martes, 19 de enero de 2016

El puente del marqués de Ureña

Fue un paseo interesante. Los amigos de La Otra Cara de la Isla me invitaron a explicar in situ la historia de ese puente del XVIII situado en terrenos militares de San Fernando. Es un puente muy singular porque permanece aislado en mitad de la nada, abandonado, sin uso y, de momento, está terminantemente prohibido acercarse a él. Ya no sortea ningún cauce de agua, ningún camino llega hasta él y ninguna calzada parte desde él. Es un puente que no lleva a ninguna parte. Entonces, ¿por qué está ahí? Se pidieron los permisos preceptivos a la autoridad militar y cerca de cien personas nos acompañaron en esta visita extraordinaria… y entre ellas, un chico de once años que se me acercó al final del recorrido y me hizo una pregunta que me dejó descolocado y no acerté a contestar…



Tiene una historia curiosa ese bellísimo puente. Todo parte de la derrota española en la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Los que saben de estas cosas dicen que fue una guerra compleja y, sin duda, la primera guerra a nivel mundial de la historia. Se enfrentaron por la hegemonía del mundo, por un lado, Inglaterra y sus aliados; y por otro, Francia y los suyos. Nosotros íbamos con Francia y perdimos, como de costumbre. De esta guerra, Inglaterra ganó toda la franja atlántica de Norteamérica y una hegemonía naval incontestable…

Es decir, todo el esfuerzo naval que venían propiciando los borbones desde principios del siglo XVIII se demostró insuficiente o equivocado frente a los británicos. En consecuencia, Carlos III y sus secretarios de Estado, personajes ilustrados y racionales, repensaron las cosas en función de las desastrosas circunstancias. ¿Qué se necesitaba hacer para mantener una armada capaz de enfrentarse a la británica y defender el imperio colonial español? Pensaron muchas cosas, y entre ellas, la que atañe al devenir de este puente…

Una de esas cuestiones fue levantar una ciudad nueva que albergase el mando centralizado operativo de la Armada española. Sería una población ilustrada y racional, con edificios adecuados a las necesidades reales. Situada —debido a su fácil defensa geográfica— entre el Arsenal de la Carraca (situado en una isla y que aglutinaba el grueso del mantenimiento de la flota española) y la pequeña Villa que iba creciendo en la Real Isla de León (la actual ciudad de San Fernando)

González Castejón (secretario de estado de marina con Carlos III) esbozó las ideas básicas de lo que se llamaría Nueva Población de San Carlos. Sabatini (ilustre ingeniero militar) las concretó en unos planos magníficos. A partir de 1785 fue Vicente Imperial Diguerí el director de las obras y, finalmente, a partir de 1789, fue el marqués de Ureña el que actuaría.

Si en nuestros días se trazan carreteras y líneas de ferrocarril para el transporte de mercancías y personas, en el XVIII, el siglo de la navegación por antonomasia, lo que se trazaban eran canales de navegación para embarcaciones. En concreto, para llegar a la Carraca desde la Nueva Población había que discurrir por un camino terrestre (el camino de la Clica) y finalizar atravesando el caño de Sancti Petri en barca o utilizando un puente flotante. Para mejorar estas comunicaciones el marqués de Ureña y su equipo de ingenieros comenzaron la excavación en la marisma de un canal de navegación en dirección norte-sur, que uniría directamente la Carraca y la Población de San Carlos, anulando así buena parte del camino terrestre.

Por otro lado, las embarcaciones que atravesaban la Bahía de Cádiz desde todas las poblaciones costeras (la capital, el Puerto de Santa María, Puerto Real y Rota) en dirección a Chiclana y Conil, lo hacían embocando el caño de Sancti Petri, pasaban por delante del Arsenal, atravesaban el Puente Zuazo y atracaban en Chiclana o desembocaban finalmente en el atlántico si seguían para Conil… Atravesar por delante del arsenal era peligroso porque ahí permanecía fondeada parte de la flota armada que esperaba reparaciones o, en su caso, permanecía tendido el puente flotante. Para evitar ese cuello de botella naval se ideó un atajo que consistió en labrar en la marisma un paso perpendicular al canal San Carlos – Carraca que uniera directamente la bahía con el caño de Sancti Petri. De ese modo, todas las embarcaciones del comercio local evitarían pasar por delante de la Carraca. Vale… pero entonces habría que construir un puente que vadeara ese nuevo canal y diera continuidad al camino terrestre.

Y eso fue lo que se hizo, mientras setecientos hombres se pusieron manos a la obra excavando los dos canales perpendiculares con una anchura y profundidad suficientes para el cruce de dos embarcaciones (los miles de metros cúbicos de lodos extraídos del fondo se utilizaron para elevar el camino terrestre paralelo al canal norte-sur) otros hombres construían el puente.

El Puente Ureña en el recuadro rojo. Se aprecia el camino terrestre que comunicaba la Nueva Población de San Carlos con la Carraca y el puente de barcas que salvaba el caño de Santi Petri. Se aprecian también los canales perpendiculares excavados en la marisma. El tramo de canal que pasaba bajo el puente no llegó a terminarse. Es un mapa de las defensas españolas en 1809.

Idearon una construcción elegante, equilibrada y armónica. Rematado el puente con adornos propios del neoclásico y dos cartelas de mármol a cada lado del pretil, en todo lo alto. Tiene este puente un arco rebajado o escarzano, es decir, no llega a tener 180º. Esa característica consigue que el balance de fuerzas que lo mantiene estable sea algo más complejo, pero tal vez más adecuado en un terreno de lodos en movimiento. El marqués de Ureña quería utilizar piedra de las canteras de Rota o, en su caso, de las canteras de Bolonia (las mismas que usaron los romanos para construir buena parte de la ciudad de Baelo Claudia)… pero como resultaran más caras, utilizaron la piedra ostionera local que habían extraído en el allanamiento de la superficie que sería la Nueva Población. Y resultó un puente de 4,60 metros de altura y 18,30 de anchura en su luz. El día más dramático de la historia de un puente de este tipo es cuando se quitan las jambas, el entramado de andamios que sujetan las dovelas… en ese momento el puente queda libre, la fuerza de gravedad recupera su imperio, las piedras se asientan, encajan unas con otras y adoptan la forma y compostura definitivas. En esos momentos pueden aparecer grietas, las piedras en contacto se desportillan y, en el peor de los casos, se cae…

…pero no fue el caso. Cuentan sus constructores que ni una sola piedra se desportillo. Nada cedió y todo quedó en el sitio que debería estar. Era el tres de julio de 1792 y ahí permanece desde entonces: abandonado. ¿Por qué?

Abandonado porque los caudales que deberían llegar para concluir la Nueva Población y los canales se agotaron… al año siguiente (1793) entramos en guerra contra ese mal ejemplo que era la Francia revolucionaria para las monarquías ilustradas. Y perdimos, como de costumbre. Y luego, cuando firmamos el Tratado de Basilea (1795) entramos en guerra contra Inglaterra (Guerra anglo-española de 1796-1802)… que nos arruinó económicamente y nos proporcionó otra amarga derrota naval en el Cabo de San Vicente. Más tarde la alianza con Napoleón nos llevó a la derrota de Trafalgar, y a la Guerra de la Independencia contra el francés. Tanta guerra y tanta miseria en el país hicieron que los bellos planes racionalistas para la Nueva Población de San Carlos se olvidaran y quedaran completamente superados por las circunstancias políticas, bélicas y sociológicas. Nunca finalizaron las obras de San Carlos y nunca se abrió a la navegación el canal perpendicular, el que pasaría por debajo del puente del marqués de Ureña.

Durante el convulso siglo XIX español, el bello puente languideció. El camino entre la Carraca y San Fernando, a través de San Carlos, no discurría por él, sino por el viejo trazado, a unos doscientos metros. Nunca se usó para nada. Más tarde llegó el ferrocarril y poco a poco las comunicaciones marítimas disminuyeron a favor de la nueva tecnología. La entrada a la Carraca se desplazó al este y toda la zona de marismas donde está el puente quedó desierta y sin tránsito de personas y mercancías. Para colmo, ya en el siglo XX la Marina dispuso muy cerca del puente un campo de tiro para fusiles. Y justo delante, otro para prácticas de armas cortas. Y detrás del puente, se ubicó el campo de pruebas para granadas de mano… En consecuencia, toda la fachada oriental del puente está acribillada a balazos. Generaciones de marineros e infantes de marina han disparado furtivamente contra los remates del comienzo del puente hasta el punto de desdibujar por completo los adornos tallados en la piedra ostionera…

Se entiende entonces que un puente que no lleva a ninguna parte y que permanece rodeado de campos de tiro por todos lados haya sido un territorio absolutamente vedado a la población…

…por eso ahora, una vez alejados los disparos y las balas, y cuando todos vamos comprendiendo (los ciudadanos y las autoridades militares y civiles) que conforme el tamaño de los ejércitos mengua (no así su potencial ofensivo-defensivo) aflora un patrimonio militar en desuso que a veces resulta sorprendente por el valor histórico que atesoran. Pensemos en dos ejemplos que se sitúan en San Fernando: los polvorines de Punta Cantera y este viejo Puente del marqués de Ureña. Joyas que tenemos que limpiar de olvido y, entre todos, desparramar su conocimiento por calles, aceras y plazas.

Acudimos a la cita de La Otra Cara de la Isla y reabrimos el viejo Puente del marqués de Ureña…

Por todo eso resulta emocionante ver la cantidad de ciudadanos de la Isla de León que, por primera vez en esta generación, reabrieron el viejo puente de Ureña. Fue una fiesta…

…y en primera fila, ese chico de once años que se me acercó al final del recorrido y me dijo:

— Buenos días. ¿Puedo hacerle una pregunta? — Claro. Claro que podía.

— ¿Qué tengo que hacer para saber tanto como usted?

Puede parecer una tontería, pero se me atrancó la garganta y tuve que hacer un paripé de tos para arrancar. Pero no supe hacerlo bien y  le dije no sé qué cosas sin demasiado sentido… Ni siquiera acerté a preguntarle su nombre. Si fuera su padre (o su abuelo) me sentiría muy orgulloso de este chico. Con ellos sí hay futuro. Cultivar su curiosidad debería ser la tarea de sus educadores.

Un abrazo, amigo.

sábado, 2 de enero de 2016

Cadáveres

Recuerdo que los medios de comunicación lo airearon profusamente en su momento. El asesino le había dicho al juez: «Joder, cuánto tarda en morir un cerdo». Y cuando dijo cerdo se refería a su víctima. Un hombre escogido al azar que esperaba el autobús ajeno a lo que le deparaba el destino… una fría tanda de puñaladas que le propinó su asesino. También le dijo al juez, como para quitar dramatismo a su crimen, que hacía quinientos mil años un homínido mató a otro homínido. ¿A quién le importaba eso?

Diría servidor que al homínido muerto seguro que le importaría… Pero aún así, la tozudez fría de la reflexión vuelve recurrentemente. Y lo hace con un corolario inapelable: a pesar de todo nuestro antropocentrismo somos insignificantes frente al devenir de  la naturaleza. Los hombres somos prescindibles…

Una vez encontré un cadáver flotando entre las rocas de Calamocarro, cerca de la Fábrica de la Peste, una factoría que producía harinas de pescado en la costa norte de Ceuta, la que da al estrecho de Gibraltar. Días atrás había naufragado una barca de pescadores y los cuerpos fueron apareciendo poco a poco. Recuerdo que me impresionó más el color blanco lechoso del cuerpo que la ausencia de cabeza. Desde entonces la muerte no es negra, es blanca y gelatinosa como aquel cadáver.

Un enjambre de pececitos mordisqueaba los hilillos de carne que sobresalían del cuello. Fue una imagen fugaz porque casi al instante llegaron los guardias civiles y nos echaron de allí. Discurrían los años 60 del siglo pasado, en Ceuta, la costa africana del estrecho de Gibraltar… y la vida continuó. La vida siempre continúa… falte quien falte.

El cadáver sin cabeza estaba entre estas rocas…


domingo, 13 de diciembre de 2015

Viaje otoñal: Toros de Guisando

Mi abuela vivía en Ceuta, en un piso construido en los años 20 del pasado siglo. Era un caserón de techos altos y suelos con solería de colores formando figuras. Casi todas las losetas se movían y me encantaba levantarlas para esconder debajo de ellas una perra chica, que eran las monedas de cinco céntimos de peseta. Si Jhon Silver ‘el Largo’ tenía su tesoro en aquella isla, las losetas de mi abuela escondían el mío.

Después de 55 años, el niño tocó con sus dedos la dura piel de los Toros de Guisando…

Por entonces todos los niños enfermábamos de anginas y, cuando eso pasaba, nos metían en la cama durante cinco días, llamaban al practicante para pincharte en el culo algo muy doloroso y los amiguitos iban a visitarte con TBO’s… pero en los ratos de soledad yo jugaba con una baraja de cartas que me abrió la curiosidad por el mundo. En el anverso tenía imágenes de lugares extraordinarios que mi padre me explicaba echándole imaginación y palabras sonoras. Recuerdo especialmente algunos de ellos: la Ciudad Encantada de Cuenca, con esas piedras en equilibrios imposibles; el drago milenario de Icod de los Vinos, en Tenerife, un espécimen propio del terciario (entonces se decía así) que seguía viviendo entre nosotros; un puente en Cangas de Onís del que pendía la Cruz de la Reconquista, y que mismamente era la cruz que iluminó a Don Pelayo contra los malvados moros… y unos toros de piedra que habían tallado los hombres primitivos en un lugar llamado Guisando. Todos esos lugares he visitado hace tiempo… pero a los toros los encontré sin buscarlos en este Viaje Otoñal. Sí… he tardado 55 años en hacer realidad esa curiosidad infantil.  

Íbamos camino de un pueblo abulense  llamado el Tiemblo, con la intención de caminar por su enorme castañar en pleno otoño… y los encontramos. El reverso de aquellos naipes se estaba haciendo realidad.

— Por favor, por favor, por favor. ¡Paremos aquí!

Son cuatro esculturas de granito que representan toros o verracos, que opiniones hay para ambas posibilidades. Las esculpieron los celtas vettones en plena Edad del Hierro, entre los siglos IV y I antes de nuestra era. Los vettones fueron un pueblo pre-romano que se dedicaba a la ganadería por las tierras de la meseta, entre el Duero y el Tajo… y sigue sin conocerse exactamente para qué las esculpían. Parece que los romanos las reutilizaron posteriormente. Sea como sea ahí siguen, muy cerca del arroyo de las Tórtolas, frontera natural de los reinos de Castilla y León… por eso este lugar fue elegido por el rey Enrique IV de Castilla y su hermanastra Isabel para firmar el Tratado de Guisando en 1468. Este tratado reconocía a Isabel como heredera al trono de Castilla a la muerte de Enrique… luego las cosas se complicaron, pero esa es otra historia…  

Y así, aquel niño tocó finalmente la dura piel de los Toros de Guisando. Puede parecer una tontería, pero fue importante palparla. No estaba fría, el sol la entibiaba… y saber que más de dos mil años atrás otros hombres las acariciaron hacía especial el gesto. Me gusta pensar que las viejas piedras mantienen parte del alma de los hombres de otro tiempo… ¿me hablarán cuando palpe la piedra? No, no hablaron. Esas cosas no ocurren cuando el niño pasa ya de los sesenta…

…pero uno lo intenta a pesar de todo.


Mis compañeros de viaje no decían nada, pero yo creo que se reían en el fondo… incluso consintieron en pagar dos euros por cabeza para entrar en el recinto y acompañar al niño en la conquista de su sueño infantil. Gracias, amigos.


jueves, 10 de diciembre de 2015

Viaje otoñal: gradiente antropológico

El viaje comienza cuando lo imaginas por primera vez. Creo que lo desencadenó una foto otoñal de castaños repletos de ocres, amarillos y verdes. Sin sombras, porque el día de la foto era nublado y tal vez orvallaba… Ahora, siempre que veo un castaño, me acuerdo de mi amigo el Gran Golucas. Algún día contaré la historia del Gran Golucas porque no tiene desperdicio.

Santa María del Tietar (Ávila)

El Viajero no anduvo Solitario esta vez, le rodearon amigos y cuando eso ocurre hay que consensuar las voluntades de todos. Mi sobrino Javier, que es muy sabio, tiene un lema muy apropiado, dice: «Ante todo, mucha calma…» y sólo con evocarlo ya me proporciona placidez de ánimo y sosiego para disfrutar de cada instante, de cada centímetro que avanzamos hacia el norte porque nuestros viajes siempre son hacía el norte, no hay otro camino posible porque al sur comienza el mar y servidor es hombre de tierra firme.

Santa María del Tietar (Ávila)

…el placer que proporciona al viajero comprobar el gradiente antropológico que se forma de sur a norte (y también de este a oeste)… es decir, observar cómo el acento de la gente se modifica gradualmente de un pueblo al siguiente. Pero no sólo eso, también los usos y costumbres se van modificando lentamente conforme avanzamos. La arquitectura popular se amolda a los materiales de cada zona… en Guadalajara, por ejemplo, un valle tiene las casas negras de pizarra y el siguiente las tiene roja de piedras ferrosa. En la Vera construyen de una forma y en las Hurdes de otra. Y como estos ejemplos los hay a centenares.

Las balconadas se agrandan o se encogen en función del clima o de los vientos dominantes. Las tejas se colocan de una manera u otra. Las chimeneas se rematan con soluciones totalmente singulares según en qué comarca estemos. En campo abierto, la manera de hacer los muros y las vallas que separan las propiedades también evolucionan… incluso la forma de hacer las bisagras de las portas y la maña para trabar un portalón con otro. Y la comida, la bebida y las creencias. Y, sobre todo, cambia el paisaje humano y físico. Todo cambia conforme viajas porque te traspasa lo distinto.

El medio siempre nos condiciona culturalmente. Todo demuestra una evolución gradual en función del espacio recorrido durante el viaje. Y si eso no pasara, poca diferencia habría entre un pueblo y el siguiente, y no merecería la pena viajar… el contraste siempre es bello, es lo que nos hace mirar con renovada atención las cosas y las gentes...

...y así subíamos de sur a norte.


viernes, 4 de diciembre de 2015

Un estorbo para las élites

Somos demasiados en el planeta. Este sistema de economía globalizada y salvajemente liberal genera una pequeña élite mundial de privilegiados que, para mantener su insultante bienestar, necesita una enorme masa crítica de consumidores pobres, sumisos y obedientes… pero superada esa masa crítica, el resto sobra porque no es rentable mantenerlos vivos.



[…sobran, porque son prescindibles, los trabajadores que murieron en el derrumbe de fábricas en la India y Bangla Desh… que fabricaban ropa para marcas occidentales. Sobran los refugiados sirios que huyen de la masacre y sobran todos los negros de África que huyen de la hambruna, etc., etc., etc. El sistema de economía global se alivia con la desaparición de las enormes masas de personas molestas…]

Somos un estorbo para esas élites porque, además, más temprano que tarde nos convertiremos en un peligro para todos ellos, es decir, para el propio sistema (es una constante histórica)… e intentarán por todos sus medios —y son muchos y poderosos— que nunca tomemos conciencia de dos cosas: de la injusticia intrínseca del tinglado que nos ningunea y de nuestro inmenso poder potencial.

Se ríen cuando nos expropian los derechos conquistados durante todo un siglo de luchas. Nos humillan cuando degradan nuestra condición de hombres libres con trabajos esclavos y precarios que nos convierten en lobos con los de nuestra misma clase. Nos observan, encantados de su poder, cuando peleamos entre nosotros por trabajos y salarios cada vez más insultantes…  Nos insultan y nos desafían cuando convierten nuestros Estados, cuya función fundamental sería amparar a la gente y procurar la igualdad de oportunidades, en canchas para hacer negocios y sálvese quien pueda.

Yo no sé quiénes deben decidir el número de habitantes que la Tierra puede permitirse para la supervivencia de la civilización (tampoco sé si lo merecemos) Seguro que ese número es función de numerosos factores que se me escapan. Pero creo no equivocarme si todo pasa por tomar conciencia de los límites del planeta y, sobre todo, por limitar la codicia de los que ya son inmensamente poderosos y su egoísmo les impide ver los peligros inminentes de un crecimiento (demográfico y económico) sin control… Ese número máximo de hombres sobre la Tierra también es función de una mínima dignidad repartida entre todos nosotros. Y ese es el problema, que el reparto de dignidad en el  planeta no es rentable para los poderosos.

Y esa tarea, como de costumbre —porque los poderosos nunca regalan nada—, habrá que hacerla a sangre, fuego y guillotina. Es la historia, amigo. Uno no inventa nada nuevo.


El 20 Diciembre 2015, en España, NO VOTARÉ a los que jueguen para este sistema de valores. 

martes, 24 de noviembre de 2015

Yhavé, Cristo y Alláh son un problema

Lo más probable es que los dioses no existan. Es lo más probable. Muchos dioses ya están tan superados que hoy resultan una curiosidad antropológica: los del Olimpo, los del Panteón romano, los mesopotámicos, mesoamericanos, egipcios, los germánicos, etc., todos estos están amortizados. Nunca dieron un ruido; sirvieron en su momento con más o menos crueldad o empatía y nadie se peleaba por culpa de ellos. El problema surge con Yhavé, Cristo y Alláh. Estos tres campeones son el problema… —de todos modos, para ser justos, dejaremos aparte a Yhavé, que siempre se ha conformado con ser el único dios del pueblo elegido, sin más aspiraciones propagandistas—. Pero su primera derivada (Jesucristo) y su segunda derivada (Alláh), sí son un problema endiablado porque sus fieles se empeñan en que sean los dioses de todo el mundo, quiera la gente o no quiera.

Lo más probable es que las religiones no sean malas per se. Siempre hay creyentes de buena fe en todos lados. El problema surge cuando un listo la extrae de un contexto íntimo y la utiliza públicamente para justificar lo que le place a él… Es entonces cuando una mesnada de ignorantes le hace caso y le sigue.

Listos siempre hay, e ignorantes ya se encargará el listo de mantenerlos así. Pasó con el cristianismo desde que se alzó con el poder terrenal en las postrimerías del imperio romano, pero, afortunadamente en occidente lo pasamos por el filtro de un siglo de luces y razón, y por una revolución francesa… es lo que les falta hoy a los islamistas, que deberían pasar —vuelta y vuelta— por un siglo de razonabilidad.

Los actos terroristas de París nos demuestra otra vez que las religiones son una excusa peligrosa en malas manos. Y que malas manos siempre las hay… máxime cuando el imperialismo occidental les ha dado a los islamistas grandes argumentos para crear estos monstruos. En esta época les toca a los islamistas ser los exterminadores visibles, como antaño lo fuimos los cristianos… que masacramos con verdadero placer —y justificación celestial— a brujas, judíos, infieles y herejes con tal de conquistar los mundos terrenales. Exactamente lo mismo que hoy hacen los yihadistas, sabiamente dirigidos por los listos de turno… claro.

La bestialidad de estos asesinos llama a la racionalidad del resto. Es decir, racionalmente sabemos que no todos los musulmanes son yihadistas. Pero, en todo lo que está pasando, echo en falta el siguiente paso que sería un salto verdaderamente razonable: la laicidad del mundo. Falta laicidad en el mundo. Falta separar radicalmente la sociedad civil de la religiosa. Falta interpretar la realidad sin el concurso de dioses que premian la docilidad y castigan la rebeldía… y falta poner en evidencia a los poderes que generan y manipulan a los crédulos, sean yihadistas o cruzados, buenos musulmanes o buenos cristianos.

Estos días he visto y oído la soflama de un alfaquí muy  listo interpretando el Corán. Decía a los oyentes (todos hombres, por supuesto) que las mujeres musulmanas SÍ podían depilarse el entrecejo, pero nunca las cejas para dejarlas finitas. No sé… pero si los dioses existieran no deberían preocuparse del entrecejo de las mujeres musulmanas, ni de la anchura de sus cejas… y si se preocupa por esas cosas es que es un dios misógino y muy malamente diseñado, como el Yhavé del Antiguo Testamento. Habría que reinventarlo de otra manera. Hay cosas y opiniones que no son respetables, vengan de donde vengan.
Lápida en el Oratorio del Pópulo, Cádiz

Pero no hay que irse a lodazales ajenos. Servidor, educado en plena vorágine nacionalcatólica española por los listos de turno, ha creído fielmente cosas que hoy resultan desternillantes, he creído a pies juntillas tonterías a cual más indecente y criminal… más estúpidas incluso que las dimensiones adecuadas para el entrecejo de las hermanas musulmanas.

El mismo día que escuché al experto en entrecejos islámicos, visité el Oratorio de la Virgen del Pópulo, en Cádiz, y pude leer una lápida que explicaba que el papa Benedicto XIV había entregado una bula (1755) por la que por cada misa que se celebraba en tal capilla «…se saca un alma del purgatorio todos los lunes y viernes…» y que luego vino otro papa, Pío VI (1795), con otra bula para completar la semana «…en cada misa se saca un alma del purgatorio todos los domingos, martes, miércoles, jueves y sábados…»

Juro por Dios que esto no es un chiste... Es real.

Si los dioses no existen, que es lo más probable, no sé cuál de los dos insultos a la decencia del ser humano es más grave, el del entrecejo depilado de las musulmanas o este truco para sacar almas del purgatorio.

Sí… además de castigar a los criminales y cortar los cauces de financiación del Estado Islámico, aquí, en nuestra casa, deberíamos dar pasos hacia una sociedad más razonable. Sobran comportamientos a-racionales y también falta laicidad en este mundo. 

jueves, 19 de noviembre de 2015

…por la culpa de unos muertos

Acabo de oír que el municipio de Calasparra desea recuperar la basura espacial que cayó en sus campos hace unos días. La quieren exponer públicamente para atraer a curiosos y sacarle una pesetillas a la cosa…

 

…y eso me recuerda aquella desastrosa restauración del Ecce Homo del Santuario de Misericordia de Borja (Zaragoza), que al final era tanta la gente que quería ver el desastre que tuvieron que pedir un euro por cada vistazo a la obra.

Calasparra y Borja, dos pequeñas poblaciones españolas que se agarran a un clavo ardiendo para buscar incentivos y atraer visitantes. En ambos casos les cae del cielo (nunca mejor dicho) una ocasión que no desaprovechan, por minúscula que sea…

…y, sin embargo, aquí, en San Fernando, la vieja Isla de León, hemos descubierto, en el antiguo Polígono de Tiro Naval Janer, OTRA necrópolis fenicia. En este caso tiene (creemos que tiene, porque existe un secretismo notable sobre el informe arqueológico preceptivo) cerca de cuarenta estructuras funerarias y varios alfares fenicios y romanos, concentrado todo eso en pocos metros cuadrados…

…que vamos a dejar enterrados porque quieren construir OTRO jodido y vulgar parque empresarial y comercial justamente encima. Pero el colmo de la estupidez es que ya tenemos en la ciudad dos parques industriales vacíos y sin actividad, y tenemos en el entorno de la ciudad no-sé-cuantos centros comerciales… Servidor conoce y comprende cada vez menos cosas, pero veo que aquella linde de expansiones burbujeantes se ha acabado, y veo que los tontos siguen en sus trece. Siguen pensando que progresar es construir castillos en el aire sin que exista en el suelo-real una pujanza empresarial sostenible.

 
Los amantes de San Fernando. Necrópolis neolítica del Campo de Hockey

Son notables las voces que se alzan contra la estulticia de ningunear el yacimiento de Janer, pero por lo que se ve, los intereses económicos de unos, y la demagogia de algunos políticos, se superponen a la visión de un futuro económico radicalmente sostenible. Basado en lo que realmente enriquece a San Fernando y nos hace singulares: nuestra historia y el patrimonio histórico que la nutre (sin olvidar un Parque Natural extraordinario)

En eso sí que somos afortunados. No tenemos que esperar que nada nos caiga del cielo. Lo tenemos enterrado en nuestro suelo. Y eso es, en buena lógica, lo que deberíamos potenciar en pos de un futuro mejor. Pero no… el ex alcalde dijo en su día que por culpa de unos muertos había que retrasar las obras de un parque empresarial para el que no hay empresas. Y, por su lado, la actual alcaldesa, por el momento, ni está ni se la espera en la defensa del patrimonio arqueológico de Janer. ¡Ojalá me equivoque!

Y no es la primera vez que ocurre esto en San Fernando. Ya tenemos OTRA necrópolis, esta del neolítico, de hace 6000 años de extraordinario valor histórico y visual… enterrada debajo de un vulgar campo de hockey.

Y servidor sigue sin entender…