Hace poco conocí a Miguel. Todos los días viene al
cementerio para poner flores en el nicho de su mujer. Miguel es viudo desde no
hace mucho tiempo… tiene 91 años y en 1936, cuando comenzó el Glorioso Movimiento Nacional Salvador de la
Patria —que así aparece al final de los documentos de la época—, tenía
once.
Mis amigos le veían venir todos los días a la misma
hora. Y a fuer de saludarle entablaron conversación. Mis amigos están haciendo
catas arqueológicas en el cementerio de San Fernando para tratar de encontrar
las fosas comunes de la Guerra Civil. Los asesinos que se levantaron en armas contra la II República, los sacaban de la cárcel municipal o de los penales de la ciudad, y los fusilaban antes del amanecer, con impunidad y sin juicio. Luego ataban una cuerda en los pies de los cuerpos y los arrastraban hasta la fosa que buscamos ahora... si alguno daba señales de vida, le pegaban un tiro de gracia.

Fosa común del Cementerio de las Palmas. Fuente de la imagen
Cuando Miguel supo lo que estaban haciendo mis amigos recordó a
don José Lucas, su maestro. Entre la vorágine de recuerdos y penurias de ese
tiempo de barbarie, lo primero que se le vino a la cabeza fue el recuerdo de su maestro. Un
simple maestro de barrio…
El nicho de María, su mujer fallecida, está junto a lo
que mis amigos llaman Cata Número 4.
Cuando vi llegar a Miguel, venía pulcramente vestido, acompañado de hijos y
nietos. Tal vez quedara un poco sorprendido por la atención con que le
recibimos. Miguel es uno de los pocos hombres vivos que vio la fosa abierta con
sus propios ojos, la fosa común que buscamos.
Pero no fue su condición de testigo vivo de la fosa lo que me interesó de Miguel. Lo que me resulta
fascinante es que este hombre asocie la barbarie del 36 con su maestro…
— Se llamaba
don José Lucas —me dice—. No recuerdo
el segundo apellido. Tenía la escuela en la calle Real, más abajo de la Iglesia
Mayor, en la misma acera. Minerva se llamaba… sí, eso: Colegio Minerva. Y de pronto,
no sé, el maestro dejó de ir a la escuela. No sé qué le pasó. Nadie dijo nada y
yo siempre me he acordado de don José…
El próximo día que le vea se lo contaré. Creo que
Miguel merece saber que su maestro se llamaba José Lucas Velázquez, que era natural
de San Fernando, hijo de José y de Inés. Que se casó con Mª del Carmen Luque y
que tuvo un hijo póstumo. Era maestro con
colegio particular —así lo dejaron escrito los curas que presenciaban los asesinatos—, concejal del ayuntamiento y
masón. Le diré también que lo apresaron en su casa y posiblemente lo encerraran
en el Penal de la Casería de Osio, que luego lo llevaron al Penal de Cuatro
Torres, en el Arsenal de la Carraca, y que el 28 de agosto de 1936 lo mataron
allí mismo, en un lugar que sus asesinos llamaban Caño de la Jarcia. Solo tenía
27 años. Le contaré —aunque esto no es preciso, porque él lo ha sabido
siempre—, que don José no era ningún criminal, que le aplicaron algo que los
carniceros llamaron Ley de Guerra, y que con esa excusa pretendían acallar sus
conciencias y justificar su crimen. Le diré que junto a él, abatidos por el
mismo pelotón de fusilamiento, murieron once hombres más, todos ellos militares
que no secundaron la rebelión contra la República, o simplemente dudaron sobre
qué órdenes tenían que obedecer. También le contaré que a todos ellos los
enterraron en la fosa común que estamos buscando a escasos metros de su difunta
esposa…
…y que por eso su maestro no volvió a la escuela.
Y así, ochenta años tarde, concluiremos una pequeña historia que estaba por cerrar.
5 comentarios:
Me has emocionado, Miguel Ángel. A veces pensamos en todos estos casos como en pequeñas historias de la Historia. Y cuando alguien nos sitúa frente a la tragedia tal como fue, nos damos cuenta de que para cada una de las personas que lo sufrieron en sus familias, en sus gentes aquellas pequeñas historias fue un antes y un después en sus vidas.
Tengo una amiga arqueóloga que excavó una fosa parecida a la "vuestra". Estaba a las afueras de un pueblo.Todos los días un grupo de ancianos se acercaba hasta allí a charlar con ellos, a ver cómo iba el trabajo. Ella me contaba que llegó a pensar que habían constituido una distracción para la gente mayor del lugar, que eran "la obra" que iban a visitar los jubilados. Hasta que un día se enteró que muchos de ellos estaban allí esperando saber si entre los restos estaban su padre, su tío o probablemente, como en este caso, algún maestro que ya no volvió a la escuela.
Hace unos días, tú y yo nos encontramos en una exposición, justo delante de la foto de mi abuela. Y siento mucho que apenas hablamos porque yo estaba hipnotizada por su recuerdo. No sé cómo podría soportar la pena si alguno de los míos hubiera sido una de estas personas de las que no se volvió a saber nada.
Bueno, amigo,perdona la extensión del texto. Lo único que pretendo es darte las gracias por la valentía y por el compromiso.Qué bonita misión la de honrar la memoria.
Tú también me has emocionado, Mamen. Las víctimas vivas (los familiares que buscan a los muertos abandonados de cualquier manera) necesitan a gente como tú... que sientan. Fuerte abrazo.
Hace unos años pasé unos días de vacaciones en un pueblo de ls sierra de Huelva, Cumbres de San Bartolomé. Pueblo y sierra donde la caza y represión franquista contra los maestros fue atroz (véase "La represión del Magisterio republicano en la provincia de Huelva". Manuel Reyes Santana y Juan De Paz Sánchez. Publicado por la Diputación de Huelva en 2009). La visita a este pueblo no fue casualidad ya que uno de esos maestros perseguidos y fusilados fue el abuelo paterno de mi mujer.
Hablando con los mayores del lugar fue muy llamativo ver con el cariño que recordaban a sus profesores, fue muy llamativo ver como aún algunos temían hablar (no hablaron, se iban y se quitaban del medio). Y fue muy llamativo también lo que aquel hombre mayor me contó entre lágrimas sobre la persecución y fufusilamiento a su tia e hijo recién nacido.
Pues sí, José Casado. Desde que entré en este asunto no hemos dejado de encontrar historias tiernas, duras, tristes... de todo tipo. Pero todas silenciadas o comentadas en voz baja. Ya va siendo hora de dar normalidad a lo que nos pasó. Un abrazo.
Mi felicitación y admiración por tu encomiable labor y por mantener viva la esperanza de los que quieren recuperar la paz de su memoria.
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