miércoles, 10 de septiembre de 2014

Crónicas de un viaje al País Vasco: De Sur a Norte sin escalas

Para los que hemos nacido al sur del sur, las miradas siempre buscan el norte. Recuerdo que en el norte estaba Europa, y Europa tenía la forma cónica de Gibraltar. Pero nos separada un brazo de mar estrecho, plomizo y profundo. Recuerdo que en el norte veíamos el futuro, las aspiraciones y las ansias de escapar. Los de Ceuta, cuando soñamos, siempre miramos al norte…

Así amanecía en la Bahía de Cádiz cuando iniciamos el viaje al Norte

…esta vez fue mi copiloto la que propuso viajar al norte, al País Vasco. Recuerdo que nos lo enseñaron de otra forma, entonces se llamaban provincias vascongadas y eran raras porque la provincia y la capital de provincia no coincidían. Álava capital Vitoria, Guipúzcoa capital San Sebastián y Vizcaya capital Bilbao. Un país ubérrimo en palabras de mi amigo Juan Ramón… nunca he olvidado la descripción que me hizo hace unos años: dijo que era ubérrimo, y remarcó la palabra. Es decir, un país fértil y de abundante vegetación. Y a fuer de funestos episodios, hemos ido conociendo el nombre de muchos de sus lugares. Precisamente por culpa de eso, del terrorismo de ETA, la copiloto y servidor lo habíamos ido dejando de lado.

Atravesar la península Ibérica de sur a norte, en una jornada, y sin escalas, no permite circular por carreteras pequeñas. A principios de septiembre el verano lo ha agostado todo hasta bien entrado el norte, y convierte el paisaje en algo pausado y monótono, como la conversación. Y así las provincias van quedando atrás, Cádiz, Sevilla, Badajoz…  

Los emeritenses tienen un pantano que se llama Embalse de Proserpina, y lo valoran porque se bañan en sus playas. La copiloto me cuenta entonces el mito de Proserpina… no tenemos nada mejor que hacer. La copiloto sabe mucho de mitología porque es muy lista y de jovencita hizo un trabajo sobre el asunto. Y se conoce las incestuosas sagas familiares de los dioses del Olimpo… Proserpina, me dice, era hija de los hermanos Ceres y Júpiter, y fue raptada por su tío, Plutón, para hacerla su mujer y llevarla al Hades, el inframundo clásico. Entonces, su madre, diosa de los cereales y la Tierra, se entristeció y bajó del Olimpo para buscarla por todos los rincones de la tierra. Y como no la encontrara, detuvo el crecimiento de las plantas, y se agostaron y nada crecía por la tristeza de Ceres. Preocupado por la situación, Júpiter ordenó a Mercurio buscarla en el inframundo. Plutón aceptó dejar volver a Proserpina con su madre, pero le obligó a comer seis semillas de granada, que era el símbolo de la fidelidad. De esa forma se aseguró que seis meses al año permanecería en el inframundo… el tiempo que tierra permanece triste y estéril. Y los otros seis meses, cuando Proserpina viviera con Ceres, el mundo florecería y crecerían las cosechas. Sí... además de guiarme y marcar las rutas, la copiloto tiene esas cosas, que me cuenta cuentos… y yo me dejo, sobre todo en la cama.

Llegando a Cáceres aparecen islas de granito flotando sobre mares de hierba seca. Entre Cañaveral y Plasencia, en mitad de la nada, hay estructuras metálicas abandonadas y coloreadas sin ton ni son, como obras de arte. No averiguo si es arte, pero son un regalo a la vista entre tanta sequedad. En Radio Nacional de España, la única emisora que entra, un economista de la ortodoxia paleoliberal desgrana las bondades de las reformas económicas emprendidas por el gobierno del PP, la necesidad de impulsar nuevas reformas ahora que las cosas empiezan a ir bien -para unos pocos, añado-, y habla abiertamente de la necesidad de dar libertad total a los mercados para que las cosas fluyan como Dios manda… Entonces lanzo una tosca blasfemia en voz alta, pero el rumor del motor diesel la amortigua y no me siento mejor. Blasfemar en un coche a 120 km/h no alivia, frustra. Un toro de Osborne vigila desde un otero a un rebajo de ovejas que ramonea en una dehesa reseca. Aparecen pinos en el Puerto de Béjar, se ve que ya estamos en Castilla la Vieja. Y en un oasis, entre Plasencia y Salamanca, paramos a estirar los pies y comer un poco…

…varias familias de musulmanes hacen lo mismo. Comen. Pero ellos se han sentado en la acera, a la sombra, con las piernas estiradas. Las mujeres, con sus velos bien colocados, despliegan las viandas. Los hombres miran indolentes. Los niños juegan por los alrededores. Algunos hombres, los más jóvenes lucen orgullosas barbas y pantalones como zaragüelles. Es su identidad y la muestran, ¿por qué no? Le comento a la copiloto que no hace mucho, un líder del Estado Islámico –esos que cortan cabezas y las exhiben- decía que pronto atacarían Occidente… ¿Cómo crees tú que atacarán occidente? Le pregunto a la copiloto ¿Con un ejército? ¿Desembarcando y tomando una cabeza de playa? No, amiga. Esta es otra guerra. Los yihadistas quieren morir y los occidentales no. Es una diferencia que nos hace muy débiles. ¿Ves a ese que va a mear, el de la barba y los pantalones cagados? Imagina que cuando entre en este comedor, saca un machete afilado y se pone a dar machetazos y a cortar cabezas, una detrás de otra. Esto saldría en todas las noticias del mundo y al instante convertiría a todo musulmán emigrado en un potencial terrorista. Y nos daríamos cuenta que tenemos un ejército compuesto por miles de valientes guerreros, cada uno de ellos capaz de todo, disperso entre nosotros. Y pasaría lo mismo que pasó con los japoneses en Estados Unidos después de Pearl Harbour, que entraríamos en pánico y todo barbudo quedará condenado a la sospecha…

El chaval con pinta de yihadista simplemente largó su meada en el servicio de caballeros, haría sus abluciones y luego, a la sombra de la caseta del generador de emergencia, dispuso su alfombra hacia el este, se arrodilló y lanzó la segunda o tercera  de las cinco oraciones de la jornada. Luego hicieron lo mismo tres compañeros más… Pero el machete no lo sacaron, la verdad.


1 comentario:

Chani Ramírez Sánchez dijo...

Como siempre un verdadero placer leerte,lo vivo totalmente