jueves, 8 de mayo de 2014

El recuerdo del hombre oscuro

Tan arraigado tenía el miedo de sus mayores, y tan presentes las caras y actitudes, que aún hoy, con cerca de sesenta años, a Isabel le resulta difícil hablar abiertamente del hombre oscuro.



Siempre era al anochecer, en la casa familiar del Huerto Grande, que olía a gallinas y a fruta madura. Su abuela atrancaba puertas y ventanas, cerraba postigos y echaba las cortinas. Sólo entonces aparecía en la casa aquel viejo pálido, algo encorvado y con un libro en el bolsillo de su chaqueta de pana, que la miraba con una sonrisa socarrona y le despeinaba el flequillo. Y en una rutina triste se sentaba silencioso en la mesa de la cocina a cenar los restos de la comida familiar.

Isabel recuerda muy bien la bombilla triste y desnuda, cagada de moscas, que colgaba encima del hombre oscuro mientras cenaba. Sí... entonces siempre había moscas. Muchas. Tantas que había que aventarlas con trapos para echarlas por la ventana y cerrar inmediatamente para tener un poco de intimidad.

También recuerda la radio a media voz mientras el viejo reposaba la cena sentado en la butaca de mimbre de su abuela. Pero, sobre todo, Isabel le recuerda haciendo punto con las agujas, tejiéndole braguitas y camisetas en esa butaca. Luego, antes de irse a la cama, decían que le diera un beso de buenas noches. Y el viejo decía adiós con la mano desde la butaca. A la mañana siguiente, nada ni nadie recordaba su presencia. El hombre oscuro parecía haber sido un sueño.

Jamás nadie, ni su abuela, ni sus padres, ni sus tíos le dijeron nada de aquel hombre, ni ella hizo preguntas. De una forma implícita —porque había signos legibles hasta para una niña, la gravedad de sus mayores, los comportamientos sinuosos…— sabía que era un secreto del que no se podía hablar, de tal forma que el recuerdo difuso de aquel hombre se basaba en el vacío. Era una sombra irreal que aparecía en silencio, se desvanecía en silencio y no dejaba rastros ni recuerdos. Isabel no sabe cuándo fue la última vez que le dijo adiós desde la butaca, ella debía ser muy pequeña. Y su realidad se extinguió tan suavemente que durante muchos años fue un sueño infantil que se escapa cuando abres los ojos.

La niña se hizo mujer. La ciudad creció y los bloques de hormigón rodearon inexorablemente la vieja casa familiar y el Huerto Grande, donde, obcecada e inmune a las ofertas de las inmobiliarias, seguía viviendo su abuela. Isabel no sabe cómo fue ocurriendo. Tal vez la obsesión enfermiza de su abuela por el viejo cobertizo del huerto, o tal vez la asimilación pausada de la historia de su pueblo, o las lecturas apropiadas, o la paulatina comprensión de su niñez y su realidad. Tal vez las caras huidizas de sus mayores, los silencios bruscos seguidos de frases fuera de lugar, las miradas buscando la complicidad o la súplica…

No, no sabe cuándo tuvo la certeza de que aquel sueño escurridizo de su infancia, aquel extraño y silencioso hombre oscuro, era su abuelo Martín. Uno de tantos hombres que pasaron la posguerra escondidos en un boquete y malviviendo de noche, a hurtadillas. Un zulo húmedo bajo el cobertizo del viejo huerto familiar fue su casa… y su tumba. Y aún hoy, con cerca de sesenta años, a Isabel le resulta difícil hablar de Martín, aquel viejo pálido que llevaba un libro en el bolsillo de su chaqueta de pana, porque se le atranca la garganta y porque no recuerda cuándo le dijo adiós por última vez.

Yo apenas he conocido esta historia. Isabel no quiere contarla abiertamente. No quiere. Pero no sé... Martín no sólo pertenece a Isabel, hombres como él son universales. Creo que lo menos que merece el anónimo maestro republicano es ser recordado. Tal vez una simple placa en el número tal de la calle cual, que diga:

'En los cimientos de este bloque de pisos hubo un huerto en el que yacen los restos de Martín, maestro republicano, que vivió y murió escondido para evitar ser asesinado en la posguerra española'

Sólo eso. Es lo menos que merecen hombre como él...

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