ordena trasladarlo al Penal Naval Militar de la Casería de Osio: «A la presentación de este escrito se servirá V. entregar al detenido Andrés Silva Lobato para ser trasladado al Penal de la Casería», le ordenaba al director de la prisión de partido. La escolta de infantes de marina estuvo mandada por A. López y condujo al detenido hasta el Penal de la Casería. Dos días después lo sacan al amanecer, junto a siete compañeros más, Pedro Arroyo Utrera, Francisco Cosme Alonso (taxista), Juan Espinosa de los Monteros Pérez (capitán de Infantería de Marina), Félix Fernández Coco (fresador), Ángel León Ciordia (empleado del ayuntamiento), Juan Valverde Colón (conserje) y Francisco Villegas Oliva (maestro carpintero)… y los fusilan junto al muro del cementerio de la ciudad. A todos ellos les aplican lo que las nuevas autoridades llaman Ley de Guerra, una burda excusa para exterminar sin complejos cualquier asomo de disidencia… ya lo había anunciado el Director Mola en sus directivas, que el golpe habría de ser en extremo violento. Y lo cumplieron con creces.

El cura que presenció el asesinato de Andrés apenas anotó que vivía en la calle Jesús de San Fernando, que era feligrés de la Iglesia Mayor y que le aplicaron la Ley de Guerra. No indica si confesó o recibió sacramentos. Silva Lobato fue tirado de forma irrespetuosa en la fosa común que abrieron los represores en la zona civil del cementerio municipal. Su viuda, Petra Barroso Medina, madre de cinco huérfanos, no logró inscribir la muerte de su marido hasta junio de 1945… Un muerto y seis víctimas vivas.

Entre julio de 1936 y marzo de 1937, mientras Ricardo Olivera Manzorro fue Comandante Militar de la Plaza de San Fernando, y máxima autoridad en la ciudad, se cometieron cerca de doscientos asesinatos con la estética de fusilamientos judiciales. El 6 de marzo de 1937 el teniente coronel Ricardo Olivera Manzorro fue nombrado, por el Excmo. Ayuntamiento, Hijo Predilecto de la Ciudad de San Fernando debido a la «…acertada y patriótica actuación […] desde el instante mismo en que diera comienzo en nuestra querida España el Glorioso Movimiento Nacional, evitando con su rápida y decidida intervención en la histórica tarde del 18 de julio, que en San Fernando [no] imperase ni siquiera por unos minutos el terror marxista que tan dolorosas consecuencias tuvo en las poblaciones que fueron más tarde liberadas por el Glorioso Ejército Salvador…»

Efectivamente, el único terror que imperó en San Fernando fue el que impusieron los militares y fascistas que tomaron el poder. Fue el terror que exterminó a Andrés Silva Lobato, a sus siete compañeros de paredón y a los cerca de doscientos fusilados en San Fernando que siguen sin memoria y sin dignidad…