lunes, 6 de marzo de 2017

El Cementerio de los Soldados

Este artículo se publicó en la Revista General de Marina. Ene/Feb 2017. Páginas 31-35
   
Hay en San Fernando, a orillas de la Bahía de Cádiz, muy cerca de la llamada Casería de Osio, un cementerio olvidado pero lleno de historias y de algún héroe anónimo[1].

Cuando en agosto de 1812 los franceses levantaron el sitio a las Islas Gaditanas —un cerco militar iniciado en febrero de 1810 que acosaba el último reducto de la España libre—, en el Cementerio de San Carlos[2] se habían inhumado novecientos cinco soldados y marineros españoles. Todos ellos muertos por heridas o enfermedad en un hospital militar provisional que se había habilitado, en febrero de 1809, en el Cuartel de la Nueva Población de San Carlos, antigua Isla de León (actual ciudad de San Fernando, Cádiz)[3].

Esos hombres, soldados y marineros, habían muerto defendiendo la independencia del último trozo de España (San Fernando y Cádiz) que permanecía al margen de la dominación napoleónica, ciudades donde se habían refugiado la Regencia del Reino y, a partir de septiembre de 1810, las Cortes Generales. Fueron hombres que dieron su vida mientras a sus espaldas se discutía y gestaba la primera constitución española, la de 1812, que inició una profunda transformación de la sociedad española y americana, y un larguísimo proceso —que se arrastró durante todo el siglo XIX— para superar el Antiguo Régimen. La muerte de estos hombres no fue, por tanto, un sacrificio inútil, ni merecen el olvido en el que han permanecido hasta el momento.

Actualmente el cementerio donde reposan estos españoles es un Sitio Histórico vinculado al Legado Patrimonial de los Lugares de las Cortes y la Constitución de 1812 en San Fernando, Cádiz y la Bahía[4], declarado Bien de Interés Cultural y, pese a ello, es un lugar abandonado, en ruinas y con una historia olvidada. No conserva cruces, lápidas ni epitafios. Es un camposanto totalmente olvidado e ignorado por casi todos. Irreconocible como tal porque ha perdido todas las señas propias de lo que fue. Sus muros se han ido cayendo piedra a piedra a lo largo de las últimas décadas[5]. Y, por supuesto, ningún hito físico recuerda la gesta de estos hombres cuyos restos permanecen ahí enterrados.



Pórtico del Cementerio de San Carlos (San Fernando), de inspiración neo egipcia. 2015


Pero no sólo los defensores de la primera Constitución reposan en el Cementerio de San Carlos. Hoy se conocen los nombres, apellidos y condición militar de trescientos trece prisioneros franceses que tuvieron el dudoso honor de ser los primeros usuarios de este camposanto. Fueron marineros al mando de vicealmirante Rosily y soldados del general Dupont, derrotados en Bailén.

Los primeros procedían de la escuadra gala rendida en la batalla de la Poza de Santa Isabel, el 14 de junio de 1809. Eran marinos y marineros que sobrevivieron a la derrota franco-española de Trafalgar, que desde octubre de 1805 —bloqueados por la flota inglesa— habían permanecido como aliados en el puerto de Cádiz. Sin embargo, los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid los convirtieron de la noche a la mañana en enemigos… y el último recurso de Rosily, imposibilitado para escapar a mar abierto donde esperaba el inglés, fue fondear su escuadra en mitad de la Bahía de Cádiz. Pero el acoso español, y la imposibilidad de recibir ayuda exterior, obligaron al almirante francés a rendirse. Más de tres mil marinos franceses fueron presos ese día.

Por otro lado, los 17.500 prisioneros tomados en Bailén en julio de 1808, soldados del general Dupont, fueron llegando a la bahía de Cádiz, y encerrados en pontones insalubres donde padecieron insufribles penalidades.

Para paliar las enfermedades de estos hombres se dispusieron dos hospitales provisionales. En Cádiz, el de la Segunda Aguada. En la Isla de León, se adecuó para tal fin una zona del Cuartel de la Nueva Población de San Carlos. Asociado a este último nosocomio, se habilitó un cementerio donde enterrar con discreción e inmediatez a sus pacientes muertos. Como ya se ha dicho, al menos trescientos trece prisioneros franceses, fallecidos en el hospital de San Carlos entre agosto de 1809 y febrero de 1810 reposan en el viejo cementerio. Hoy, ni lápidas ni epitafios los recuerdan.

Aquellos fueron los primeros. Los siguientes son los novecientos cinco españoles que defendieron la independencia española entre 1810 y 1812, los mismos que propiciaron con su sacrificio la génesis de la constitución liberal de 1812; la que en su artículo 13º proclama que la felicidad de la nación, y el bienestar de los individuos que la componen, es el objeto del gobierno. Pero no fueron los últimos. A lo largo del siglo XIX y la primera década del siglo XX, más de 5792 ciudadanos adscritos a la jurisdicción castrense fueron inhumados en este cementerio. La inmensa mayoría, soldados y marineros. Unos fueron defensores de causas liberales, y otros murieron defendiendo monarquías absolutas durante un convulso siglo XIX. Los hay cantonalistas y los hay que murieron camino de las colonias de ultramar. Incluso hay muertos que se quedaron sin patria por la que luchar y morir: los que volvieron después de perder Cuba y Filipinas. Hay enterradas monjas de la caridad, también niños, mujeres, personal de la maestranza del Arsenal de la Carraca, bogadores de faluchos, inválidos de Marina, capellanes, cocineros, médicos, aprendices de múltiples oficios, presos de la jurisdicción ordinaria, sirvientes del colegio naval militar, prisioneros carlistas; cabos de vara[6], desterrados y confinados políticos en el Penal de Cuatro Torres, insurgentes cubanos, hay tres ajusticiados a pena de horca y descuartizamiento posterior, y posiblemente haya enterrados un número indeterminado de republicanos fusilados durante la guerra civil. Muchos muertos sepultados en este cementerio como para que siga olvidado y en ruinas.

Pero no nos engañemos, además de los franceses enterrados, la realidad es que estos ciudadanos fueron españoles del siglo XIX que vivían y morían en un país anclado en una profunda incultura y miseria. En el cementerio de San Carlos no reposan marinos ilustres, ni soldados ilustrados. Difícilmente estos hombres empeñaron su vida por ideas o ideales propios, más bien cayeron por ideas o ideales de otros.

Y, sin embargo, todos ellos tienen un factor común: murieron mientras vestían el uniforme militar de la nación que les tutelaba: España. Todos estos muertos han contribuido de alguna manera a que cada uno de nosotros hoy seamos conscientes de pertenecer a una patria.


Conclusión

Después de recuperar la historia olvidada de este cementerio ya no deberíamos hacer caso omiso de estas piedras ni de esta historia. De una u otra forma es nuestra obligación darle a este lugar la importancia que merece. No es la importancia subjetiva que cada uno interprete, no, hay una importancia objetiva inherente al objeto patrimonial, en este caso un viejo cementerio de soldados.

Porque un cementerio de soldados exige la obligación ineludible de cumplir con un acuerdo tácito: ellos, los soldados, entregan la vida si es preciso (y no solo hablamos de muertes heroicas en el campo de batalla, no es eso, porque la inmensa mayoría de estos hombres murieron de tisis y disentería en la cama de un triste hospital) y a cambio, la nación que los tutelaba, les entregaba un pedazo de tierra para descansar dignamente. Ese era el trato: ellos daban la vida mientras vestían el uniforme de su patria, y la nación les garantizaba a cambio un pedazo de tierra donde caer muertos.

Y así se hizo en este cementerio hasta que el olvido extinguió el compromiso. A partir de entonces, nadie se ha preocupado por cumplirlo…

…hasta hoy. Una vez recuperada la historia y las circunstancias de este cementerio de soldados, no podemos ignorar nuestra responsabilidad. Entre todos ciudadanos, representantes políticos y autoridades militares, deberíamos cumplir con nuestra parte del trato: asegurarles un pedazo de tierra digno, reconocible e  identificable donde se les puede recordar.

Se lo debemos.



[1] Este artículo es una consecuencia del libro titulado Un camposanto sin epitafios. (Anotaciones para la historia del Cementerio de San Carlos), de Miguel Ángel López Moreno. Editado en San Fernando,  @MilanLoMo - 2016. Es un libro que recupera los orígenes e historia de este olvidado cementerio castrense situado en un extremo de la Población Militar de San Carlos, en un claro intento de integrar en la ciudad este objeto patrimonial e histórico. Más información en:
[2] A falta de una historiografía para este cementerio, en la ciudad de San Fernando se le conoce popularmente de distintas formas: Cementerio de los Franceses, de los Ingleses, de la Casería de Osio, de San Carlos, Militar y de los Soldados.
[3] El Hospital de San Carlos ha permanecido bajo jurisdicción militar hasta 2013. Ese año pasó a depender del Servicio Andaluz de Salud.
[4] El Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA) publicó el 15 de Marzo de 2012 la inscripción oficial en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz del llamado ‘Cementerio de los ingleses’ como Bien de Interés Cultural (BIC), con la tipología de sitio histórico, en el legado patrimonial de los lugares de las Cortes y la Constitución de 1812 en San Fernando, Cádiz y la Bahía.
[5] Si bien es cierto que el Ministerio de la Defensa, como titular de los terrenos, ha propiciado una intervención puntual en mayo de 2016 para evitar el desplome de los muros que quedan en pie.
[6] Nos referimos a Cabos de Vara del Penal de Cuatro Torres del Arsenal de la Carraca, una especie de capataz entre los penados. La vara que lo identificaba no sólo era un símbolo de autoridad, sino herramienta disuasoria. 

sábado, 18 de febrero de 2017

Historias en diferido: Hibridación

Sobre las peripecias de Alex y Yoli, cooperantes en la Comunidad Inti Wara Yassi, selva amazónica de Cochabamba.



El ataque comenzó a las 9 de la mañana. Alejandro había liberado a los monos capuchinos y se fue a desayunar con los compañeros. Corría el mes de febrero y esa mañana la temporada de lluvias daba un respiro. Era una delicia compartir ese rato sagrado con los amigos. No hay nada mejor que tener un enemigo reconocido para palpar la solidaridad de los tuyos. En este caso el trabajo duro, el calor, la lluvia y la escasez de medios son el enemigo perfecto para sentirse miembros de un mismo asunto: cuidar la fauna amenazada de un lugar… ninguno de los cooperantes de Parque Machía, en la Amazonía boliviana, podía imaginar que el verdadero enemigo estaba a punto de atravesar la floresta y atacar…

 

A Kaya le extrajo Yoli más de cuatrocientos aguijones de abejas asesinas.
No logró sobrevivir.

El experimento lo había iniciado el gobierno de Brasil en 1956. Lo dirigía Warwick E. Kerr, un biólogo brasileño considerado de los mejores genetistas y especialista de abejas en el mundo. Trajo de Tanzania sesenta y tres abejas reinas africanas con el propósito de hibridarlas con las domesticas y mejorar la producción de miel. Y lo hicieron. El equipo del doctor Kerr, mediante inseminación artificial, logró veintinueve ejemplares de reinas híbridas…

Dicen que fue un accidente. Al año siguiente, unos trabajadores abrieron la puerta equivocada y veintiséis reinas híbridas quedaron en libertad. Lentamente comenzaron a reproducirse formando colonias salvajes fuera de control. No pasaron muchos años hasta que en áreas rurales del norte de Brasil se observaron ataques muy agresivos de abejas incontroladas sobre animales e incluso hombres. Poco después, a principios de los años 60, ya estaba claro que las abejas híbridas formaban colonias salvajes y se expandían con un comportamiento extremadamente agresivo. No hay seguridad sobre quién fue el primer hombre muerto por sus picaduras, pero ocurrió en los años 90.

No hay gran diferencia morfológica entre las abejas domesticas y las híbridas africanizadas. Tampoco son más venenosas… lo que realmente las hace letales es el comportamiento defensivo. Todas, en masa, defienden ferozmente la colonia hasta un radio de novecientos metros de ella… y se sienten amenazadas al mínimo asomo. Atacan a los ojos y a las zonas oscuras y cuando eso ocurre desprenden una feromona con olor a banana que las vuelve tremendamente agresivas.

Recuerdo que al principio, cuando Alejandro y Yoli llegaron a Parque Machía, decía que los monos araña eran buena gente, pero que los capuchinos eran unos cabroncetes (habían mordido a Yoli en la frente). Para poder hacerse con ellos se dejó crecer la barba y, aún así, tuvo que sufrir el ataque de Alvarito que, en la disputa del liderazgo, le desgarró la oreja de lado a lado. Pero hoy, a una voz de Alejandro se acaban todas las peleas entre los capuchinos. No solo es el mono alfa, es también su protector…

…las primeras abejas asesinas llegaron, después del desayuno, desde la floresta. Fueron muy rápidas. Vieron cómo bajaba una nube oscura y comenzaban a atacar a los capuchinos, pero eran tantas que tuvieron que retroceder para cubrirse con ropa y capucha. Cuando Alejandro volvió ya habían envuelto por completo a Kaya. Pudo recoger a Mema y a los otros, pero incluso dentro de las jaulas los seguían aguijoneando. No es fácil explicar el vínculo que se forma entre el cuidador y sus animales. Debe ser una extraña empatía que aflora al margen de lo racional, un deber con tus propios valores que te hace olvidar el peligro que supone introducirte en medio de un enjambre de abejas asesinas para salvar a los que confían en ti… es algo que no tiene valor económico y, justamente por eso, una inmensidad de ciudadanos no lo entiende. En la vida no todo es rentabilidad económica… hay algo mucho más valioso: el respeto hacia ti mismo.

Todos, cooperantes y trabajadores de Parque Machía, moviéndose entre la nube de abejas, formaron hogueras con leña fresca para que la cortina de humo rodeara el contorno, y eso parece que detuvo el ataque poco a poco…

Cuando se marcharon las abejas, Yoli extrajo a Mema más de doscientos aguijones. Ella misma le señalaba dónde estaban clavados. Fue una de las más atacadas. Deformada y dolorida, esa noche, para vigilar su evolución, durmió en la habitación de Yoli y Alejandro. Mema sobrevivirá… y, a su manera, no creo que nunca olvide lo que estos humanos hicieron por ella.

Pero Kaya murió. Tenía más de cuatrocientos aguijones en su cuerpo. Demasiados para la pequeña capuchina. Me decía Alejandro:

— Estaba completamente cubierta de abejas. Tengo grabada su cara, mirándome, sin fuerzas ya, dejándose matar, sin luchar contra el enjambre…

…sí. En el mundo hay valores mucho más poderosos que las razones económicas.

domingo, 29 de enero de 2017

La gaviota dominante

En a Praza da Ferrería de Pontevedra se desparramaba el sol mañanero de invierno. Ya era raro que no viniesen nubes a ensombrecerlo todo porque por aquí son frecuentes las nubes y el orvallo. Detrás de mí un par de nórdicas, blancas como la leche, se habían plantado cara al sol… como hacía servidor en su juventud, cara al sol con la camisa nueva.



Poco después se sentó en mi banco un hombre sin techo. Olía a cochinera y a cenicero, y esputaba en el suelo sin miramientos. No le culpo por oler así ni por escupir, pero me siento incomodo. Otro sin techo le regala una lata de cerveza y hablan de sus cosas en un gallego demasiado cerrado. No les entiendo.

Enfrente, al otro lado de la Praza da Ferrería, cuatro señoras nonagenarias ocupan un banco. En realidad, una de ellas tiene 103 años y mantiene lucidez e independencia plenas. Han salido de un oficio religioso en la pequeña iglesia de la Peregrina. Todas ellas son viudas de hombres de orden y elegantes pontevedresas. Hay un contraste enorme entre ambos bancos. Hace ya unos años, en esta misma plaza vi jugar a tres niños; uno era negro, otro tenía aspecto de ser un gallego de toda la vida y el tercero era un tostadito magrebí. Cada madre ocupaba un banco distinto. Cada una vigilaba atentamente a su cachorro y, quiero pensar que cada una de ellas se sintiera discretamente orgullosa de contribuir a esa simbiosis cultural. Era cuando Zapatero hablaba de su Alianza de Civilizaciones. Siempre he pensado que, en resumidas cuentas, se trataba de poner los andamios para globalizar esa escena: tres niños, tres culturas, un solo juego. Pero, desde entonces, las cosas han ido en sentido diametralmente opuesto. Ahora, en diciembre de 2016, Donald Trump ya era presidente electo. ¡Dios bendiga a América! Y al resto que nos coja confesados.

Hay paseantes, con las manos a la espalda. Parece que les da igual lo que pasa en su plaza. Las palomas no dejan nada comestible en el granito del suelo, ni la menor partícula. Sin embargo los gorriones son rápidos y oportunistas… Pero llegan unas gaviotas a la plaza y se hacen dueñas de la situación. Disputan a las palomas un trozo de bizcocho, y vencen. Son más grandes, más agresivas y con un pico mortífero. La dominante alcanzó un gorrión de un picotazo y lo devoró en dos trozos… 

...y la vida siguió igual en a Praza da Ferrería.

viernes, 6 de enero de 2017

Historias en diferido: A veces la vida no se abre camino

Sobre las peripecias de Alex y Yoli, cooperantes en la Comunidad Inti Wara Yassi, selva amazónica de Cochabamba.


 Buscando al Delfín Rosado en el Río 24… hay tantos ríos que, en lugar de nominarlos, los numeran.

Puede que aquí resulte imposible de creer, pero a veces la vida no se abre camino. A pesar de lo ubérrimo de la Amazonía que nos enseñan Alex y Yoli, la vida se atranca y por más atención, voluntad —incluso amor—  que aplican para mantenerla, no resulta viable. En este hábitat pareciera que no hay un solo palmo inerte; que el proceso vital explota incontenible en cada centímetro… pero a veces no es así y se nos olvida que es tan frágil la vida como mantener una canica en equilibrio sobre el filo de una cuchilla. No sabemos por qué, pero cada ser vivo —esa cosa que produce copias de sí misma y hasta es consciente de su propia existencia— es una singularidad en el universo; una osadía tan improbable como esa canica en equilibrio sobre la cuchilla…

…los humanos siempre tenemos más preguntas que respuestas, y no poder responderlas nos hace humildes. Un saltamontes no puede apreciar un poema de Neruda, simplemente porque no lo necesita para sobrevivir... pero nosotros hemos conquistado tiempo para preguntarnos y, a veces, necedad para inventar respuestas. 



El perro llevaba dos días tirado a un lado del camino, inmóvil, entre Parque Machía y la pequeña aldea. La primera vez que Alex y Yoli pasaron a su lado lo dieron por muerto. Un atropello más, pensaron. Son muy frecuentes en ese tramo… de perros y de hombres. Al día siguiente, movió levemente el rabo cuando ellos pasaron. Una mirada y un leve movimiento de la cola fueron suficientes. A pesar del dolor que debía sentir el pobre animal, lamía las manos de los humanos. Con un par de cañas y una camiseta improvisaron unas angarillas para llevarlo a la pequeña clínica. Yoli le arregló la pata rota… pero las lesiones internas demostraron ser irrecuperables. No pudo ser y a los tres días, para ahorrarle sufrimientos, le ayudaron a morir…

…y entonces, cuando la vida se atranca y la mirada del pobre perro se torna de cristal —como la del tamandúa sin nombre que amamantaron con leche de gata, o la de Luisito, el imprudente capuchino que comía cucarachas; o la del carachupa que dejaron sin oreja de un mordisco…— es entonces cuando somos conscientes de que, a pesar de la exuberancia de la Amazonía, todo juega a favor del Caos. Y comprendemos que el universo camina siempre en contra del extraño orden que supone la vida, que progresa inexorable hacia la mínima energía, la desorganización máxima y la quietud.

Nosotros, y todas nuestras preguntas, somos insignificancias. La nada es nuestro destino.

martes, 3 de enero de 2017

El octogenario que buscaba a su padre

Conocí a Paco en una de tantas reuniones que tuvimos que hacer. En España, poner en marcha la búsqueda de fosas comunes de la Guerra Civil y encontrar a los que asesinaron en 1936 no es cosa fácil. Hay que contar con un grupo de gente extraordinaria, hablar muchas veces, con mucha gente; hay que buscar el apoyo de las instituciones implicadas y, sobre todo, esperar a que todos hagan su parte del trabajo.

Digo que buscamos a los asesinados y digo bien, porque decir ejecutados o fusilados implica que haya existido previamente algún tipo de justicia, aunque fuera el remedo de justicia que los criminales pusieron en marcha a partir de marzo de 1937. Es decir, un paripé legal diseñado y configurado para exterminar a una clase social… justamente la clase social que podría entender y oponerse al fascismo cuartelero de los sublevados contra la II República. Los muertos que buscamos en las fosas comunes de San Fernando son casi todos anteriores a esa Justicia del Terror, como bien la define el historiador José Luis Gutiérrez Molina. Todos ellos fueron muertos sin ni siquiera pasar por un paripé de justicia. Los que buscamos fueron los primeros asesinados en San Fernando, los primeros enterrados sin rastro y sin registro. Esos.


Paco tiene hoy ochenta y un años. Ayer cogió una pala y se puso a sacar tierra en una fosa común. Buscaba a su padre.

Juan Valverde Colón era de Paterna y acabó en San Fernando antes de la guerra buscando trabajo. Un cuñado suyo intentó colocarlo en el Observatorio de Marina, pero no fue posible. Finalmente, Juan trabajó como conserje en la Peña Conservadora, uno de los varios casinos de clase que había en la ciudad, y entidad nada sospechosa de oponerse al Glorioso Movimiento Salvador de la Patria que se inició el 18 de julio de 1936… pero tal presunción de adhesión no llegó al conserje.

Una noche de ese verano, al poco de iniciarse la rebelión militar, los falangistas lo sacaron a empellones de su casa. Los vecinos lo vieron. Y quedó preso en el penal de la Casería de Osio. Tenía treinta y un años. En su casa quedaron su hijo de nueve meses y su mujer embarazada. No era masón, ni pertenecía a ningún partido político y tampoco fue investigado posteriormente por las nuevas autoridades… Mi amigo Paco aún no sabe a ciencia cierta por qué detuvieron a su padre.

El cinco de septiembre de 1936 lo asesinaron junto a seis personas más en la tapia del cementerio de San Fernando. Sus restos fueron inhumados en la fosa común que abrieron sus asesinos, la que hoy estamos buscando.

Y Paco creció huérfano, con sus tíos. No tener padre era frecuente en esa España de posguerra. Él dice que creció tutelado por ellos y sin percibir ninguna ausencia emocional. Tampoco supo qué había pasado en su país hasta que, con quince años, empezó a trabajar en la Bazán. Allí, oyendo las conversaciones de sus compañeros, supo que en este país hubo una guerra y entendió que su padre fue una de las víctimas. Y dice que cuando preguntaba por su padre, su familia contestaba invariablemente que de esas cosas no se habla… A Paco le arrebataron el suelo donde pisaba, su memoria y sus raíces.

Y pasaron los años 30, y los 40, y los 50, y los 60, y los 70, y los 80, sin que nadie le diera noticia de su padre. Nadie, ni su madre, ni sus tíos que lo tutelaron. Paco tuvo que esperar hasta 1992. Ese año compró un libro escrito por -en el concepto de algunos indeseables- un impertinente rojo y maricón de mierda. Obra prohibida y secuestrada por un juez de San Fernando. Y entre sus líneas lo encontró:
El día cinco de septiembre sacaron a siete hombres, presos del Penal de La Casería, seleccionados por el infame Prieto. Al alba, llegaron destrozados al paredón del cementerio nuestro de La Isla, que ya había cambiado el rótulo de la puerta principal por orden exclusiva e imperativa del cura Don Recaredo, poniéndole el nuevo rótulo de “católico”, cuando antes razonablemente era “municipal”. El padre Franco, junto a Don Recaredo, lo estaba pasando de lo lindo. Eran los dueños de la situación y con su venia estaban ejecutando un genocidio que les dejaba sin oposición. Según intentaban hacernos creer, era una obra magna de limpieza de ateos para que reinara, incluso más que en todo el resto del mundo, el Sagrado Corazón…» (1)
Uno de esos siete hombres era su padre…

…por eso el otro día, a sus ochenta y un años, Paco cogió la pala y se puso a sacar tierra de la fosa común.


(1) Es un libro durísimo que se titula Trigo tronzado. Crónicas silenciadas y comentarios. Lo publicó en 1992 un hombre llamado José Casado Montado, y relata los fusilamientos que se cometieron en San Fernando entre los años 1936 y 1940. Esa primera edición fue secuestrada por orden judicial y censurada. En 2016, el Ateneo Republicano y Memorialista de la Isla (San Fernando) lo ha reeditado gracias al micro-mecenazgo solidario de muchas personas.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Alepo


Es Navidad y hay una muchedumbre de desarrapados en un calle ruinosa de Alepo. He guardado la foto no sé muy bien para qué. Puede que sea un montaje. Parece el fotograma de una película post apocalíptica... esto que vemos sería el mundo exterior, mientras que dentro de las murallas se desarrolla un mundo perfecto, una utopía pulcra, indolente y falsa. Pero da igual, si esta foto fuese un montaje, la realidad no sería muy distinta. De nuevo la condición humana nos destripa el entendimiento y deja el hígado rebosante de hiel. ¿Cómo es posible que ocurra esto? Hoy es Alepo, ayer fue Sarajevo, el otro día ocurrió en Badajoz y en cientos de pueblos de España. Y me temo que seguirá ocurriendo cada vez que rasquemos un poco en nuestra mala condición porque toda esta locura la tenemos muy cerca de la piel.

Y nunca ha servido exterminar a cuchillo a los supuestos enemigos de la moral y la decencia. Lo hemos hecho muchas veces a lo largo de la historia y jamás se arreglan las cosas porque eso implica que únicamente quedaríamos en pie los exterminadores... Y mal ejemplo seríamos entonces para crear sobre esa masacre un mundo mejor. Y tampoco ha servido impregnar a la gente de los buenos sentimientos que se derivan de las religiones ad hoc y convencerles de que la Paz y el Amor son las soluciones... Porque siempre hay gente que cree que su Paz y su Amor son los mejores y los únicos deseables. Y siempre es una preciosa tentación uniformar el pensamiento: una verdad, un camino, una forma. Pero entonces lo demás es erróneo y molesta y sobra... Y entonces es fácil convertir en cosa prescindible lo disidente y lo distinto. Y, una vez convertida en cosa cualquier hombre, es inmediato justificar su exterminio sin problemas de conciencia...

Será que no tenemos solución... Y sin embargo en esta plaza de Pontevedra todo parece armonía. La gente de bien desayuna en la terraza de la Cafetería San Francisco enfundados en chaquetones. El tibio sol ayuda. La luz de invierno es blanquísima y da sombras largas, aún a medio día. Los niños juegan con las palomas. Los padres ríen con sus hijos. No se perciben gestos hoscos. El camarero viste de negro y lleva pajarita roja... Suena la campana de la Peregrina y las palomas se asustan y vuelan en círculos. El suelo es de losas grandes de granito, húmedas. Una paloma se atreve a picotear mi trozo de bizcocho... Es un desayuno tardío de las 12:38 h de un 26 de diciembre. Eso es que debo estar dentro de las murallas, en la parte utópica del mundo... lejos de Alepo.

No. No creo que los hombres tengamos fácil solución a escala global... al fin y al cabo solo somos animales complejos ocupados por naturaleza en perpetuar nuestros genes. Los genes propios, digo. Y eso no ayuda precisamente a ser hombres y mujeres solidarios y altruistas. Y cada vez que lo logramos es a pequeña escala y en cortos periodos de tiempo. Somos mejores cuando nos parecemos a grupos de lobos colaboradores que a grandes manadas... porque los pastores nos convierten en rebaños manejables.

Si logramos superar nuestros instintos, alguien debería explicar cómo coño se hace.


domingo, 18 de diciembre de 2016

El maestro que no volvió

Hace poco conocí a Miguel. Todos los días viene al cementerio para poner flores en el nicho de su mujer. Miguel es viudo desde no hace mucho tiempo… tiene 91 años y en 1936, cuando comenzó el Glorioso Movimiento Nacional Salvador de la Patria —que así aparece al final de los documentos de la época—, tenía once.

Mis amigos le veían venir todos los días a la misma hora. Y a fuer de saludarle entablaron conversación. Mis amigos están haciendo catas arqueológicas en el cementerio de San Fernando para tratar de encontrar las fosas comunes de la Guerra Civil. Los asesinos que se levantaron en armas contra la II República, los sacaban de la cárcel municipal o de los penales de la ciudad, y los fusilaban antes del amanecer, con impunidad y sin juicio. Luego ataban una cuerda en los pies de los cuerpos y los arrastraban hasta la fosa que buscamos ahora... si alguno daba señales de vida, le pegaban un tiro de gracia. 


Fosa común del Cementerio de las Palmas. Fuente de la imagen

Cuando Miguel supo lo que estaban haciendo mis amigos recordó a don José Lucas, su maestro. Entre la vorágine de recuerdos y penurias de ese tiempo de barbarie, lo primero que se le vino a la cabeza fue el recuerdo de su maestro. Un simple maestro de barrio…

El nicho de María, su mujer fallecida, está junto a lo que mis amigos llaman Cata Número 4. Cuando vi llegar a Miguel, venía pulcramente vestido, acompañado de hijos y nietos. Tal vez quedara un poco sorprendido por la atención con que le recibimos. Miguel es uno de los pocos hombres vivos que vio la fosa abierta con sus propios ojos, la fosa común que buscamos.

Pero no fue su condición de testigo vivo de la fosa lo que me interesó de Miguel. Lo que me resulta fascinante es que este hombre asocie la barbarie del 36 con su maestro…

Se llamaba don José Lucas —me dice—. No recuerdo el segundo apellido. Tenía la escuela en la calle Real, más abajo de la Iglesia Mayor, en la misma acera. Minerva se llamaba… sí, eso: Colegio Minerva. Y de pronto, no sé, el maestro dejó de ir a la escuela. No sé qué le pasó. Nadie dijo nada y yo siempre me he acordado de don José…

El próximo día que le vea se lo contaré. Creo que Miguel merece saber que su maestro se llamaba José Lucas Velázquez, que era natural de San Fernando, hijo de José y de Inés. Que se casó con Mª del Carmen Luque y que tuvo un hijo póstumo. Era maestro con colegio particular —­así lo dejaron escrito los curas que presenciaban los asesinatos—, concejal del ayuntamiento y masón. Le diré también que lo apresaron en su casa y posiblemente lo encerraran en el Penal de la Casería de Osio, que luego lo llevaron al Penal de Cuatro Torres, en el Arsenal de la Carraca, y que el 28 de agosto de 1936 lo mataron allí mismo, en un lugar que sus asesinos llamaban Caño de la Jarcia. Solo tenía 27 años. Le contaré —aunque esto no es preciso, porque él lo ha sabido siempre—, que don José no era ningún criminal, que le aplicaron algo que los carniceros llamaron Ley de Guerra, y que con esa excusa pretendían acallar sus conciencias y justificar su crimen. Le diré que junto a él, abatidos por el mismo pelotón de fusilamiento, murieron once hombres más, todos ellos militares que no secundaron la rebelión contra la República, o simplemente dudaron sobre qué órdenes tenían que obedecer. También le contaré que a todos ellos los enterraron en la fosa común que estamos buscando a escasos metros de su difunta esposa…

…y que por eso su maestro no volvió a la escuela.

Y así, ochenta años tarde, concluiremos una pequeña historia que estaba por cerrar.