viernes, 8 de marzo de 2019

Acción Ciudadana y el bello sexo, o la mujer como florero


A finales de 1931, apenas iniciada la II República española, faltaba en San Fernando un partido de inspiración y obediencia católica. Algo que aglutinase sin complejos como se dice ahora a las derechas dispersas, e hiciera frente a socialistas y republicanos de izquierda que gobernaban el municipio. Por eso se creó la agrupación local de Acción Ciudadana, con valores ideológicos coincidentes a nivel nacional con los de la futura CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), que dirigirá más adelante Gil Robles. La presentación ocurrió el domingo 20 de diciembre de 1931, en un mitin celebrado en el Teatro de las Cortes, y que relata magníficamente el Heraldo de San Fernando…

…y la mujer fue figura determinante.

Mujeres celebrando la llegada de la II República

Tal agrupación política aglutinaba fundamentalmente a las clases acomodadas de la ciudad, comerciantes, industriales y militares retirados de la Marina —personas de orden y de recta moral, se decía—. Más o menos lo que hoy serían los tres partidos de la derecha carpetovetónica, la que va sin complejos. El mitin fundacional fue un rotundo éxito de concurrencia «…por la valía de las personalidades congregadas, y principalísimamente por la concurrencia del bello sexo, que por primera vez en San Fernando acudió en crecido número a un acto político, evidenciando con ello cómo la mujer isleña se preocupa del porvenir de la Patria…».

Por lo que se ve, no había jornaleros, braceros, cargadores de sal ni albañiles o panaderos en el patio de butacas, ni siquiera en las filas más alejadas… y sus mujeres, tampoco. El cronista, siguiendo con su delirante entusiasmo, explicó que la presencia de tantas mujeres aportaba la encantadora perspectiva de su belleza y, lo que era más importante, dice que ese exquisito perfume de feminidad, hizo que los oradores (todos ellos masculinos, por supuesto) elevaran su discurso, humanizaran sus ideologías y evitaran toda suerte de estridencias…

Presidió el acto don José Cousillas, capitán de navío retirado. Y don Francisco Hierro Benítez, concejal socialista (de cuando el partido socialista era una cosa revolucionaria), asistió como delegado de la autoridad municipal, que era una presencia preceptiva en todo acto público. El señor Hierro se tragó todos los sapos que se dijeron.

Intervinieron varios oradores. Un practicante gaditano llamado don Marciano Martín Gil, que «…con verbo fluido y primoroso saluda con galanes frases al auditorio, y muy en especial a la mujer, a quien dedica párrafos de rendido lirismo que son justamente ovacionados». Continúa explicando el orador que a ellos les repugna el sectarismo de las doctrinas socialistas y concluye su discurso con un «…brioso llamamiento a la mujer, a los jóvenes, a obreros y patronos; a los hombres todos de buena fe para que salven la Patria y los ideales que sustenta la acción ciudadana».

Otro de los oradores, don Luis Pereira Darnell, capitán de Infantería retirado, invocó especialmente a la Virgen del Carmen y apeló a la defensa de la Patria, de la religión, la familia y del orden. También este discurso mereció la ovación de los concurrentes, por supuesto. Finalmente habló don José Llauradó, capellán mayor de la Armada, retirado ya —la iglesia no podía faltar en el aquelarre conservador—, que se quejó de la invasión de la política en los templos religiosos «…apostrofándola [la intromisión] con tal energía que el delegado gubernativo [señor Hierro] llamó la atención de la presidencia sobre la corrección de las formas». Siguió el clérigo, ya con un verbo más suavizado, manifestando la necesidad de defender la civilización de Cristo, el orden y el trabajo. El acto finalizó «…con un grito que hoy resulta espectacular: ¡Por mi Dios, por mi patria y por mi dama!». Mismamente como el mío Cid.

Sin duda, para las derechas de 1931 el bello sexo era un bonito adorno… Para algunos el tiempo pasa en balde.

miércoles, 13 de febrero de 2019

El final de los caminos





Hay una nueva senda que lleva hasta Punta Cantera, ese lugar bello y abandonado en la viejaIsla de León. Los paseantes de San Fernando hemos trazado el nuevo camino sin darnos cuenta. Los buenos caminos, los duraderos, se hacen solos, sin intención, a fuer de soledades… o con buenos compañeros, que nunca se sabe. Los caminos, si son buenos, son eternos.

El que encontré el domingo transita por el antiguo “camino de ronda”, que hace veinte años aún discurría encajonado entre alambradas. A un lado quedaba el exterior, la playa en el borde de la Bahía de Cádiz; y al otro estaban los polvorines de fachada blanca, atestados de municiones para la guerra. Ambas alambradas estaban rematadas con concertinas, esos alambres con cuchillas capaces de sajar la carne como si fuera mantequilla. Las pusieron para que nadie las traspasara y provocara un estropicio con las toneladas de municiones que se guardaban por allí… porque los estropicios los arman quiénes tienen que armarlos, no cualquier terrorista de tres al cuarto. ¡Vamos, hombre!

Y eso debió ocurrir —lo de colocar las concertinas, digo— más o menos cuando murió el Caudillo de todos los españoles, quisiéramos o no. Hoy ya no existen las concertinas, poco a poco se han caído. El tiempo es el mayor corrosivo que se conoce: todo lo disuelve…

Y tampoco hay municiones. Todo en Punta Cantera ha dejado de ser lo que era. Tiene entonces, este bello lugar, el atractivo del abandono, de la soledad, del cambio lento hacia la quietud, las expectativas de las estructuras que se caen, porque caídas son más estables y es su destino… Pasa en Punta Cantera lo que pasa con el universo —y en menor escala, con las catedrales—, que caminan hacia la quietud, el frío y el silencio… y en ese camino hacia la quietud, en ese inexorable camino hacia la quietud, es cuando somos conscientes de que la vida de cada hombre sólo es un chispazo de inestabilidad en el camino equivocado. ¿Hay algo que importe algo, entonces?

Y al fondo, el viejo camino de ronda llega al Muelle para la Pólvora de Su Majestad… que discurre entre las aguas, en dirección al Puntal de Cádiz, desde el siglo XVIII. Ahí sigue, abandonado y resistente. Cada día la marea lo cubre dos veces… su cabecera es un buen lugar para dejar pasar el tiempo y observar y pensar. La marea está baja, y subiendo. Siempre pienso lo mismo ante el grandioso espectáculo de ver progresar una orilla sin causa aparente: que somos insignificantes.




Hace mucho tiempo que no soy capaz de parar y dejar discurrir el mundo. Hoy lo hago sentado en la cabecera del muelle. Ahí detrás, a unos metros, permanece el grabado que dejó el soldado Debreuille el 7 de agosto de 1824, uno de los cien mil Hijos de San Luis que devolvieron el absolutismo al felón Fernando VII. El sol de febrero es tibio y la brisa de poniente es fresca. Un señor busca metales por la orilla con un detector. Una garza real come cangrejos en la orilla. Sólo llegan los sonidos de las gaviotas. Hay dos gaviotas que se pelean por el mismo despojo… no es la primera vez que dos gaviotas pelean por un despojo. Bajan unos jóvenes al muelle y caminan hasta el extremo. Dos de las chicas se besan y se hacen carantoñas en mitad del espigón. Sin pudor. No tienen nada que ocultar. Me alegra ver eso, es un estallido de libertad. Al fin y al cabo, un ser humano ama a otro ser humano, y eso es extraordinario…

El nuevo camino a Punta Cantera, ese lugar bello y abandonado en la vieja Isla de León, también se termina. Es lo que tienen los caminos, todos los caminos que se caminan, que dan vueltas sobre sí mismos en bucles interminables, o llegan a un final…

…y siempre es mejor llegar a algún sitio, al que sea, aunque la vida de cada hombre sólo sea un chispazo de inestabilidad en el camino lento del universo.


miércoles, 5 de diciembre de 2018

El fracaso de la civilización




Hay mucho de atávico y viejo en la vuelta al fascismo. Y me parece sinceramente que la vuelta del fascismo es el auge de VOX y de ciertos mensajes oportunistas de la derecha española, PP y C’s.

Pintadas a favor de VOX. Foto de Manu García, en La Voz del Sur

Son mensajes sencillos dirigidos directamente al cerebro de reptil que aún nos gobierna en la sombra. Un corpus de ideas-sentimientos que encastran perfectamente con las convicciones firmemente asentadas en la zona irreflexiva del comportamiento… Es sencillo: la tribu está formada por gente reconocible que vive dentro de fronteras inviolables. Que existen símbolos y comportamientos para reconocerse unos a otros dentro de la tribu. Que las fronteras se defienden contra los extraños, porque los extraños no son sujetos de derechos, y nuestros derechos se acaban en las fronteras. Los extraños son enemigos y su simple existencia nos aglutina a nosotros como tribu reconocible. Interesa visibilizar a los extraños porque así afirmamos nuestra identidad tribal. Los de la tribu somos católicos y seguimos sus dogmas y obediencias porque esa es la tradición ancestral del buen español. Los hombres españoles se casan con mujeres y otra cosa no es posible… y si hay desviaciones, se destierra socialmente al desviado. Siempre han existido ricos y pobres, es lo que hay; otro orden social no es posible.

Es fascismo la uniformidad y el pensamiento único y excluyente… esto no es la derecha ni la izquierda, esto es el fascismo con cara de siglo XXI. Es lo que destruye la delgada capa de civilización que construimos con tremendos esfuerzos después de cada retroceso histórico.

Pero, en contra del mensaje fascista de VOX, más allá de las fronteras tribales-nacionales hay seres tan humanos como los de dentro, porque al final sólo hay una gran tribu, digan los fascistas lo que digan. Y en las sociedades hay hombres y mujeres que aman a otros hombres y otras mujeres, en cualquier combinación… y siguen siendo seres humanos con todo derecho a vivir su vida en su propio país, sin ser mirados con desprecio. Y los seres humanos son valiosos, sean mujeres u hombres… y desandar esa conquista de la mujer, que ha llevado milenios de lucha, como apuntan los fascistas del siglo XXI, es un crimen, y los que lo insinúan, unos criminales.

En la democracia formal que hemos apañado aquí, en España, se puede defender cualquier cosa… pero debemos reservarnos el derecho a ser beligerantes (al menos con las palabras) contra los que quieren arrasar los valores inviolables que la civilización ha conquistado. Y esos valores inviolables están en peligro si esta piara de fascistas toca poder.

El fascismo del siglo XXI es la vuelta al mensaje sencillo, directo y sin complejos, dirigido al hígado. Es un mensaje que no necesita reflexión, sólo hay que repetirlo en la barra del bar a todas horas, y si se hace a gritos, mejor. Es el mensaje que repite el cuñao de turno aprovechando la prudencia del resto de la familia que no quiere estropear la reunión…

Es la vuelta a la simpleza de una tribu obligadamente uniforme y brutalmente excluyente. El fascismo es el fracaso de la civilización.

jueves, 8 de noviembre de 2018

El niño que perdió a su maestro



Ha muerto Miguel. Seguramente era su turno. Alcanzar noventa y tres años tiene eso, que te acercan a lo inexorable. Y cuando ellos mueren nos vamos quedando sin testigos directos de la vida que nos precedió. Era Miguel un tío larguirucho que me llamaba tocayo cuando nos encontrábamos… y me encantaba que me lo dijera. Además sonreía con facilidad y eso, sonreír con facilidad, tiene un valor incalculable.

Le conocí en el cementerio de San Fernando. Iba casi todos los días a visitar el nicho de su esposa… y se le alegraba la cara cuando saludaba a los arqueólogos que por allí andaban, hurgando la tierra. Esos jóvenes buscaban a los muertos de su niñez, aquellos que el Régimen de Franco mató de mala manera… porque la niñez, la juventud y la madurez de Miguel estuvieron rodeadas de Caudillos por la Gracia de Dios, de Imperios que caminaban hacía Dios en prietas filas y de Españas, Grandes y Libres.



Miguel se lo decía a esos jóvenes manchados de barro: los muertos están más allá… y allá estaban. Tenía parte de razón. Él había visto esas fosas abiertas cuando se quedó sin maestro. Hacía de esto justamente ochenta años. Yo le había preguntado qué recordaba de esos tiempos y me dijo que un día, su maestro —don José Lucas se llamaba— no fue a la escuela y no volvió nunca… y yo siempre me he preguntado por qué dejó de ir a la escuela, dijo. No me habló de la guerra entre hermanos, de los miedos y susurros de sus padres, ni de penurias, de hambre, de lutos, de piojos y de tifus. Nada de eso me contó. Me dijo, sorprendido aún, abriendo los brazos y dejándolos caer, que su maestro, no volvió a la escuela.

El recuerdo de Miguel me conmovió y me sorprendió. ¿Qué tenía de especial ese maestro republicano? Hubo tantas madres y viudas con el duelo sin cerrar… que lo de Miguel con su maestro resultaba lo mismo: necesitaba un final, una conclusión. ¿Por qué se fue mi maestro? ¿Por qué no avisó? ¿Por qué nos dejó solos? Desde entonces, buscar datos sobre don José Lucas Velázquez se convirtió para servidor en una prioridad. Parte de lo que fui encontrando en archivos se lo conté a Miguel, le dije que había sido concejal del ayuntamiento de San Fernando, que era masón, que lo fusilaron un 28 de agosto de 1936 cuando sólo tenía 28 años; que sus huesos debían estar ahí abajo, a pocos metros de donde estábamos hablando y que dejó un hijo póstumo llamado José Lucas Luque. Y que por eso no volvió a la escuela, porque lo mataron unos criminales que iban a misa de doce todos los domingos y fiestas de guardar.

Hoy sé más cosas del maestro de Miguel, pero ya es tarde. Sé que por mucho que musite las historias a las cenizas de Miguel, no las oirá. Le podría haber contado que su maestro fue uno de los responsables (entre otros, pero tal vez el más decisivo) de impulsar en San Fernando las políticas educativas de la II República. Que desarrolló un programa exhaustivo para sustituir la enseñanza religiosa por una educación laica, alejada de los mundos mágicos que mantenían las mentes infantiles ocluidas y sometidas a la sinrazón. La que imaginaba Lucas era una escuela que educaría —de una puñetera vez en la historia de España— para conseguir ciudadanos libres y preparados para escapar del histórico círculo vicioso: hombres incultos, inhumanamente pobres, criminalmente sometidos a las clases dominantes, y condenados a tener hijos como ellos, pobres, incultos y sumisos a los señoritos de siempre. La escuela que preparaba José Lucas en San Fernando, rompería ese bucle criminal para ofrecer una oportunidad histórica al pueblo oprimido.

Entendía el concejal, amparado por las leyes de la República, que para poder ofrecer en San Fernando una enseñanza laica y liberadora, procedía la incautación por el Estado de los siguientes centros religiosos de la ciudad. Luego los convertirían en centros educativos y escuelas públicas:
  1. Iglesia Vaticana de San Francisco.
  2. Colegio San Juan Bautista de la Salle. 
  3. Hermanas Carmelitas. 
  4. Reverendas Madres Monjas de la Enseñanza. 
  5. Capilla del barrio de la casería de Ossio.
  6. Capilla Evangélica. 
  7. Convento de Capuchinas.
Y después de seguir todos los cauces reglamentarios, el 15 de junio de 1936 ordenó el alcalde, don Cayetano Roldán Moreno, elevar la instancia con tal propuesta al señor ministro de Instrucción Pública. Ese mismo día se cursó el correo certificado. Pero no hubo tiempo para desarrollar el nuevo sistema educativo. Un mes y dos días más tarde, los militares sublevados contra la República, apoyados por la Falange y por muchos curas, y vitoreados por las personas de orden, arrestaron a punta de pistola a casi todos los concejales reunidos en el salón de plenos del ayuntamiento. Los detenidos eran esos extremistas y revolucionarios que habían propiciado tales extravagancias: incautar Iglesias y conventos para convertirlos en escuelas públicas. ¡Por Dios! ¡No sabe uno en qué estaría pensando semejante canalla!

Aún no conocemos cómo lo hizo, pero el concejal Lucas esquivó a sus captores hasta el 10 de agosto. Ese día fue apresado por falangistas… pero no lo encerraron en el Penal de Cuatro Torres, con el resto de sus compañeros. Debió recibir tal paliza que, para que no se les muriera antes de tiempo, lo ingresaron directamente en el Hospital de San Carlos. Dos semanas después lo asesinaron junto a la tapia del cementerio…

…las personas de orden eran así. La osadía de convertir iglesias en escuelas públicas para niños pobres debía ser castigada con ejemplaridad, y lo hicieron. No se perdonaron esas cosas en la vieja Isla de León. El orden es el orden, y si es un orden divino…

Han tenido que pasar 82 años para que el alumno y su maestro se reencuentren. Hoy día, las cenizas de uno y los huesos del otro reposan a escasos cinco metros. Hemos cerrado un círculo interrumpido. Y lamento muchísimo no haber podido contar a Miguel la verdadera dimensión de su maestro… y la de sus asesinos.


martes, 18 de septiembre de 2018

La noche de aquel día




Nos pasamos la vida encorsetados. Atados a promesas eternas y deseando escapar de ellas para bucear en la fantasía de otras vidas. Nos pasamos la vida intentando cumplir con las expectativas que tienen de nosotros la familia, los amigos, los jefes; los que nos ven desde fuera… Y se nos pasa la vida en ello, en cumplir con no sé cuántas retorcidas obligaciones. Unas impuestas y otras elegidas. Es nuestra decisión cumplir o escapar… y casi siempre cumplimos porque la mayoría de la gente es honesta y leal. A muchos nos pasa lo mismo, que elegimos ceder nuestra libertad para compartirla porque eso nos hace felices y nos proporciona seguridad y, sobre todo, porque es bello hacer feliz a otro…

…pero es tan estimulante soñar con escapar.



Una vez, hace ya treinta años, Cooper y yo nos desnudamos en una playa de arenas blancas. He soñado ese momento mil veces. Ella es la imagen de Eros. Su melena rubia y ensortijada. Sus pezones mirando al cielo cuando ella entraba en el mar. Su cuerpo delgado, del color del bronce… ¡que la puñetera no le ha echado ni un solo gramo a ese cuerpo en todo este tiempo! Pero cada vida y cada mente discurren por sus propios derroteros… Cooper por aquel lado, con cien vericuetos al retortero; otros a cuatro jornadas de distancia, viviendo otra vida en cinco o diez kilómetros cuadrados, no más.

Con René es distinto. Con René llevo toda la vida riendo y jugando ‘a que te cojo una teta, a que no me la coges’… Y tantas veces he imaginado que las alcanzo y las acaricio que, cuando me dispongo a sentirlas, me despierto. Porque a la gente del común ni en sueños se nos permite semejante licencia… los curas agustinos y los curas del barrio hicieron con nosotros un trabajo muy fino: nos castraron la imaginación y mucho hemos sufrido para recuperar esa bendita libertad de imaginar cualquier cosa sin remordimientos, aunque fuese pecado mortal. Ya digo, vivimos encorsetados hasta en sueños.

Sin embargo, Tiny y yo nos hemos visto pocas veces. Es pequeña y se ríe. Tiene algo tan singular Tiny que no puedo dejar de mirarla. Cuando se nos cruzan las miradas, bajamos los ojos al instante. Pero al segundo nos volvemos a encontrar… Ella sabe que me sorprende. Lo sabe. No sé qué es, pero cuando le hablo no puedo dejar de mirarla a los ojos. Y cuando me contesta, va más allá de lo que pide la pregunta. Y aunque se la vea seria y callada, siempre parece a punto de sonreír. Es la princesa Tiny… y estuvo a mi lado en la cama.

Amy es tierna. Es suave como un osito de peluche. Se deja abrazar y te abraza con los ojos cerrados, y te respira… y entonces, cuando la tienes entre los brazos, te envuelve una mezcla de deseos. La ternura y el cariño de su abrazo es lo primero que te hace feliz, pero después me gusta dejarme llevar… ser consciente de sus senos, de su vientre, de su piel y de su mejilla contra la mía. Amy, la princesa tierna, casi se me cae de la cama.

Y la princesa dulce es Billy, con sus ojillos pícaros y sonrisa traviesa… con ella hay muchos días y noches, entradas y salidas, idas y vueltas. Compartir la vida tiene esas cosas, que uno no es consciente de cuándo dejamos de ser compañeros de caricias y nos convertimos en cómplices de la vida. Billy es generosa, es la que me regaló una noche con cinco princesas en la cama. Cinco princesas surgidas del cariño, de las caricias y de los besos. Cinco sueños corpóreos y deseados.

Sí… nos pasamos la vida encorsetados. Atados a promesas eternas y deseando escapar de ellas para bucear en la fantasía de otras vidas… deseando escapar para explorar los caminos con la complicidad de mis soñadas princesas. Detenerme de una puñetera vez en los deseables senos de René, y acariciarlos sin prisas, hasta donde haga falta. Caminar por la suave piel de Tiny que, cuando dejo atrás su rodilla y bajo hasta el fondo, se estremece. Recorrer con caricias la nuca de Amy, y sentir cómo la piel de gallina recorre su cuerpo en oleadas. Navegar también entre los pezones de Cooper, tan altivos como hace treinta años, que me esperaron todo este tiempo. Y fantasear con la mano cómplice de Billy que serpentea por mis caminos hasta alcanzar la cima…

Fue en la noche de aquel día, en esa cama, con mis princesas. No sé… todo confluye en un sueño que se hace real, o en una realidad que se hace sueño. No es que haya mucha diferencia.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

En Blanco y Negro




El mejor sitio está pasando el puente del río Barbate, junto a unas viejas murallas, camino ya de Zahara de los Atunes. Anita lo sabe porque otras veces le ha ido bien. Y allí se detiene a esperar que algún conductor se apiade. No es que Anita despierte piedad precisamente. Tampoco hace falta que Anita disponga alguna pose al borde de la carretera. Anita es una escultura de ébano forjada en África. Tiene un cuerpo cincelado de sensualidad y todos los hombres de este sur la desean por lo exótico de su rostro y por las ondulaciones que forma su cuerpo. Unos directamente, con descaro; otros en silencio y de reojo.

No sabe Anita si aún pisaba la tierra de Senegal cuando la violaron por primera vez. Fueron cuatro despojos humanos con uniforme, eso sí lo recuerda. Y la última violación ocurrió en Mauritania, en la playa, antes de subir al cayuco. Anita tampoco sabe quién es el padre de su hijo... ni quiere saberlo.

Desconozco el origen de esta imagen

En el otro mundo, Blanca regresa cansada de la  clínica. Blanca es pequeña y del color de un melocotón a medio madurar. La belleza de Blanca es consecuencia de mil razas  mezcladas y de mil años de historia atravesadas de guerras que ahora parecen remansadas. Está embarazada de  cinco meses. Su bebé no sabe la suerte que va a tener.  Conduce un robusto coche blanco y no puede saber que se va a cruzar con Anita. Un segundo antes de que ocurra, ni siquiera ella sabe que va a detenerse pasado el puente sobre el río Barbate, camino ya de Zahara de los Atunes. ¿Por qué no llevar a la chica negra? Se pregunta. ¿Y por qué no? Se responde ella misma.

Anita se asoma por la ventanilla y pregunta que si puede llevarla hasta Zahara. Sonríe con una boca amplia y fresca. Es por allí, dice señalando al frente, hacia la sierra del Retín. Después de siete años en Barbate, sabe comunicarse con un enorme arsenal de recursos, y el idioma no es el único ni el más eficaz. Su forma de sonreír le abre puertas, y ella lo sabe. Cuando Blanca le dice que suba, Anita llama a los demás. Son cinco hombres negros de Senegal, como ella, que esperaban al otro lado de la carretera, agazapados junto a la Venta Curro.

Blanca se sorprende y le dice un poco alertada que todos no caben, que sólo pueden ir cinco en el coche. ¡Pero qué sabrá esta chica! Si cupimos sesenta y cuatro en el cayuco, como no vamos a caber seis personas en este coche tan grande. Claro que cabemos, hija. Intenta explicar Blanca algo relacionado con la Guardia Civil y el número máximo de viajeros y tal… Pero ya están todos dentro del Toyota. No merece la pena entablar una batalla que ya está perdida.

Los doce kilómetros que separan Barbate de Zahara de los Atunes dan para mucho. Anita y su familia viven en un garaje a la salida del pueblo. Pertenece a Manolo, un anciano viudo y sin hijos… y afortunados son los siete por tener un garaje para ellos. Y así el anciano no se aburre, se sienta en la acera a tomar el sol, junto al portalón, para oír hablar a Anita en esa lengua tan extraña y sonríe… a saber qué extraña ensoñación hace el abuelo con Anita.

Ahora, en agosto, lo mejor es desplazarse a Zahara para hacer trencitas a las turistas. Jamás habría podido imaginar que estos europeos de pelo lacio y claro pagaran precisamente por encresparlo. Por eso intenta ir todos los días al pueblecito. Ella hace trencitas y ellos pagan. Aún hoy, después de estos siete años le asombra la manera que tiene esta gente pálida de tirar el dinero como si fuera la cascarilla del sorgo.

Y su hijo, fruto de alguna de las violaciones del viaje —Paquito le dicen en el pueblo—, tiene ya casi siete años. El niño cena todas las noches en el bar de Concha, que es nieta, hija, mujer y madre de almadraberos en paro y dedicados a lo que salga. Por la puerta de la cocina, por la que da al callejón, le arrima la cena a Paquito. Dice Concha que lo que más gusta al joío niño son las gambas al ajillo. Y lo dice con el ceño fruncido, con máscara de falso enfado y orgullo de abuela postiza.

¡Qué sería de este mundo sin la gente buena!


domingo, 26 de agosto de 2018

Discrepancia



¡Qué jodida es la condición humana! Un sólo sol nos ilumina, pero mil sombras hay detrás de cada hombre.


Hay un universo de pequeñas batallas a nuestro alrededor. No son peleas que traspasen lo cercano, solo son escaramuzas por discrepancias pequeñas. No debería ser malo discrepar en el seno de los grupos humanos (en la empresa, en el colectivo cultural o profesional, en los partidos políticos, ateneos, cofradías, clubes, etc.) Lo suyo es plantear problemas y discutir soluciones… a ser posible sin gritar. Con respeto, civilizadamente. Tragándose cada uno sus bilis, si las hubiera. Se pueden defender las causas nobles sin ofender a nadie… creo.



Primero se presenta una idea para alcanzar objetivos; eso es la tesis. A la tesis se opondría una antítesis que discrepa o matiza los medios para alcanzar los mismos objetivos que busca la tesis […porque si pretende otros objetivos ya estamos en otra cosa]. Y de la discusión civilizada entre partidarios de la tesis y de la antítesis debería salir una síntesis de muchísimo más valor y mejor ajustada a lo que busca ese grupo humano. La unión de cabezas pensantes y discutidoras, la diversidad de puntos de vista y la suma de correcciones, suele ampliar la eficacia de lo que se busca. Y ese desenlace logra aglutinar a más gente.

Pero es que, además, esa síntesis debería convertirse en tesis para volver a empezar el proceso. Es aplicar una especie de método científico a la toma de decisiones subjetivas… más o menos.

Lo esperable sería eso, que la discrepancia fuera un proceso creativo y acabara con un logro social o profesional mucho mejor ajustado… y que no pasara nada más. Es decir, que no repercutiera en las relaciones personales. Pero la realidad es que sí pasa. Pasan cosas porque las relaciones humanas siempre son inesperadas. Las personas no somos números. Dos hombres a veces suman y a veces restan… y normalmente dos hombres acaban aliándose contra el tercer humano. Son los genes.

Nos pueden las vísceras. Y eso pasa porque a veces convertimos aviesamente una situación normal en una situación de fortaleza asediada y ya sabemos que «…en una fortaleza asediada, toda disidencia es traición» [Ignacio de Loyola]. La condición humana, la falta de educación y la falta de empatía  llevan a la incomprensión, a la discusión inútil en la que cada uno habla de lo suyo, no escucha al otro y no es escuchado por el otro… y el proceso finaliza inevitablemente con la fractura del grupo. Unos se quedan con la tesis y otros con la antítesis. La mayoría de las veces alguien queda fuera de la burbuja, cae en desgracia y se transforma en enemigo. Los hombres tenemos estos caminos muy bien ensayados. Los repetimos una y otra vez. Todas las revoluciones son traicionadas. Me parece que en las relaciones de grupo nos suele faltar generosidad, empatía y elegancia, y nos sobra ego y visitas al propio ombligo.

Y, sobre todo, se nos olvida que en las cuestiones humanas no hay verdades absolutas. Casi todo es opinable y, por supuesto, discutible… Casi todo.

De momento, que servidor sepa, lo único absoluto son dos cosas: la velocidad de la luz en el vacío y la quietud total a menos 273,15º centígrados, la ausencia de todo movimiento en el cero absoluto… dos cosas que, por cierto, no dependen de la condición humana, afortunadamente. Y aún así, puede que el día menos pensado vengan estos físicos y nos rompan los esquemas que creíamos fijos para dejarnos sin suelo donde pisar.

¡Ya verás tú esta gente!