sábado, 27 de agosto de 2016

Historias en diferido: De Viru-Viru a Campo Machía

Sobre las peripecias de Alex y Yoli, cooperantes en la Comunidad Inti Wara Yassi, selva amazónica de Cochabamba.

Cuentan que la primera impresión fue deprimente, que la pobreza era tan profunda que el ánimo se les vino a los pies. Decían que una cosa era saberlo y otra muy distinta era verla en directo, a dos palmos de tus privilegiadas narices de primer mundo. Tres días después de la llegada, decía Yoli que no se le quitaba de la cabeza lo que había visto en el camino. No es un reproche decir que un país es pobre, ni es menosprecio explicar que existe una pobreza insolente y una enorme falta de medios. No hay indignidad en ser pobre. Lo indigno seria estar resignado. Y de eso, de resignación, tampoco somos del todo culpables.


La joven veterinaria y el joven biólogo, ambos preparados en las universidades de España, habían salido desde la Terminal 4 de Madrid a las diez de la noche de un día de verano. Y, después de sobrevolar el Atlántico y Brasil, llegaron al aeropuerto de Viru-Viru, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a las cuatro de la madrugada del día siguiente. Un aeropuerto pequeñito y vacío a esas horas. Era la primera etapa de un viaje que debía finalizar en Campo Machía, selva amazónica de Bolivia…

…hay que ser joven para afrontar ese cambio de vida. Y valientes para dejar sus trabajos en España (que, aunque protestemos mucho o poco, es un primer mundo a trancas y barrancas) y recalar en una ONG boliviana, en mitad de la selva, para trabajar recuperando fauna salvaje con medios muy precarios y métodos muy poco aconsejables.

Dos mochilas por cabeza. Una en la espalda y otra en el pecho. Era todo el bagaje que llevaron… aparte, su ilusión y sus conocimientos. Y lo que no cupo en las mochilas no era necesario. Yo comulgo con esa idea, que viajar con poco equipaje proporciona más libertad.


Decidieron los dos no esperar al amanecer en ese aeropuerto solitario y acordaron rematar el viaje con un taxista que les inspiró cierta confianza. Luego me dijeron que el taxista les quería matar… que allí conducen como les da la gana, sin respetar nada ni a nadie. No conocen el peligro, simplemente mastican hojas de coca y se pican con otros conductores, a ver quién llega antes, adelantando en curvas y cometiendo imprudencias impensables, por unas carreteras pésimas. Esa es su experiencia por el momento... Cuentan que le preguntaron al taxista qué significaban esos postes que jalonaban la carretera de vez en cuando, y les dijo el hombre que eran recuerdos de personas atropelladas… Sí, que allí había que andarse con ojo porque había mucho loco al volante (¡decía el hideputa!)

a mitad de trayecto, cuando atravesaban el Parque Nacional Amboro por la Ruta Nacional 4, se les pinchó una rueda. El conductor, por supuesto, no tenía la de repuesto. Hojas de coca sí llevaba, pero rueda, ¿para qué coño? Dice Alejandro que pararon junto a una chabola en la que vivía un hombre "que le hacía cosas a los coches". ¡Y que entre los dos apañaron una rueda de motocicleta y se la colocaron! Y así, dando tumbos, después de siete horas de viaje para recorrer algo más de trescientos kilómetros, llegaron al campamento del Parque Machía.


Eran las 11 de la mañana de su primer día en la selva de Cochabamba... 

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3 comentarios:

caberna dijo...

¡Qué valor tienen! Me quedo con la boca abierta. No dejan de sorprenderme las cosas que hacen estos jóvenes de ahora.
Desde luego, toda mi admiración; yo no saldría en esas condiciones ni a comprar el pan a la esquina de casa.
En fin, paciencia, amigo; seguro que nosotros tenemos más miedo y vemos más peligro del que ellos son capaces de asumir y resolver. Seguiré pendiente de los próximos capítulos. Un fuerte abrazo

lomusila dijo...

Encantada de poder leer y disfrutar los sentimientos que van teniendo los chicos,en espera de otro fragmento un fuerte abrazo.

Agustín E. González Morales dijo...

Piso ascuas esperando lo que sigue. Y eso que tú no lo estás viviendo "en directo".