lunes, 26 de julio de 2021

Concordia y sodomía

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur

Cuarenta y seis años hace que falleció el general Franco y seguimos necesitando una ley que reconozca a sus víctimas. ¡Tiene huevos la cosa! Teníamos víctimas del terrorismo, de catástrofes naturales, pero de Franco, no. Es decir, hemos necesitado una ley que reconociera los derechos de los que padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la Dictadura franquista hasta la promulgación de la Constitución Española de 1978. ¡Como te digo, Antonia! Debería ser de cajón reconocer a las víctimas del franquismo, igual que se reconocieron en su momento a las del nazismo. No parece lógico, pero es así. Es así porque, más o menos, la mitad de los españoles están representados por una derecha política heredera de aquellos franquistas y no está por la labor de reconocer que sus mentores políticos eran unos criminales que provocaron miles de víctimas en las retaguardias o en La Victoria. No están por esa labor tales partidos. No. Por eso necesitamos que el parlamento refrende una ley que reconozca a las víctimas y condene a los causantes. Y así es cómo en España tenemos oficialmente víctimas del franquismo, porque lo dice la ley con un puñado mayoritario de votos, no porque sea una realidad reconocida, consensuada, aceptada por todos. ¡Somos raros, raros, raros!

Imagen tomada de columnacero.com

Aquí no tenemos una derecha civilizada y moderna, Antonia. ¡Que envidia nos da la derecha portuguesa, francesa o alemana! Esas derechas no son herederas del salazarismo, fascismo o nazismo. Lo han superado. Cada una tendrá sus cosas y sus manías, vale, pero son leales al juego democrático y tienen miras más altas que su propio ombligo. La nuestra no es así, digo el PP y VOX —lo vemos continuamente en el parlamento y cada vez que abren la boca en los medios—, que hunden sus raíces en lo más rancio y casposo del franquismo, al que no condenan. Aún recuerdo a Rajoy recortando con una verónica magistral —qué buen gallego era el tío, Antonia— mientras explicaba que «…eso del pasado, pues tal, mire usted; pero yo prefiero mirar al futuro». O al de VOX aseverando que el gobierno del presidente Sánchez era el peor en los últimos 84 años. ¡La madre que lo parió! ¡Ponía en igualdad los gobiernos del dictador con los gobiernos salidos de las urnas! Y luego tenemos a Casado con la penúltima genialidad: «La guerra civil fue un enfrentamiento entre los que querían democracia sin ley y los que querían ley sin democracia». Hay que reconocer que, reescribiendo la historia, el señor Casado está a la altura de su postgrado conseguido en Aravaca (Harvard). Otro personaje de VOX, el general Rosety, dice lo mismo «que no fue un golpe militar. Que fue media España que se alzó contra la otra media porque estaba siendo agredida». Sí, tú ríete, Antonia, pero este discurso es el mismísimo discurso que dispuso el franquismo como verdad oficial e inmutable. O sea, estamos en el siglo XXI y parece que aquí no ha pasado el tiempo.

Lo lógico habría sido que, al morir el dictador, muriese su régimen. Borrón y cuenta nueva. ¡Hala, a otra cosa, mariposa! Pero, no fue eso lo que ocurrió. Hubo transición, no ruptura con el franquismo. No se extinguió la dictadura, se metamorfoseó de gusano moribundo a real mariposa democrática. Puede que esa mutación del franquismo a monarquía parlamentaria (o sea, esa Transición Que Se Estudia En Todas Las Universidades Del Mundo) fuese lo mejor que nos podía pasar. Estoy convencido de que fue importante lo que se hizo y cómo se hizo, y nos sirvió para salir adelante. Tal vez fuera lo más inteligente que se pudo hacer en ese momento… pero quedaron muertos en el desván. Cerramos las heridas y quedaba pus bajo las cunetas. El franquismo permaneció, fresco como una flor, en la judicatura, en el ejército, en las fuerzas de seguridad del Estado, en el funcionariado, en el mundo empresarial, en las finanzas y políticamente se llamó desde entonces Alianza Popular —acuérdate, Antonia, de los Siete Magníficos ministros de Franco—, y luego se refundó en el Partido Popular, y del PP salió un tumor neofascista llamado VOX… y mantienen vivas en la sociedad las esencias de un régimen criminal que no se condenó en su momento, como debió hacerse. Siguió vivo el franquismo, y sus herederos se convirtieron en demócratas de toda la vida. Esa sociedad profunda y estos partidos políticos siguen con la pulsión de partido único. No asimilan que en democracia a veces se gobierna y a veces no… y no pasa nada, Antonia (bueno, vale, se pierde el BOE y numerosos chiringuitos de confianza y miles de puestos de trabajo para amiguetes y tal, pero se debería asumir con deportividad, diría servidor…)

Por eso necesitamos esa ley de memoria. Porque hubo que tragar ruedas de molino en la Transición, y callar y aceptar el perdón de los pecados para los verdugos. Fue el precio para continuar la historia en paz. Durante la Transición tuvimos una espada de Damocles sobre la nuca. Pero, ahora, cada cuerpo que exhumamos de las fosas comunes es un grito de cuencas vacías dirigido directamente a los asesinos. Y hay herederos ideológicos en el PP y en VOX que se sienten aludidos, señalados, avergonzados. Por eso pretenden hacernos creer que exhumar víctimas del franquismo deteriora la convivencia de los españoles y nos llaman desde los escaños buscadores de huesos (o de subvenciones)… además de repetir en todos los foros los tradicionales mantras: hay que dejar en paz a los muertos; lo pasado, pasado está; hay que mirar al futuro; ¿para qué remover viejas heridas?

Dice el presidente del PP que cuando llegue a la Moncloa va a derogar la próxima ley de Memoria Democrática por faltona y parcial —la verdad es que a la derecha española nunca le ha gustado que saquemos a sus muertos del armario—, y la va a sustituir por una ley de concordia… en Andalucía ya tenemos un Comisionado de la Concordia que sustituye a la Dirección General de la Memoria Democrática. Lo lleva políticamente gente de VOX, por cierto. Era una de las condiciones para apoyar al gobierno andaluz del PP y Ciudadanos. La zorra en el gallinero… Son maquiavélicos y listos, hay que reconocerlo, Antonia. Oponen a la ley de memoria una ley de concordia dando por hecho que ambos conceptos son antagónicos… si recuperamos la Memoria nosotros nos encargamos de que no haya Concordia es lo que vienen a decir. Utilizan esa palabra: CONCORDIA. ¿Quién se podría oponer a una ley de concordia nacional? ¡Nadie! Nadie desea la discordia y nadie razonable se va a oponer a que los españoles recuperemos otra vez la concordia. Pero en boca de estas personas, concordia significa olvidar las cunetas y el crimen que cometieron sus mentores. ¡Son buenos, los tíos! ¡Son muy buenos utilizando el lenguaje y las palabras para hacerse con el relato! Son muy buenos sembrando la discordia y los malos modos en el parlamento, y en el mundo político, para luego proponer la solución al ambiente irrespirable que ellos mismos generan. Como siempre hacen.

No sé, Antonia… los nazis perdieron la guerra y se les condenó en Nüremberg. Todos entendimos y aceptamos que esos crímenes eran condenables. Pero los franquistas ganaron su guerra contra la República y nadie en España pudo condenarlo (los que habrían querido estaban muertos o exiliados). Y tuvieron 40 años para desarrollar una sociedad con valores antidemocráticos. Tuvieron tiempo para tapar sus crímenes inventando un relato a su medida. Y cuando murió el dictador, tampoco se le condenó. Y, por si acaso, a los franquistas y a sus crímenes no reconocidos se les amnistió en 1977… fue el precio de una Transición modélica. Y ahora salen de nuevo retomando el relato franquista de la historia. Insisten en que es mejor no recordar más cosas. ¡Para qué tanta ley de memoria! Mejor aplicamos una ley de concordia porque, al fin y al cabo, en su relato no existió el golpe de Estado de 1936, aquella guerra que provocaron fue una cosilla entre los que querían democracia sin ley y los que preferían ley sin democracia. ¡La madre que nos parió! Por lo menos reconocen que lo suyo no era democracia, ¡que ya es algo!

No. Nosotros no tuvimos nuestro Nüremberg y, por eso, en la conciencia colectiva de los españoles no está asentada la convicción de que el franquismo fue un régimen criminal y condenable. Y, por ejemplo, los herederos de aquellos españoles, como el señor Almeida, alcalde de Madrid, se permite el lujo de arrancar las placas de granito con los 2937 nombres de víctimas fusiladas por el franquismo en el cementerio de la Almudena. Aduce que no están todas las víctimas de Madrid, pero calla que los asesinados en Paracuellos, en las calles, en los cementerios y en las chekas madrileñas llevan 84 años siendo reconocidos como mártires y víctimas de la barbarie roja. Nadie duda de esos otros crímenes. La pena es que las 2937 víctimas del franquismo vuelven a estar tiradas por el suelo, maltratadas y silenciadas oficialmente en el siglo XXI. Y, para rematar la tropelía, también se arrancaron, por impertinentes, los versos de Miguel Hernández que iluminaban el intento de Memorial madrileño: «…porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida». Pero lo que retoña son los valores que produjo esas 2937 víctimas.

La concordia —ese concepto tan necesario en España y que los herederos del franquismo se quieren apropiar— pasa por mantener viva la Memoria y el reconocimiento de las víctimas. Para que haya concordia es preciso que las víctimas y los verdugos se reconozcan mutuamente como tales. Hoy solo viven los herederos. Unos biológicos, otros ideológicos. La pregunta es: ¿Cuándo reconocerán los herederos ideológicos del franquismo que sus mentores fueron militares sin honor, miserables fascistas y verdugos de moral católica? ¿Cuándo, Antonia?

 


miércoles, 21 de julio de 2021

Insigne poeta gaditano, sin duda

 Este artículo se publico en La Voz del Sur

Don José María Pemán y Pemartín no era hombre que amara la democracia. El concepto básico de un hombre, un voto —que suele servir para construir la convivencia— era, para el insigne poeta y diputado gaditano, algo prescindible. Sus convicciones no iban por esos derroteros, encajaban mucho mejor con una forma de gobierno fuerte y trufado de militarismo autoritario. Lo decía él mismo, que vestía con frecuencia el uniforme del requeté en sus arengas patrióticas por el frente, y lo dejó por escrito sin metáforas y sin vericuetos poéticos. En el discurso que pronunció en San Fernando el 19 de diciembre de 1936, en el homenaje al alcalde impuesto, don Ricardo Isasi Ivison (comandante de intendencia de la Armada, sublevado), no tuvo remilgos en afirmar que un Estado verdadero no puede existir sin un espíritu militar que lo impregne de virtudes castrenses: «Ricardo Isasi es un excelente alcalde —decía Pemán— porque antes fue un perfecto militar […] no hay Estado vivo y verdadero, sin un espíritu militar que lo rodee de virtudes castrenses y de vigilantes previsiones» (1). Ideas que encajaban perfectamente en el carácter militarista que definía el fascismo de la época.


 

Sin duda, Pemán debió sentirse cómodo rodeado de las virtudes castrenses de la dictadura militar que estaban perpetrando en 1936. Él prefería un gobierno en manos de militares sin honor —sin honor, digo, porque habían violado la promesa de fidelidad a la República—, rodeado de fascistas y católicos anclados en el Concilio de Trento, una élite dirigente capaz de enmendar sin miramientos comportamientos equivocados… y, por supuesto, ellos decidían cuáles eran los comportamientos equivocados sin apelar a consensos ni zarandajas democráticas. Pemán desarrolló esta idea en muchos de los discursos y artículos que perpetró durante la guerra civil. Lo dejó por escrito, se puede consultar, y estaba orgulloso de lo que decía y sentía.

Pensaba el poeta que la guerra civil del 36 era necesaria si queríamos una patria como Dios manda. Algo molesta la guerra, vale, pero necesaria. Lo dijo abiertamente ante los micrófonos de Radio Jerez el 12 de agosto de 1936 (luego se publicó extensamente en la prensa local) (2). Decía Pemán que «…bueno era que todos nos fuéramos haciendo a la idea austera de que estamos en guerra; y es necesario que esta idea se apodere de todos los espíritus para que sustituya a aquella de que vivimos un golpe militar». Explicaba más adelante que un golpe de Estado fácil y rápido habría sido demasiado barato para rescatar el tesoro que es la Patria, «…que ese tesoro tiene un alto precio, el del dolor de una guerra que por dura que sea, era necesaria y conveniente». Eso decía el insigne poeta justificando la necesidad de la guerra que ganó el general Franco y sus conmilitones.

También se prodigó don José María en propiciar la represión militar y fascista contra los vecinos de Cádiz y provincia. Ahondó el insigne poeta en la necesidad de perseguir a los republicanos que se podrían oponer a la barbarie desatada por militares, falangistas y requetés. Pemán proponía reprimir a esos españoles y tampoco lo ocultaba. Decía en su famoso artículo La hora del deber: «En una guerra civil del tipo de la que vivimos… el enemigo está en casa, pues siempre aún después de derrotado, queda enemigo conviviendo receloso a nuestro lado, emboscado en el disimulo…» (3). Y, en consecuencia, a ese enemigo conviviendo receloso a nuestro lado, emboscado en el disimulo, había que señalarlo y neutralizarlo si se quería perpetrar con éxito una patria limpia de judíos, masones y marxistas. Palabras que pudieran hacer pensar que Pemán fuera cómplice de la barbarie desplegada en la retaguardia fascista. También propuso amenazas a los que se resistieran al Glorioso Movimiento Salvador de la Patria. Decía en su arenga del 22 de agosto de 1936: «Obrero, estás a tiempo de enmendar tu camino. No te dé miedo lo que hayas sido o a donde hayas pertenecido. Ten en cuenta que el castigo para los que se oponen al movimiento salvador será seguro…» (4). A pesar de su gracejo habitual, hablaba en serio el poeta.

Pero aún llegó a ser más explícito don Jose María. Explicaba el insigne vate, con su lenguaje sencillo, que la guerra civil era la única manera de extirpar de raíz el marxismo antipatriota y nos recordaba que «…si en aquella otra guerra la Virgen del Pilar no quiso ser francesa, menos puede querer ser ahora rusa». Y añadía que esta guerra era conveniente porque España estaba cayendo «…en la languidez del marasmo marxista de los sin Dios ni Patria, hasta que el Dios poderoso del Ejército, con mano dura, pero bendita por la paz que nos traerá, nos despierta a la realidad. En el transcurso de esa guerra nos purificaremos» (5).

 No, no tenía el insigne poeta un discurso integrador para vencedores y vencidos. Unos acabarían purificados, como decía, los otros acabaron en las fosas comunes de Cádiz, San Fernando, Jerez, Puerto Real, El Puerto de Santa María, Grazalema, Conil, Marrufo, etc. Este era el Pemán que asumió la jefatura del Servicio Nacional de Primera Enseñanza en octubre de 1936… cuya labor depurativa de maestros y libros vamos a suponer conocida. Sus compañeros de la Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Cádiz decían de don José María que era «…el preclaro tribuno nacionalista como ejemplo del más vibrante patriotismo nacional» (6). Sin duda lo era.

 Don José María Pemán tenía un verbo cristalino (7): «El pueblo español ama la justicia pura…», decía. ¿Pero, qué era para Pemán la justicia pura? La que «…no se detiene en escrúpulos legalistas». Y añadía para justificar la atrocidad: «…es popular todo Régimen, todo Caudillo, todo hombre que administra paternal e inflexiblemente una amplia justicia extralegal». Semejante invitación —actuar al margen de lo legal— cayó en terreno fértil y tal reflexión, en boca de tan influyente orador e intelectual, invitó al exterminio extralegal de los que ellos llamaban genéricamente rojos, en las tapias de los cementerios de medio país. Lo que decía el insigne poeta gaditano formó parte de un discurso de odio que muchos utilizaron para justificar la barbarie que desató el fascismo en España.

 Hace pocos días, la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía (Comisionado de la Concordia) organizó un homenaje al insigne poeta por el 40 aniversario de su fallecimiento. Se celebró en el oratorio de San Felipe Neri de Cádiz. Doña Patricia del Pozo, consejera de la cosa, dijo que Pemán reunía «valores de generosidad y concordia» y que «luchaba y soñaba por la restauración de la Monarquía y de la democracia constitucional». Dijo tal cosa como si Pemán quisiera exactamente lo que hoy tenemos en España: monarquía y democracia constitucional.

 No sé… deberíamos reírnos por la broma de la señora consejera. A carcajadas, diría. Pero es que esto es un drama. Otro drama español.

 

Nota 1 > Parte del discurso de José Mª Pemán dado en el homenaje tributado a don Ricardo Isasi Ivison, alcalde de San Fernando, celebrado en el ayuntamiento de la ciudad en diciembre de 1936. Discurso íntegro publicado en La Correspondencia de San Fernando, 21 diciembre 1936. El homenaje que San Fernando tributó el pasado sábado al alcalde don Ricardo Isasi Ivison.
Nota 2 > Alocución radiofónica transcrita en Diario de Cádiz, 13 agosto 1936.
Nota 3 > La Correspondencia de San Fernando, 22 agosto 1936. La hora del deber.
Nota 4 > Diario de Cádiz, 23 agosto 1936. Nueva conferencia de don José María Pemán.
Nota 5 > Ibídem.
Nota 6 > La Correspondencia de San Fernando, 12 noviembre 1936. Homenaje a don José María Pemán.

Nota 7 > Nota 1.


viernes, 25 de junio de 2021

España: la catarsis pendiente

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur

Existe en Halle, Alemania, un banco público sobre el río Saale, afluente del Elba. El paisaje desde ese punto es extraordinario. Los atardeceres, inolvidables y seguro que las parejitas se lo rifan para vivir esa experiencia desde el banco. Sin embargo, las cosas no siempre han sido tan sencillas. Durante el periodo nazi, el banco sobre el Saale no era para todos los alemanes. Una placa de bronce avisaba que únicamente los de raza aria podían usarlo: NUR FÜR ARIER (solo para arios). Judíos, no. Solo los arios cabían en esa Alemania.

Halle, Alemania. 'Solo ara arios'
 

Hoy día la placa sigue colocada detrás del banco sobre el Saale. Ha sobrevivido a la destrucción de la simbología nazi que siguió a la derrota del nazismo… y ha sobrevivido a la catarsis del pueblo alemán, que asumió la culpa de la barbarie que provocó en ese tramo de su historia. La derrota bélica, política, económica y emocional de Alemania fue absoluta. Todos los valores del régimen nacionalsocialista se hundieron de la noche a la mañana… y con esto, su simbología. No podía ser de otra manera. Se asumió. Lo hicimos y estuvo mal. Pasaron página y miraron al frente. No volverá a pasar…

Podríamos pensar que los valores de cualquier vencedor de cualquier guerra son los auténticos valores que se merecen conservar. Es decir, si hubieran vencido los regímenes autoritarios en la Segunda Guerra Mundial, ahora tendríamos otro tipo de valores y tal vez estaríamos justificando el exterminio de judíos, gitanos, maricones, moros, tullidos y republicanos españoles. Tal vez. Pero objetivamente, pienso que no se puede comparar un régimen totalitario (léase nazismo, fascismo y franquismo), que niega la democracia, reprime la disidencia y extermina a sus opositores, con cualquier democracia real, por imperfecta que sea. Con todos los matices que uno quiera poner, tal afirmación es un absoluto en política.

El potencial pedagógico que contiene la placa de Halle es extraordinario… y aún es más extraordinario que todos los alemanes entiendan el valor de la enseñanza que supone mantenerla visible junto al banco. Por eso ha sobrevivido. Esa placa es una muestra diamantina de la barbaridad que supuso el nazismo y, por extensión, el fascismo y el franquismo. Todos los que leen la placa hoy día lo entienden así. Salvo ingratas excepciones, todos comprenden la barbaridad que supuso ensalzar la raza aria mediante el exterminio de otras, y ayuda a comprender la pobreza moral de aquellos alemanes que gasearon a seis millones de otros seres humanos y provocaron no sé cuántos millones de muertos en los campos de batalla, cometieron violaciones, y generaron miserias y hambrunas. La carga pedagógica de la placa de Halle es extraordinariamente importante porque nadie cuestiona ni su valor ni su significado. En Alemania parece que lo han conseguido: prácticamente nadie hace caso de lo que insinúa… y su valor está en lo absurdo y lo inaudito de su mensaje.

Si esa placa estuviese en España habría que arrancarla a martillazos.

¿Por qué? Porque aquí hay gilipollas que harían caso a la placa. Y, lamentablemente es así porque en España venció el fascismo frente a la democracia. Ganaron la guerra los que diseñaron ese tipo de valores y los desarrollaron durante 40 años de franquismo y otros 40 más de posfranquismo, hasta llegar al día de hoy, con los herederos de aquella ponzoña política reptando desde las cloacas hasta llegar al parlamento… En nuestro banco equivalente, sobre el Guadalquivir, el Ebro, el Tajo o el Duero no pondría Solo para arios, pondría Solo para españoles, absténganse de usarlo maricones, negros, moros y mujeres (estas últimas a no ser que estén acompañadas de machos carpetovetónicos). Porque nosotros, los españoles, no hemos experimentado la catarsis que superó el pueblo alemán, es decir, esa especie de asunción colectiva de culpas que nos liberen de un pasado vergonzoso. Hay millones de españoles que en 2021 no condenan el régimen de Franco porque no quieren o porque no saben, y se sienten más patriotas precisamente por eso: por tener de modelo a tal personaje. No saben que un maestro con 40 años de profesión, por ejemplo, es el verdadero patriota.

Aquí, en Cádiz (España), hemos tenido que arrancar la placa dedicada a don José María Pemán, el cantor excelso de la raza hispana, decía el grabado de Vassallo Parodi—¡qué coño será la raza hispana!—. Muchos se han enfadado porque prefieren ver al insigne poeta y no reconocer en este personaje al represor de maestros y justificador de la guerra, de la limpieza ideológica y del genocidio español. Los equidistantes de chaqueta y fina corbata se han enfadado, y en desagravio ponen banderas y flores junto al hueco en la pared que ha dejado la placa. Los equidistantes prefieren ver en Pemán a un gaditano ilustre y, al mismo tiempo, prefieren ignorar la pobreza moral del fascista que fue… pelillos a la mar.

Sí… nos faltó a los españoles una buena catarsis, y un buen golpe de valor, para identificar y condenar en su momento al fascismo que nos condicionó a su antojo durante cuarenta años, incluida la modélica Transición que se estudia en todas las universidades del mundo. Ya me gustaría que aquí pudiéramos indultar símbolos como hicieron en Halle. Pero no es posible. Y así estamos, con la vergüenza de tener que arrancar de la pared una infumable placa de mármol… porque todavía hay gente que piensa que Pemán fue realmente el cantor excelso de la raza hispana. ¡La madre que nos parió a todos!

¡Madre mía! Y no quiero pensar cuando tengamos que descabalgar al bilaureado… no lo quiero ni pensar.


lunes, 24 de mayo de 2021

Fosfuro de calcio

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur

A fuerza de caminarlos se han trazado nuevos caminos entre los polvorines de Punta Cantera (en San Fernando, Cádiz). De nada sirvieron los carteles que avisaban: oiga, que esto es zona militar, no se puede pasar. El abandono y la soledad pudieron más que la disuasión. Eso y el premio de un paisaje encantador. Todos sabían que ya no quedaba nada útil en los polvorines de Punta Cantera y que el único segurata no podría atender tanta extensión de terreno. Así que, ancha es Castilla, amigo… somos poco disciplinados. En realidad, somos un desastre.



Con el tiempo desaparecieron los carteles de aviso y las alambradas con sus mástiles metálicos, entre otros motivos porque eran de metal y hay gente que vive de canibalizar las cosas abandonadas. Ya hace tiempo que se llevaron la puerta metálica de uno de los polvorines tipo A, que debía pesar una tonelada —qué imaginación tiene la gente para hacer esas cosas, o qué hambre—, y también se llevaron las contraventanas de los primeros polvorines de 1730, que estaban forradas con láminas de cobre, como los cascos de madera de los barcos de finales del XVIII. ¡La madre que los parió! Roban y venden al peso un patrimonio de enorme valor que nos pertenece a todos.

Hacía lustros que servidor no entraba al recinto militar por la zona de la Casería de Ossio. Caminé por la orilla buscando los restos de una tinaja gigantesca embutida en la arena de la playa… hace ya veinte años que la encontré, medía entonces más de un metro de diámetro, si no recuerdo mal. Ahora está cubierta por el cenillaje, esa capa de algas filamentosas que acaba pareciendo una cama de paja seca. La dejé oculta… no vaya a ser lo que no debe ser. Luego continué caminando algunos metros hasta llegar a los últimos restos del Lazareto de Infante, un murete de piedra ostionera cementada con cal y arena. Es un lugar con una historia medio contada y con mucha historia aún por contar. Ese lugar fue lazareto de observación buena parte del siglo XVIII, fueron almacenes de víveres para las flotas y también fue el Hospital Real de Infante para atender personal de la Marina… tuvo incluso un cementerio anexo y un enterrador que se llamaba Agustín Maroñas. Se supone que los muertos deben seguir enterrados por ahí cerca.

Ha crecido un bosque donde antes había una extensión de terreno despejado para favorecer la vigilancia militar. Son arbustos de hasta tres metros de alto, aislados unos de otros. Los conejos pululan por allí como Pedro por su casa. Aún es visible la hondonada donde se formaba una laguna con las mareas altas y que se niveló con los escombros del viejo Hospital de San Carlos… ya sé que es una tontería, pero me gustó jugar a reconocer esos escombros y pensar que pertenecieron a un notable lugar.

El camino que han hecho los paseantes discurre paralelo a la orilla del interior de la Bahía y llega a la zona de los viejos talleres (de pintura, de alto explosivo, de municiones…). Eran talleres que vinieron desde los Mixtos, con sus operarios y con mentalidad de siglo XX, de cuando las municiones eran configurables y manipulables mecánicamente, como lo era el SEAT 600. Pero eso se fue extinguiendo a ojos vista… Ahora esos talleres son cascarones vacíos, las paredes se pueblan de grafitis anónimos y hasta han llevado un colchón por obvias razones… todos los operarios que trabajaron allí tenían un mote y bromeaban con una brusquedad violenta que nunca llegué entender del todo. Y eran muy hábiles en lo suyo, los puñeteros… Ahora ha crecido un eucalipto gigantesco junto a uno de esos talleres y han pintado un tulipán negro en la pared.



Hay encanto en el abandono, la verdad. Encanto y belleza en el poder de la naturaleza para reconquistar su territorio… y junto al taller de alto explosivo había un pequeño cuartucho del que salía una chimenea de tres metros de alto. Ya no existe la chimenea (seguro que era metálica), pero el cuartucho permanece techado. Ese sitio se llamaba donde el fosfuro. Y, claro, cuando hubo que fabricar tropecientos kilos de fosfuro de calcio para los submarinos llamaron al químico recién llegado al laboratorio… y el pobre químico no tenía ni puta idea de qué cosa era eso ni cómo fabricarlo. Hubo que estudiar y así me enteré que el fosfuro de calcio (Ca3P2) reacciona con el agua provocando una nube de humo gris muy escandalosa. Lo utilizaban los submarinos para señalar una posición y había que proporcionarles una enorme cantidad. ¿Cómo, puñetas, se hacía eso? ¡Menos mal que al rescate vino el viejo maestro de los talleres! Un veterano de larga experiencia que, sin saber nada de procesos químicos, conocía la técnica decimonónica para fabricar fosfuro cálcico haciendo reaccionar óxido de calcio con fósforo blanco (que había que mantener sumergido en agua) en un crisol metido a su vez en un horno que se calentaba comenzando la ignición desde la parte superior… y la cosa funcionaba. Las piedras de óxido de calcio acababan transformadas en piedras de fosfuro en un proceso que parecía pura alquimia. Aquello me encantaba, la verdad y ahora, cuando lo recuerdo, vuelvo a sentir ese cosquilleo que me producía la química, el olor acre de la química y las reacciones violentas entre reactivos. Y más aún me encantaba probar la eficacia de cada lote de fosfuro tirando piedrecitas al charco que formaba la lluvia delante del laboratorio de pólvoras… la hidrólisis del fosfuro era violenta, crepitaba y formaba humos grises que más valía no respirar.

Puede que no sean valiosas las ruinas de esos talleres —que no lo son—, pero tienen alma porque detrás de cada ladrillo hay una historia. Detrás de cada historia hay hombres que construyeron la pequeña aventura de cada día, la que hace funcionar las cosas cercanas. Es que la historia es también eso que decía Unamuno: «…la vida silenciosa de millones de hombres […] que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna…». Nada es insignificante. Nada.


viernes, 30 de abril de 2021

Combate las ideas y deja en paz al que las dice

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur

Yo no sé cómo se llegan a entramar nuestras convicciones. Las que sean. Cada uno llega a amueblar su cabeza con sus propios trastos mentales y así salimos de izquierdas, de derechas, de arriba, de abajo, ácidos, insípidos, volubles, activistas, negacionistas, cansados de todo, dispuestos a todo…



No sé, supongo que para alcanzar las convicciones de cada cual algo habrá tenido que ver las lecturas medio aprendidas a lo largo de la vida, las vivencias que te dejan cicatrices, los ejemplos que te regalan tipos ejemplares o tipos impresentables, lo que te gritan esos que piensan que la razón es directamente proporcional al volumen de la voz, lo que te susurran los que te aman, lo que silencian cuando apareces de súbito, las mentiras y las verdades que te cuentan, las medias mentiras y las medias verdades que te insinúan, las decepciones de tus referentes, las pertenencias a un grupo o al contrario, la identidad que te entregan sin saber tú qué cosa es esa patria inventada, etc., etc., etc.

Sea como sea, al final cada uno alcanza a tener sus propias convicciones, su propio conjunto de ideas y valores con los que sintonizar o confrontar con los otros. Nuestras convicciones nos relacionan inevitablemente con el mundo y con sus vecinos... el problema surge cuando la confrontación pasa de las ideas a los hechos físicos… y estoy pensando en los sobres con balas o navajas enviadas durante la campaña electoral de Madrid, en abril de 2021.

Cuento esto porque llevo todo el tiempo de la pandemia releyendo numerosos documentos que no utilicé para escribir un libro anterior (República, alzamiento y represión en San Fernando). Son textos periodísticos de 1936, de cuando en San Fernando (Cádiz), militares y fascistas, arropados por la Iglesia, habían vencido a la II República española... es decir, cuando aquí ya no se confrontaban ideas o valores y se iba directamente a los hechos consumados, o sea, a matar hombres que tenían otras ideas y otros valores. En ese momento, gentes con convicciones fascistas estaban eliminando a gentes con convicciones republicanas... y lo justificaban con ideas que acabaron siendo buenas ideas. Era cuestión de insistir un poco con ellas y, al mismo tiempo, eliminar cualquier otra idea que quedara suelta por ahí. Fácil, es lo que hace cualquier tiranía si quiere sobrevivir: eliminar ideas a las bravas, quemando los libros que las propagan o poniendo balas en las cabezas que las desarrollan. Siempre se ha hecho así, ¿no?

Y mientras leía esos documentos, se inicia la campaña electoral por el gobierno de la Comunidad de Madrid. El torrente dialéctico se eleva hasta el grado de confrontación brusca y alcanza el nivel de intolerable. Y las mentiras y las medias verdades campean a sus anchas en boca de casi todos los candidatos, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Y el fascismo del siglo XXI (el fascismo de VOX, digo, y el de los filofascistas que conviven en el PP con total impunidad), ese fascismo que entiende, justifica y se identifica con aquel otro que sigue impreso en los documentos del siglo XX —y en la memoria de los nietos de sus víctimas como un asunto aún inconcluso—, ese fascismo que se alimenta de lo más primario que vive en los desesperados, crece como un gusano en una manzana... ¡otra jodida vez estamos en las mismas, coño!

Sí... hay muchas ideas y muchas convicciones, la mayoría respetables, aunque no nos gusten. Pero desgraciadamente no todas son respetables (aunque les guste a algunos). Hay convicciones básicas que son piedras de toque sobre las que construir una sociedad razonable. Son ideas que todos deberíamos aceptar como universales e inapelables. La íntima convicción de que todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros... eso debería ser de obligado cumplimiento, algo inherente al ser humano, una condición sine qua non, una idea fundamental sobre la que modelar a cualquier homo sapiens que quiera ser verdaderamente humano... y si hubiese supremacistas de cualquier tipo (y estoy señalando a los que vuelven a pensar que los maricones merecen palizas o que son enfermos, que los extraños a tu comunidad son delincuentes, que los pobres son despreciables y merecen su pobreza, que sus cojones son más importantes que los ovarios de cualquier mujer… a todos esos odiadores de lo distinto) esos supremacistas, digo, deben aceptar las normas básicas de los seres civilizados o no caben en la decencia. Pero ¿cómo puñetas convencemos a estos sujetos?

No tengo ni idea… la mayor parte del tiempo me parece que no hablamos con los mismos parámetros lingüísticos y así es imposible comunicarse. Solo se me ocurre que convendría separar las cosas. Por mucho que nos lo pida el hígado, combatir las ideas no es combatir a la persona que las difunde. Quiero creer que la persona es muchísimo más que la mala idea que expresa… y también quiero creer que somos capaces de no convertirnos en la idea que difundimos. Si eso ocurre, cualquier ataque a la idea se convierte en un ataque a la persona… entonces estaremos perdidos en el borde del precipicio.

Sé que es difícil separar una idea despreciable del sujeto que la defiende (y servidor es el primero que no lo consigue, conste), pero ya lo hicimos una vez, en ese caso aprendimos a odiar el delito y compadecer al delincuente. Puede que combatir las ideas y dejar en paz al que las dice sea un camino para mantenernos en el cauce de la civilización. Tal vez… por eso deberíamos intentarlo.


lunes, 12 de abril de 2021

Se izará la bandera nacional (bicolor, por supuesto)

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur

En San Fernando, la misma tarde del 18 de julio de 1936, una vez detenidos a casi todos los concejales del Frente Popular, se arrió la bandera republicana del ayuntamiento y se izó la bicolor monárquica. Era la mejor señal para demostrar la toma del poder por los militares rebeldes y por los fascistas de la Falange española. Decía Casado Montado que el personaje que arrió la enseña republicana había sido el Niño de la Verde, «un elemento repugnante, pedófilo notorio y despreciable». Era el apodo de un falangista local implicado en las reyertas fascistas ocurridas en la ciudad en la primavera de 1936.



 Pero el izado oficial de la nueva enseña bicolor, roja-gualda-roja, en toda Andalucía ocurrió, por orden del general don Gonzalo Queipo de Llano, el 15 de agosto de 1936. Ese día se izó con toda solemnidad en el ayuntamiento de San Fernando y en todos los colegios nacionales de la ciudad… por cierto, el escribiente que redactó la orden de alcaldía para los colegios tuvo que corregir uno por uno todos los oficios —y sus copias— para añadir la palabra “bicolor” a la descripción de la bandera nacional. Eran dos colores que desde ese momento quedaron identificados con un régimen criminal y autoritario que se afirmó por oposición a los valores democráticos que representaba la II República. Hoy día, los herederos ideológicos de aquel fascismo siguen identificados con esos dos colores, y flaco favor hacen a la bandera constitucional española.

 Para los propagandistas del Régimen del 18 de julio, la bandera tricolor republicana era:

 «…la de una nación que no existe, porque representaba a la antipatria, era, en una palabra, la de los judíos, que habrán de andar siempre errantes, sin Dios y sin Patria, porque maldición divina fue que de esta forma viviesen. Por eso tiene la bandera de ellos tres colores, como tres son también los vértices del triángulo masónico que clavado en sus tres dimensiones en el corazón de España venía destrozándola…». [La Correspondencia de San Fernando, 15 de agosto de 1936. La bandera de España. Francisco de Hevia, procurador].

 

Marxistas, masones y judíos, la tríada extinguible de la Dictadura. Es decir, el famoso contubernio judeo-masónico que mantuvo hasta su final el general Franco. Una fantasía paranoica que aseguraba la existencia de una confabulación de judíos, masones y marxistas para destruir España. Fantasía que se convirtió en una verdad indiscutible para las clases privilegiadas por el Régimen del 18 de julio —parte de la oficialidad del Ejército y la Marina, monárquicos borbónicos, fascistas, tradicionalistas, las oligarquías agrícola, industrial y financiera y, por supuesto, una iglesia católica española anclada en el concilio de Trento—. Tal paranoia se inicia mucho antes del siglo XIX (tal vez tenga su origen en los Reyes Católicos) y alcanza carta de naturaleza en la primera parte del XX. Para los creyentes en esta teoría, la II República española era la consecuencia de una conspiración —pensada por judíos, organizada por masones y perpetrada por la izquierda política y sindical— para destruir España y convertirla en una colonia de Rusia. Para estos paranoicos, los enemigos de su patria eran un revoltijo de republicanos (liberales, radicales, centristas y de izquierda), socialistas, comunistas, anarquistas, cenetistas, ugetistas, sin distinción de matices: eran los rojos, la anti-España, los sin-Dios, los sin-Patria, los malos españoles. Por el contrario, ellos, los que apoyaron el Régimen del 18 de julio, eran los únicos y verdaderos españoles, personas de orden y recta moral, decían. Esa idea básica —confabulación judeo-masónica y la lucha épica entre buenos y malos españoles— se transformó en un comodín ideológico que se repitió sin descanso en cada discurso después del golpe de Estado y sirvió de coartada para justificar el exterminio —físico o social— de cualquier español que hubiese estado comprometido con la II República.

 El Estado militar-fascista que sustituyó a la II República fue un régimen condenable desde todos los puntos de vista. Eran gobiernos autoritarios de militares cuarteleros, del fascismo de la Falange Española, de la confesionalidad de una Iglesia aberrante y obtusa, y del fanatismo religioso de los tradicionalistas más arcaicos. El fascismo fue condenable en el siglo XX y lo es actualmente, cuando resurgen los herederos ideológicos de aquella ponzoña política. El fascismo es condenable por los valores que defiende, por los derechos que quiere abolir y por los crímenes que se cometieron en su praxis española. Exterminaron a la oposición política y social que no se exilió de España al finalizar la guerra; eliminaron las libertades individuales y colectivas; condenaron a la mujer a la sumisión y al silencio; criminalizaron los valores democráticos; controlaron exhaustivamente los medios de comunicación; abandonaron el sistema educativo en manos de una iglesia anclada en el concilio de Trento, que impuso un nacional-catolicismo a varias generaciones de españoles; desarrollaron una propaganda castrante y una cultura oscura; impusieron una patria monolítica despreciando la historia y todas las manifestaciones nacionalistas del Estado; prohibieron el uso de lenguas distintas al castellano; cometieron un genocidio ideológico con total impunidad… pero, sobre todo, el régimen militar-fascista de los primeros años del franquismo construyó su modelo de sociedad sobre sobre el terror de los vivos y sobre miles de cadáveres abandonados en fosas comunes.

 El fascismo se sitúa en la zona más oscura de la historia española… y es nuestra obligación recordar el genocidio ideológico que cometieron, para aprender cuáles son las consecuencias de los fascismos e identificar las actuales y futuras veleidades con el mismo monstruo.


domingo, 24 de enero de 2021

El milagro del beato Spínola

Este artículo se publicó en La Voz del Sur

Sombras al amanecer


Un saltamontes jamás podrá entender la Teoría de las Cuerdas ni los asuntos derivados del campo de Higgs, porque al saltamontes le faltan neuronas (…y a servidor, también, la verdad sea dicha). El saltamontes no ha evolucionado durante millones de años para entender esas cosas, lo ha hecho para escapar de sus depredadores, para procurarse mejor alimento y para procrear más que otro saltamontes. Nosotros, los seres humanos, hacemos básicamente lo mismo, pero con algunas neuronas más. Y, eso sí, ambos —saltamontes y humanos— estamos hoy día en el mismo nivel evolutivo.

Sin embargo, no creo que tener algunas neuronas más nos sirva para explicar la totalidad del universo. Lo que ocurre es que, conforme más creemos entenderlo (los que lo entiendan), mayor es nuestra sensación de pequeñez. Que hayamos conseguido explicar una ínfima parte del universo —mediante teorías científicas que se van confirmando como acertadas o rechazando por erróneas— solo nos hace comprender que existe un volumen infinito de conocimientos por alcanzar. Y eso nos enseña a ser humildes y más conscientes de nuestras limitaciones como especie.

No tenemos más remedio que aceptar que solo podemos intuir la hermosa sinfonía del universo en el que somos —pasa lo mismo con el saltamontes, que no puede apreciar (creo) la belleza de una sinfonía de Mozart—. Aceptar esa limitación es tal vez nuestro descubrimiento más honesto. En cuanto que estamos vivos y conscientes, somos una anomalía en el devenir del universo…

Por eso, cuando algunos de mis compañeros de especie se empeñan en inventar explicaciones esotéricas a lo que no podemos entender me deprimo (…pero, oye, que tampoco tiene la menor importancia que servidor se deprima). No es que nos falten neuronas a los humanos —que también—, es que algunos se empeñan en usar de mala manera las pocas neuronas que tenemos. Me estoy refiriendo a los supuestos milagros perpetrados por los santos católicos, y a los aquelarres místico-científicos que se montan en torno a un hecho que no podemos explicar con nuestros escasos conocimientos. Concluir que detrás de nuestra incapacidad para explicar las cosas hay una entidad divina es decepcionante. Que eso pasara en otras épocas, con rebaños de hombres y mujeres iletrados, cuya única ilustración emanaba de los púlpitos, pase. Pero que ocurra hoy día es delirante. Estoy pensando en la sanación inexplicable de una enferma de cáncer atribuido a un supuesto milagro al beato Spínola.

Ante estas cosas ya hemos comprendido, y lo aceptamos humildemente, que existen fenómenos que no entendemos todavía. Punto. Hasta ahí llegamos… pero cuando algunos se inventan explicaciones ajustadas a su conveniencia, y echan mano de entidades etéreas para justificarlas, la cosa se vuelve muy graciosa.

Servidor siente vergüenza ajena viendo que, en San Fernando (Cádiz), en el año 2021, buenas personas, adultas y serias, que normalmente son honrados profesionales de su cosa, se presten a representar el lamentable espectáculo de considerar, como algo serio, un supuesto milagro de sanación ocurrido en San Fernando y atribuido a la mediación del beato don Marcelo Spínola. Y, sobre todo, siento vergüenza al ver a militares españoles, vistiendo sus uniformes y participando en semejante teatralización de lo absurdo. Uno siempre ha deseado que aquello del Estado aconfesional —que se puede leer en la Constitución española— significara ausencia de uniformes militares en actos religiosos. Pero, por lo visto, no es así…

Con total libertad las autoridades católicas investigan científicamente supuestos milagros, y lo hacen público sin el menor rubor (las conclusiones del asunto ya están depositadas en Roma para su estudio). Y a servidor le parece que los creyentes se hacen un flaco favor en estos días, porque la distancia entre milagreros y terraplanistas (negadores ambos de la evidencia científica) se hace mínima. Por eso, con la misma total libertad, servidor opina sobre la ridiculez de los milagros. Ridiculez supina, añado. Conste, finalmente, que sonreír ante estos asuntos no es una falta de respeto hacia las creencias de otros, es manifestar que el rey va desnudo, como en el cuento.