lunes, 23 de marzo de 2020

El pueblo y no las élites




Domingo, 22 de marzo de 2020. Primera semana de cuarentena. La cama me rechaza temprano. En el Sur amanece un estupendo día de primavera. Después de la lluvia nocturna el patio huele a la tierra mojada. Disfruto de ese instante y procuro desechar cualquier otro pensamiento. Más nos vale. Boro-boro trota contenta hacia el parque del Barrero… pero está cerrado. El estado de alarma tiene estas cosas. Por el camino solo nos cruzamos con otro perrito y su dueño. No nos conocemos, pero nos saludamos con una especial cordialidad (los humanos, digo). El otro perro se encara con un gato indolente que toma el sol en mitad del camino. No se inmuta el felino. Boro-boro ladra envalentonada para ayudar a su colega… pero el gato sigue impasible en su puesto. Ni se molesta en abrir los ojos y los perros mantienen la distancia. ¡Esto no es lo que era! Los tiempos siguen cambiando desde que lo anunció Dylan… y me parece que jamás van a dejar de cambiar.

Gente junta / (c) Milan-2012

Ayer dio una charleta televisiva el presidente Sánchez. A él le toca ser la cabeza visible de este país enclaustrado. ¿Logrará serlo? Este coronavirus, y las medidas para combatirlo, está creando entre nosotros la conciencia de pertenecer a un mismo colectivo (me parece que esto pone de los nervios a la derecha filofascista, y a la otra también). Es algo que teníamos muy atrofiado, lo de sentirnos miembros de una misma cosa, digo. Ahora, cuando nos ataca el mismo enemigo, en cuestión de días estamos redescubriendo de somos un pueblo capaz de cosas que ni sospechábamos. Es verdad que la pandemia nos hace vulnerables, que nos sumerge en un baño de humildad, pero al mismo tiempo parece que —de momento— nos hace mejores personas. Da la sensación de que con el país en cuarentena entendemos por fin qué es lo verdaderamente valioso en nuestro modelo de sociedad: los ciudadanos. Y en concreto, la gente que pelea cara a cara contra el virus en hospitales, en las calles y fábricas, en los servicios básicos, en las fuerzas armadas, en las distintas policías y demás funcionarios; los miembros de protección civil, los que trabajan en el sector primario, los que están detrás de las cajas de los supermercados y muchos más… Ciudadanos fundamentales mantienen nuestro entramado vital. Son ellos lo más valioso de nuestra sociedad.

El virus ha servido para entender eso, que el sostén del Estado no son los políticos, ni las estrellas del deporte, ni los famosetes encumbrados por la telebasura, ni los privilegiados por nacimiento. Muchos de estos —incluida la familia real, por supuesto— se han convertido, de la noche a la mañana, en personas prescindibles. Sólo son un mal escaparate de la sociedad, son el circo cutre, productos de usar y tirar… y, por lo general (salvo honrosas excepciones), difícilmente son ejemplo para nadie.

Hoy hemos comprendido que una cajera de supermercado es mucho más importante que un futbolista o un famosete infumable. ¡Qué pequeñas y que ridículas parecen ahora esas estrellas mostrando en las redes sociales sus gracietas encerrados en sus lujosas casas! ¡Qué insustancial parece el rey diciendo a destiempo pamplinas que a nadie interesa!

Susana, mi cajera-reponedora del MAS, es mucho más importante que cualquiera de ellos. ¡Ahí está, detrás de la caja, expuesta día tras día a un contagio! ¿Por cuántos euros al mes se expone Susana? ¡Ojalá! la pandemia nos sirva de reflexión y comprendamos que el objetivo de toda política debería ser el bienestar de los que sostienen a la sociedad: la gente real, la importante, es decir, el pueblo —esos héroes anónimos que se lo trabajan y cumplen con sus obligaciones—. Los que construyen día a día la intrahistoria unamuniana. A esa gente debemos la cohesión de nuestra sociedad, no a los que emergen de la basura mediática, no a los que nacen en camas nobles, no a los surgen de una democracia formal y traicionada.

Me gustaría que una de las consecuencias de esta crisis sanitaria, social y económica fuese un cambio de mentalidad que reconozca al pueblo —no a las élites ni a los mercados— como el pilar básico de la sociedad. Y que su bienestar sea el objetivo inviolable de la política.

jueves, 19 de marzo de 2020

La lluvia del tercer día



Miércoles, 17 de marzo de 2020. Tercer día de cuarentena. Las calles vacías. Llueve… detrás de los cristales, llueve y llueve, sobre los chopos medio deshojados, sobre los pardos tejados, sobre los campos, llueve. Una DANA se ha plantado encima de nosotros y nos regala sus lágrimas. Invita a mirar a través de los cristales de tu casa, convertida en una jaula por culpa del coronavirus. Ojalá la lluvia no cause daños añadidos. Quiero ser optimista con el futuro que siga a la pandemia, pero me cuesta. Somos frágiles… frágiles y un poco viejos. Hemos aprendido que para pensar en el futuro hay que tener en cuenta la economía. Y para vencer la pandemia nos hemos enclaustrado y detenido en seco la espiral creciente de producción y consumo. ¿De qué va a vivir la gente si no reconstruimos el consumo incontrolado de cosas y servicios, aun sabiendo que es un camino insostenible? Volver a lo mismo, a lo que hemos venido haciendo hasta ahora, implica enormes emisiones de dióxido de carbono, cambio climático, desastres naturales y, sobre todo, implica desigualdades sociales crecientes y explosivas.  El capitalismo, con sus crisis sistémicas (esos parones para reiniciar el expolio de los más pobres, eliminar a los improductivos como sobrantes y acrecentar las desigualdades entre grupos sociales), es un fracaso. Como fracaso fue la praxis comunista ensayada y traicionada siempre… pero nadie habla del fracaso del capitalismo, ese sistema aniquilador de lo público y esclavizante de personas. O si lo dicen unos pocos son ridiculizados por los medios que crean la opinión en manos, por supuesto, de los propagadores del neoliberalismo más salvaje e inhumano.

Imagen cortesía de Ángel López González

Yo sé —como lo sabe todo el mundo— que la felicidad de la gente no puede basarse en consumir cosas inútiles o en viajar emulando grandes aventuras con cara de bobalicones y barriguita cervecera… pero si dejamos de hacerlo nos caemos de la bicicleta. Es lo que está pasando por culpa del coronavirus… que hemos dejado de pedalear y nadie ha inventado una alternativa a la bicicleta. Nadie explica que, a pie, sin bicicleta, también se llega a las grandes alamedas… tal vez más lentamente, pero sin jadear, respirando, hablando con tu compañero y mirando el entorno. Nadie explica que existe vida al margen de lo neoliberal. La vida puede ser más amable. ¡Tiene que ser más amable! La inmensa mayoría de la gente de este planeta lo quiere… entonces ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué no jubilamos a los que trabajan con la desigualdad como método y categoría? ¿Por qué no desplazamos a los que se empeñan en acumular la riqueza explotando a los más pobres? No sé… tal vez por la misma razón por la que los judíos fueron dócilmente a los campos de exterminio. Porque era inconcebible tanta crueldad en los de tu misma especie.

Que un país se quede en casa es una experiencia que todos vamos a recordar, y saca lo mejor de cada uno de nosotros. Está claro que no hay nada más adecuado para cohesionar a un pueblo que un buen enemigo externo. Esta vez no son pérfidas albiones o altivos gabachos los atacantes. Esta vez es un virus lo que nos hace comprender de nuevo que somos un pueblo cohesionado, sin necesidad de banderitas ni fanfarrias. Pero me temo que la recesión económica que va a llegar será histórica y hará saltar por los aires cualquier cohesión inicial. Ojalá me equivoque, pero a la solidaridad cívica y espontanea de los primeros días seguirá el egoísmo propio del animal atávico que llevamos dentro. Ese sálvese quien pueda es tan contagioso como la compra compulsiva de papel higiénico. Y, que no nos quede duda, es lo que conviene a los que mandan en la sombra: que no les identifiquemos como los verdaderos enemigos y que nos peleemos entre nosotros, con nuestros iguales, por las migajas que nos dejan.

Lo más probable es que estemos entrando en una nueva época. Una época en la que los poderosos generen tal crisis social y económica que, para escapar de ella, se justifiquen soluciones autoritarias. Ya pasó en la primera parte del siglo XX. Parece que cada generación tenga que experimentar por sí misma los infiernos que lograron superar las anteriores…

viernes, 21 de febrero de 2020

Mientras dudamos



Mientras dudamos, mientras pensamos con cuidado qué tenemos que hacer, el fascismo del siglo XXI progresa con decisión… La imagen que se me forma en la cabeza cuando escribo estas palabras es la de tres militares sin honor que el 18 de julio de 1936, en trajes de campaña, correajes y pistolas al cinto, suben las escalinatas del ayuntamiento de San Fernando (Cádiz) y detienen a punta de pistola a los concejales republicanos de la ciudad. ¿Su autoridad? Sus pistolas y la amenaza de usarlas. La decisión, la marcialidad y la osadía de esos tres militares indeseables se hizo proverbial. Mientras todo el mundo en San Fernando permanecía expectante ante el desafío del general Franco y el ejército de Marruecos, ellos se adelantaron, tomaron la iniciativa y vencieron… el que golpea primero, golpea dos veces. Mientras la gente de honor pensaba qué cosa debía hacerse, el fascismo del siglo XX tomó el poder en San Fernando y en media España.


Hay algo atávico en el ser humano que nos predispone a desbloquear el instinto más bajo, lo más brutal de nosotros. Dicen los que saben de estas cosas que nuestro cerebro de reptil (que ni piensa ni siente, solo actúa) sigue vivo y latente ahí debajo, en lo más profundo de la masa encefálica, proponiendo una conducta instintiva, poderosa y muy resistente a los cambios. Esa parte del cerebro es la que nos hace territoriales y violentos, y la que nos inclina a defender lo más primario para sobrevivir: mi tribu, mi territorio, mis fronteras, mi hembra, mi prole, mi tradición, mis dioses, mis enemigos… y, en nombre de estas claves, ese cerebro es capaz de cometer las mayores atrocidades mediante respuestas elementales, poco complicadas en lo emocional y en lo intelectual. Cuando dejamos actuar a nuestro cerebro reptiliano nos comportamos como animales salvajes. Las dos guerras mundiales del siglo XX y, sobre todo, los genocidios perpetrados fríamente por los regímenes totalitarios lo muestran. Los animales, no tienen opción… pero la gente civilizada sí la tiene.

A esta parte irreflexiva del cerebro apelan las ideologías totalitarias con éxito asegurado. Ocurrió así con el fascismo italiano, el nazismo alemán, el estalinismo soviético, el franquismo carpetovetónico y demás ponzoñas ideológicas que hoy vuelven a aflorar como setas después de la lluvia. Fueron —y vuelven a ser— ideologías que apelan a lo más primario del ser humano con mensajes sencillos (…en España no puede quedar ni un judío ni un masón ni un rojo, por ejemplo) que tuvieron inmediatas respuestas atávicas y brutales. Es decir, respuestas que aquí en España llenaron las fosas comunes de masones y rojos, ciudadanos que no cabían en esa España excluyente que diseñaron militares sin honor y fascistas sin misericordia… porque esos conceptos-valores [honor y misericordia] no se conjugan en el cerebro reptiliano.

En esas ideologías no caben ni el altruismo ni la empatía, porque tampoco caben en el cerebro de reptil: no está hecho para esas tareas. En los comportamientos fascistas, sincronizados con las potencias del cerebro reptiliano, priman los intereses de la pequeña tribu, lo demás es prescindible. Las conquistas de la historia, el humanismo en sentido amplio, el arte y la poesía, la inteligencia y la sensibilidad, todo lo trascendente, la lucha por colocar al hombre y a la humanidad en el centro de la reflexión por encima de los catetismos nacionales… nada de eso tiene la menor importancia, son cosas prescindibles para los comportamientos fascistas. America, first. Arriba España. Una Patria, un Estado, un Caudillo…

Se nos olvida que las conquistas de la civilización son lo único que disponemos para domeñar nuestros atavismos más primitivos, es decir, para atajar los fascismos del siglo XXI. Desgraciadamente la costra de civilización que hemos creado es extremadamente frágil… ¿qué son cinco mil años de culturas humanas frente a los 3000 millones de evolución biológica para que sobreviva el más fuerte?

Y mientras dudamos qué debemos hacer con la civilización, el nuevo fascismo progresa adecuadamente para destruirla otra vez. El hombre reptiliano vuelve a mandar… es la reconquista de los hombres sin complejos.