sábado, 17 de junio de 2017

…en el intento de alcanzar algo parecido a la utopía


«Si las leyes de derechos humanos dificultan la lucha contra el terrorismo, cambiaremos las leyes», ha dicho la premier británica Theresa May. Tiene su lógica. Supongo que lo dice en un intento de conectar con los que quieren (y es lo queremos todos) defenderse eficazmente del terrorismo islamista. Del islamista, digo, que aquí en occidente no se habla del terrorismo propio, del que generan los poderes financieros sobre el resto del planeta… está hablando May del terrorismo yihadista que emana del Estado Islámico que, a su vez, es una derivada del dominio que los occidentales hemos ejercido sobre las actuales naciones islámicas. De ese terrorismo habla, no de otro.


Con mensajes como el de Theresa May acabará pasando lo que pasó en Estados Unidos después del ataque japonés de Pearl Harbour, que metieron en campos de concentración a todos los americanos de origen japonés. Lo mismo pasó en el Cádiz de 1808, que la colonia comercial francesa, que había convivido con nosotros durante lustros, se convirtió de la noche a la mañana en enemiga, y los encerraron en los pontones anclados en mitad de la Bahía. Y a poco que prosperen en Europa los movimientos fascistas —que ya estamos en ello—, y a poco que ayuden los yihadistas creando terror —que también están en ello—, acabaremos expulsando a los europeos de origen islámico al otro lado del mar. Es lo que nos pide el cerebro de reptil que conservamos todos, que, por cierto, encaja la mar de bien con la idea fascista de las cosas.

Posiblemente yo haría lo mismo… porque, lo reconozco, tengo bastante de reptil. Pero frente a esa pulsión visceral y atávica deberíamos anteponer los siglos de civilización que nos han modelado. Somos la consecuencia histórica de un siglo XVIII, plagado de luces y racionalismo. Y somos la derivada de revoluciones que nos convencieron de la igualdad entre los hombres, sin distinción de cuna o cultura. Ya sé que esto es una entelequia, pero al menos somos capaces de imaginarla y percibirla; y caminamos por la historia, tropezando una y otra vez, en el intento de alcanzar algo parecido a esa utopía…

…a los yihadistas les falta este hervor. Ellos, y sus luceros de mezquita, siguen atascados en lo oscuro del Medievo, embrutecidos por una creencia que les exonera de la responsabilidad de sus actos. Y sin responsabilidad, como carácter inherente de sujeto libre, construyen ejércitos de irresponsables —dispersos y encriptados en nuestra sociedad— para ganar un cielo lleno de huríes. No hay mayor fracaso para el ser viviente que entregar su pulsión de vivir. Fácil, porque, además, somos un enemigo odioso que nos merecemos su odio, por prepotentes, por el expolio que hemos hecho de sus recursos y por el menosprecio histórico que le hemos dedicado. Y así cierran el círculo para justificar su guerra santa, su sacrificio y su eterno premio.

No es fácil sobreponerse al cerebro de reptil. Después de ver imágenes de un terrorista apuñalando a un hombre normal en el Puente de Londres, a servidor le pide el cuerpo que esos especímenes sean considerados sub-humanos… Porque si los cosificamos será extremadamente sencillo despojarle de derechos humanos y, en consecuencia, las masas sin conciencia ya nos encargaremos de lincharlos físicamente, sean realmente yihadistas o simplemente lleven la barba al uso. Las masas no somos receptivas al pequeño detalle de la culpabilidad, lo que queremos es venganza y nos da igual que la víctima sea culpable o no. No hay descenso a la barbarie más clara que esa… y Theresa May apunta a ese camino cuando dice lo que dice. Los patriotas filo-fascistas siempre plantean la misma ecuación:

La seguridad es inversamente proporcional a la libertad individual.

Y  nos tienen convencidos de que es inevitable… pero, no sé por qué, no me fío de estos buitres que gobiernan el planeta.

Yo no sé cuál es la solución para ganar esta guerra contra combatientes oligofrénicos, pero mermar los DDHH como dice May o como vienen haciendo los buenos patriotas americanos en Abu Graib, en Guantámano, o en numerosas cárceles secretas de la CIA repartidas por el mundo, es un retroceso catastrófico para la humanidad.

No sé… ¿y si reconociéramos que occidente también provoca terror y que esa ha sido su política histórica? Exterminar pueblos y culturas para saquear y enriquecerse con sus recursos, y provocar su pobreza crónica. ¿Y si intentáramos intervenir en un sistema financiero terrorista que provoca muertes a escala planetaria cuando especula, por ejemplo, con el precio de las cosechas futuras?


¿Y si intentáramos comprender por qué nos odian tanto?

martes, 13 de junio de 2017

Historias en diferido: Vacaciones en el otro mundo

Sobre las peripecias de Alex y Yoli, cooperantes en la Comunidad Inti Wara Yassi, selva amazónica de Cochabamba.



Cuentan que se marcharon una semana de vacaciones. Que ya que estaban en la otra costa del Atlántico, querían conocer aquel lado… un lado quizá alejado del estándar europeo, pero no precisamente un lado oscuro, en absoluto. Puede que allí sea más evidente la diferencia de vida si la comparamos con la occidental… y el problema tal vez sea ese, nuestra insistencia en comparar niveles económicos y olvidar que cada pueblo debería tener su propio camino a la felicidad. Dudo yo que nuestro sistema sea el ideal para eso, para buscar la felicidad de la gente. Porque, si como se empeñan en decirnos, el bienestar consiste en comprar cosas inútiles y en beber seis cervezas mal vamos… No sé. Estoy convencido de que esa cosa que en occidente llamamos bienestar, y que relacionamos siempre con el trabajo, el ocio y el uso del dinero, no puede exportarse a cualquier sitio. Es más, me parece que históricamente ha sido un crimen exportarlo a sociedades que han evolucionado de otra forma… porque el choque culturas que ha supuesto, siempre ha extinguido a las más sencillas. 


Total. Que Alex y Yoli han dejado la Amazonia boliviana, su clínica veterinaria, sus monos, coatíes, puercoespines y demás animales y se han marchado a recorrer el resto del país. Querían ir a no-sé-dónde alquilando una avioneta, pero dicen que les salía muy caro y desistieron, que no está la cosa para tales menesteres. De todos modos no les salió mal el periplo.

Salar de Uyuni

En el suroeste, en el altiplano, está el Salar de Uyuni, un inmenso desierto de sal. Llegaron justo después de unas lluvias y por eso la inmensa llanura tenía un dedo de agua. Lo justo para convertir la superficie en tal espejo que difícil era encontrar la línea horizontal que separa el suelo y el cielo. Cuentan que los sonidos se propagan sin rebotar en ningún obstáculo. Que no existían referencias para calcular distancias y que eso confunde la percepción. Que la brisa era fría y que el espacio abierto y la belleza del lugar te devolvía a la humildad que los hombres nunca deberíamos perder frente a la naturaleza.


Altiplano boliviano

Llanuras del altiplano boliviano que acaban en gélidas montañas. El sol quema a esas alturas, y lanza radiaciones UV inesperadas y peligrosas. El oxígeno es menos denso. La brisa fría barre el altiplano… La cordillera de los Andes sube desde el cabo de Hornos, en el sur de Chile, paralela a la costa, durante más de siete mil kilómetros. Cuando llega a Bolivia gira a occidente y forma el Codo de los Andes, que separa los bosques tropicales de la Cuenca Amazónica, en el norte, de las planicies subtropicales del sur. Es una región con una riquísima variedad de climas y ecosistemas. 

En el Codo de los Andes bolivianos. Un laberinto de montañas y valles.

Hay en Samaipata, al sur de Santa Cruz de la Sierra, una montaña de arenisca roja, de 200 por 60 metros, pulida por la erosión de siglos y tallada con altorrelieves que sólo son visibles desde el cielo. Un santuario precolombino impresionante que aún hoy no tiene una explicación entendible. 


Y tiene Bolivia, según en qué regiones, una pequeña costra de roca sólida que separa a los hombres de una inmensa bolsa de magma. Géiseres y piscinas de aguas termales se reparten por el contorno… El Parque Amboró, en el centro de Bolivia, es uno de los ecosistemas más preciados del planeta. Ubicado en el Codo de los Andes, convergen cuatro de las más importantes regiones biológicas de Bolivia: los bosques húmedos de la Amazonía, los bosques y pampas de los Andes, los chaparrales secos, sabanas y arboledas. Dicen Alex y Yoli que, tal vez lo más asombroso de Amboró fueran los bosques de helechos arborescentes… sólo faltaba el velociraptor asomando detrás de un tronco. No son tales los troncos, sino entramados de raíces que le dan porte de árboles. Todo el carbón mineral que hemos consumido durante el periodo industrial (y que aún consumimos) se formó a partir de enormes bosques de estos helechos en el Carbonífero (zona temporal del periodo Paleozoico, entre el Devónico y el Pérmico) que comienza hace 359 millones de años y finaliza hace 299 millones de años. Impresionantes… los que saben de estas cosas dicen que han sobrevivido porque desarrollaron la capacidad de sintetizar tóxicos de mal sabor que evitaron seguir siendo comida para herbívoros.

Bosque de helechos arborescentes en Parque Amboró

Y cuentan que después de diez días de viaje, la vuelta a Parque Machía fue escalofriante. Si hace casi un año, Alex tuvo que dejarse la barba para que los monos le respetaran… ahora le achuchaban en señal de bienvenida y no podía desprenderse de sus abrazos. 

…está claro que estas cosas no se hacen por dinero. Hay asuntos en la vida que no entienden de monedas. Esas son las realmente valiosas y escasas.

Alex y Yoli son afortunados… pero creo que aún no lo saben.

viernes, 2 de junio de 2017

Carta abierta desde el fondo de la fosa

San Fernando (Cádiz), Junio de 2017


Señora presidenta de la Junta de Andalucía:

Los muertos esperan desde hace ochenta años. Sabemos dónde están y que son demasiados. Seis de los asesinados durante el terror fascista en San Fernando durante 1936, ya nos miran, inmóviles y descarnados, desde el fondo de la fosa. Esperan ser exhumados, identificados y enterrados con la dignidad que merecen. Eso es lo que esperan de nosotros.

Aún no sabemos quiénes son esos seis hombres —como usted sabe, la primera fase de la excavación sólo eran sondeos arqueológicos para localizarlos—. Y son muchos más. La lista de víctimas es larga. Podrían ser concejales de la última corporación republicana de San Fernando, sindicalistas, obreros significados, militares que no se decidieron a apoyar la sublevación, vecinos denunciados por otros vecinos, etc. Uno de esos seis cuerpos podría ser el de Juan Mantero Valero, el último de los dieciséis concejales de San Fernando asesinados entre agosto y noviembre de 1936. Tal vez.

Un 4 de noviembre de tal año mataron a Mantero, edil republicano del Ayuntamiento de San Fernando. Tenía 44 años y bastó una bala de fusil para dejar ocho víctimas directas: él, su viuda y seis huérfanos. El resto de su familia, sus vecinos y amigos cercanos quedaron instalados en la inacción por miedo. Su muerte no fue la consecuencia de una causa judicial, sus homicidas le aplicaron un Bando de Guerra ilegal que impusieron por la fuerza bruta de las armas y por la voluntad expresa de exterminar cualquier disidencia a su causa. Los ejecutores pensaron detenidamente cómo quitarle la vida y se aseguraron dos cosas. Primero, que la víctima no pudiera defenderse y, segundo, que el acto de su muerte no supusiera ningún riesgo físico para ellos mismos. No ejecutaron a Juan Mantero Valero, lo mataron con premeditación, impunidad y alevosía. Fue un asesinato…

Pero Juan Mantero Valero no era un criminal, fue un obrero metido a concejal desde el 27 de febrero de ese año. Su delito —y el de sus compañeros de corporación asesinados o represaliados— fue tener «ideas izquierdistas y/o ser masón» y, lo que era peor, representaba la legitimidad republicana y con ello la inquina de los sublevados contra ella. Lo decía expresamente el artículo 8º del Bando de Guerra que dictó el gobernador militar de la provincia de Cádiz, López-Pinto, el 18 de julio de 1936:

«Serán depuestas las autoridades principales o subordinadas que no ofrezcan confianza y no presten auxilio debido, y sustituidas por las que designe».

Juan Mantero Valero era autoridad republicana, izquierdista y masón, condiciones que resultaban incompatibles con la patria única, grande y libre que plantearon los sublevados contra la República.

Señora presidenta de la Junta de Andalucía, él y todos los asesinados en San Fernando, esperan desde el fondo de su fosa a que los políticos actuales decidan dar el paso siguiente: sacarlos a todos, identificarlos y darles una digna sepultura.

Como usted debe saber, la Asociación por la Recuperación de la Memoria Democrática de San Fernando (AMEDE), integrada por familiares de represaliados por el franquismo, bajo la dirección de un equipo técnico muy implicado (arqueólogo, topógrafo, antropólogos y voluntarios), también con la magnífica ayuda logística del Ayuntamiento de la ciudad y un convenio económico con la Diputación Provincial de Cádiz —incumplido a fecha de hoy, por cierto—, comenzó las catas arqueológicas en el cementerio de la ciudad el mismo día de noviembre que Donald Trump ganó las elecciones en Estados Unidos. Un mes más tarde encontramos los primeros restos. Tienen ustedes un informe preciso de más de 500 páginas, con los aspectos arqueológicos y topológicos de la excavación realizada, con los detalles de cada cuerpo localizado que expone el antropólogo forense, con las circunstancias que explica el antropólogo social. Y, además, tienen ustedes las estimaciones presupuestarias y la firme voluntad de los familiares de represaliados para sacarlos a todos en la siguiente fase. Y, finalmente, tienen ustedes, señora presidenta, una flamante Ley de Memoria Histórica que esperamos sea ágil para que nos sirva a todos.

Desde que finalizaron los trabajos de localización, los muertos siguen en el fondo de la fosa. Tapados con una lona, a merced de gatos, ratas y elementos… esperando que nuestras autoridades políticas autoricen a sacarlos, identificarlos y darles una sepultura digna.

Señora presidenta, ¿qué les impide tomar una decisión?



Asociación por la Recuperación de la Memoria Democrática,Social y Política de San Fernando. (AMEDE)

jueves, 18 de mayo de 2017

Los señores del Pino

Ella quiso que dijera una palabras en la ceremonia… y apenas pude. Los tanatorios ya suelen tener una sala sin símbolos religiosos para estos casos. Era lo propio para mi amigo. No era él un hombre de fe y habría sido una broma macabra relacionarle con liturgias religiosas. Él estaba convencido de muchas cosas, pero NO CREÍA, intentaba COMPRENDER. Y si no alcanzaba el conocimiento —porque la condición humana es así de limitada—, confiaba en que otros sí lo hicieran. La fe era inaceptable para él por la dejadez racional que supone.

Casi todos mantuvieron la entereza. Yo no pude… les expliqué a trompicones que hacía mucho tiempo, en el año 1980, a finales de agosto, mi amigo cumplió los treinta. Intenté que le imaginaran con treinta años, alto, guapo, con esa sonrisa socarrona…

estábamos en la Sierra de Cazorla, cuando Cazorla era un paraíso prácticamente virgen. Acampados en un prado. Dos tiendas al pie de un bosque espeso de pinos grandes. Al otro lado del prado, un riachuelo de agua cristalina. ¡Era final de agosto y, a pesar de la estación, el riachuelo discurría con fuerza! Todas las tardes, entre las cuatro y las cinco el cielo se encapotaba y descargaba un aguacero brusco y abundante…



Les conté que un hombre que acampaba al final del prado aprovechaba para enjabonarse la cabeza, el cuerpo y hasta le daba tiempo a enjuagarse. No había por allí duchas ni nada por el estilo y el tío se duchaba todos los días con la tormenta… y, ahora que lo pienso, ¡yo no recuerdo cómo nos lavábamos nosotros!

…la noche que mi amigo cumplió treinta años, de madrugada, se desencadenó una tormenta de narices. El viento acabó abatiendo un enorme pino que crecía junto a nosotros. El sonido fue espeluznante. Afortunadamente lo tiró para el lado contrario de nuestras tiendas, porque de otro modo nos habría aplastado y ensartado con las ramas. Era tan intimidante la fuerza natural desencadenada que a las tres de la madrugada abandonamos las tiendas y los equipajes, y nos marchamos con lo puesto, en su Dyane 6, al Parador Nacional de Cazorla…

…cuando nos vieron aparecer de aquella guisa, desencajados y contando una confusa historia de un pino que se había caído, se apiadaron de nosotros y nos metieron en las antiguas cuadras que se usaron para alojar a la escolta de Franco cuando el general iba a cazar por esos lares.

…a la mañana siguiente, durante el desayuno, los trabajadores del Parador decían que éramos los señores del Pino. Y esta forma de llamarnos la hemos mantenido mucho tiempo como una cosa de complicidad…

Entonces explique que les había contado esa tontería porque así tendrían una razón más para recordar nuestro amigo como el señor del Pino… que lo había contado en la inteligencia de que cada hombre no muere del todo mientras queden hombres y mujeres que le recuerden, compañeras que le amen, hijos y hermanos que le añoren, y amigos que le echen de menos. Pero no sé si me expliqué…

Cada hombre es la suma de un millón de momentos vividos; de amores que nos traspasan, de odios que generamos, de lecturas medio entendidas, de hombres y mujeres que nos rozan… y cada uno de esos momentos condiciona, aunque sea infinitesimalmente, el resto de la vida. Cada hombre es también la consecuencia de las conversaciones mantenidas. Y yo he tenido el privilegio de escuchar muchas veces a mi amigo…

Confesé que parte de lo que soy, de lo que pienso, de lo que me indigna, es a consecuencia de él. Les dije que mi amigo me atravesó y que mientras yo viviera él no morirá del todo… y que había sido un privilegio haberle tenido.

Pedí un aplauso para él. Vi cómo lo hacía ella, la señora del Pino, la mujer fuerte de puertas para afuera, y miré por última vez el ataúd de mi amigo…


domingo, 7 de mayo de 2017

El mundo de María

Yo la he visto abrazada al cuerpo de su hija. Sin fuerzas para llorar y sin comprender. Con ochenta y ocho años debería ser ella la que recibiera los llantos y no al revés. Pero la muerte pasó a su lado sin prestarle atención porque buscaba con saña a su pequeña. Hasta que se la llevó. La Señora de Negro siempre acaba imponiendo su fea voluntad. Y no lo entiende. María no entiende para qué sigue viva…


Todos los días la visitamos en la Residencia. La encuentro relajada en su butaca con los ojos entornados y me sonríe. Somos uno de los hitos que rompen su rutina diaria. Se apoya en el bastón y en mi brazo y, con permiso de sus rodillas, caminamos juntos hasta un rincón donde nos cuenta las cosas que va descubriendo día a día entre esas paredes y entre los hombres y mujeres que comparten ahora su vida. María apenas interfiere en su entorno, prefiere que la vida transcurra sin ella, que la dejen al margen y que nadie espere nada de María. Sonríe a todos sus compañeros y le gusta que le digan lo guapa que se ha puesto hoy. Y así los va conquistando…

Su mundo es ahora un pequeño universo estructurado donde cada anciano tiene su lugar. Ocupan siempre el mismo butacón. A esas edades es mejor que la vida esté pautada y que cada cual conozca qué va a pasar a continuación… las luchas por un status y la conquista por el liderazgo del grupo son cosas que hay que evitar. Pero ocurren.

Para María el transcurso del tiempo se hace más relativo cada día qué pasa. Ocurre que las mañanas son eternas y las tardes efímeras, o al revés. A María le cuesta a veces saber si lo que viene a continuación es la comida o la cena. Entre comida y cena se sienta junto a Fermina, que habla muy bajito y con acento murciano. María oye muy poco y por eso no la entiende, pero afirma cuando intuye que le hace una pregunta, y le sonríe. De alguna forma encuentran la manera de comunicarse porque comparten el mismo universo y conocen cuáles son las preguntas… luego, cada una compone la respuesta que se le antoja. Fermina tiene un hijo, pero vive lejos y la visita poco. María no sabe si Fermina tiene nietos… a lo mejor se lo ha dicho, pero María oye muy poco y Fermina habla en susurros, y así no hay manera.

José Domingo tiene tres dientes y se mueve con soltura por la Residencia, se conoce todos los rincones y se sabe todas las vueltas del funcionamiento. Cada vez que me encuentra me pide cincuenta céntimos para un cafelito… y me encuentra cada cinco minutos porque tiene memoria de pez. Lo tiene terminantemente prohibido, pero no hace caso y pide a todos los visitantes; se ve que no puede evitarlo. Al final hay que ponerse serios con él y sólo entonces se marcha.

Carmela viste siempre en todos marrones y lee libros para su hermano que va en silla de ruedas. Ella y su hermano no son demasiado mayores, siempre van juntos y a ambos les cuesta devolver el saludo cuando entro en la sala-biblioteca, aunque lo haga todos los días a la misma hora y les dedique un gesto amable. Carmela lee en voz alta y su hermano mira al frente imaginando la escena…

Juana se ha quedado dormida en una butaca de la biblioteca, entre sol y sombra. La cabeza caída y en la mano sostiene una vieja foto de un militar joven…

Hay ancianos que se aíslan voluntariamente… otros están radicalmente solos y no esperan nada. Recuerdo la primera vez que entré en la sala grande y los vi a todos sentados, muchos dormidos, otros desparramados en sus sillas de ruedas. Y recuerdo a mi sobrino Juanito, el nieto de María, que me decía con lágrimas en los ojos que no podía con esa estampa. Yo lo he comprendido al cabo de un tiempo. No imaginaba que detrás de cada uno de ellos, aparentemente abandonados a la indolencia, que no parecen esperar nada del tiempo que les toca vivir, latían tantísimas emociones… cada uno de ellos tiene un nombre, una identidad única, una historia viva y me entregan una sonrisa cada vez que entro en la sala. Los conozco ahora, Juanito, y sé lo feliz que son cuando se les dedica una simple sonrisa: te veo y te reconozco, le estás diciendo a cada uno.

Es tan sencillo.

lunes, 6 de marzo de 2017

El Cementerio de los Soldados

Este artículo se publicó en la Revista General de Marina. Ene/Feb 2017. Páginas 31-35
   
Hay en San Fernando, a orillas de la Bahía de Cádiz, muy cerca de la llamada Casería de Osio, un cementerio olvidado pero lleno de historias y de algún héroe anónimo[1].

Cuando en agosto de 1812 los franceses levantaron el sitio a las Islas Gaditanas —un cerco militar iniciado en febrero de 1810 que acosaba el último reducto de la España libre—, en el Cementerio de San Carlos[2] se habían inhumado novecientos cinco soldados y marineros españoles. Todos ellos muertos por heridas o enfermedad en un hospital militar provisional que se había habilitado, en febrero de 1809, en el Cuartel de la Nueva Población de San Carlos, antigua Isla de León (actual ciudad de San Fernando, Cádiz)[3].

Esos hombres, soldados y marineros, habían muerto defendiendo la independencia del último trozo de España (San Fernando y Cádiz) que permanecía al margen de la dominación napoleónica, ciudades donde se habían refugiado la Regencia del Reino y, a partir de septiembre de 1810, las Cortes Generales. Fueron hombres que dieron su vida mientras a sus espaldas se discutía y gestaba la primera constitución española, la de 1812, que inició una profunda transformación de la sociedad española y americana, y un larguísimo proceso —que se arrastró durante todo el siglo XIX— para superar el Antiguo Régimen. La muerte de estos hombres no fue, por tanto, un sacrificio inútil, ni merecen el olvido en el que han permanecido hasta el momento.

Actualmente el cementerio donde reposan estos españoles es un Sitio Histórico vinculado al Legado Patrimonial de los Lugares de las Cortes y la Constitución de 1812 en San Fernando, Cádiz y la Bahía[4], declarado Bien de Interés Cultural y, pese a ello, es un lugar abandonado, en ruinas y con una historia olvidada. No conserva cruces, lápidas ni epitafios. Es un camposanto totalmente olvidado e ignorado por casi todos. Irreconocible como tal porque ha perdido todas las señas propias de lo que fue. Sus muros se han ido cayendo piedra a piedra a lo largo de las últimas décadas[5]. Y, por supuesto, ningún hito físico recuerda la gesta de estos hombres cuyos restos permanecen ahí enterrados.



Pórtico del Cementerio de San Carlos (San Fernando), de inspiración neo egipcia. 2015


Pero no sólo los defensores de la primera Constitución reposan en el Cementerio de San Carlos. Hoy se conocen los nombres, apellidos y condición militar de trescientos trece prisioneros franceses que tuvieron el dudoso honor de ser los primeros usuarios de este camposanto. Fueron marineros al mando de vicealmirante Rosily y soldados del general Dupont, derrotados en Bailén.

Los primeros procedían de la escuadra gala rendida en la batalla de la Poza de Santa Isabel, el 14 de junio de 1809. Eran marinos y marineros que sobrevivieron a la derrota franco-española de Trafalgar, que desde octubre de 1805 —bloqueados por la flota inglesa— habían permanecido como aliados en el puerto de Cádiz. Sin embargo, los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid los convirtieron de la noche a la mañana en enemigos… y el último recurso de Rosily, imposibilitado para escapar a mar abierto donde esperaba el inglés, fue fondear su escuadra en mitad de la Bahía de Cádiz. Pero el acoso español, y la imposibilidad de recibir ayuda exterior, obligaron al almirante francés a rendirse. Más de tres mil marinos franceses fueron presos ese día.

Por otro lado, los 17.500 prisioneros tomados en Bailén en julio de 1808, soldados del general Dupont, fueron llegando a la bahía de Cádiz, y encerrados en pontones insalubres donde padecieron insufribles penalidades.

Para paliar las enfermedades de estos hombres se dispusieron dos hospitales provisionales. En Cádiz, el de la Segunda Aguada. En la Isla de León, se adecuó para tal fin una zona del Cuartel de la Nueva Población de San Carlos. Asociado a este último nosocomio, se habilitó un cementerio donde enterrar con discreción e inmediatez a sus pacientes muertos. Como ya se ha dicho, al menos trescientos trece prisioneros franceses, fallecidos en el hospital de San Carlos entre agosto de 1809 y febrero de 1810 reposan en el viejo cementerio. Hoy, ni lápidas ni epitafios los recuerdan.

Aquellos fueron los primeros. Los siguientes son los novecientos cinco españoles que defendieron la independencia española entre 1810 y 1812, los mismos que propiciaron con su sacrificio la génesis de la constitución liberal de 1812; la que en su artículo 13º proclama que la felicidad de la nación, y el bienestar de los individuos que la componen, es el objeto del gobierno. Pero no fueron los últimos. A lo largo del siglo XIX y la primera década del siglo XX, más de 5792 ciudadanos adscritos a la jurisdicción castrense fueron inhumados en este cementerio. La inmensa mayoría, soldados y marineros. Unos fueron defensores de causas liberales, y otros murieron defendiendo monarquías absolutas durante un convulso siglo XIX. Los hay cantonalistas y los hay que murieron camino de las colonias de ultramar. Incluso hay muertos que se quedaron sin patria por la que luchar y morir: los que volvieron después de perder Cuba y Filipinas. Hay enterradas monjas de la caridad, también niños, mujeres, personal de la maestranza del Arsenal de la Carraca, bogadores de faluchos, inválidos de Marina, capellanes, cocineros, médicos, aprendices de múltiples oficios, presos de la jurisdicción ordinaria, sirvientes del colegio naval militar, prisioneros carlistas; cabos de vara[6], desterrados y confinados políticos en el Penal de Cuatro Torres, insurgentes cubanos, hay tres ajusticiados a pena de horca y descuartizamiento posterior, y posiblemente haya enterrados un número indeterminado de republicanos fusilados durante la guerra civil. Muchos muertos sepultados en este cementerio como para que siga olvidado y en ruinas.

Pero no nos engañemos, además de los franceses enterrados, la realidad es que estos ciudadanos fueron españoles del siglo XIX que vivían y morían en un país anclado en una profunda incultura y miseria. En el cementerio de San Carlos no reposan marinos ilustres, ni soldados ilustrados. Difícilmente estos hombres empeñaron su vida por ideas o ideales propios, más bien cayeron por ideas o ideales de otros.

Y, sin embargo, todos ellos tienen un factor común: murieron mientras vestían el uniforme militar de la nación que les tutelaba: España. Todos estos muertos han contribuido de alguna manera a que cada uno de nosotros hoy seamos conscientes de pertenecer a una patria.


Conclusión

Después de recuperar la historia olvidada de este cementerio ya no deberíamos hacer caso omiso de estas piedras ni de esta historia. De una u otra forma es nuestra obligación darle a este lugar la importancia que merece. No es la importancia subjetiva que cada uno interprete, no, hay una importancia objetiva inherente al objeto patrimonial, en este caso un viejo cementerio de soldados.

Porque un cementerio de soldados exige la obligación ineludible de cumplir con un acuerdo tácito: ellos, los soldados, entregan la vida si es preciso (y no solo hablamos de muertes heroicas en el campo de batalla, no es eso, porque la inmensa mayoría de estos hombres murieron de tisis y disentería en la cama de un triste hospital) y a cambio, la nación que los tutelaba, les entregaba un pedazo de tierra para descansar dignamente. Ese era el trato: ellos daban la vida mientras vestían el uniforme de su patria, y la nación les garantizaba a cambio un pedazo de tierra donde caer muertos.

Y así se hizo en este cementerio hasta que el olvido extinguió el compromiso. A partir de entonces, nadie se ha preocupado por cumplirlo…

…hasta hoy. Una vez recuperada la historia y las circunstancias de este cementerio de soldados, no podemos ignorar nuestra responsabilidad. Entre todos ciudadanos, representantes políticos y autoridades militares, deberíamos cumplir con nuestra parte del trato: asegurarles un pedazo de tierra digno, reconocible e  identificable donde se les puede recordar.

Se lo debemos.



[1] Este artículo es una consecuencia del libro titulado Un camposanto sin epitafios. (Anotaciones para la historia del Cementerio de San Carlos), de Miguel Ángel López Moreno. Editado en San Fernando,  @MilanLoMo - 2016. Es un libro que recupera los orígenes e historia de este olvidado cementerio castrense situado en un extremo de la Población Militar de San Carlos, en un claro intento de integrar en la ciudad este objeto patrimonial e histórico. Más información en:
[2] A falta de una historiografía para este cementerio, en la ciudad de San Fernando se le conoce popularmente de distintas formas: Cementerio de los Franceses, de los Ingleses, de la Casería de Osio, de San Carlos, Militar y de los Soldados.
[3] El Hospital de San Carlos ha permanecido bajo jurisdicción militar hasta 2013. Ese año pasó a depender del Servicio Andaluz de Salud.
[4] El Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA) publicó el 15 de Marzo de 2012 la inscripción oficial en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz del llamado ‘Cementerio de los ingleses’ como Bien de Interés Cultural (BIC), con la tipología de sitio histórico, en el legado patrimonial de los lugares de las Cortes y la Constitución de 1812 en San Fernando, Cádiz y la Bahía.
[5] Si bien es cierto que el Ministerio de la Defensa, como titular de los terrenos, ha propiciado una intervención puntual en mayo de 2016 para evitar el desplome de los muros que quedan en pie.
[6] Nos referimos a Cabos de Vara del Penal de Cuatro Torres del Arsenal de la Carraca, una especie de capataz entre los penados. La vara que lo identificaba no sólo era un símbolo de autoridad, sino herramienta disuasoria. 

sábado, 18 de febrero de 2017

Historias en diferido: Hibridación

Sobre las peripecias de Alex y Yoli, cooperantes en la Comunidad Inti Wara Yassi, selva amazónica de Cochabamba.



El ataque comenzó a las 9 de la mañana. Alejandro había liberado a los monos capuchinos y se fue a desayunar con los compañeros. Corría el mes de febrero y esa mañana la temporada de lluvias daba un respiro. Era una delicia compartir ese rato sagrado con los amigos. No hay nada mejor que tener un enemigo reconocido para palpar la solidaridad de los tuyos. En este caso el trabajo duro, el calor, la lluvia y la escasez de medios son el enemigo perfecto para sentirse miembros de un mismo asunto: cuidar la fauna amenazada de un lugar… ninguno de los cooperantes de Parque Machía, en la Amazonía boliviana, podía imaginar que el verdadero enemigo estaba a punto de atravesar la floresta y atacar…

 

A Kaya le extrajo Yoli más de cuatrocientos aguijones de abejas asesinas.
No logró sobrevivir.

El experimento lo había iniciado el gobierno de Brasil en 1956. Lo dirigía Warwick E. Kerr, un biólogo brasileño considerado de los mejores genetistas y especialista de abejas en el mundo. Trajo de Tanzania sesenta y tres abejas reinas africanas con el propósito de hibridarlas con las domesticas y mejorar la producción de miel. Y lo hicieron. El equipo del doctor Kerr, mediante inseminación artificial, logró veintinueve ejemplares de reinas híbridas…

Dicen que fue un accidente. Al año siguiente, unos trabajadores abrieron la puerta equivocada y veintiséis reinas híbridas quedaron en libertad. Lentamente comenzaron a reproducirse formando colonias salvajes fuera de control. No pasaron muchos años hasta que en áreas rurales del norte de Brasil se observaron ataques muy agresivos de abejas incontroladas sobre animales e incluso hombres. Poco después, a principios de los años 60, ya estaba claro que las abejas híbridas formaban colonias salvajes y se expandían con un comportamiento extremadamente agresivo. No hay seguridad sobre quién fue el primer hombre muerto por sus picaduras, pero ocurrió en los años 90.

No hay gran diferencia morfológica entre las abejas domesticas y las híbridas africanizadas. Tampoco son más venenosas… lo que realmente las hace letales es el comportamiento defensivo. Todas, en masa, defienden ferozmente la colonia hasta un radio de novecientos metros de ella… y se sienten amenazadas al mínimo asomo. Atacan a los ojos y a las zonas oscuras y cuando eso ocurre desprenden una feromona con olor a banana que las vuelve tremendamente agresivas.

Recuerdo que al principio, cuando Alejandro y Yoli llegaron a Parque Machía, decía que los monos araña eran buena gente, pero que los capuchinos eran unos cabroncetes (habían mordido a Yoli en la frente). Para poder hacerse con ellos se dejó crecer la barba y, aún así, tuvo que sufrir el ataque de Alvarito que, en la disputa del liderazgo, le desgarró la oreja de lado a lado. Pero hoy, a una voz de Alejandro se acaban todas las peleas entre los capuchinos. No solo es el mono alfa, es también su protector…

…las primeras abejas asesinas llegaron, después del desayuno, desde la floresta. Fueron muy rápidas. Vieron cómo bajaba una nube oscura y comenzaban a atacar a los capuchinos, pero eran tantas que tuvieron que retroceder para cubrirse con ropa y capucha. Cuando Alejandro volvió ya habían envuelto por completo a Kaya. Pudo recoger a Mema y a los otros, pero incluso dentro de las jaulas los seguían aguijoneando. No es fácil explicar el vínculo que se forma entre el cuidador y sus animales. Debe ser una extraña empatía que aflora al margen de lo racional, un deber con tus propios valores que te hace olvidar el peligro que supone introducirte en medio de un enjambre de abejas asesinas para salvar a los que confían en ti… es algo que no tiene valor económico y, justamente por eso, una inmensidad de ciudadanos no lo entiende. En la vida no todo es rentabilidad económica… hay algo mucho más valioso: el respeto hacia ti mismo.

Todos, cooperantes y trabajadores de Parque Machía, moviéndose entre la nube de abejas, formaron hogueras con leña fresca para que la cortina de humo rodeara el contorno, y eso parece que detuvo el ataque poco a poco…

Cuando se marcharon las abejas, Yoli extrajo a Mema más de doscientos aguijones. Ella misma le señalaba dónde estaban clavados. Fue una de las más atacadas. Deformada y dolorida, esa noche, para vigilar su evolución, durmió en la habitación de Yoli y Alejandro. Mema sobrevivirá… y, a su manera, no creo que nunca olvide lo que estos humanos hicieron por ella.

Pero Kaya murió. Tenía más de cuatrocientos aguijones en su cuerpo. Demasiados para la pequeña capuchina. Me decía Alejandro:

— Estaba completamente cubierta de abejas. Tengo grabada su cara, mirándome, sin fuerzas ya, dejándose matar, sin luchar contra el enjambre…

…sí. En el mundo hay valores mucho más poderosos que las razones económicas.

domingo, 29 de enero de 2017

La gaviota dominante

En a Praza da Ferrería de Pontevedra se desparramaba el sol mañanero de invierno. Ya era raro que no viniesen nubes a ensombrecerlo todo porque por aquí son frecuentes las nubes y el orvallo. Detrás de mí un par de nórdicas, blancas como la leche, se habían plantado cara al sol… como hacía servidor en su juventud, cara al sol con la camisa nueva.



Poco después se sentó en mi banco un hombre sin techo. Olía a cochinera y a cenicero, y esputaba en el suelo sin miramientos. No le culpo por oler así ni por escupir, pero me siento incomodo. Otro sin techo le regala una lata de cerveza y hablan de sus cosas en un gallego demasiado cerrado. No les entiendo.

Enfrente, al otro lado de la Praza da Ferrería, cuatro señoras nonagenarias ocupan un banco. En realidad, una de ellas tiene 103 años y mantiene lucidez e independencia plenas. Han salido de un oficio religioso en la pequeña iglesia de la Peregrina. Todas ellas son viudas de hombres de orden y elegantes pontevedresas. Hay un contraste enorme entre ambos bancos. Hace ya unos años, en esta misma plaza vi jugar a tres niños; uno era negro, otro tenía aspecto de ser un gallego de toda la vida y el tercero era un tostadito magrebí. Cada madre ocupaba un banco distinto. Cada una vigilaba atentamente a su cachorro y, quiero pensar que cada una de ellas se sintiera discretamente orgullosa de contribuir a esa simbiosis cultural. Era cuando Zapatero hablaba de su Alianza de Civilizaciones. Siempre he pensado que, en resumidas cuentas, se trataba de poner los andamios para globalizar esa escena: tres niños, tres culturas, un solo juego. Pero, desde entonces, las cosas han ido en sentido diametralmente opuesto. Ahora, en diciembre de 2016, Donald Trump ya era presidente electo. ¡Dios bendiga a América! Y al resto que nos coja confesados.

Hay paseantes, con las manos a la espalda. Parece que les da igual lo que pasa en su plaza. Las palomas no dejan nada comestible en el granito del suelo, ni la menor partícula. Sin embargo los gorriones son rápidos y oportunistas… Pero llegan unas gaviotas a la plaza y se hacen dueñas de la situación. Disputan a las palomas un trozo de bizcocho, y vencen. Son más grandes, más agresivas y con un pico mortífero. La dominante alcanzó un gorrión de un picotazo y lo devoró en dos trozos… 

...y la vida siguió igual en a Praza da Ferrería.

viernes, 6 de enero de 2017

Historias en diferido: A veces la vida no se abre camino

Sobre las peripecias de Alex y Yoli, cooperantes en la Comunidad Inti Wara Yassi, selva amazónica de Cochabamba.


 Buscando al Delfín Rosado en el Río 24… hay tantos ríos que, en lugar de nominarlos, los numeran.

Puede que aquí resulte imposible de creer, pero a veces la vida no se abre camino. A pesar de lo ubérrimo de la Amazonía que nos enseñan Alex y Yoli, la vida se atranca y por más atención, voluntad —incluso amor—  que aplican para mantenerla, no resulta viable. En este hábitat pareciera que no hay un solo palmo inerte; que el proceso vital explota incontenible en cada centímetro… pero a veces no es así y se nos olvida que es tan frágil la vida como mantener una canica en equilibrio sobre el filo de una cuchilla. No sabemos por qué, pero cada ser vivo —esa cosa que produce copias de sí misma y hasta es consciente de su propia existencia— es una singularidad en el universo; una osadía tan improbable como esa canica en equilibrio sobre la cuchilla…

…los humanos siempre tenemos más preguntas que respuestas, y no poder responderlas nos hace humildes. Un saltamontes no puede apreciar un poema de Neruda, simplemente porque no lo necesita para sobrevivir... pero nosotros hemos conquistado tiempo para preguntarnos y, a veces, necedad para inventar respuestas. 



El perro llevaba dos días tirado a un lado del camino, inmóvil, entre Parque Machía y la pequeña aldea. La primera vez que Alex y Yoli pasaron a su lado lo dieron por muerto. Un atropello más, pensaron. Son muy frecuentes en ese tramo… de perros y de hombres. Al día siguiente, movió levemente el rabo cuando ellos pasaron. Una mirada y un leve movimiento de la cola fueron suficientes. A pesar del dolor que debía sentir el pobre animal, lamía las manos de los humanos. Con un par de cañas y una camiseta improvisaron unas angarillas para llevarlo a la pequeña clínica. Yoli le arregló la pata rota… pero las lesiones internas demostraron ser irrecuperables. No pudo ser y a los tres días, para ahorrarle sufrimientos, le ayudaron a morir…

…y entonces, cuando la vida se atranca y la mirada del pobre perro se torna de cristal —como la del tamandúa sin nombre que amamantaron con leche de gata, o la de Luisito, el imprudente capuchino que comía cucarachas; o la del carachupa que dejaron sin oreja de un mordisco…— es entonces cuando somos conscientes de que, a pesar de la exuberancia de la Amazonía, todo juega a favor del Caos. Y comprendemos que el universo camina siempre en contra del extraño orden que supone la vida, que progresa inexorable hacia la mínima energía, la desorganización máxima y la quietud.

Nosotros, y todas nuestras preguntas, somos insignificancias. La nada es nuestro destino.