sábado, 17 de junio de 2017

…en el intento de alcanzar algo parecido a la utopía


«Si las leyes de derechos humanos dificultan la lucha contra el terrorismo, cambiaremos las leyes», ha dicho la premier británica Theresa May. Tiene su lógica. Supongo que lo dice en un intento de conectar con los que quieren (y es lo queremos todos) defenderse eficazmente del terrorismo islamista. Del islamista, digo, que aquí en occidente no se habla del terrorismo propio, del que generan los poderes financieros sobre el resto del planeta… está hablando May del terrorismo yihadista que emana del Estado Islámico que, a su vez, es una derivada del dominio que los occidentales hemos ejercido sobre las actuales naciones islámicas. De ese terrorismo habla, no de otro.


Con mensajes como el de Theresa May acabará pasando lo que pasó en Estados Unidos después del ataque japonés de Pearl Harbour, que metieron en campos de concentración a todos los americanos de origen japonés. Lo mismo pasó en el Cádiz de 1808, que la colonia comercial francesa, que había convivido con nosotros durante lustros, se convirtió de la noche a la mañana en enemiga, y los encerraron en los pontones anclados en mitad de la Bahía. Y a poco que prosperen en Europa los movimientos fascistas —que ya estamos en ello—, y a poco que ayuden los yihadistas creando terror —que también están en ello—, acabaremos expulsando a los europeos de origen islámico al otro lado del mar. Es lo que nos pide el cerebro de reptil que conservamos todos, que, por cierto, encaja la mar de bien con la idea fascista de las cosas.

Posiblemente yo haría lo mismo… porque, lo reconozco, tengo bastante de reptil. Pero frente a esa pulsión visceral y atávica deberíamos anteponer los siglos de civilización que nos han modelado. Somos la consecuencia histórica de un siglo XVIII, plagado de luces y racionalismo. Y somos la derivada de revoluciones que nos convencieron de la igualdad entre los hombres, sin distinción de cuna o cultura. Ya sé que esto es una entelequia, pero al menos somos capaces de imaginarla y percibirla; y caminamos por la historia, tropezando una y otra vez, en el intento de alcanzar algo parecido a esa utopía…

…a los yihadistas les falta este hervor. Ellos, y sus luceros de mezquita, siguen atascados en lo oscuro del Medievo, embrutecidos por una creencia que les exonera de la responsabilidad de sus actos. Y sin responsabilidad, como carácter inherente de sujeto libre, construyen ejércitos de irresponsables —dispersos y encriptados en nuestra sociedad— para ganar un cielo lleno de huríes. No hay mayor fracaso para el ser viviente que entregar su pulsión de vivir. Fácil, porque, además, somos un enemigo odioso que nos merecemos su odio, por prepotentes, por el expolio que hemos hecho de sus recursos y por el menosprecio histórico que le hemos dedicado. Y así cierran el círculo para justificar su guerra santa, su sacrificio y su eterno premio.

No es fácil sobreponerse al cerebro de reptil. Después de ver imágenes de un terrorista apuñalando a un hombre normal en el Puente de Londres, a servidor le pide el cuerpo que esos especímenes sean considerados sub-humanos… Porque si los cosificamos será extremadamente sencillo despojarle de derechos humanos y, en consecuencia, las masas sin conciencia ya nos encargaremos de lincharlos físicamente, sean realmente yihadistas o simplemente lleven la barba al uso. Las masas no somos receptivas al pequeño detalle de la culpabilidad, lo que queremos es venganza y nos da igual que la víctima sea culpable o no. No hay descenso a la barbarie más clara que esa… y Theresa May apunta a ese camino cuando dice lo que dice. Los patriotas filo-fascistas siempre plantean la misma ecuación:

La seguridad es inversamente proporcional a la libertad individual.

Y  nos tienen convencidos de que es inevitable… pero, no sé por qué, no me fío de estos buitres que gobiernan el planeta.

Yo no sé cuál es la solución para ganar esta guerra contra combatientes oligofrénicos, pero mermar los DDHH como dice May o como vienen haciendo los buenos patriotas americanos en Abu Graib, en Guantámano, o en numerosas cárceles secretas de la CIA repartidas por el mundo, es un retroceso catastrófico para la humanidad.

No sé… ¿y si reconociéramos que occidente también provoca terror y que esa ha sido su política histórica? Exterminar pueblos y culturas para saquear y enriquecerse con sus recursos, y provocar su pobreza crónica. ¿Y si intentáramos intervenir en un sistema financiero terrorista que provoca muertes a escala planetaria cuando especula, por ejemplo, con el precio de las cosechas futuras?


¿Y si intentáramos comprender por qué nos odian tanto?

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