Estatua ecuestre del general Varela en San Fernando.
Si despojáramos al caballo de Varela de su carga ideológica nos quedaría una bella escultura en bronce… me refiero a la estatua ecuestre del general Varela que en breve va a ser desmontada para remodelar la plaza más céntrica de San Fernando (Cádiz). El caballo de Varela provoca encendidas y ásperas discusiones entre los isleños (gentilicio popular de los vecinos de San Fernando).
Posiblemente el problema no sea la estatua ecuestre del general Varela, que, ya digo, es un patrimonio de los isleños, una notable obra de arte creada por don Aniceto Marinas. Posiblemente el problema sea la existencia de un grupo de ciudadanos que considera al general Varela el icono de un patriota español, el ejemplo a seguir de un militar golpista, un personaje autoritario y protector convencido de que el pueblo era incapaz de gobernarse a sí mismo (para eso estaban ellos).
Posiblemente el problema no es la estatua de Varela, posiblemente el problema sea el fascismo que fluye de nuevo en el siglo XXI y que engrandece al personaje con la excusa de su alcance nacional, sus dos cruces laureadas de San Fernando —previas a sus repetidas traiciones a la República— y por su protección paternalista de lo local. El problema es que muchos ciudadanos no perciben a Varela en su otra dimensión, un sujeto violento y refractario a la democracia. El general no creía en esa cosa de las urnas, él era más de ordenar y ser obedecido, era más de mirar a otro lado mientras sus conmilitones se dedicaban a eliminar a una parte de sus paisanos. Y no puede ser, la gente que participó en la barbarie fascista que se inicia en julio de 1936 ni puede ni debe presidir las plazas de ningún pueblo de España. Lo dice la ley y el sentido común. También hay vecinos de La Isla que lo consideran un elemento identitario, han crecido a la sombra del caballo y no pueden o no quieren encontrar otra dimensión al asunto. Les resulta impertinente y una agresión a su identidad pensar en una plaza sin el jinete… siempre ha estado ahí, así es la historia y al que no le guste, que se joda y se largue… dicen.
Si no existiese el fascismo en el siglo XXI por las calles, con ese aplomo de normalidad, si el pueblo español hubiese sido capaz de condenar en su momento, de manera abierta y cabal, el régimen militar y fascista de Franco (por cierto, perdimos la oportunidad de hacerlo en la ejemplar Transición —o tal vez fuera imposible en esas circunstancias—) veríamos la estatua de Varela sin pasiones, como una parte triste de nuestra historia, y tal vez la podríamos admirar amablemente, como admiramos la estatua ecuestre del emperador romano Marco Aurelio… pero no es así como lo vemos.
No es así porque, para una parte del pueblo español, el régimen de Franco sigue vivo. Esa parte de españoles —de manera consciente o inconsciente— sigue sin interiorizar que fue un régimen criminal y condenable porque los españoles no tuvimos nuestro Nüremberg para visualizar el crimen que supuso el franquismo. Hoy existen ciudadanos que admiran a Varela y lo que representa: un militar golpista y autoritario, un militar que violó su promesa de lealtad a la República y levantó las armas contra sus propios compañeros y contra el pueblo que se las confió. Admiran al militar traidor y corrupto que aceptó sobornos de gobiernos extranjeros. No sé… nos pasó lo mismo cuando deseábamos la vuelta del felón Fernando VII. ¡Vivan las cadenas! Mientras esto ocurra… es decir, mientras existan amantes de estos valores opuestos a la democracia, no debemos consentir que las plazas españolas se conviertan en altares para iconos liberticidas. La democracia tiene el derecho y el deber indeclinables de defenderse de los que no la aman.
Por tanto, a servidor le parece que actualmente, defender la permanencia del caballo de Varela en mitad de la ciudad es defender un modelo de sociedad incompatible con la democracia. ¿Qué se hace entonces con el caballo y su jinete? ¿Qué lo vuelvan a componer dentro de un recinto militar? No sé yo… Varela no es buen ejemplo para unas FFAA españolas que se esfuerzan cada día para ser un organismo moderno, apolítico, profesional, eficaz y al servicio de la sociedad. Varela no tiene, ni remotamente, absolutamente nada que ver con estas FFAA de 2021. Flaco favor le haríamos a nuestros soldados endilgándoles el marrón de acoger a un militar decimonónico, golpista y corrupto como Varela. Nos ha costado mucho tiempo y esfuerzo arrancar a Franco de los cuarteles como para que ahora les metamos a Varela. No, no creo que sea oportuno… Por otro lado, tampoco me veo aplaudiendo la voladura simbólica del caballo como algunos desean en secreto. Tal tropelía sería igualarnos con los talibanes cuando dinamitaron los budas de Bamiyan o se enfrascaron en triturar Palmira. No, no creo que destruir una notable obra de arte sea la solución.
Me gustaría, la verdad, que los ciudadanos de San Fernando —con sus representantes al frente— fuéramos valientes de una vez… a lo mejor TODOS tenemos que asumir que lo más adecuado que podríamos hacer en estos momentos es guardar el caballo en lugar seguro y discreto hasta que, pasado el tiempo necesario, superados los traumas y saldadas las deudas de aquella jodida guerra civil del siglo XX, seamos capaces de admirar la obra de arte como la obra de arte que es. Nada más. Pero ahora reconozcamos humildemente —y asumiendo cada cual su respectiva parte de responsabilidad— que hoy por hoy, desgraciadamente, aún no estamos en ese momento histórico.
El 29 de octubre de 2021, la corporación municipal de San Fernando nombrará alcalde honorífico a don Cayetano Roldán Moreno, y concejales honoríficos a los ediles asesinados en 1936 por militares y fascistas.
Existen muchas formas de ver las cosas, varias lecturas del mismo verso, numerosas maneras de responder a una mirada… pero no todos son aceptables. Los hombres tenemos infinitos modos de interpretar los gestos, las palabras, las relaciones sociales o políticas porque ninguna relación humana es objetivamente medible… por eso discrepar es parte de nuestra esencia. No pasa nada. No debería pasar nada por discrepar. De hecho, no pasa nada cuando discrepan personas civilizadas.
En política no hay verdades absolutas —eso lo dejamos a las religiones que creen manejar palabras reveladas por el mismísimo Yahveh, Cristo o Alá—, lo que hay en política son opiniones. El problema surge cuando un grupo de patriotas se cree en el derecho de imponer su visión de las cosas y, en el proceso de uniformar esa visión de las cosas, elimina al grupo discrepante. Eliminar en el sentido de convertir al que discrepa en un ser despreciable para matarlo sin remordimientos, enterrar el cuerpo sin respeto y olvidar el crimen. Eso, exactamente eso, nos pasó a los españoles a partir del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 (el 17 en Ceuta y Melilla).
En San Fernando, los militares y fascistas que ese día violentaron la II República detuvieron al alcalde y concejales del Frente Popular —y en buena parte de España ocurrió lo mismo— porque tenían las pistolas, la osadía para usarlas y, sobre todo, el mesianismo para llevar a cabo su crimen sin reparos morales y sin cargos de conciencia. Lo hicieron porque esas personas —alcalde y concejales— representaban la voluntad popular, y tal cosa, la democracia, era incompatible con el régimen totalitario que los golpistas proponían. Ninguno de los ediles utilizó la violencia física, usaron ideas y palabras respaldadas por una Constitución que emanaba de la voluntad popular… y les costó la vida, el desprecio de una fosa común, el inmenso dolor de su familia y el olvido durante décadas.
85 años después de su muerte a manos del fascismo, el 29 de octubre de 2021, el Ayuntamiento de San Fernando nombrará alcalde y concejales honoríficos a unos hombres que representaban los valores de tolerancia y humanidad que jamás tuvieron sus asesinos y cómplices. Estos son sus nombres:
Emilio Armengod Molina, Eladio Barbacil Romarín, Manuel Belizón Castillo, Eduardo Díaz Delgado, Antonio Ferrer Acosta, Marciano Gonzalez Medina, Francisco Hierro Benítez, José Lucas Velázquez, Juan Moreno Cabeza, Juan Mantero Valero, Eduardo Naranjo Gago, Antonio Pérez Heredia, Luis Ramos Laguna, Cayetano Roldán Moreno, Marcial Ruiz Pérez, Esteban Salamero Bernal y Carlos Urtubey Rebollo.
Diecisiete nombres recuperados del silencio húmedo de las fosas comunes. Al concejal de izquierda republicana, don Eladio Barbacil Romarín, lo apresaron soldados de Infantería de Marina en la escalinata del ayuntamiento de San Fernando. Era la tarde del 18 de julio de 1936, recién leído el bando de guerra. Intentaba incorporarse al grupo de sus compañeros reunidos en el salón de plenos… lo que Eladio no sabía en ese momento es que ya habían sido detenidos por el teniente coronel de IM, Ricardo Olivera Manzorro; el comandante de intendencia de la Armada, Ricardo Isasi Ivison y el capitán de IM, Carlos García Calderón. Tres militares sin honor que violentaron la promesa de lealtad que prestaron a la Republica. Al alcalde y concejales encerraron en el penal de Cuatro Torres. El 10 de agosto trasladaron a algunos de ellos al Puerto de Santa María y los asesinaron ese día y siguientes. Eladio Barbacil fue uno de los primeros… dejó viuda, doña Dolores Cifredo Cantos, y seis huérfanos. Pero también le asesinarían a su padre, Manuel Barbacil Mejuto, y a su hermano Alfonso. La familia Barbacil pagó muy cara su afinidad con la República.
Don Emilio Armengod, concejal de Unión Republicana, imploró desesperadamente desde su encierro, a través de cartas, un gesto de compasión a sus amigos y familiares directos —supuestas personas de orden y recta moral adheridas al Glorioso Alzamiento Nacional— para que avalaran su comportamiento político y moral… nadie le contestó ni movió un solo dedo en su favor. Lo asesinaron el 16 de agosto de 1936 en el camino de Puerto Real al Puerto de Santa María. Dejó viuda, doña Asunción García de Loma y Barrachina, y cinco hijos.
Al escribiente de La Carraca, y concejal radical-republicano, don Marciano González Medina, lo detuvieron en los primeros momentos de la sublevación militar. Lo encerraron en el penal de Cuatro Torres, junto a sus compañeros de corporación. Pasadas unas semanas, en vista de su ausencia del trabajo —lo cual suponía una violación del bando de guerra—, el juez instructor de La Carraca pidió al alcalde golpista de la ciudad, Ricardo Isasi Ivison, que lo localizara. Interrogada la madre, doña Mercedes, ingenuamente contestó que Marciano no podía ir a trabajar porque estaba detenido… lo que no sabía la pobre señora es que a su hijo lo habían asesinado hacía 13 días, el fatídico 11 de agosto de 1936 en el Puerto de Santa María.
Dos hombres uniformados y armados llegaron de madrugada a casa del concejal socialista don Antonio Ferrer Acosta… su sobrina no recuerda si eran guardias civiles o falangistas. Ferrer les hizo pasar, incluso les ofreció un café mientras se vestía. El café lo preparó su mujer, doña Concha Salado Ruíz… no volvieron a verlo. Lo asesinaron en el Puerto de Santa María el 11 de agosto de 1936. Ese mismo día también murieron asesinados el concejal socialista don Eduardo Díaz Delgado y don Esteban Salamero Bernal, concejal comunista.
Al médico y alcalde socialista, don Cayetano Roldán Moreno, lo detuvieron dos días después del Glorioso Alzamiento Nacional, el 20 de julio. Tuvo tiempo de ver cómo los fascistas apresaban a sus hijos mayores y, confiado en las buenas palabras de los sublevados, él mismo acompañó al menor de los tres hermanos hasta la cárcel municipal. En ese momento parecía razonable hacerlo, y resultaba inconcebible imaginar la monstruosidad que fueron capaces de perpetrar militares y falangistas en La Isla de León. Mataron a don Cayetano Roldán el 29 de octubre de 1936 en la tapia del cementerio de San Fernando. En ese momento ya le habían asesinado a sus tres hijos varones, Juan, Manuel y Cayetano. También la familia Roldán pagó carísimo su compromiso con las libertades democráticas.
Al sastre y concejal don Luis Ramos Laguna lo detuvieron en su casa dos falangistas muy conocidos en La Isla. Lo metieron en un coche y se lo llevaron. Tampoco volvieron a verlo. Al cabo de unos meses la esposa, doña Joaquina Fillola Cortés, recibió una carta de algún amigo diciéndole que había muerto ametrallado en el penal del Puerto de Santa María el 21 de octubre de 1936. Conocida la noticia, uno de sus hijos salió en busca de los falangistas que se llevaron a su padre para pedirles explicaciones, pero lo que recibió de ellos fue una paliza y un escarnio que le duró toda su vida. Le arrancaron todos los pelos del cuerpo y se mearon encima… luego lo dejaron vivir. Poco más tarde, los mismos falangistas intentaron comprar a la viuda la casa y sastrería por una cantidad irrisoria de dinero.
A la esposa del concejal republicano don Manuel Belizón Castillo, doña Luisa Durán Vivancos, le devolvieron una manta en la puerta del penal del Puerto de Santa María junto con las funestas frases que recibían todas las viudas: "No hace falta que vuelva, señora. Su marido ya no está aquí".
El concejal comunista don Juan Moreno Cabeza, guardia civil retirado, de 58 años, aún esposado, se reveló contra sus verdugos y forcejeó con ellos. Fue inútil. Acabó asesinado con la estética de un fusilamiento judicial en el barrio Jarana. Era el 17 de agosto de 1936.
El maestro y concejal de izquierda republicana, don José Lucas Velázquez, no lo apresaron hasta el 18 agosto de 1936. Un mes estuvo escondido evitando la detención. Los militares y fascistas le debieron dar tal paliza que no ingresó en prisión, sino en el hospital de San Carlos. Diez días más tarde, el 28 de agosto, fue asesinado junto a la tapia del cementerio de San Fernando. Dejó viuda, doña Carmen Luque Sarriá, y un hijo póstumo.
El concejal de izquierda republicana don Carlos Urtubey Rebollo era médico y pintor. Dejó una obra pictórica de interés que se sigue cotizando, y un legado profesional en la facultad de medicina que hoy día sus colegas intentan poner en valor… también formó parte de la tuna de medicina de Cadiz. Asesinado en el Puerto de Santa María el 10 de agosto. Dejó viuda, doña Carmen Varo Benítez.
A don Marcial Ruiz Pérez, concejal de Unión Republicana, le golpearon la cabeza en una de las reyertas que provocaron los falangistas durante la primavera de 1936. Le abrieron una herida de tres centímetros. Uno de los pistoleros fascistas, Manuel de Pando Caballero, le amenazó directamente con estas palabras: «Lo que te ha pasado no es nada comparado con lo que te tiene que suceder». Y sucedió. A don Marcial lo asesinaron el 11 de agosto de 1936, junto a varios de sus compañeros, en el Puerto de Santa María.
Al concejal socialista don Juan Mantero Valero, natural de Valverde del Camino, hombre simpático, antiguo novillero, que tocaba la guitarra siempre que encartaba… acabó encerrado en el penal de la Casería de Ossio. Su hermano José logró obtener de un exdiputado derechista, vecino de Valverde del Camino, una carta avalando la liberación de Juan Mantero Valero. Se desplazó José hasta San Fernando, pero cuando se presentó en el penal con el documento, le entregaron una carta dirigida a su mujer, doña Josefa Duque Contioso, y le espetaron las fatídicas palabras: «…su familiar ya no esa aquí». Lo habían asesinado el 4 de noviembre de 1936. Tenía 41 años y dejó seis hijos.
A don Antonio Pérez Heredia, soltero, concejal comunista de la última corporación republicana de San Fernando, lo asesinaron en la tapia del cementerio el 10 de septiembre de 1936. Devolvió al cura el escapulario de la Virgen del Carmen que llevaba encima y confesó antes de morir, pero se negó a recibir la absolución del hombre con sotana negra, luego lo arrastraron sin miramientos al fondo de una fosa común.
Pero no, no conocemos todas las historias personales. Muchas veces el miedo de padres, esposas o hermanos disolvió en lágrimas la memoria de las familias y dejó a los muertos en las fosas y en el olvido. Pero sí sabemos que no fueron criminales ni merecieron la muerte y la indignidad. Sirva el ejemplo de estos hombres para recordar lo que fue capaz de hacer el fascismo en el siglo XX. Sirva también para recordar que no podemos ser tolerantes con la intolerancia actual en España. Recordemos que la democracia debe estar vigilante y ser beligerante para defenderse de los que quieren imponer sus criterios en lugar de exponerlos civilizadamente. Sirva el ejemplo de estas víctimas para que los que hoy añoran aquellos valores, es decir, añoran la imposición por la fuerza o la mentira de UNA patria, UN Estado, UN caudillo, UN pensamiento, UNA lengua, UN credo… esos que añoran tales valores son enemigos de la convivencia democrática. Aquel horror no terminará hasta que esos especímenes actuales maduren o lean más libros o se extingan sin herederos ideológicos. No sé cómo se logra eso, pero hay que hacerlo…
Don
José María Pemán y Pemartín no era hombre que amara la democracia. El concepto
básico de un hombre, un voto —que suele servir para construir la
convivencia— era, para el insigne poeta y diputado gaditano, algo prescindible.
Sus convicciones no iban por esos derroteros, encajaban mucho mejor con una
forma de gobierno fuerte y trufado de militarismo autoritario. Lo decía él
mismo, que vestía con frecuencia el uniforme del requeté en sus arengas
patrióticas por el frente, y lo dejó por escrito sin metáforas y sin vericuetos
poéticos. En el discurso que pronunció en San Fernando el 19 de
diciembre de 1936, en el homenaje al alcalde impuesto, don Ricardo Isasi Ivison
(comandante de intendencia de la Armada, sublevado), no tuvo remilgos en
afirmar que un Estado verdadero no puede existir sin un espíritu militar que
lo impregne de virtudes castrenses: «Ricardo Isasi es un excelente alcalde
—decía Pemán— porque antes fue un perfecto militar […] no hay Estado vivo y
verdadero, sin un espíritu militar que lo rodee de virtudes castrenses y de
vigilantes previsiones» (1). Ideas que encajaban perfectamente en el carácter militarista
que definía el fascismo de la época.
Sin duda, Pemán debió sentirse cómodo rodeado de las virtudes
castrenses de la dictadura militar que estaban perpetrando en 1936. Él prefería un gobierno en manos
de militares sin honor —sin honor, digo, porque habían violado la promesa de fidelidad
a la República—, rodeado de fascistas y católicos anclados en el Concilio de
Trento, una élite dirigente capaz de enmendar sin miramientos comportamientos
equivocados… y, por supuesto, ellos decidían cuáles eran los comportamientos
equivocados sin apelar a consensos ni zarandajas democráticas. Pemán desarrolló
esta idea en muchos de los discursos y artículos que perpetró durante la guerra
civil. Lo dejó por escrito, se puede consultar, y estaba orgulloso de lo que
decía y sentía.
Pensaba
el poeta que la guerra civil del 36 era necesaria si queríamos una patria como
Dios manda. Algo molesta la guerra, vale, pero necesaria. Lo dijo
abiertamente ante los micrófonos de Radio Jerez el 12 de agosto de 1936 (luego
se publicó extensamente en la prensa local) (2). Decía Pemán que «…bueno era que todos nos fuéramos haciendo a la idea
austera de que estamos en guerra; y es necesario que esta idea se apodere de
todos los espíritus para que sustituya a aquella de que vivimos un golpe
militar». Explicaba más adelante que un golpe de Estado fácil y rápido habría
sido demasiado barato para rescatar el tesoro que es la Patria, «…que
ese tesoro tiene un alto precio, el del dolor de una guerra que por dura que
sea, era necesaria y conveniente». Eso decía el insigne poeta justificando la
necesidad de la guerra que ganó el general Franco y sus conmilitones.
También se prodigó don José María en
propiciar la represión militar y fascista contra los vecinos de Cádiz y
provincia. Ahondó el insigne poeta en la necesidad de perseguir a los
republicanos que se podrían oponer a la barbarie desatada por militares,
falangistas y requetés. Pemán proponía reprimir a esos españoles y tampoco lo
ocultaba. Decía en su famoso artículo La hora del deber: «En una guerra
civil del tipo de la que vivimos… el enemigo está en casa, pues siempre aún
después de derrotado, queda enemigo conviviendo receloso a nuestro lado,
emboscado en el disimulo…» (3). Y, en consecuencia, a ese enemigo
conviviendo receloso a nuestro lado, emboscado en el disimulo, había que
señalarlo y neutralizarlo si se quería perpetrar con éxito una patria limpia de
judíos, masones y marxistas. Palabras que pudieran hacer pensar que Pemán fuera
cómplice de la barbarie desplegada en la retaguardia fascista. También propuso
amenazas a los que se resistieran al Glorioso Movimiento Salvador de la
Patria. Decía en su arenga del 22 de agosto de 1936: «Obrero, estás a
tiempo de enmendar tu camino. No te dé miedo lo que hayas sido o a donde hayas
pertenecido. Ten en cuenta que el castigo para los que se oponen al movimiento
salvador será seguro…» (4). A pesar de su gracejo habitual, hablaba en serio el
poeta.
Pero aún llegó a ser más explícito don
Jose María. Explicaba el insigne vate, con su lenguaje sencillo, que la guerra
civil era la única manera de extirpar de raíz el marxismo antipatriota y nos
recordaba que «…si en aquella otra guerra la Virgen del Pilar no quiso ser
francesa, menos puede querer ser ahora rusa». Y añadía que esta guerra era
conveniente porque España estaba cayendo «…en la languidez del marasmo marxista
de los sin Dios ni Patria, hasta que el Dios poderoso del Ejército, con mano
dura, pero bendita por la paz que nos traerá, nos despierta a la realidad. En
el transcurso de esa guerra nos purificaremos» (5).
No, no tenía el insigne poeta un
discurso integrador para vencedores y vencidos. Unos acabarían purificados,
como decía, los otros acabaron en las fosas comunes de Cádiz, San Fernando,
Jerez, Puerto Real, El Puerto de Santa María, Grazalema, Conil, Marrufo, etc.
Este era el Pemán que asumió la jefatura del Servicio Nacional de Primera
Enseñanza en octubre de 1936… cuya labor depurativa de maestros y libros vamos
a suponer conocida. Sus compañeros de la Academia
Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Cádiz decían de don José María que era «…el preclaro tribuno nacionalista como ejemplo del
más vibrante patriotismo nacional» (6).
Sin duda lo era.
Don José María Pemán tenía un verbo cristalino
(7): «El pueblo español ama la justicia pura…», decía. ¿Pero, qué era para
Pemán la justicia pura? La que «…no se detiene en escrúpulos
legalistas». Y añadía para justificar la atrocidad: «…es popular todo Régimen,
todo Caudillo, todo hombre que administra paternal e inflexiblemente una amplia
justicia extralegal». Semejante invitación —actuar al margen de lo legal— cayó
en terreno fértil y tal reflexión, en boca de tan influyente orador e
intelectual, invitó al exterminio extralegal de los que ellos llamaban
genéricamente rojos, en las tapias de los cementerios de medio país. Lo
que decía el insigne poeta gaditano formó parte de un discurso de odio que muchos
utilizaron para justificar la barbarie que desató el fascismo en España.
Hace
pocos días, la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de
Andalucía (Comisionado de la Concordia) organizó un homenaje al insigne
poeta por el 40 aniversario de su fallecimiento. Se celebró en el
oratorio de San Felipe Neri de Cádiz. Doña Patricia del Pozo, consejera de la
cosa, dijo que Pemán reunía «valores de generosidad y concordia» y que «luchaba
y soñaba por la restauración de la Monarquía y de la democracia constitucional».
Dijo tal cosa como si Pemán quisiera exactamente lo que hoy tenemos en España:
monarquía y democracia constitucional.
No
sé… deberíamos reírnos por la broma de la señora consejera. A carcajadas, diría.
Pero es que esto es un drama. Otro drama español.
Nota 1
> Parte del discurso de José Mª Pemán dado en el homenaje tributado a don
Ricardo Isasi Ivison, alcalde de San Fernando, celebrado en el ayuntamiento de
la ciudad en diciembre de 1936. Discurso íntegro publicado en La
Correspondencia de San Fernando, 21 diciembre 1936. El homenaje que San
Fernando tributó el pasado sábado al alcalde don Ricardo Isasi Ivison. Nota 2
> Alocución radiofónica transcrita en Diario de Cádiz, 13 agosto 1936. Nota 3 > La Correspondencia de San Fernando, 22 agosto
1936. La hora del deber. Nota 4 > Diario de Cádiz, 23 agosto 1936. Nueva
conferencia de don José María Pemán. Nota 5 > Ibídem. Nota 6 > La Correspondencia de San Fernando, 12
noviembre 1936. Homenaje a don José María Pemán.
Yo no sé cómo se llegan a entramar nuestras convicciones.
Las que sean. Cada uno llega a amueblar su cabeza con sus propios trastos
mentales y así salimos de izquierdas, de derechas, de arriba, de abajo, ácidos,
insípidos, volubles, activistas, negacionistas, cansados de todo, dispuestos a
todo…
No sé, supongo que para alcanzar las convicciones de cada
cual algo habrá tenido que ver las lecturas medio aprendidas a lo largo de la
vida, las vivencias que te dejan cicatrices, los ejemplos que te regalan tipos
ejemplares o tipos impresentables, lo que te gritan esos que piensan que la
razón es directamente proporcional al volumen de la voz, lo que te susurran los
que te aman, lo que silencian cuando apareces de súbito, las mentiras y las
verdades que te cuentan, las medias mentiras y las medias verdades que te
insinúan, las decepciones de tus referentes, las pertenencias a un grupo o al
contrario, la identidad que te entregan sin saber tú qué cosa es esa patria
inventada, etc., etc., etc.
Sea como sea, al final cada uno alcanza a tener sus propias
convicciones, su propio conjunto de ideas y valores con los que sintonizar o
confrontar con los otros. Nuestras convicciones nos relacionan inevitablemente
con el mundo y con sus vecinos... el problema surge cuando la confrontación
pasa de las ideas a los hechos físicos… y estoy pensando en los sobres con
balas o navajas enviadas durante la campaña electoral de Madrid, en abril de
2021.
Cuento esto porque llevo todo el tiempo de la pandemia
releyendo numerosos documentos que no utilicé para escribir un libro anterior (República, alzamiento
y represión en San Fernando). Son textos periodísticos de 1936, de cuando en San
Fernando (Cádiz), militares y fascistas, arropados por la Iglesia, habían
vencido a la II República española... es decir, cuando aquí ya no se
confrontaban ideas o valores y se iba directamente a los hechos consumados, o
sea, a matar hombres que tenían otras ideas y otros valores. En ese momento,
gentes con convicciones fascistas estaban eliminando a gentes con convicciones
republicanas... y lo justificaban con ideas que acabaron siendo buenas ideas.
Era cuestión de insistir un poco con ellas y, al mismo tiempo, eliminar
cualquier otra idea que quedara suelta por ahí. Fácil, es lo que hace cualquier
tiranía si quiere sobrevivir: eliminar ideas a las bravas, quemando los libros que
las propagan o poniendo balas en las cabezas que las desarrollan. Siempre se ha
hecho así, ¿no?
Y mientras leía esos documentos, se inicia la campaña
electoral por el gobierno de la Comunidad de Madrid. El torrente dialéctico se
eleva hasta el grado de confrontación brusca y alcanza el nivel de intolerable.
Y las mentiras y las medias verdades campean a sus anchas en boca de casi todos
los candidatos, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Y el
fascismo del siglo XXI (el fascismo de VOX, digo, y el de los filofascistas que
conviven en el PP con total impunidad), ese fascismo que entiende, justifica y
se identifica con aquel otro que sigue impreso en los documentos del siglo XX
—y en la memoria de los nietos de sus víctimas como un asunto aún inconcluso—,
ese fascismo que se alimenta de lo más primario que vive en los desesperados,
crece como un gusano en una manzana... ¡otra jodida vez estamos en las mismas,
coño!
Sí... hay muchas ideas y muchas convicciones, la mayoría
respetables, aunque no nos gusten. Pero desgraciadamente no todas son
respetables (aunque les guste a algunos). Hay convicciones básicas que son piedras
de toque sobre las que construir una sociedad razonable. Son ideas que todos
deberíamos aceptar como universales e inapelables. La íntima convicción de que todos
los hombres nacen libres e iguales en dignidad y
derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse
fraternalmente los unos con los otros...
eso debería ser de obligado cumplimiento, algo inherente al ser humano, una condición
sine qua non, una idea fundamental sobre la que modelar a cualquier homo
sapiens que quiera ser verdaderamente humano... y si hubiese supremacistas de
cualquier tipo (y estoy señalando a los que vuelven a pensar que los maricones
merecen palizas o que son enfermos, que los extraños a tu comunidad son
delincuentes, que los pobres son despreciables y merecen su pobreza, que sus cojones
son más importantes que los ovarios de cualquier mujer… a todos esos odiadores
de lo distinto) esos supremacistas, digo, deben aceptar las normas básicas de
los seres civilizados o no caben en la decencia. Pero ¿cómo puñetas convencemos
a estos sujetos?
No tengo ni idea… la mayor parte del tiempo
me parece que no hablamos con los mismos parámetros lingüísticos y así es
imposible comunicarse. Solo se me ocurre que convendría separar las cosas. Por
mucho que nos lo pida el hígado, combatir las ideas no es combatir a la persona
que las difunde. Quiero creer que la persona es muchísimo más que la mala idea
que expresa… y también quiero creer que somos capaces de no convertirnos en la
idea que difundimos. Si eso ocurre, cualquier ataque a la idea se convierte en
un ataque a la persona… entonces estaremos perdidos en el borde del precipicio.
Sé que es difícil separar una idea
despreciable del sujeto que la defiende (y servidor es el primero que no lo
consigue, conste), pero ya lo hicimos una vez, en ese caso aprendimos a odiar
el delito y compadecer al delincuente. Puede que combatir las ideas y dejar
en paz al que las dice sea un camino para mantenernos en el cauce de la civilización.
Tal vez… por eso deberíamos intentarlo.
Tres hombres enjaretados por el fino
hilo del destino. Ramón Odriozola Lasarte era marinero vasco, de Orio y,
pese a su enorme dignidad de hombre cabal, pocas veces le llamaron don Ramón.
No era el caso del don Recaredo García Sabater, que parece que nació con
el don pegado a su nombre... máxime desde que se hizo cura y capellán de la
Armada con grado de comandante. Por su parte, don Faustino Ruiz González
alcanzó el empleo de almirante en la Armada del general Franco —de la Armada
sublevada contra la II República, digo— y el don lo tenía garantizado
por norma y protocolo.
EL ALMIRANTE: El 29 de septiembre
de 1936, el crucero rebelde Canarias detectó a treinta kilómetros de
distancia al destructor Almirante Ferrándiz, leal a la II República, que
patrullaba en el Estrecho de Gibraltar tratando de impedir que el ejército
sublevado de Marruecos llegara a la península. El Canarias lanzó una
andanada de cuatro disparos contra el Ferrándiz que resultó larga,
impactó en el mar a 1200 metros del objetivo. En ese momento, ante la inminente huida del destructor y la probabilidad
cierta de quedar fuera de alcance, el Director de Tiro del buque rebelde tomó
la arriesgada decisión de saltarse el manual artillero y proponer una única
andanada de disparos que hizo blanco a 21.000 metros. El Ferrándiz se
hundió con rapidez. El mar se cubrió de cadáveres y de náufragos, y el
prestigio personal del Director de Tiro del Canarias tuvo alcance
internacional. Muchas marinas de guerra se interesaron por el procedimiento que
se utilizó para hundir el destructor republicano a esa distancia y sin disparos
de aproximación.
El
Director de Tiro del Canarias era el isleño y capitán de corbeta don
Faustino Ruiz González que, después de la hazaña, tuvo una larga y
fructífera carrera militar —bajo la cobertura del régimen dictatorial del
general Franco, naturalmente— hasta llegar al empleo de almirante. Entre 1949 y
1962 fue gobernador general de la Guinea Ecuatorial Española, años en los que reprimió
con decisión el incipiente movimiento nacionalista guineano. Y en estas estaba don
Faustino cuando fue procesado por la detención, torturas y asesinato del líder nativo
Acacio Mañé. Una historia muy fea y muy torpe, que no le impidió seguir
adelante con su carrera y su prestigio. En 1988, por sus servicios a la patria
y por su condición de isleño se le nombró Hijo Predilecto de San Fernando y se denominó
una calle de la ciudad con su nombre, precisamente la calle que separa su casa
natal de la iglesia vaticana de San Francisco… de donde había sido párroco don
Recaredo.
EL MARINERO: Por su lado, don Ramón Odriozola Lasarte, marinero de 2ª,
fue uno de los náufragos del Ferrándiz.
Después
del hundimiento, el buque rebelde Canarias recogió a un grupo de
náufragos que fueron atendidos inicialmente en Ceuta, más tarde encarcelados en
el Penal de Cuatro Torres del Arsenal de la Carraca y sometidos a consejo de
guerra acusados de rebelión militar —así se hacían las cosas: los militares rebeldes acusaban de rebelión a los que
habían permanecido leales a la legalidad republicana—. Al menos, veintiuno de ellos fueron condenados a muerte,
ejecutados el 30 de diciembre de 1936, probablemente en el llamado Caño de la
Jarcia del Arsenal de La Carraca, y enterrados en la fosa común del cementerio
de San Fernando. La suerte de Ramón, el marinero vasco, fue que no lo
rescataron inmediatamente después del naufragio, sino que se mantuvo tres días
a la deriva, herido de metralla en la espalda, agarrado a un madero, junto a un
compañero. Cuando finalmente lo rescataron, y sanó de sus heridas, el consejo
de guerra iniciado contra sus compañeros ya estaba en marcha y él quedó fuera.
No obstante, llegado el momento, también fue acusado de rebelión militar y
condenado a muerte. Afortunadamente la pena le fue conmutada a cadena perpetua…
y en el ínterin, mientras permanecía preso en el Penal de Cuatro Torres, fue
sometido a la crueldad de pasar por varios simulacros de fusilamiento.
Pero acabada la guerra civil, la
población reclusa en España era de tales proporciones que el propio régimen
instrumentó la forma de recuperar esa masa humana como recurso laboral
utilizable en la reconstrucción del país. Ramón Odriozola fue excarcelado en
1942 y logró rehacer su vida. Empezó a trabajar en los astilleros de Matagorda,
se casó con la isleña Isabel O'Dogherty y, a
partir de 1954, trabajó en la Sociedad Española de Construcciones Navales. Diez
años más tarde, en enero de 1964, siendo jefe de equipos del taller de prensa, explotó
una caldera. Ramón perdió ambos ojos y sufrió quemaduras de tercer grado en
todo el cuerpo. Tardó años y numerosas operaciones (uno de los brazos había
quedado adherido al costado a consecuencia de las quemaduras) en alcanzar una
vida medianamente digna.
EL
CURA: Don Recaredo García Sabater —cura
católico de negra sotana, párroco de la iglesia vaticana de San Francisco,
capellán comandante de la Marina y odiador de marxistas— era un declarado
admirador de Mussolini. En su entendimiento, lo que había realizado el cerebro
esclarecido de Mussolini con el fascismo era, simplemente, convertir la
divina doctrina de Jesús en leyes civiles, y como España era, antes que cualquier
cosa, un país católico, pues había que aplicar aquí el fascismo de forma
ineludible. Dicho de otro modo: si el fascismo era poner en la práctica la
divina doctrina de Jesús, y España era católica… España debía ser fascista.
¡Fácil!
Recio
carácter el de don Recaredo, y muy oscura su sotana. Muchos isleños han
recordado toda su vida sus arengas contra los marxistas desde el púlpito de la
iglesia. A Isidro Cereceda, por ejemplo, le partió el labio con su crucifijo
porque se negó a besarlo… y así se presentó Isidro en el paredón y así, con el
labio roto, recibió la andanada de disparos asesinos. Oscuro recuerdo dejó don
Recaredo entre muchos vecinos de San Fernando… muy oscuro.
Una tarde, Ramón Odriozola —aquel vasco de Lasarte, casado con una isleña
valerosa y tenaz, el que fuera marinero de 2ª durante el naufragio del Ferrándiz,
con su cuerpo quemado y ojos consumidos—paseaba por
calle Real. Su hija Guadalupe, cogida de su brazo, hacía de lazarillo. A la altura de la iglesia de San Francisco, a escasos metros
de la casa natal de don Faustino, el de la puntería prodigiosa que hundió su
barco, se cruzó con el tristemente conocido cura don Recaredo García Sabater. Se
paró el clérigo, y le dijo condescendiente y paternal:
— ¡Ay! Ramón, Ramón. Que al final cada
uno tiene lo que se merece.
Pues
sí. Creo que sí, estoy de acuerdo con el cura, cada cual deja a la posteridad el
recuerdo que merece.
El
documento está fechado el 29 de diciembre de 1936 y es la citación para
declarar ante un juez militar. La declarante tenía que presentarse a las tres
de la tarde del día 3 de enero de 1937 en el Cuartel de las Milicias Cívicas de
San Fernando. Se referían a Pepa La Mayito y la calificaban como mujer
de vida airada que vivía en la calle Jardinillo nº 20. El papel no decía
nada más y me pareció que el asunto que se dirimía tendría que ver con la moralidad
pública, puesto que las nuevas autoridades que mandaban —íntimamente imbricadas
con misas y curas— eran muy miradas para las cuestiones de moral y
comportamiento de los demás… mientras ellos sí podían torturar, dar palizas y asesinar
a rojos, masones y maricones con total impunidad. En un principio no le
encontré mucho interés al documento, pero tomé nota y lo guardé. En ese momento
tampoco preste atención —porque no lo conocía— al capitán de infantería de
Marina, don Manuel Fernández Fecho, en funciones de juez del Cuartel de
Milicias Cívicas de San Fernando.
Junio de 2020. Aída en la fosa común del franquismo del
cementerio de San Fernando. Excava y exhuma AMEDE.
Así
que el documento en cuestión durmió archivado cuatro años en algún rincón de la
nube digital. Durante ese tiempo no encontré ocasión de usarlo en la
elaboración de “República, alzamiento
y represión en San Fernando” …hasta que confluyeron un par de asuntos sin relación
entre sí y encajaron las cosas. Me lo contó Aída desde el fondo de la fosa
común que AMEDE sigue excavando en el cementerio de San Fernando —ya llevan 109
cuerpos de represaliados exhumados—… por un momento la joven arqueóloga dejo de
limpiar los restos que estaban aflorando y se giró para decirme que su
abuela por fin le había contado algunas cosas de Rafael Leonisio Mata, su padre,
bisabuelo de Aída.
Leonisio era en 1936 un sindicalista significado.
Frecuentaba la sede de su sindicato, ubicado en la calle Real, frente a la
Iglesia de San Francisco de donde era párroco el ínclito don Recaredo García
Sabater, un reconocido fascista —reconocido por él mismo, en sus propias
palabras— y admirador del Duce Benito Mussolini. Don Recaredo era, además, un entusiasta
colaborador con la sublevación iniciada el 18 de julio de 1936. Los compañeros
de Leonisio le avisaron para que se escondiera o se marchara de la ciudad porque,
después de asaltar los falangistas y militares las sedes de partidos de
izquierda, sindicatos y logias masónicas, iban a por él. Por eso estuvo
escondido varios meses en la casa de su madre, detrás de un armario como si de
una trinchera infinita se tratara. Finalmente, un chivatazo sirvió para
que los falangistas lo detuvieran, le hicieran tomar tres veces un vaso de
aceite de ricino —no es la primera vez que tenemos constancia de ese tipo de
tortura: tres detenciones; tres visitas al cuartel de Falange; tres vasos de
purgante y tres puestas en libertad con los intestinos vaciándose de forma
incontrolada mientras la víctima corre a su casa, humillada y señalada para los
restos—. La cuarta vez que lo detuvieron fue la definitiva. Encerraron a
Leonisio en la cárcel municipal o en el Penal de la Casería de Ossio, a esperar
lo que tuviera que ser.
La
única forma de sacarle de la cárcel, y de una probable saca y paseo
camino del muro del cementerio, era conseguir avales a favor del detenido procedentes
de personas de orden y recta moral, es decir, personas políticamente de
derechas, que hubieran demostrado resistencia durante la II República,
colaboración discreta en la preparación del golpe militar y/o adhesión
inmediata al Glorioso Movimiento Nacional. Y en esa tarea puso todo su
empeño la madre de don Rafael Leonisio, la vida de su hijo iba en ello. Y lo
debió hacer muy bien porque gracias a los avales que consiguió, su hijo salió
de la cárcel y evitó ser sometido a consejo de guerra como lo fueron muchos de
sus compañeros sindicalistas (otros tantos fueron asesinados directamente). No
era fácil conseguir esos avales porque el avalista se arriesgaba a verse
señalado como amigo de rojos, y tal cosa no era nada conveniente en esos
tiempos. Otras personas apresadas injustamente en San Fernando —como el
concejal don Emilio Armengod Molina o el maestro y pastor evangélico don Miguel
Blanco Ferrer— lo intentaron todo desesperadamente, sus familiares se
movilizaron por toda la ciudad, suplicaron una y otra vez a sus supuestas amistades
o conocidos de derechas y no consiguieron que nadie moviera un solo dedo por
ellos: ambos acabaron asesinados sin saber qué habían hecho mal.
Sin
embargo, la madre de don Rafael Leonisio Mata no cejó en el empeño consiguió
tres avales para que soltaran a su hijo. Es decir, tres personas de orden y
recta moral pusieron su firma en un papel para que el hijo de La Mayito
saliera de la cárcel. Personas muy influyentes tuvieron que ser, y amigos
directos de los que mandaban: los Ruiz Atauri, Olivera Manzorro e Isasi Ivison…
dueños y señores de las vidas de los que podrían ser potenciales opositores al Glorioso
Movimiento Nacional.
Aída,
la joven arqueóloga, manchada de barro, desde el fondo de la fosa me lo contó: efectivamente,
la madre de Rafael Leonisio, la mujer que se empeñó con valentía en rescatar a
su hijo de los falangistas, era La Mayito… y entonces aquel documento
que encontré hace cuatro años tuvo significado y la figura de la mujer cobró toda
su grandeza. El juez Fernández Fecho —que, por cierto, también tiene una interesante
historia que ha investigado y publicado don Jesús Campelo Gainza— quería preguntar a la
mujer de vida airada dónde estaba su hijo, ese peligroso sindicalista al
que había que neutralizar. Tampoco es el primer caso que nos encontramos
de una madre que protege a su hijo por encima de todo, y es acusada de encubridora
por el aparato represor.
Sin embargo, las carambolas de la vida
son sorprendentes y no terminan aquí. Rafael Leonisio Mata salió maltrecho y
enfermo de la cárcel, pero vivo, gracias a los buenos contactos que su
madre tenía entre las personas de orden y recta moral. Rehizo su vida
como pudo. Tuvo hijos y nietos… y ochenta y tres años más tarde, uno de esos
nietos, llamado don Rafael Muñoz Leonisio —aún conserva el apellido del abuelo—,
teniente de Infantería de Marina y jefe de la Policía Local de El Puerto de Santa
María, durante el confinamiento provocado por la enfermedad COVID-19, fue tristemente famoso por su lamentable
actividad en las redes sociales.
Llamó a Fernando Simón borracho loco y majadero
psicópata; llamó a la ministra María Jesús Montero hija de puta y
al vicepresidente Pablo Iglesias chepafregona y comunista de
mierda. No solo eso, en sus perfiles de las RRSS, el bisnieto de La
Mayito, desde su posición de servidor público, difundió mensajes homófobos
contra el ministro Fernando Grande-Marlaska y llamamientos para preparar un
golpe de Estado contra el gobierno democrático de España al que califica como …un
régimen totalitario acecha España—decía—, alcémonos y desempolvemos las hachas de guerra. Finalmente se
dedicó a difundir ideas de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la
Falange… cuyos miembros fueron los criminales de camisa azul que sacaron al abuelo
Leonisio de su escondite, lo torturaron repetidamente, lo humillaron y lo
encarcelaron por haber sido sindicalista. La ejemplar lucha de La Mayito
por salvar a su hijo, por un lado; y por otro, la podredumbre que nos muestra su
bisnieto cierra un desgraciado bucle histórico.
No sé… parece
que el tiempo ha pasado en balde y sin enseñanzas. Otra vez pululan sujetos como
el nieto de Rafael Leonisio Mata. Gente que vuelve a admirar y a promover los
valores fascistas, los mismos valores que sirvieron para justificar la tortura y
asesinato de miles de españoles. Valores que ensalzan una patria única y
excluyente, en la que solo caben ellos. Valores que utilizan los cauces
democráticos para promover la intolerancia política, el insulto y el desprecio,
la anulación del opositor, la desaparición del distinto… ni homosexuales, ni
mujeres con derechos, ni emigrantes pobres. Y, sobre todo, imponiendo una moral
única: la que ellos dictan.
El fascismo era
y es un fracaso de la civilización cuando impregna y emponzoña la sociedad. No
podemos olvidar la historia que nos ha pasado por encima por respeto a las
víctimas silenciadas por el franquismo. Tampoco podemos olvidar la historia porque
eso nos permitirá recordar a los criminales y a las ideologías que utilizaron
para justificar sus crímenes. El fascismo del siglo XXI es heredero del
anterior. Está aquí, entre la gente que camina por las aceras y en el
parlamento. Vuelve a ser un ejemplo para ignorantes y para canallas.