jueves, 4 de junio de 2020

Ginés de Lomas, el de los agustinos


Ginés de Lomas me cayó mal desde el primer vistazo. Coincidimos en el instituto público con dieciséis años para estudiar preuniversitario, y no nos tratamos. No hacía falta. Simplemente éramos mutuamente invisibles. Él venía de estudiar bachillerato en el colegio de los curas agustinos, una auténtica institución en la ciudad. En el ambiente colonial de Ceuta, en los años 60 del siglo pasado, había niños que podían estudiar con los agustinos y los había que estudiaban en el instituto público. Ginés de Lomas llegó a PREU desde los agustinos, con los suyos y con los suyos se relacionó. Yo venía de la enseñanza pública y con los míos me relacioné —pero entiéndase que sí hubo interrelaciones de amistad entrambos grupos, por supuesto—. Todavía era pronto para entender que la procedencia social llevaba implícita una desigualdad inaceptable. No existió enemistad ni rechazo entre nosotros. No hubo nada. No creo que Ginés de Lomas se acuerde de mí. Pero yo recuerdo que su porte de cabeza y su mirada altiva me producían aversión… Una aversión injustificada, estoy convencido, porque una cierta mirada y una cierta posición de cabeza no significan nada.

Instituto Nacional de Enseñanza Media de Ceuta, mediados los años 60 del siglo XX

Luego las circunstancias nos dispersaron a todos en una diáspora vital. Ceuta se nos quedó atrás, la vida nos atravesó. Hubo que atender lo profesional, lo personal, la compañera, los hijos… todo eso nos pasó por encima y nos modeló de una u otra forma. Y ahora, al cabo de cincuenta años, las redes sociales me traen de vuelta a un Ginés de Lomas convertido en la imagen especular de la mía. Si servidor intenta usar la duda y le parece que las cosas deberían ser… Ginés de Lomas sienta cátedra en lo que escribe públicamente. Si servidor ha derivado hacia la izquierda, Ginés de Lomas lo ha hecho hacia la derecha. Para servidor los filofascistas del PP y VOX (los que lo sean, que no todos tienen por qué serlo) son indeseables; Ginés de Lomas llama al presidente Sánchez doctor fraude y al vicepresidente Iglesias lo llama, entre otras cosas, el impresentable coletas. Para servidor la tensión social y política está avivada por una campaña meditada y diseñada milimétricamente por la derecha filofascista; para Ginés de Lomas es todo lo contrario, la causa de la tensión política y social es el discurso chulo y barriobajero del coletas. Si él dice que vamos de cabeza hacia una dictadura social-comunista-bolivariana, yo barrunto y temo una deriva fascista del Estado. Si servidor aplaude el Ingreso Mínimo Vital, Ginés de Lomas lo llama paguita bolivariana… etc. No se pueden tener visiones más opuestas las mismas cosas.

Siempre me ha fascinado observar cómo, ante los mismos hechos —aparentemente objetivos—, las personas interpretemos la realidad con tantísima disparidad.

…y siento un enorme cansancio como para entrar en discusiones dialécticas con Ginés de Lomas, con mi cuñada, con mi sobrino o con cualquier otro, a través de las redes sociales, en los grupos de WhatsApp o en la barra de un bar… cuando había bares y barras. Son discusiones inútiles que no llevan a ninguna conclusión. Yo no quisiera que Ginés de Lomas cambiara su forma de pensar —esas cosas son imposibles a estas alturas de la vida y, en realidad, me da exactamente igual lo que piense—, lo que me gustaría es que aceptemos todos una sombra de duda en nuestro discurso. Servidor lo intenta —aunque no siempre lo consiga, lo reconozco—. Una simple duda. Un mínimo intento de empatía.

Pero la pregunta que todos nos hacemos, cada vez con más temor, sigue en pie: ¿cómo dialogar si parece que somos miembros de especies distintas, que miramos la misma cosa y uno interpreta alfa y otro omega?  

Bueno… aceptemos la disparidad de visiones con deportividad, como un valor añadido. Ginés de Lomas y servidor —alfa y omega— ya coexistimos sin hostilidad durante un tiempo. Puede que todo sea posible si aceptamos los mismos principios básicos. A saber: una persona, un voto; lealtad a las reglas de juego y nobleza en su uso, y una forma civilizada y respetuosa de tratarse…

Por encima de todo, vivir y dejar vivir. Que cada cual interprete su papel en este vodevil, sin interferencias.


lunes, 1 de junio de 2020

Tontos útiles que repiten los mantras hasta convertirse en adoradores de la bota que les aplasta el cuello




A servidor le parece que en la España del siglo XXI el fascismo se fusiona con las formas de VOX y PP. Y no es un fenómeno aislado, Trump, Bolsonaro, Jhonson, Salvini, Le Pen y Orban son el nuevo fascismo en sus respectivos países. Desgraciadamente, en el nuestro, las derechas tienen sus raíces intactas y ancladas profundamente en el fascismo patrio del pasado. Son derechas involucionistas y viejas. El fascismo es el cáncer de la sociedad democrática… corrompe la convivencia, hace enemigos a los vecinos bien avenidos y acaba con la civilización para volver a la barbarie. Lo hizo en el siglo XX y lo hará otra vez si no somos capaces de convencerlos. Solo así se conseguiría diluir al nuevo fascismo con dosis de razonabilidad y se conseguiría encauzarlo hacia la decencia, porque es mejor vivir en tolerancia que en la confrontación que plantean.



Los poderes reales son accidentalistas —se desenvuelven en cualquier sistema político con tal de que no vulneren sus intereses particulares—. Si les viene bien una dictadura, la mantienen. Si ahora conviene una transición política, la abalan. Si luego tienen que ser demócratas, son los primeros… y si ahora no hay una forma legal para desalojar a los bolivarianos (me refiero al gobierno de Pedro Sánchez, ya saben ustedes), aquellos patriotas, defensores de sus propios intereses, harán lo que tenga que hacerse. Es decir, una estrategia de acoso y derribo visceral, mantenida en el tiempo y miserable en el contenido, hasta donde haga falta (no es la primera vez que lo hacen contra gobiernos tibiamente sociales). Y continuarán hasta que la opinión pública quede suficientemente convencida, con campañas bien financiadas, con bulos y con mentiras abiertas, de que el desorden y el desgobierno que ellos mismos han contribuido a crear, ellos mismos lo arreglarán. Lo de costumbre: se trata de crear tontos útiles que repitan los mantras creados ad hoc hasta convertirlos en adoradores de la bota que les aplasta el cuello.

Y si no pueden hacerlo, es decir, si no logran acceder al gobierno a través de los votos, inventarán una solución de orden para evitar que estos bolivarianos gestionen la bestial crisis económica que tenemos encima, consecuencia directa de la pandemia de COVID-19. De ninguna manera van a consentir que un gobierno de coalición PSOE-UP gestione la crisis económica desde una sensibilidad social. Y, entiéndase, sensibilidad social significa que el interés público se pone por encima del interés privado. La derecha filofascista que tenemos hoy en España, y los poderes en la sombra, jamás lo van a consentir porque su patriotismo acaba donde empiezan sus intereses personales.

Por cierto, haría bien Felipe VI en desalentar tajantemente a todos esos patriotas que en la discreción endogámica de los cuarteles —y en las redes sociales— se ponen a sus órdenes para lo que sea… estos patriotas de gatillo fácil no saben (o es precisamente lo que quieren) que esas cosas acaban con listas de gente a las que hay que neutralizar si quieren tener éxito en su intento de violentar el orden con fuerza. No hay nada más despreciable para un miembro de las fuerzas armadas (Ejércitos, Policías o Guardia Civil) que desobedecer la autoridad del pueblo y levantar las armas contra sus propios compañeros o contra sus vecinos… si el fascismo del siglo XXI busca esta confrontación —y es lo que demuestra cada día, cada vez que abren la boca, en la calle y en el parlamento— es el enemigo al que tenemos que convencer de dos cosas: que al gobierno solo se llega a través de los votos, con un discurso leal a las reglas, y un talante civilizado; y que el interés general está por encima del particular… lo dice la Constitución, no esos comunistas bolivarianos: «Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general».

No se puede ser tolerante con los intolerantes, y hace demasiado tiempo que las direcciones del PP y de VOX son un peligro para la sociedad española. No hablo de sus votantes, hablo de las direcciones de estos partidos políticos, que más parecen kamikazes sociópatas que políticos de derechas.

El Ministerio de la Verdad de Orwell es una broma comparado con las redes sociales al servicio del verdadero poder, ese poder que ahora apuesta por una solución de orden con valores filofascistas para defender sus intereses particulares, nunca el interés público. Es francamente difícil encontrar hechos en el maremágnum de opiniones interesadas… y cuanto más dinero hay implicado, más masiva es la avalancha de opiniones pagadas con ese dinero. Lo visible en las redes sociales, no es una verdad razonable. Lo que genera creencias, es decir, lo que se convierte en una verdad absoluta sobre la que construir un discurso, es la opinión difundida masivamente y apoyada masivamente con euros, dólares, rublos o yuanes… y es entonces, para crear esa opinión interesada, cuando entran en juego los tontos útiles que rebotan falsedades, medias mentiras, medias verdades y auténticas injurias contra el gobierno de España… que será un gobierno mediocre y manifiestamente mejorable, pero es el que ha llegado democráticamente a la Moncloa. Y esto es algo que ni entienden ni soportan los filofascistas españoles. Nunca aceptan NO ESTAR en el gobierno: necesitarían castrar sus viejas raíces patrióticas y florecer en otro tiesto para ser una derecha decente de una puñetera vez. Les falta el hervor democrático que nunca han tenido.

Intolerancia total con los fascismos. Nos va la civilización en ello.

jueves, 14 de mayo de 2020

Replicantes


Torrealta desde el manchón de los viejos almendros



Me gustaba pasear con Boro-boro cuando todo era soledad y los vecinos estaban confinados en casa… ya sabéis, la pandemia de COVID-19, ese punto de inflexión en nuestra historia. En los primeros días resultaba sobrecogedor el silencio de la ciudad, la ausencia de movimiento, las calles y carreteras vacías… nadie a la vista. Solo los servicios esenciales, y básicos para la vida, se mantenían en pie y visibles. Entonces daba gusto sonreír a los pocos humanos con los que te cruzabas y era emocionante aplaudir desde los balcones a los que arriesgaban su salud y permanecían al servicio de los demás. Colaborar, cooperar y ser empático eran valores en alza y cada uno de nosotros tenía la secreta esperanza de que sería algo duradero. Teníamos un enemigo común, y esta vez, para variar, no era otro humano, era una cosa que no se sabe muy bien si está viva o es inerte… los que estudian estos asuntos no lo tienen claro. Pero, sea una cosa viva o no, el coronavirus se replicaba como un demonio.

Todo parecía una broma planetaria en el escenario de una distopía de película. De golpe el país (y buena parte del mundo) se detenía en seco porque los hombres éramos vectores de transmisión y no convenía acercarnos unos a otros. Nos quedamos en casa y abandonamos buena parte de los trabajos. Se hizo realidad el símil que explica ese gólem económico irracional, esa economía que no puede dejar de crecer ni detenerse porque… la economía es como pasear en bicicleta, si te paras te caes. Y así ad infinitum, hay que seguir pedaleando aunque delante se abra un precipicio o se agote un planeta, hay que seguir pedaleando sea como sea. Hay que crecer indefinidamente, aunque esa economía depredadora agote los recursos del planeta, lo llene de basura y lo haga inhabitable. Hay que seguir con esto porque no hay alternativas al sistema —nos dicen los popes de la cosa neoliberal—, aunque sea una economía que genera riquezas que acumulan unos pocos y acrecienta la miseria de la mayoría… Pues la paramos en seco porque nos iban muchos muertos en el envite, y porque, afortunadamente, en el gobierno había gente con tal sensibilidad… que casos hay (Trump y Bolsonaro, por ejemplo) que anteponen la actividad económica a la vida, entre otras cosas, porque no entienden que el Estado deba ocuparse de amparar a la gente, sino que lo perciben como una cancha para que los negocios dicten las leyes de la supervivencia social y biológica. A servidor le parece que esa especie de darwinismo económico es un concepto criminal.

Pues, a pesar de la paralización económica, el gobierno bolivariano de España (que así lo llamaban los ciudadanos filofascistas) sacaba dinero de los prestamistas para atender las necesidades inmediatas de la gente —ya veremos quién y cómo se paga esto—. Las empresas más poderosas se volvían aparentemente solidarias de la noche a la mañana, y el temor al minúsculo coronavirus, por el momento, parecía sacar cosas buenas de la condición humana… excepto de algunos políticos, que seguían empeñados en aprovechar esta macabra oportunidad para conquistar el poder con malas artes, como siempre hacen los de esta calaña política cuando no mandan ellos.



En ese tiempo de confinamiento humano, personalmente, me interesaba mucho observar cómo la naturaleza recuperaba el lugar que dejaban los humanos. Jabalíes y lobos por las calles, zorros por jardines urbanos, osos en las piscinas, medusas en los canales de Venecia, nutrias en los puertos… Y al cabo de los cincuenta días —es a lo que servidor iba—, cuando nos dieron suelta y volvimos a pasar por los sitios prohibidos, vimos que las plantas silvestres habían crecido sin control en lugares urbanos que antes eran transitados. Tanto habían crecido que casi cubren, por ejemplo, la escalera que baja desde el Observatorio de la Armada hasta el parque del Barrero, junto al Meridiano de San Fernando. La vida siempre se abre camino, busca los recovecos propicios y la mínima oportunidad, y la aprovecha. Lo hacen las plantas, que crecen estupendamente cuando no hay humanos que molesten. Y lo hacen los virus que, sean cosas vivas o inertes, buscan replicarse simplemente porque tienen una determinada estructura molecular y, en este universo, resulta inevitable hacer copias de tal molécula. Aquí no hay voluntad ni intentos conscientes de autoperpetuarse, solo hay química. Es tan inevitable que un virus se replique (cuando está en la mucosa adecuada) como que una manzana caiga de su árbol. Parece que toda la dinámica vital se reduce a eso, a replicar el ADN por encima de cualquier obstáculo, sin misericordia, a pesar de todo, cueste lo que cueste. La vida es replicarse, hacer copias de esa cadena helicoidal de cuatro bases nitrogenadas ordenadas vaya usted a saber cómo… Física y química, dos percepciones de la misma esencia.

El universo parece ser pura física, aunque no lleguemos a entender sus leyes todavía. La vida parece ser pura química… y cualquier pensamiento o conducta humana, por muy elaborada, sublime o espiritual que nos parezca, es consecuencia de interacciones entre ondas y partículas. Y tal consideración no resta ni un ápice de belleza al hecho de estar vivo, de pensar para construir ideas, de ser conscientes de nuestra existencia y de amar… es decir —hablando de amar—, al imperativo inevitable de replicar tus propios genes con esa chica de ojitos risueños…

martes, 14 de abril de 2020

La guerra es paz, la libertad esclavitud y la ignorancia es fuerza...




Abril de 2020. Un mes de confinamiento. Qué lejano queda todo lo que creíamos normal y asentado. ¡Solo teníamos un castillo de naipes! Para algunos —a los que nos iba razonablemente bien, en países con cierta protección social—, qué deseable resulta (ahora que la hemos perdido) volver a esa normalidad que nos favorecía y que vamos idealizando conforme pasan los días de encierro. Y mientras esperamos confinados, ansiamos que el virus se canse o sea derrotado a fuer de trabajo y solidaridad, y, sobre todo, deseamos que sea derrotado a pesar de las zancadillas que ponen los que no tienen la dirección política, pero la ansían a cualquier precio.



Sin embargo, ¿qué dirán los que viven a nuestro lado y sufrían una normalidad indeseable? Es decir, los que viven al día y con futuro incierto; los parados o con trabajos precarios y sin planes de futuro, porque no se puede pensar en el futuro con una mierda de trabajo, sin casa y sin estabilidad económica. ¿Qué querrán para después de la pandemia los trabajadores que siguen siendo pobres aunque trabajen toda la jornada? Los pobres de solemnidad que viven en la calle, los millones de personas que malviven en países pobres y sin cobertura del Estado; los que huyen de la miseria y la muerte, y quedan atrapados entre las alambradas y los gases lacrimógenos. ¿Qué normalidad desean todos ellos para después de la pandemia? ¿Quieren la misma normalidad que sufrían o querrán el confortable espejismo que teníamos unos pocos? ¿O querrán una situación más justa y solidaria, con una riqueza nacional al servicio del conjunto de la sociedad o, mirando más ampliamente, con una riqueza global al servicio del conjunto de la humanidad en lugar de seguir apalancadas las riquezas en manos del infame 1% y/o en paraísos fiscales?

¡Qué risa doy, por dios, planteando tonterías!

Me parece que no volveremos a ninguna normalidad previa. Ya lo dejó bien explicado Naomí Klein: las crisis provocan un colapso civilizatorio, y el colapso se aprovecha para enriquecer a los que ya eran inmensamente ricos. Lo que teníamos algunos —riqueza, estatus, bienestar— se ha volatilizado. Se nos habrán muerto miles y miles de personas por culpa de un virus que apenas son dos moléculas de 400 nanómetros de diámetro. La civilización de los hombres está quedando en jaque por una cosa pequeña que se reproduce en la garganta de cualquier ser humano a una velocidad endiablada. Las crisis históricas de la humanidad —ya sean económicas, bélicas, sociales, naturales, climáticas, sanitarias o de cualquier tipo— jamás han conducido a la situación previa a ellas, propician siempre otros valores entre los que sobreviven a los vaivenes. Provocan un tiempo nuevo en el que siempre hay vencedores y vencidos exterminados… lo distinto de esta pandemia vírica es que va contra el homo sapiens en toda su amplitud. El bicho es planetario, no entiende de fronteras ni de grupos nacionales o étnicos, ni distingue entre poderosos y sometidos. Tales cosas son inventos culturales que no altera la química y la física de las moléculas.

¿Qué valores emanarán después? Puede que el vuelco social y geopolítico lleve a desorden y caos, y a soluciones autoritarias (ya hemos experimentado tal catarsis histórica). Pero, por encima de eso, ojalá sirva la pandemia —como desea Eudald Carbonell— para que surja la conciencia global de pertenecer a una misma especie… porque si no es así, nos irá muy mal. Y para que eso funcione, es decir, para que nos sintamos miembros de una misma especie y la cuidemos, sobran dirigentes obtusos como Trump, Xi Jinping y decenas de tipos como estos, que anteponen —como han hecho todos hasta ahora— su tribu a las demás tribus. Creo que necesitamos forjar y difundir una conciencia colectiva basada en la existencia de enemigos comunes a la especie: el coronavirus y la precaria habitabilidad del planeta… Y creo que sobran los pensamientos que consideran esta crisis —y cualquier otra— como una oportunidad de alcanzar el poder y usarlo para reordenar la sociedad según su criterio (¡como si no estuviéramos hasta las narices de fascismos!); pensamientos que ven en la pandemia una oportunidad para rehacer negocios y alcanzar beneficios económicos privados… una oportunidad para seguir por donde íbamos, es decir: corriendo hacia el precipicio (¡maricón el ultimo!), pero con gente doblegada por el miedo.

Yo también quiero creer que es imposible fundar una civilización sobre el miedo, el odio y la crueldad. No perduraría. Nos lo dijo George Orwell.

Son malos tiempos para el pueblo que trabaja, el pueblo que se levanta todos los días para buscar el sustento diario. La gente normal siempre pierde. Los vencedores siempre son las élites dirigentes, los que detentan, por designio propio o divino, las riendas de la sociedad… los que se nutren del trabajo de otros: los indeseables.

lunes, 23 de marzo de 2020

El pueblo y no las élites




Domingo, 22 de marzo de 2020. Primera semana de cuarentena. La cama me rechaza temprano. En el Sur amanece un estupendo día de primavera. Después de la lluvia nocturna el patio huele a la tierra mojada. Disfruto de ese instante y procuro desechar cualquier otro pensamiento. Más nos vale. Boro-boro trota contenta hacia el parque del Barrero… pero está cerrado. El estado de alarma tiene estas cosas. Por el camino solo nos cruzamos con otro perrito y su dueño. No nos conocemos, pero nos saludamos con una especial cordialidad (los humanos, digo). El otro perro se encara con un gato indolente que toma el sol en mitad del camino. No se inmuta el felino. Boro-boro ladra envalentonada para ayudar a su colega… pero el gato sigue impasible en su puesto. Ni se molesta en abrir los ojos y los perros mantienen la distancia. ¡Esto no es lo que era! Los tiempos siguen cambiando desde que lo anunció Dylan… y me parece que jamás van a dejar de cambiar.

Gente junta / (c) Milan-2012

Ayer dio una charleta televisiva el presidente Sánchez. A él le toca ser la cabeza visible de este país enclaustrado. ¿Logrará serlo? Este coronavirus, y las medidas para combatirlo, está creando entre nosotros la conciencia de pertenecer a un mismo colectivo (me parece que esto pone de los nervios a la derecha filofascista, y a la otra también). Es algo que teníamos muy atrofiado, lo de sentirnos miembros de una misma cosa, digo. Ahora, cuando nos ataca el mismo enemigo, en cuestión de días estamos redescubriendo de somos un pueblo capaz de cosas que ni sospechábamos. Es verdad que la pandemia nos hace vulnerables, que nos sumerge en un baño de humildad, pero al mismo tiempo parece que —de momento— nos hace mejores personas. Da la sensación de que con el país en cuarentena entendemos por fin qué es lo verdaderamente valioso en nuestro modelo de sociedad: los ciudadanos. Y en concreto, la gente que pelea cara a cara contra el virus en hospitales, en las calles y fábricas, en los servicios básicos, en las fuerzas armadas, en las distintas policías y demás funcionarios; los miembros de protección civil, los que trabajan en el sector primario, los que están detrás de las cajas de los supermercados y muchos más… Ciudadanos fundamentales mantienen nuestro entramado vital. Son ellos lo más valioso de nuestra sociedad.

El virus ha servido para entender eso, que el sostén del Estado no son los políticos, ni las estrellas del deporte, ni los famosetes encumbrados por la telebasura, ni los privilegiados por nacimiento. Muchos de estos —incluida la familia real, por supuesto— se han convertido, de la noche a la mañana, en personas prescindibles. Sólo son un mal escaparate de la sociedad, son el circo cutre, productos de usar y tirar… y, por lo general (salvo honrosas excepciones), difícilmente son ejemplo para nadie.

Hoy hemos comprendido que una cajera de supermercado es mucho más importante que un futbolista o un famosete infumable. ¡Qué pequeñas y que ridículas parecen ahora esas estrellas mostrando en las redes sociales sus gracietas encerrados en sus lujosas casas! ¡Qué insustancial parece el rey diciendo a destiempo pamplinas que a nadie interesa!

Susana, mi cajera-reponedora del MAS, es mucho más importante que cualquiera de ellos. ¡Ahí está, detrás de la caja, expuesta día tras día a un contagio! ¿Por cuántos euros al mes se expone Susana? ¡Ojalá! la pandemia nos sirva de reflexión y comprendamos que el objetivo de toda política debería ser el bienestar de los que sostienen a la sociedad: la gente real, la importante, es decir, el pueblo —esos héroes anónimos que se lo trabajan y cumplen con sus obligaciones—. Los que construyen día a día la intrahistoria unamuniana. A esa gente debemos la cohesión de nuestra sociedad, no a los que emergen de la basura mediática, no a los que nacen en camas nobles, no a los surgen de una democracia formal y traicionada.

Me gustaría que una de las consecuencias de esta crisis sanitaria, social y económica fuese un cambio de mentalidad que reconozca al pueblo —no a las élites ni a los mercados— como el pilar básico de la sociedad. Y que su bienestar sea el objetivo inviolable de la política.

jueves, 19 de marzo de 2020

La lluvia del tercer día



Miércoles, 17 de marzo de 2020. Tercer día de cuarentena. Las calles vacías. Llueve… detrás de los cristales, llueve y llueve, sobre los chopos medio deshojados, sobre los pardos tejados, sobre los campos, llueve. Una DANA se ha plantado encima de nosotros y nos regala sus lágrimas. Invita a mirar a través de los cristales de tu casa, convertida en una jaula por culpa del coronavirus. Ojalá la lluvia no cause daños añadidos. Quiero ser optimista con el futuro que siga a la pandemia, pero me cuesta. Somos frágiles… frágiles y un poco viejos. Hemos aprendido que para pensar en el futuro hay que tener en cuenta la economía. Y para vencer la pandemia nos hemos enclaustrado y detenido en seco la espiral creciente de producción y consumo. ¿De qué va a vivir la gente si no reconstruimos el consumo incontrolado de cosas y servicios, aun sabiendo que es un camino insostenible? Volver a lo mismo, a lo que hemos venido haciendo hasta ahora, implica enormes emisiones de dióxido de carbono, cambio climático, desastres naturales y, sobre todo, implica desigualdades sociales crecientes y explosivas.  El capitalismo, con sus crisis sistémicas (esos parones para reiniciar el expolio de los más pobres, eliminar a los improductivos como sobrantes y acrecentar las desigualdades entre grupos sociales), es un fracaso. Como fracaso fue la praxis comunista ensayada y traicionada siempre… pero nadie habla del fracaso del capitalismo, ese sistema aniquilador de lo público y esclavizante de personas. O si lo dicen unos pocos son ridiculizados por los medios que crean la opinión en manos, por supuesto, de los propagadores del neoliberalismo más salvaje e inhumano.

Imagen cortesía de Ángel López González

Yo sé —como lo sabe todo el mundo— que la felicidad de la gente no puede basarse en consumir cosas inútiles o en viajar emulando grandes aventuras con cara de bobalicones y barriguita cervecera… pero si dejamos de hacerlo nos caemos de la bicicleta. Es lo que está pasando por culpa del coronavirus… que hemos dejado de pedalear y nadie ha inventado una alternativa a la bicicleta. Nadie explica que, a pie, sin bicicleta, también se llega a las grandes alamedas… tal vez más lentamente, pero sin jadear, respirando, hablando con tu compañero y mirando el entorno. Nadie explica que existe vida al margen de lo neoliberal. La vida puede ser más amable. ¡Tiene que ser más amable! La inmensa mayoría de la gente de este planeta lo quiere… entonces ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué no jubilamos a los que trabajan con la desigualdad como método y categoría? ¿Por qué no desplazamos a los que se empeñan en acumular la riqueza explotando a los más pobres? No sé… tal vez por la misma razón por la que los judíos fueron dócilmente a los campos de exterminio. Porque era inconcebible tanta crueldad en los de tu misma especie.

Que un país se quede en casa es una experiencia que todos vamos a recordar, y saca lo mejor de cada uno de nosotros. Está claro que no hay nada más adecuado para cohesionar a un pueblo que un buen enemigo externo. Esta vez no son pérfidas albiones o altivos gabachos los atacantes. Esta vez es un virus lo que nos hace comprender de nuevo que somos un pueblo cohesionado, sin necesidad de banderitas ni fanfarrias. Pero me temo que la recesión económica que va a llegar será histórica y hará saltar por los aires cualquier cohesión inicial. Ojalá me equivoque, pero a la solidaridad cívica y espontanea de los primeros días seguirá el egoísmo propio del animal atávico que llevamos dentro. Ese sálvese quien pueda es tan contagioso como la compra compulsiva de papel higiénico. Y, que no nos quede duda, es lo que conviene a los que mandan en la sombra: que no les identifiquemos como los verdaderos enemigos y que nos peleemos entre nosotros, con nuestros iguales, por las migajas que nos dejan.

Lo más probable es que estemos entrando en una nueva época. Una época en la que los poderosos generen tal crisis social y económica que, para escapar de ella, se justifiquen soluciones autoritarias. Ya pasó en la primera parte del siglo XX. Parece que cada generación tenga que experimentar por sí misma los infiernos que lograron superar las anteriores…

viernes, 21 de febrero de 2020

Mientras dudamos



Mientras dudamos, mientras pensamos con cuidado qué tenemos que hacer, el fascismo del siglo XXI progresa con decisión… La imagen que se me forma en la cabeza cuando escribo estas palabras es la de tres militares sin honor que el 18 de julio de 1936, en trajes de campaña, correajes y pistolas al cinto, suben las escalinatas del ayuntamiento de San Fernando (Cádiz) y detienen a punta de pistola a los concejales republicanos de la ciudad. ¿Su autoridad? Sus pistolas y la amenaza de usarlas. La decisión, la marcialidad y la osadía de esos tres militares indeseables se hizo proverbial. Mientras todo el mundo en San Fernando permanecía expectante ante el desafío del general Franco y el ejército de Marruecos, ellos se adelantaron, tomaron la iniciativa y vencieron… el que golpea primero, golpea dos veces. Mientras la gente de honor pensaba qué cosa debía hacerse, el fascismo del siglo XX tomó el poder en San Fernando y en media España.


Hay algo atávico en el ser humano que nos predispone a desbloquear el instinto más bajo, lo más brutal de nosotros. Dicen los que saben de estas cosas que nuestro cerebro de reptil (que ni piensa ni siente, solo actúa) sigue vivo y latente ahí debajo, en lo más profundo de la masa encefálica, proponiendo una conducta instintiva, poderosa y muy resistente a los cambios. Esa parte del cerebro es la que nos hace territoriales y violentos, y la que nos inclina a defender lo más primario para sobrevivir: mi tribu, mi territorio, mis fronteras, mi hembra, mi prole, mi tradición, mis dioses, mis enemigos… y, en nombre de estas claves, ese cerebro es capaz de cometer las mayores atrocidades mediante respuestas elementales, poco complicadas en lo emocional y en lo intelectual. Cuando dejamos actuar a nuestro cerebro reptiliano nos comportamos como animales salvajes. Las dos guerras mundiales del siglo XX y, sobre todo, los genocidios perpetrados fríamente por los regímenes totalitarios lo muestran. Los animales, no tienen opción… pero la gente civilizada sí la tiene.

A esta parte irreflexiva del cerebro apelan las ideologías totalitarias con éxito asegurado. Ocurrió así con el fascismo italiano, el nazismo alemán, el estalinismo soviético, el franquismo carpetovetónico y demás ponzoñas ideológicas que hoy vuelven a aflorar como setas después de la lluvia. Fueron —y vuelven a ser— ideologías que apelan a lo más primario del ser humano con mensajes sencillos (…en España no puede quedar ni un judío ni un masón ni un rojo, por ejemplo) que tuvieron inmediatas respuestas atávicas y brutales. Es decir, respuestas que aquí en España llenaron las fosas comunes de masones y rojos, ciudadanos que no cabían en esa España excluyente que diseñaron militares sin honor y fascistas sin misericordia… porque esos conceptos-valores [honor y misericordia] no se conjugan en el cerebro reptiliano.

En esas ideologías no caben ni el altruismo ni la empatía, porque tampoco caben en el cerebro de reptil: no está hecho para esas tareas. En los comportamientos fascistas, sincronizados con las potencias del cerebro reptiliano, priman los intereses de la pequeña tribu, lo demás es prescindible. Las conquistas de la historia, el humanismo en sentido amplio, el arte y la poesía, la inteligencia y la sensibilidad, todo lo trascendente, la lucha por colocar al hombre y a la humanidad en el centro de la reflexión por encima de los catetismos nacionales… nada de eso tiene la menor importancia, son cosas prescindibles para los comportamientos fascistas. America, first. Arriba España. Una Patria, un Estado, un Caudillo…

Se nos olvida que las conquistas de la civilización son lo único que disponemos para domeñar nuestros atavismos más primitivos, es decir, para atajar los fascismos del siglo XXI. Desgraciadamente la costra de civilización que hemos creado es extremadamente frágil… ¿qué son cinco mil años de culturas humanas frente a los 3000 millones de evolución biológica para que sobreviva el más fuerte?

Y mientras dudamos qué debemos hacer con la civilización, el nuevo fascismo progresa adecuadamente para destruirla otra vez. El hombre reptiliano vuelve a mandar… es la reconquista de los hombres sin complejos.