viernes, 8 de mayo de 2015

No podemos esperar otra cosa en esta patética democracia formal

Los que saben de estas cosas aseguran que uno de los saltos evolutivos del homo sapiens ocurrió cuando comenzamos a cooperar, no a competir entre nosotros. La aparición de grupos humanos colaborativos supuso un enorme salto civilizatorio. Hasta los lobos aprendieron las ventajas de la colaboración en grupo frente al intento de cazar una pieza en solitario… tal vez por eso seamos tan parecidos. Actualmente, cuando los ciudadanos decidimos organizarnos en torno a la voluntad popular, lo que estamos haciendo es intentar continuar con la enseñanza atávica que nos distinguió como especie…

…hasta que los codiciosos globalizaron la economía con cantos de sirena y nos convencieron para que olvidáramos las ventajas del comportamiento colaborativo. Y lo hicieron así para que sus sacrosantas leyes del mercado no tuvieran cortapisas. Porque precisamente las sacrosantas leyes del mercado inciden, nutren y alimentan plenamente la codicia humana, ese germen autodestructivo que permanece en cada uno de nosotros. Esas leyes de libre mercado fomentan la competitividad individual y termina instaurando, en las sociedades humanas, el egoísmo más deleznable como algo inevitable y deseable. El capitalismo es eso, competencia feroz, es un paso atrás para la condición humana.

La globalización económica —es decir, la explosión desmedida del capitalismo neoliberal— ha impuesto la competitividad como señal de éxito. Y lo ha hecho anulando la voluntad de la gente civilizada que, cuando organiza Estados como espacios de convivencia, lo hace para colaborar y para conseguir amparar al grupo, nunca para diseñar una cancha legislativa en la que competir hasta alcanzar el éxito personal y el exterminio del competidor.

Crear un Estado democrático debería suponer todo lo contrario. Supondría colaborar para que todos ganemos, para que nadie quede desamparado de los mínimos derechos humanos. Supondría buscar la igualdad de oportunidades para todos, y este es el verdadero corazón del asunto: la igualdad de oportunidades. Por contra, la globalización neoliberal nos ha impuesto un darwinismo social criminalizante, y son las élites poderosas las que se empeñan en que lo identifiquemos como la máxima expresión de libertad. Pero no es libertad… es una esclavitud. Las sacrosantas leyes del mercado suponen una determinante sociológica para la inmensa mayoría de la gente que nunca podrá dejar de ser pobre.

Organizar la convivencia democráticamente es un salto civilizado hacia adelante, pero imponer la competitividad como valor supremo desvirtúa el intento hasta hacerlo fracasar. Lo vemos cada día, en todos los lugares y en todos los aspectos de la vida…

…hoy, por ejemplo, nos hemos levantado en España con las ciudades empapeladas y con las radios y televisiones empantanadas con mensajes zalameros pidiendo el voto: ha comenzado otra campaña electoral. La segunda de 2015, y nos amenazan con más…



Es una campaña planteada como siempre, con desigualdad de oportunidades. Con unos partidos tradicionales muy visibles y otros prácticamente invisibles. Plantear plataformas mediáticas igualitarias para exponer ideologías, soluciones y métodos es impensable en este sistema. Lo que se hace es comprar un diseño estético de campaña, mercantilizar cuatro mensajes facilitos y repetirlos mientras quede dinero… Y para ganar hay que tener suficiente dinero. Y nada se presta a cambio de nada, no seamos ingenuos. La financiación de los partidos políticos en España ha sido el germen de una corrupción galopante… Y, por tanto, una causa de falseamiento democrático. Los que han gobernado ya tenían dueños a los que servir.

No existe la igualdad de oportunidades a la hora de exponer ideologías. No ganan las ideas per se, razonadamente digeridas, ni ganan las mayorías libres porque no hay libertad sin educación crítica (¡siempre la falta de educación!) Aquí ganan las ideas que placen al poder financiero. Son las que se convierten en las ideas mejor vendidas, las  más visibles… Y NO podemos esperar otra cosa en esta patética democracia formal.