martes, 19 de enero de 2016

El puente del marqués de Ureña

Fue un paseo interesante. Los amigos de La Otra Cara de la Isla me invitaron a explicar in situ la historia de ese puente del XVIII situado en terrenos militares de San Fernando. Es un puente muy singular porque permanece aislado en mitad de la nada, abandonado, sin uso y, de momento, está terminantemente prohibido acercarse a él. Ya no sortea ningún cauce de agua, ningún camino llega hasta él y ninguna calzada parte desde él. Es un puente que no lleva a ninguna parte. Entonces, ¿por qué está ahí? Se pidieron los permisos preceptivos a la autoridad militar y cerca de cien personas nos acompañaron en esta visita extraordinaria… y entre ellas, un chico de once años que se me acercó al final del recorrido y me hizo una pregunta que me dejó descolocado y no acerté a contestar…



Tiene una historia curiosa ese bellísimo puente. Todo parte de la derrota española en la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Los que saben de estas cosas dicen que fue una guerra compleja y, sin duda, la primera guerra a nivel mundial de la historia. Se enfrentaron por la hegemonía del mundo, por un lado, Inglaterra y sus aliados; y por otro, Francia y los suyos. Nosotros íbamos con Francia y perdimos, como de costumbre. De esta guerra, Inglaterra ganó toda la franja atlántica de Norteamérica y una hegemonía naval incontestable…

Es decir, todo el esfuerzo naval que venían propiciando los borbones desde principios del siglo XVIII se demostró insuficiente o equivocado frente a los británicos. En consecuencia, Carlos III y sus secretarios de Estado, personajes ilustrados y racionales, repensaron las cosas en función de las desastrosas circunstancias. ¿Qué se necesitaba hacer para mantener una armada capaz de enfrentarse a la británica y defender el imperio colonial español? Pensaron muchas cosas, y entre ellas, la que atañe al devenir de este puente…

Una de esas cuestiones fue levantar una ciudad nueva que albergase el mando centralizado operativo de la Armada española. Sería una población ilustrada y racional, con edificios adecuados a las necesidades reales. Situada —debido a su fácil defensa geográfica— entre el Arsenal de la Carraca (situado en una isla y que aglutinaba el grueso del mantenimiento de la flota española) y la pequeña Villa que iba creciendo en la Real Isla de León (la actual ciudad de San Fernando)

González Castejón (secretario de estado de marina con Carlos III) esbozó las ideas básicas de lo que se llamaría Nueva Población de San Carlos. Sabatini (ilustre ingeniero militar) las concretó en unos planos magníficos. A partir de 1785 fue Vicente Imperial Diguerí el director de las obras y, finalmente, a partir de 1789, fue el marqués de Ureña el que actuaría.

Si en nuestros días se trazan carreteras y líneas de ferrocarril para el transporte de mercancías y personas, en el XVIII, el siglo de la navegación por antonomasia, lo que se trazaban eran canales de navegación para embarcaciones. En concreto, para llegar a la Carraca desde la Nueva Población había que discurrir por un camino terrestre (el camino de la Clica) y finalizar atravesando el caño de Sancti Petri en barca o utilizando un puente flotante. Para mejorar estas comunicaciones el marqués de Ureña y su equipo de ingenieros comenzaron la excavación en la marisma de un canal de navegación en dirección norte-sur, que uniría directamente la Carraca y la Población de San Carlos, anulando así buena parte del camino terrestre.

Por otro lado, las embarcaciones que atravesaban la Bahía de Cádiz desde todas las poblaciones costeras (la capital, el Puerto de Santa María, Puerto Real y Rota) en dirección a Chiclana y Conil, lo hacían embocando el caño de Sancti Petri, pasaban por delante del Arsenal, atravesaban el Puente Zuazo y atracaban en Chiclana o desembocaban finalmente en el atlántico si seguían para Conil… Atravesar por delante del arsenal era peligroso porque ahí permanecía fondeada parte de la flota armada que esperaba reparaciones o, en su caso, permanecía tendido el puente flotante. Para evitar ese cuello de botella naval se ideó un atajo que consistió en labrar en la marisma un paso perpendicular al canal San Carlos – Carraca que uniera directamente la bahía con el caño de Sancti Petri. De ese modo, todas las embarcaciones del comercio local evitarían pasar por delante de la Carraca. Vale… pero entonces habría que construir un puente que vadeara ese nuevo canal y diera continuidad al camino terrestre.

Y eso fue lo que se hizo, mientras setecientos hombres se pusieron manos a la obra excavando los dos canales perpendiculares con una anchura y profundidad suficientes para el cruce de dos embarcaciones (los miles de metros cúbicos de lodos extraídos del fondo se utilizaron para elevar el camino terrestre paralelo al canal norte-sur) otros hombres construían el puente.

El Puente Ureña en el recuadro rojo. Se aprecia el camino terrestre que comunicaba la Nueva Población de San Carlos con la Carraca y el puente de barcas que salvaba el caño de Santi Petri. Se aprecian también los canales perpendiculares excavados en la marisma. El tramo de canal que pasaba bajo el puente no llegó a terminarse. Es un mapa de las defensas españolas en 1809.

Idearon una construcción elegante, equilibrada y armónica. Rematado el puente con adornos propios del neoclásico y dos cartelas de mármol a cada lado del pretil, en todo lo alto. Tiene este puente un arco rebajado o escorzano, es decir, no llega a tener 180º. Esa característica consigue que el balance de fuerzas que lo mantiene estable sea algo más complejo, pero tal vez más adecuado en un terreno de lodos en movimiento. El marqués de Ureña quería utilizar piedra de las canteras de Rota o, en su caso, de las canteras de Bolonia (las mismas que usaron los romanos para construir buena parte de la ciudad de Baelo Claudia)… pero como resultaran más caras, utilizaron la piedra ostionera local que habían extraído en el allanamiento de la superficie que sería la Nueva Población. Y resultó un puente de 4,60 metros de altura y 18,30 de anchura en su luz. El día más dramático de la historia de un puente de este tipo es cuando se quitan las jambas, el entramado de andamios que sujetan las dovelas… en ese momento el puente queda libre, la fuerza de gravedad recupera su imperio, las piedras se asientan, encajan unas con otras y adoptan la forma y compostura definitivas. En esos momentos pueden aparecer grietas, las piedras en contacto se desportillan y, en el peor de los casos, se cae…

…pero no fue el caso. Cuentan sus constructores que ni una sola piedra se desportillo. Nada cedió y todo quedó en el sitio que debería estar. Era el tres de julio de 1792 y ahí permanece desde entonces: abandonado. ¿Por qué?

Abandonado porque los caudales que deberían llegar para concluir la Nueva Población y los canales se agotaron… al año siguiente (1793) entramos en guerra contra ese mal ejemplo que era la Francia revolucionaria para las monarquías ilustradas. Y perdimos, como de costumbre. Y luego, cuando firmamos el Tratado de Basilea (1795) entramos en guerra contra Inglaterra (Guerra anglo-española de 1796-1802)… que nos arruinó económicamente y nos proporcionó otra amarga derrota naval en el Cabo de San Vicente. Más tarde la alianza con Napoleón nos llevó a la derrota de Trafalgar, y a la Guerra de la Independencia contra el francés. Tanta guerra y tanta miseria en el país hicieron que los bellos planes racionalistas para la Nueva Población de San Carlos se olvidaran y quedaran completamente superados por las circunstancias políticas, bélicas y sociológicas. Nunca finalizaron las obras de San Carlos y nunca se abrió a la navegación el canal perpendicular, el que pasaría por debajo del puente del marqués de Ureña.

Durante el convulso siglo XIX español, el bello puente languideció. El camino entre la Carraca y San Fernando, a través de San Carlos, no discurría por él, sino por el viejo trazado, a unos doscientos metros. Nunca se usó para nada. Más tarde llegó el ferrocarril y poco a poco las comunicaciones marítimas disminuyeron a favor de la nueva tecnología. La entrada a la Carraca se desplazó al este y toda la zona de marismas donde está el puente quedó desierta y sin tránsito de personas y mercancías. Para colmo, ya en el siglo XX la Marina dispuso muy cerca del puente un campo de tiro para fusiles. Y justo delante, otro para prácticas de armas cortas. Y detrás del puente, se ubicó el campo de pruebas para granadas de mano… En consecuencia, toda la fachada oriental del puente está acribillada a balazos. Generaciones de marineros e infantes de marina han disparado furtivamente contra los remates del comienzo del puente hasta el punto de desdibujar por completo los adornos tallados en la piedra ostionera…

Se entiende entonces que un puente que no lleva a ninguna parte y que permanece rodeado de campos de tiro por todos lados haya sido un territorio absolutamente vedado a la población…

…por eso ahora, una vez alejados los disparos y las balas, y cuando todos vamos comprendiendo (los ciudadanos y las autoridades militares y civiles) que conforme el tamaño de los ejércitos mengua (no así su potencial ofensivo-defensivo) aflora un patrimonio militar en desuso que a veces resulta sorprendente por el valor histórico que atesoran. Pensemos en dos ejemplos que se sitúan en San Fernando: los polvorines de Punta Cantera y este viejo Puente del marqués de Ureña. Joyas que tenemos que limpiar de olvido y, entre todos, desparramar su conocimiento por calles, aceras y plazas.

Acudimos a la cita de La Otra Cara de la Isla y reabrimos el viejo Puente del marqués de Ureña…

Por todo eso resulta emocionante ver la cantidad de ciudadanos de la Isla de León que, por primera vez en esta generación, reabrieron el viejo puente de Ureña. Fue una fiesta…

…y en primera fila, ese chico de once años que se me acercó al final del recorrido y me dijo:

Buenos días. ¿Puedo hacerle una pregunta? — Claro. Claro que podía.

¿Qué tengo que hacer para saber tanto como usted?

Puede parecer una tontería, pero se me atrancó la garganta y tuve que hacer un paripé de tos para arrancar. Pero no supe hacerlo bien y  le dije no sé qué cosas sin demasiado sentido… Ni siquiera acerté a preguntarle su nombre. Si fuera su padre (o su abuelo) me sentiría muy orgulloso de este chico. Con ellos sí hay futuro. Cultivar su curiosidad debería ser la tarea de sus educadores.

Un abrazo, amigo.

sábado, 2 de enero de 2016

Cadáveres

Recuerdo que los medios de comunicación lo airearon profusamente en su momento. El asesino le había dicho al juez: «Joder, cuánto tarda en morir un cerdo». Y cuando dijo cerdo se refería a su víctima. Un hombre escogido al azar que esperaba el autobús ajeno a lo que le deparaba el destino… una fría tanda de puñaladas que le propinó su asesino. También le dijo al juez, como para quitar dramatismo a su crimen, que hacía quinientos mil años un homínido mató a otro homínido. ¿A quién le importaba eso?

Diría servidor que al homínido muerto seguro que le importaría… Pero aún así, la tozudez fría de la reflexión vuelve recurrentemente. Y lo hace con un corolario inapelable: a pesar de todo nuestro antropocentrismo somos insignificantes frente al devenir de  la naturaleza. Los hombres somos prescindibles…

Una vez encontré un cadáver flotando entre las rocas de Calamocarro, cerca de la Fábrica de la Peste, una factoría que producía harinas de pescado en la costa norte de Ceuta, la que da al estrecho de Gibraltar. Días atrás había naufragado una barca de pescadores y los cuerpos fueron apareciendo poco a poco. Recuerdo que me impresionó más el color blanco lechoso del cuerpo que la ausencia de cabeza. Desde entonces la muerte no es negra, es blanca y gelatinosa como aquel cadáver.

Un enjambre de pececitos mordisqueaba los hilillos de carne que sobresalían del cuello. Fue una imagen fugaz porque casi al instante llegaron los guardias civiles y nos echaron de allí. Discurrían los años 60 del siglo pasado, en Ceuta, la costa africana del estrecho de Gibraltar… y la vida continuó. La vida siempre continúa… falte quien falte.

El cadáver sin cabeza estaba entre estas rocas…