jueves, 25 de noviembre de 2021

La eterna lucha entre oprimidos y privilegiados

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur



Hay un payaso junto al BBVA, en la plaza de los hornos púnicos. Hace malabares con tres pelotas de tenis a cambio de la voluntad… pero poca voluntad me parece a mí que fluye por aquí. En el centro de la plaza hay eso, hornos púnicos y fenicios, pero nunca sé cuáles son los fenicios y cuáles los cartagineses. Y me maravilla que haya gente que los estudie y los sepa distinguir. Ya me gustaría. Supongo que con tiempo y dedicación todo se consigue… recuerdo que una vez —con tiempo y dedicación— fui capaz de entender la ecuación de Schrödinger, ese galimatías de símbolos cuánticos que explicaban el electrón. Pero no sé, eso de emplear el tiempo en una cosa u otra lo llevo ahora con mucho recelo. Porque sí, porque a ciertas edades, conforme el tiempo fluye inevitablemente hacia su agotamiento, uno va pensando en lo valioso que es, y hay que decidir cómo se utiliza …o cómo se pierde, que también es una opción. Ya sé que no podré leer todos los libros que debería, ni entender yo-qué-sé-cuántas cosas para estar y ser mejor en el mundo que me ha tocado vivir. No sé… la gente de las aceras, la gente normalita, nos hemos pasado los últimos años tratando de entender —con éxito variable, por cierto— las crisis que nos han echado encima los que mandan en la sombra sin nuestro permiso. Entiendo que la dinámica social se me escapa, que la sociedad va mucho más rápida de lo que yo alcanzo a asimilar y cuando medio asumo las nuevas tendencias, me las cambian y se me queda cara de tonto. 

Sin embargo, hay algo que nunca cambia, ni en esta ni en las anteriores generaciones: la eterna lucha entre los oprimidos y los privilegiados. Los muchos peleando por alcanzar derechos y los menos defendiendo unos privilegios que consideran de su propiedad y que mantienen a costa de la sumisión de los primeros. Desde el principio de los tiempos estamos con esto… parece que esta lucha es el motor de la historia. En lo más profundo, la sociedad humana es muy parecida a una bandada de buitres devorando carroña. No hay mejor escena caótica para visualizar lo peor de nosotros mismos. Los más fuertes apartan, pisotean, aplastan y se hartan de carroña para continuar siendo los dominantes. Los débiles no alcanzan a comer más que los pocos despojos de despojos para continuar siendo los dominados. Esa es una constante en la dinámica vital de los buitres, pero también es una constante en la historia de las civilizaciones humanas. Y me parece que por encima de la ley del más fuerte deberíamos imponer el raciocinio y esa componente cultural que —se supone— nos hace humanos. Seguro que hay carroña para todos si se acuerda un orden racional… pero no aprendemos. Yo creo que es nuestra condición, que siempre aparece algún grupo que se salta la fila para comer en primer lugar, más y mejor. Somos capaces de componer sociedades avanzadas en lo social y en lo humano (el arte, la creación, la belleza, la ciencia, la conciencia, la tecnología, la solidaridad, la ecología, etc., lo demuestran), sociedades que se organizan en torno a la voluntad popular y, por tanto, teóricamente capaces de elevarnos por encima del caos de una bandada de buitres… pero ¡quia! Son ilusiones. La realidad es que las sociedades democráticas no se organizan en torno a la voluntad popular sino en torno al poder de los mercados. Y cuando nos gobiernan los mercados y sus sacrosantas leyes, se nos va a la mierda la felicidad de las personas, volvemos a la orgía carroñera de los buitres y al darwinismo social. Estos días lo hemos visto en Cádiz (sur de España): los obreros del metal luchan por sus derechos. Los buitres dominantes se los regatean. Los secuaces vocean infamias…  

Sí… conforme el tiempo personal se agota parece fluir con más velocidad. Nos vamos quedando sin tiempo para asimilar las cosas que pasan a tu alrededor. Sin embargo, uno se consuela pensando que nadie alcanza a comprender el universo y mucho menos los vaivenes de la sociedad humana. Bueno, no importa, tampoco comprendemos las utopías o las entelequias y ahí estamos, buscándolas…


lunes, 15 de noviembre de 2021

La misteriosa piedra del tío Chico

 La misteriosa piedra del tío Chico (lavozdelsur.es)


La misteriosa piedra del tío Chico
La misteriosa piedra del tío Chico

Poco tiempo le queda a la plaza del Rey de San Fernando en la disposición actual... lo digo por la próxima remodelación, no por mis preferencias republicanas. O sea, tranquilos, que no se va a llamar Plaza de la República. Ya nos gustaría a muchos o pocos, pero no, seguirá siendo la plaza del Rey. Van a quitar las palmeras, los robustos laureles de indias —que, por cierto, hace años que podrían haber creado una bóveda capaz de cubrir de verde toda la plaza… pero las podas castrantes lo mantienen como setos cuadrados—.

De paso y de tapadillo se llevarán el caballo del general Varela, con el jinete incluido, a un almacén. No porque su presencia en mitad del pueblo sea un atentado a la decencia (que también), sino porque no encaja en el nuevo diseño de la plaza. Bueno, las cosas son como son y al final todos nos conocemos y nadie engaña a nadie. Van a dejar la plaza totalmente diáfana, tal y como fue diseñada en el siglo XVIII. Como espacio dieciochesco será un ágora ejemplar, pero como plaza pública ubicada en el tórrido sur será impracticable durante los días de verano, cuando el sol caiga a plomo derritiendo sesos y entendederas. No sé yo... además, la falta de acuerdos prácticos en la cumbre climática de Glasgow no va a mejorar las expectativas de salir ileso después de atravesar esa superficie abierta en los días de verano. Eso sí, al atardecer será un escenario estupendo para la celebración de una enorme variedad de eventos populares… Una cosa por la otra.

Por lo que se ve, después del confinamiento, cuando hemos vuelto a salir y medio recuperado la cercanía social, las terrazas se han expandido como el universo en sus primeros nanosegundos de existencia. Hoy las terrazas bordean la plaza del Rey en sus cuatro costados y ocupan buena parte de la superficie útil. Y, aparentemente, todos —hosteleros, consumidores y paseantes— parecen estar contentos con la situación. Hay mesas por todos lados y el espacio común ha menguado en beneficio de los negocios privados. ¿Será así para siempre o el espacio común que se ha privatizado volverá a lo público? No digo que esto sea necesariamente inconveniente, digo que es un espacio público, común, de todos, arrendado (creo) al negocio privado.

Esa tarde, servidor es uno de los usuarios de las terrazas, conste. Descafeinado con leche y churros, pido. El sol cae detrás de Varela, el general bilaureado y traidor a la patria, convertido en contradictorio jinete de bronce cagado de palomas. Se han ocupado todas las mesas mientras atardecía, señal de que estamos contentos con la cosa. Es una tarde de otoño espectacular. Ni frio ni calor. Los niños gritan como poseídos por espíritus ahítos de anfetas. ¡Qué vitalidad tienen los puñeteros, pordió! Eso va a ser que me hago mayor... el camarero no para de servir café y churros a 2,40 € el servicio, y lo hace con rapidez.

Pero hoy ha fallecido el tío Chico, hermano menor de mi padre… y nos hemos quedado sin referencias. No nos queda nadie de su generación. Todos los hijos, nueras y yernos de la abuela Mamina, que nació en Ceuta en el año 1900, han fallecido. Hoy somos seis primos enfrentados directamente a la muerte. Nada nos separa de ella. Ya no tengo a nadie que me aclare cualquier detalle oscuro de mi niñez. Tengo un momento muy chungo cuando rememoro la última conversación con el tío Chico. Curiosamente, la primera bofetada que yo recuerdo en mi vida me la dio él porque me advirtió que no tocara una cosa peligrosa, y la toqué. Había construido una escopeta submarina que lanzaba arpones con una fuerza extraordinaria —el tío Chico hacía inmersiones con botella y pescaba meros gigantescos por las costas de Ceuta en los años 50 del siglo pasado— y estaba probando el gatillo y la potencia de las gomas elásticas en la bañera de la casa de la abuela Mamina. Cuando me vio interesado en sus manejos… No toques eso, me dijo. Y lo toqué. ¡Plas! Una cachetá limpia y seca. Inesperada. Acción, reacción. Servidor debía tener cuatro añitos. Lo recuerdo bien.

El tío Chico habría sido un ingeniero extraordinario, pero quedó huérfano con siete años. Cosas de la Guerra Civil y sus posibilidades se fueron al garete. Inventaba y fabricaba cosas ingeniosas. Comprendía y arreglaba cualquier artefacto y se las apañaba para utilizar lo que tuviese a mano para solucionar todo mal funcionamiento. Recuerdo que construyó una compleja maquinita que liaba cigarrillos. Ponía una porción de tabaco en un pequeño depósito y un papel de fumar en una bandeja, entonces le daba vueltas a una manivela, se movían engranajes y salía el cigarrillo liado y dispuesto para fumar. Yo me quedaba extasiado viéndola funcionar. A mí aquella máquina me parecía algo extraordinario y a lo largo de su vida realizó innumerables soluciones-inventos… pero, sin duda, lo que más me influyó del tío Chico ocurrió cuando yo tenía seis años. Sentados en torno a la mesa del comedor de Mamina estaban Boris Fossati, el médico que vivía en el piso de abajo, y el tío Chico. Ambos buceaban con botellas y habían sacado una hoja fósil del fondo marino del estrecho de Gibraltar. Observar a aquellos dos hombres tan mayores y respetables, interesados en una singular piedra me impresionó mucho y me sentí profundamente atraído, máxime cuando el tío Chico me explicó que hacía millones de años, antes incluso de que se abriera el estrecho, una hoja cayó al suelo y poco después quedó aprisionada en el barro hasta que se convirtió en esa piedra gris que tenía entre las manos. Más tarde el nivel del mar subió y subió hasta inundarlo todo. Me dejó tocarla (esta vez, sí). Esa explicación, dedicada a un niño de seis años, tuvo un efecto atronador en mi conciencia. Era como uno de los cuentos que narraba Carmen, una de las abuelas que salían al anochecer a la puerta de su casa, en el viejo barrio de Villajovita, en Ceuta, a contar historias a los niños… hace millones de años, cuando no existía el estrecho de Gibraltar, una hoja se convirtió en piedra y el mar lo inundó todo… tenía todos los ingredientes para ser una historia preciosa y mágica. Pero ésta era real, por tanto, la fantasía era posible. La hoja de piedra, que me dejó tocar el tío Chico, lo demostraba.

Pero fue inevitable. La fantasía de tal historia se perdió con los años. Quedó aprisionada en la niñez, como aquella hoja en el barro. Sin embargo, la curiosidad que me despertó en ese momento, y esa pequeña explicación, siempre se han mantenido vivas. Cada uno de nosotros es la suma y la consecuencia de miles de momentos vividos. Lo que yo soy también se lo debo al tío Chico y a esas palabras que susurró, tal vez sin intención didáctica, mientras acariciaba la misteriosa hoja de piedra. Sí… nos vamos quedando sin referentes porque es inevitable tomar el último tren. Y cuando lo hacemos ya hemos dejado retazos de nuestra vida para enriquecer la vida de los que aquí quedan. Seguro que la tierra te será leve, querido tío. Gracias por lo que nos dejas. Siempre te recordaremos porque somos tu consecuencia.

sábado, 6 de noviembre de 2021

El problema no es la estatua de Varela, el problema es el fascismo del siglo XXI

Opinión | El problema no es la estatua de Varela, el problema es el fascismo del siglo XXI (lavozdelsur.es)


Estatua ecuestre del general Varela en San Fernando.
Estatua ecuestre del general Varela en San Fernando.

Si despojáramos al caballo de Varela de su carga ideológica nos quedaría una bella escultura en bronce… me refiero a la estatua ecuestre del general Varela que en breve va a ser desmontada para remodelar la plaza más céntrica de San Fernando (Cádiz). El caballo de Varela provoca encendidas y ásperas discusiones entre los isleños (gentilicio popular de los vecinos de San Fernando).

Posiblemente el problema no sea la estatua ecuestre del general Varela, que, ya digo, es un patrimonio de los isleños, una notable obra de arte creada por don Aniceto Marinas. Posiblemente el problema sea la existencia de un grupo de ciudadanos que considera al general Varela el icono de un patriota español, el ejemplo a seguir de un militar golpista, un personaje autoritario y protector convencido de que el pueblo era incapaz de gobernarse a sí mismo (para eso estaban ellos).

Posiblemente el problema no es la estatua de Varela, posiblemente el problema sea el fascismo que fluye de nuevo en el siglo XXI y que engrandece al personaje con la excusa de su alcance nacional, sus dos cruces laureadas de San Fernando —previas a sus repetidas traiciones a la República— y por su protección paternalista de lo local. El problema es que muchos ciudadanos no perciben a Varela en su otra dimensión, un sujeto violento y refractario a la democracia. El general no creía en esa cosa de las urnas, él era más de ordenar y ser obedecido, era más de mirar a otro lado mientras sus conmilitones se dedicaban a eliminar a una parte de sus paisanos. Y no puede ser, la gente que participó en la barbarie fascista que se inicia en julio de 1936 ni puede ni debe presidir las plazas de ningún pueblo de España. Lo dice la ley y el sentido común. También hay vecinos de La Isla que lo consideran un elemento identitario, han crecido a la sombra del caballo y no pueden o no quieren encontrar otra dimensión al asunto. Les resulta impertinente y una agresión a su identidad pensar en una plaza sin el jinete… siempre ha estado ahí, así es la historia y al que no le guste, que se joda y se largue… dicen.

Si no existiese el fascismo en el siglo XXI por las calles, con ese aplomo de normalidad, si el pueblo español hubiese sido capaz de condenar en su momento, de manera abierta y cabal, el régimen militar y fascista de Franco (por cierto, perdimos la oportunidad de hacerlo en la ejemplar Transición —o tal vez fuera imposible en esas circunstancias—) veríamos la estatua de Varela sin pasiones, como una parte triste de nuestra historia, y tal vez la podríamos admirar amablemente, como admiramos la estatua ecuestre del emperador romano Marco Aurelio… pero no es así como lo vemos.

No es así porque, para una parte del pueblo español, el régimen de Franco sigue vivo. Esa parte de españoles —de manera consciente o inconsciente— sigue sin interiorizar que fue un régimen criminal y condenable porque los españoles no tuvimos nuestro Nüremberg para visualizar el crimen que supuso el franquismo. Hoy existen ciudadanos que admiran a Varela y lo que representa: un militar golpista y autoritario, un militar que violó su promesa de lealtad a la República y levantó las armas contra sus propios compañeros y contra el pueblo que se las confió. Admiran al militar traidor y corrupto que aceptó sobornos de gobiernos extranjeros. No sé… nos pasó lo mismo cuando deseábamos la vuelta del felón Fernando VII. ¡Vivan las cadenas! Mientras esto ocurra… es decir, mientras existan amantes de estos valores opuestos a la democracia, no debemos consentir que las plazas españolas se conviertan en altares para iconos liberticidas. La democracia tiene el derecho y el deber indeclinables de defenderse de los que no la aman.

Por tanto, a servidor le parece que actualmente, defender la permanencia del caballo de Varela en mitad de la ciudad es defender un modelo de sociedad incompatible con la democracia. ¿Qué se hace entonces con el caballo y su jinete?  ¿Qué lo vuelvan a componer dentro de un recinto militar? No sé yo… Varela no es buen ejemplo para unas FFAA españolas que se esfuerzan cada día para ser un organismo moderno, apolítico, profesional, eficaz y al servicio de la sociedad. Varela no tiene, ni remotamente, absolutamente nada que ver con estas FFAA de 2021. Flaco favor le haríamos a nuestros soldados endilgándoles el marrón de acoger a un militar decimonónico, golpista y corrupto como Varela. Nos ha costado mucho tiempo y esfuerzo arrancar a Franco de los cuarteles como para que ahora les metamos a Varela. No, no creo que sea oportuno… Por otro lado, tampoco me veo aplaudiendo la voladura simbólica del caballo como algunos desean en secreto. Tal tropelía sería igualarnos con los talibanes cuando dinamitaron los budas de Bamiyan o se enfrascaron en triturar Palmira. No, no creo que destruir una notable obra de arte sea la solución.

Me gustaría, la verdad, que los ciudadanos de San Fernando —con sus representantes al frente— fuéramos valientes de una vez… a lo mejor TODOS tenemos que asumir que lo más adecuado que podríamos hacer en estos momentos es guardar el caballo en lugar seguro y discreto hasta que, pasado el tiempo necesario, superados los traumas y saldadas las deudas de aquella jodida guerra civil del siglo XX, seamos capaces de admirar la obra de arte como la obra de arte que es. Nada más. Pero ahora reconozcamos humildemente —y asumiendo cada cual su respectiva parte de responsabilidad— que hoy por hoy, desgraciadamente, aún no estamos en ese momento histórico.

martes, 19 de octubre de 2021

El ejemplo de los hombres olvidados

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur

El 29 de octubre de 2021, la corporación municipal de San Fernando nombrará alcalde honorífico a don Cayetano Roldán Moreno, y concejales honoríficos a los ediles asesinados en 1936 por militares y fascistas.



Existen muchas formas de ver las cosas, varias lecturas del mismo verso, numerosas maneras de responder a una mirada… pero no todos son aceptables. Los hombres tenemos infinitos modos de interpretar los gestos, las palabras, las relaciones sociales o políticas porque ninguna relación humana es objetivamente medible… por eso discrepar es parte de nuestra esencia. No pasa nada. No debería pasar nada por discrepar. De hecho, no pasa nada cuando discrepan personas civilizadas.

En política no hay verdades absolutas —eso lo dejamos a las religiones que creen manejar palabras reveladas por el mismísimo Yahveh, Cristo o Alá—, lo que hay en política son opiniones. El problema surge cuando un grupo de patriotas se cree en el derecho de imponer su visión de las cosas y, en el proceso de uniformar esa visión de las cosas, elimina al grupo discrepante. Eliminar en el sentido de convertir al que discrepa en un ser despreciable para matarlo sin remordimientos, enterrar el cuerpo sin respeto y olvidar el crimen. Eso, exactamente eso, nos pasó a los españoles a partir del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 (el 17 en Ceuta y Melilla).

En San Fernando, los militares y fascistas que ese día violentaron la II República detuvieron al alcalde y concejales del Frente Popular —y en buena parte de España ocurrió lo mismo— porque tenían las pistolas, la osadía para usarlas y, sobre todo, el mesianismo para llevar a cabo su crimen sin reparos morales y sin cargos de conciencia. Lo hicieron porque esas personas —alcalde y concejales— representaban la voluntad popular, y tal cosa, la democracia, era incompatible con el régimen totalitario que los golpistas proponían. Ninguno de los ediles utilizó la violencia física, usaron ideas y palabras respaldadas por una Constitución que emanaba de la voluntad popular… y les costó la vida, el desprecio de una fosa común, el inmenso dolor de su familia y el olvido durante décadas.

85 años después de su muerte a manos del fascismo, el 29 de octubre de 2021, el Ayuntamiento de San Fernando nombrará alcalde y concejales honoríficos a unos hombres que representaban los valores de tolerancia y humanidad que jamás tuvieron sus asesinos y cómplices. Estos son sus nombres:

Emilio Armengod Molina, Eladio Barbacil Romarín, Manuel Belizón Castillo, Eduardo Díaz Delgado, Antonio Ferrer Acosta, Marciano Gonzalez Medina, Francisco Hierro Benítez, José Lucas Velázquez, Juan Moreno Cabeza, Juan Mantero Valero, Eduardo Naranjo Gago, Antonio Pérez Heredia, Luis Ramos Laguna, Cayetano Roldán Moreno, Marcial Ruiz Pérez, Esteban Salamero Bernal y Carlos Urtubey Rebollo.

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Diecisiete nombres recuperados del silencio húmedo de las fosas comunes. Al concejal de izquierda republicana, don Eladio Barbacil Romarín, lo apresaron soldados de Infantería de Marina en la escalinata del ayuntamiento de San Fernando. Era la tarde del 18 de julio de 1936, recién leído el bando de guerra. Intentaba incorporarse al grupo de sus compañeros reunidos en el salón de plenos… lo que Eladio no sabía en ese momento es que ya habían sido detenidos por el teniente coronel de IM, Ricardo Olivera Manzorro; el comandante de intendencia de la Armada, Ricardo Isasi Ivison y el capitán de IM, Carlos García Calderón. Tres militares sin honor que violentaron la promesa de lealtad que prestaron a la Republica. Al alcalde y concejales encerraron en el penal de Cuatro Torres. El 10 de agosto trasladaron a algunos de ellos al Puerto de Santa María y los asesinaron ese día y siguientes. Eladio Barbacil fue uno de los primeros… dejó viuda, doña Dolores Cifredo Cantos, y seis huérfanos. Pero también le asesinarían a su padre, Manuel Barbacil Mejuto, y a su hermano Alfonso. La familia Barbacil pagó muy cara su afinidad con la República.

Don Emilio Armengod, concejal de Unión Republicana, imploró desesperadamente desde su encierro, a través de cartas, un gesto de compasión a sus amigos y familiares directos —supuestas personas de orden y recta moral adheridas al Glorioso Alzamiento Nacional— para que avalaran su comportamiento político y moral… nadie le contestó ni movió un solo dedo en su favor. Lo asesinaron el 16 de agosto de 1936 en el camino de Puerto Real al Puerto de Santa María. Dejó viuda, doña Asunción García de Loma y Barrachina, y cinco hijos.

Al escribiente de La Carraca, y concejal radical-republicano, don Marciano González Medina, lo detuvieron en los primeros momentos de la sublevación militar. Lo encerraron en el penal de Cuatro Torres, junto a sus compañeros de corporación. Pasadas unas semanas, en vista de su ausencia del trabajo —lo cual suponía una violación del bando de guerra—, el juez instructor de La Carraca pidió al alcalde golpista de la ciudad, Ricardo Isasi Ivison, que lo localizara. Interrogada la madre, doña Mercedes, ingenuamente contestó que Marciano no podía ir a trabajar porque estaba detenido… lo que no sabía la pobre señora es que a su hijo lo habían asesinado hacía 13 días, el fatídico 11 de agosto de 1936 en el Puerto de Santa María.

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Dos hombres uniformados y armados llegaron de madrugada a casa del concejal socialista don Antonio Ferrer Acosta… su sobrina no recuerda si eran guardias civiles o falangistas. Ferrer les hizo pasar, incluso les ofreció un café mientras se vestía. El café lo preparó su mujer, doña Concha Salado Ruíz… no volvieron a verlo. Lo asesinaron en el Puerto de Santa María el 11 de agosto de 1936. Ese mismo día también murieron asesinados el concejal socialista don Eduardo Díaz Delgado y don Esteban Salamero Bernal, concejal comunista.

Al médico y alcalde socialista, don Cayetano Roldán Moreno, lo detuvieron dos días después del Glorioso Alzamiento Nacional, el 20 de julio. Tuvo tiempo de ver cómo los fascistas apresaban a sus hijos mayores y, confiado en las buenas palabras de los sublevados, él mismo acompañó al menor de los tres hermanos hasta la cárcel municipal. En ese momento parecía razonable hacerlo, y resultaba inconcebible imaginar la monstruosidad que fueron capaces de perpetrar militares y falangistas en La Isla de León. Mataron a don Cayetano Roldán el 29 de octubre de 1936 en la tapia del cementerio de San Fernando. En ese momento ya le habían asesinado a sus tres hijos varones, Juan, Manuel y Cayetano. También la familia Roldán pagó carísimo su compromiso con las libertades democráticas.

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Al sastre y concejal don Luis Ramos Laguna lo detuvieron en su casa dos falangistas muy conocidos en La Isla. Lo metieron en un coche y se lo llevaron. Tampoco volvieron a verlo. Al cabo de unos meses la esposa, doña Joaquina Fillola Cortés, recibió una carta de algún amigo diciéndole que había muerto ametrallado en el penal del Puerto de Santa María el 21 de octubre de 1936. Conocida la noticia, uno de sus hijos salió en busca de los falangistas que se llevaron a su padre para pedirles explicaciones, pero lo que recibió de ellos fue una paliza y un escarnio que le duró toda su vida. Le arrancaron todos los pelos del cuerpo y se mearon encima… luego lo dejaron vivir. Poco más tarde, los mismos falangistas intentaron comprar a la viuda la casa y sastrería por una cantidad irrisoria de dinero.

A la esposa del concejal republicano don Manuel Belizón Castillo, doña Luisa Durán Vivancos, le devolvieron una manta en la puerta del penal del Puerto de Santa María junto con las funestas frases que recibían todas las viudas: "No hace falta que vuelva, señora. Su marido ya no está aquí".

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El concejal comunista don Juan Moreno Cabeza, guardia civil retirado, de 58 años, aún esposado, se reveló contra sus verdugos y forcejeó con ellos. Fue inútil. Acabó asesinado con la estética de un fusilamiento judicial en el barrio Jarana. Era el 17 de agosto de 1936.

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El maestro y concejal de izquierda republicana, don José Lucas Velázquez, no lo apresaron hasta el 18 agosto de 1936. Un mes estuvo escondido evitando la detención. Los militares y fascistas le debieron dar tal paliza que no ingresó en prisión, sino en el hospital de San Carlos. Diez días más tarde, el 28 de agosto, fue asesinado junto a la tapia del cementerio de San Fernando. Dejó viuda, doña Carmen Luque Sarriá, y un hijo póstumo.

El concejal de izquierda republicana don Carlos Urtubey Rebollo era médico y pintor. Dejó una obra pictórica de interés que se sigue cotizando, y un legado profesional en la facultad de medicina que hoy día sus colegas intentan poner en valor… también formó parte de la tuna de medicina de Cadiz. Asesinado en el Puerto de Santa María el 10 de agosto. Dejó viuda, doña Carmen Varo Benítez.

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A don Marcial Ruiz Pérez, concejal de Unión Republicana, le golpearon la cabeza en una de las reyertas que provocaron los falangistas durante la primavera de 1936. Le abrieron una herida de tres centímetros. Uno de los pistoleros fascistas, Manuel de Pando Caballero, le amenazó directamente con estas palabras: «Lo que te ha pasado no es nada comparado con lo que te tiene que suceder». Y sucedió. A don Marcial lo asesinaron el 11 de agosto de 1936, junto a varios de sus compañeros, en el Puerto de Santa María.

Al concejal socialista don Juan Mantero Valero, natural de Valverde del Camino, hombre simpático, antiguo novillero, que tocaba la guitarra siempre que encartaba… acabó encerrado en el penal de la Casería de Ossio. Su hermano José logró obtener de un exdiputado derechista, vecino de Valverde del Camino, una carta avalando la liberación de Juan Mantero Valero. Se desplazó José hasta San Fernando, pero cuando se presentó en el penal con el documento, le entregaron una carta dirigida a su mujer, doña Josefa Duque Contioso, y le espetaron las fatídicas palabras: «…su familiar ya no esa aquí». Lo habían asesinado el 4 de noviembre de 1936. Tenía 41 años y dejó seis hijos.

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A don Antonio Pérez Heredia, soltero, concejal comunista de la última corporación republicana de San Fernando, lo asesinaron en la tapia del cementerio el 10 de septiembre de 1936. Devolvió al cura el escapulario de la Virgen del Carmen que llevaba encima y confesó antes de morir, pero se negó a recibir la absolución del hombre con sotana negra, luego lo arrastraron sin miramientos al fondo de una fosa común.

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Pero no, no conocemos todas las historias personales. Muchas veces el miedo de padres, esposas o hermanos disolvió en lágrimas la memoria de las familias y dejó a los muertos en las fosas y en el olvido. Pero sí sabemos que no fueron criminales ni merecieron la muerte y la indignidad. Sirva el ejemplo de estos hombres para recordar lo que fue capaz de hacer el fascismo en el siglo XX. Sirva también para recordar que no podemos ser tolerantes con la intolerancia actual en España. Recordemos que la democracia debe estar vigilante y ser beligerante para defenderse de los que quieren imponer sus criterios en lugar de exponerlos civilizadamente. Sirva el ejemplo de estas víctimas para que los que hoy añoran aquellos valores, es decir, añoran la imposición por la fuerza o la mentira de UNA patria, UN Estado, UN caudillo, UN pensamiento, UNA lengua, UN credo… esos que añoran tales valores son enemigos de la convivencia democrática. Aquel horror no terminará hasta que esos especímenes actuales maduren o lean más libros o se extingan sin herederos ideológicos. No sé cómo se logra eso, pero hay que hacerlo…

domingo, 3 de octubre de 2021

Machismo subyacente

Este artículo se publicó en La Voz del Sur



Nos educaron en un patriarcado inamovible. El hombre era el rasero de todas las medidas intelectuales, morales, emocionales, sociológicas, biológicas… la mujer estaba en otra dimensión, más baja, por supuesto. Hoy nos horroriza lo que pasa con las mujeres afganas, pero nosotros lo hemos vivido en nuestra propia casa hasta ayer mismo. Hablo de la generación que mejor conozco, la de servidor, los que nacimos en España mediado el siglo XX, en una posguerra tardía. Aquel era un país gris y casposo, donde sonaba radio nacional de España con un parte de guerra que con el tiempo se reconvirtió en boletín de noticias de obligada audiencia y nula contestación. Una sociedad llena de sotanas negras que olían a rancio; curas de mirada inquisidora …no te veo por aquí últimamente, Fulano… en cada esquina intimidaban policías de gris o guardias civiles con tricornio de charol que daba miedo solo verlos. Era un país de mujeres sometidas al hombre y a Dios, porque ellas solas no podían apañarse, ¡pobrecitas! Las mujeres, nuestras madres, tenían un rol perfectamente definido: las tareas propias de su sexo y condición. Es decir, servir al macho de la casa (nuestros padres) y criar a sus hijos para bien de la patria… y eso estaba tan interiorizado que nunca fuimos conscientes de la aberración que suponía. Pues, mira tú, a pesar de todo eso, llegamos a formar algunas familias felices y acríticas. Los niños y las niñas (disculpen, poco a poco me va chocando el masculino inclusivo de la RAE, la verdad) nunca fuimos conscientes de nada y me atrevería a decir que la mayoría de nuestras madres, tampoco. No teníamos una visión alternativa para comparar situaciones, y sin alternativas no se podía comprender la injusticia que sufrían nuestras madres y hermanas. El machismo ambiental era transparente a nuestra comprensión. Ese era el mundo en el que vivíamos y esos eran los valores dominantes… las madres atendían la casa y, por lo general, obedecían; el hombre llevaba el dinero y tomaba las decisiones de la familia. Eso era lo correcto. Crecimos y nos formaron en los valores de un patriarcado ubicuo e incontestado. ¡Nadie nos dijo que eso era machismo y que denigraba a la mujer!

No me lo han contado, lo viví. Nuestras madres eran algo en esa sociedad porque llegaban a ser las señoras de López o de Martínez, apellidos de los maridos que ejercían, a su vez, de tutores legales de sus mujeres. Los hombres no lloraban, llorar era de niñas o de mariquitas. Ser madre soltera era un estigma. Solo las fulanas fumaban públicamente. No se escupía porque escupir era propio de judíos, esos seres que habían escupido al Jesús. No podías desear a una niña porque te condenabas eternamente a los suplicios del infierno. Las mujeres se sentaban de lado en las motocicletas o en los caballos, con las piernas juntitas. La raza española era indomable y en su día construimos un imperio en el que no se ponía el sol… Todas esas verdades formaban nuestra realidad impostada, estaba sostenida con falsas premisas, era un castillo de arena.

Es lo que tienen los castillos de arena, que tarde o temprano caen. No recuerdo cuando se desmoronó el mío. Los de nuestra generación tuvimos que aprender muchas cosas por nosotros mismos. A percibir, por ejemplo, el machismo ambiental —contra la mujer y contra homosexuales—. Fue un goteo suave pero continuo, que partía de las propias mujeres, lo que nos mostró la necesidad de oponerse al patriarcado. Yo creo que lo comprendí de inmediato, cuando conocí a mi compañera. Punto. La conclusión era tremendamente sencilla: Un ser humano tiene los mismos derechos y deberes que cualquier otro ser humano por el simple hecho de ser un ser humano… con independencia de dónde nace, dónde pelea o dónde muere y, por supuesto, con independencia de su sexo biológico y de la particular interpretación que cada uno le quiera dar al suyo. Era así de simple. Y esto ya no es un castillo de arena, es una piedra basal sobre la que construir una sociedad más justa.

Los de mi generación —hombres y mujeres, conste— hemos aprendido a ser feministas (los que lo hayan aprendido) a pesar de todo nuestro bagaje en contra y porque es lo radicalmente razonable… cuento todo esto porque, a pesar de los esfuerzos por reprimir gestos o frases machistas —que hemos aprendido y repetido en muchas ocasiones a lo largo de toda nuestra vida—, a veces se nos escapan cosas que ponen en evidencia nuestro origen. Ayer, por ejemplo, una buena amiga me llamó la atención por escribir una de estas frases hechas que menosprecian a la mujer… mea culpa. Y hoy he visto la foto que ilustra esta reflexión y me ha llamado malamente la atención: las mujeres dispuestas detrás de los hombres. Y si nos ponemos a mirar en nuestro entorno, hay puñados de ejemplos como estos.

A veces son detalles involuntarios, estoy seguro, pero esos micromachismos restan. Hay que seguir trabajando…

lunes, 26 de julio de 2021

Concordia y sodomía

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur

Cuarenta y seis años hace que falleció el general Franco y seguimos necesitando una ley que reconozca a sus víctimas. ¡Tiene huevos la cosa! Teníamos víctimas del terrorismo, de catástrofes naturales, pero de Franco, no. Es decir, hemos necesitado una ley que reconociera los derechos de los que padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la Dictadura franquista hasta la promulgación de la Constitución Española de 1978. ¡Como te digo, Antonia! Debería ser de cajón reconocer a las víctimas del franquismo, igual que se reconocieron en su momento a las del nazismo. No parece lógico, pero es así. Es así porque, más o menos, la mitad de los españoles están representados por una derecha política heredera de aquellos franquistas y no está por la labor de reconocer que sus mentores políticos eran unos criminales que provocaron miles de víctimas en las retaguardias o en La Victoria. No están por esa labor tales partidos. No. Por eso necesitamos que el parlamento refrende una ley que reconozca a las víctimas y condene a los causantes. Y así es cómo en España tenemos oficialmente víctimas del franquismo, porque lo dice la ley con un puñado mayoritario de votos, no porque sea una realidad reconocida, consensuada, aceptada por todos. ¡Somos raros, raros, raros!

Imagen tomada de columnacero.com

Aquí no tenemos una derecha civilizada y moderna, Antonia. ¡Que envidia nos da la derecha portuguesa, francesa o alemana! Esas derechas no son herederas del salazarismo, fascismo o nazismo. Lo han superado. Cada una tendrá sus cosas y sus manías, vale, pero son leales al juego democrático y tienen miras más altas que su propio ombligo. La nuestra no es así, digo el PP y VOX —lo vemos continuamente en el parlamento y cada vez que abren la boca en los medios—, que hunden sus raíces en lo más rancio y casposo del franquismo, al que no condenan. Aún recuerdo a Rajoy recortando con una verónica magistral —qué buen gallego era el tío, Antonia— mientras explicaba que «…eso del pasado, pues tal, mire usted; pero yo prefiero mirar al futuro». O al de VOX aseverando que el gobierno del presidente Sánchez era el peor en los últimos 84 años. ¡La madre que lo parió! ¡Ponía en igualdad los gobiernos del dictador con los gobiernos salidos de las urnas! Y luego tenemos a Casado con la penúltima genialidad: «La guerra civil fue un enfrentamiento entre los que querían democracia sin ley y los que querían ley sin democracia». Hay que reconocer que, reescribiendo la historia, el señor Casado está a la altura de su postgrado conseguido en Aravaca (Harvard). Otro personaje de VOX, el general Rosety, dice lo mismo «que no fue un golpe militar. Que fue media España que se alzó contra la otra media porque estaba siendo agredida». Sí, tú ríete, Antonia, pero este discurso es el mismísimo discurso que dispuso el franquismo como verdad oficial e inmutable. O sea, estamos en el siglo XXI y parece que aquí no ha pasado el tiempo.

Lo lógico habría sido que, al morir el dictador, muriese su régimen. Borrón y cuenta nueva. ¡Hala, a otra cosa, mariposa! Pero, no fue eso lo que ocurrió. Hubo transición, no ruptura con el franquismo. No se extinguió la dictadura, se metamorfoseó de gusano moribundo a real mariposa democrática. Puede que esa mutación del franquismo a monarquía parlamentaria (o sea, esa Transición Que Se Estudia En Todas Las Universidades Del Mundo) fuese lo mejor que nos podía pasar. Estoy convencido de que fue importante lo que se hizo y cómo se hizo, y nos sirvió para salir adelante. Tal vez fuera lo más inteligente que se pudo hacer en ese momento… pero quedaron muertos en el desván. Cerramos las heridas y quedaba pus bajo las cunetas. El franquismo permaneció, fresco como una flor, en la judicatura, en el ejército, en las fuerzas de seguridad del Estado, en el funcionariado, en el mundo empresarial, en las finanzas y políticamente se llamó desde entonces Alianza Popular —acuérdate, Antonia, de los Siete Magníficos ministros de Franco—, y luego se refundó en el Partido Popular, y del PP salió un tumor neofascista llamado VOX… y mantienen vivas en la sociedad las esencias de un régimen criminal que no se condenó en su momento, como debió hacerse. Siguió vivo el franquismo, y sus herederos se convirtieron en demócratas de toda la vida. Esa sociedad profunda y estos partidos políticos siguen con la pulsión de partido único. No asimilan que en democracia a veces se gobierna y a veces no… y no pasa nada, Antonia (bueno, vale, se pierde el BOE y numerosos chiringuitos de confianza y miles de puestos de trabajo para amiguetes y tal, pero se debería asumir con deportividad, diría servidor…)

Por eso necesitamos esa ley de memoria. Porque hubo que tragar ruedas de molino en la Transición, y callar y aceptar el perdón de los pecados para los verdugos. Fue el precio para continuar la historia en paz. Durante la Transición tuvimos una espada de Damocles sobre la nuca. Pero, ahora, cada cuerpo que exhumamos de las fosas comunes es un grito de cuencas vacías dirigido directamente a los asesinos. Y hay herederos ideológicos en el PP y en VOX que se sienten aludidos, señalados, avergonzados. Por eso pretenden hacernos creer que exhumar víctimas del franquismo deteriora la convivencia de los españoles y nos llaman desde los escaños buscadores de huesos (o de subvenciones)… además de repetir en todos los foros los tradicionales mantras: hay que dejar en paz a los muertos; lo pasado, pasado está; hay que mirar al futuro; ¿para qué remover viejas heridas?

Dice el presidente del PP que cuando llegue a la Moncloa va a derogar la próxima ley de Memoria Democrática por faltona y parcial —la verdad es que a la derecha española nunca le ha gustado que saquemos a sus muertos del armario—, y la va a sustituir por una ley de concordia… en Andalucía ya tenemos un Comisionado de la Concordia que sustituye a la Dirección General de la Memoria Democrática. Lo lleva políticamente gente de VOX, por cierto. Era una de las condiciones para apoyar al gobierno andaluz del PP y Ciudadanos. La zorra en el gallinero… Son maquiavélicos y listos, hay que reconocerlo, Antonia. Oponen a la ley de memoria una ley de concordia dando por hecho que ambos conceptos son antagónicos… si recuperamos la Memoria nosotros nos encargamos de que no haya Concordia es lo que vienen a decir. Utilizan esa palabra: CONCORDIA. ¿Quién se podría oponer a una ley de concordia nacional? ¡Nadie! Nadie desea la discordia y nadie razonable se va a oponer a que los españoles recuperemos otra vez la concordia. Pero en boca de estas personas, concordia significa olvidar las cunetas y el crimen que cometieron sus mentores. ¡Son buenos, los tíos! ¡Son muy buenos utilizando el lenguaje y las palabras para hacerse con el relato! Son muy buenos sembrando la discordia y los malos modos en el parlamento, y en el mundo político, para luego proponer la solución al ambiente irrespirable que ellos mismos generan. Como siempre hacen.

No sé, Antonia… los nazis perdieron la guerra y se les condenó en Nüremberg. Todos entendimos y aceptamos que esos crímenes eran condenables. Pero los franquistas ganaron su guerra contra la República y nadie en España pudo condenarlo (los que habrían querido estaban muertos o exiliados). Y tuvieron 40 años para desarrollar una sociedad con valores antidemocráticos. Tuvieron tiempo para tapar sus crímenes inventando un relato a su medida. Y cuando murió el dictador, tampoco se le condenó. Y, por si acaso, a los franquistas y a sus crímenes no reconocidos se les amnistió en 1977… fue el precio de una Transición modélica. Y ahora salen de nuevo retomando el relato franquista de la historia. Insisten en que es mejor no recordar más cosas. ¡Para qué tanta ley de memoria! Mejor aplicamos una ley de concordia porque, al fin y al cabo, en su relato no existió el golpe de Estado de 1936, aquella guerra que provocaron fue una cosilla entre los que querían democracia sin ley y los que preferían ley sin democracia. ¡La madre que nos parió! Por lo menos reconocen que lo suyo no era democracia, ¡que ya es algo!

No. Nosotros no tuvimos nuestro Nüremberg y, por eso, en la conciencia colectiva de los españoles no está asentada la convicción de que el franquismo fue un régimen criminal y condenable. Y, por ejemplo, los herederos de aquellos españoles, como el señor Almeida, alcalde de Madrid, se permite el lujo de arrancar las placas de granito con los 2937 nombres de víctimas fusiladas por el franquismo en el cementerio de la Almudena. Aduce que no están todas las víctimas de Madrid, pero calla que los asesinados en Paracuellos, en las calles, en los cementerios y en las chekas madrileñas llevan 84 años siendo reconocidos como mártires y víctimas de la barbarie roja. Nadie duda de esos otros crímenes. La pena es que las 2937 víctimas del franquismo vuelven a estar tiradas por el suelo, maltratadas y silenciadas oficialmente en el siglo XXI. Y, para rematar la tropelía, también se arrancaron, por impertinentes, los versos de Miguel Hernández que iluminaban el intento de Memorial madrileño: «…porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida». Pero lo que retoña son los valores que produjo esas 2937 víctimas.

La concordia —ese concepto tan necesario en España y que los herederos del franquismo se quieren apropiar— pasa por mantener viva la Memoria y el reconocimiento de las víctimas. Para que haya concordia es preciso que las víctimas y los verdugos se reconozcan mutuamente como tales. Hoy solo viven los herederos. Unos biológicos, otros ideológicos. La pregunta es: ¿Cuándo reconocerán los herederos ideológicos del franquismo que sus mentores fueron militares sin honor, miserables fascistas y verdugos de moral católica? ¿Cuándo, Antonia?

 


miércoles, 21 de julio de 2021

Insigne poeta gaditano, sin duda

 Este artículo se publico en La Voz del Sur

Don José María Pemán y Pemartín no era hombre que amara la democracia. El concepto básico de un hombre, un voto —que suele servir para construir la convivencia— era, para el insigne poeta y diputado gaditano, algo prescindible. Sus convicciones no iban por esos derroteros, encajaban mucho mejor con una forma de gobierno fuerte y trufado de militarismo autoritario. Lo decía él mismo, que vestía con frecuencia el uniforme del requeté en sus arengas patrióticas por el frente, y lo dejó por escrito sin metáforas y sin vericuetos poéticos. En el discurso que pronunció en San Fernando el 19 de diciembre de 1936, en el homenaje al alcalde impuesto, don Ricardo Isasi Ivison (comandante de intendencia de la Armada, sublevado), no tuvo remilgos en afirmar que un Estado verdadero no puede existir sin un espíritu militar que lo impregne de virtudes castrenses: «Ricardo Isasi es un excelente alcalde —decía Pemán— porque antes fue un perfecto militar […] no hay Estado vivo y verdadero, sin un espíritu militar que lo rodee de virtudes castrenses y de vigilantes previsiones» (1). Ideas que encajaban perfectamente en el carácter militarista que definía el fascismo de la época.


 

Sin duda, Pemán debió sentirse cómodo rodeado de las virtudes castrenses de la dictadura militar que estaban perpetrando en 1936. Él prefería un gobierno en manos de militares sin honor —sin honor, digo, porque habían violado la promesa de fidelidad a la República—, rodeado de fascistas y católicos anclados en el Concilio de Trento, una élite dirigente capaz de enmendar sin miramientos comportamientos equivocados… y, por supuesto, ellos decidían cuáles eran los comportamientos equivocados sin apelar a consensos ni zarandajas democráticas. Pemán desarrolló esta idea en muchos de los discursos y artículos que perpetró durante la guerra civil. Lo dejó por escrito, se puede consultar, y estaba orgulloso de lo que decía y sentía.

Pensaba el poeta que la guerra civil del 36 era necesaria si queríamos una patria como Dios manda. Algo molesta la guerra, vale, pero necesaria. Lo dijo abiertamente ante los micrófonos de Radio Jerez el 12 de agosto de 1936 (luego se publicó extensamente en la prensa local) (2). Decía Pemán que «…bueno era que todos nos fuéramos haciendo a la idea austera de que estamos en guerra; y es necesario que esta idea se apodere de todos los espíritus para que sustituya a aquella de que vivimos un golpe militar». Explicaba más adelante que un golpe de Estado fácil y rápido habría sido demasiado barato para rescatar el tesoro que es la Patria, «…que ese tesoro tiene un alto precio, el del dolor de una guerra que por dura que sea, era necesaria y conveniente». Eso decía el insigne poeta justificando la necesidad de la guerra que ganó el general Franco y sus conmilitones.

También se prodigó don José María en propiciar la represión militar y fascista contra los vecinos de Cádiz y provincia. Ahondó el insigne poeta en la necesidad de perseguir a los republicanos que se podrían oponer a la barbarie desatada por militares, falangistas y requetés. Pemán proponía reprimir a esos españoles y tampoco lo ocultaba. Decía en su famoso artículo La hora del deber: «En una guerra civil del tipo de la que vivimos… el enemigo está en casa, pues siempre aún después de derrotado, queda enemigo conviviendo receloso a nuestro lado, emboscado en el disimulo…» (3). Y, en consecuencia, a ese enemigo conviviendo receloso a nuestro lado, emboscado en el disimulo, había que señalarlo y neutralizarlo si se quería perpetrar con éxito una patria limpia de judíos, masones y marxistas. Palabras que pudieran hacer pensar que Pemán fuera cómplice de la barbarie desplegada en la retaguardia fascista. También propuso amenazas a los que se resistieran al Glorioso Movimiento Salvador de la Patria. Decía en su arenga del 22 de agosto de 1936: «Obrero, estás a tiempo de enmendar tu camino. No te dé miedo lo que hayas sido o a donde hayas pertenecido. Ten en cuenta que el castigo para los que se oponen al movimiento salvador será seguro…» (4). A pesar de su gracejo habitual, hablaba en serio el poeta.

Pero aún llegó a ser más explícito don Jose María. Explicaba el insigne vate, con su lenguaje sencillo, que la guerra civil era la única manera de extirpar de raíz el marxismo antipatriota y nos recordaba que «…si en aquella otra guerra la Virgen del Pilar no quiso ser francesa, menos puede querer ser ahora rusa». Y añadía que esta guerra era conveniente porque España estaba cayendo «…en la languidez del marasmo marxista de los sin Dios ni Patria, hasta que el Dios poderoso del Ejército, con mano dura, pero bendita por la paz que nos traerá, nos despierta a la realidad. En el transcurso de esa guerra nos purificaremos» (5).

 No, no tenía el insigne poeta un discurso integrador para vencedores y vencidos. Unos acabarían purificados, como decía, los otros acabaron en las fosas comunes de Cádiz, San Fernando, Jerez, Puerto Real, El Puerto de Santa María, Grazalema, Conil, Marrufo, etc. Este era el Pemán que asumió la jefatura del Servicio Nacional de Primera Enseñanza en octubre de 1936… cuya labor depurativa de maestros y libros vamos a suponer conocida. Sus compañeros de la Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Cádiz decían de don José María que era «…el preclaro tribuno nacionalista como ejemplo del más vibrante patriotismo nacional» (6). Sin duda lo era.

 Don José María Pemán tenía un verbo cristalino (7): «El pueblo español ama la justicia pura…», decía. ¿Pero, qué era para Pemán la justicia pura? La que «…no se detiene en escrúpulos legalistas». Y añadía para justificar la atrocidad: «…es popular todo Régimen, todo Caudillo, todo hombre que administra paternal e inflexiblemente una amplia justicia extralegal». Semejante invitación —actuar al margen de lo legal— cayó en terreno fértil y tal reflexión, en boca de tan influyente orador e intelectual, invitó al exterminio extralegal de los que ellos llamaban genéricamente rojos, en las tapias de los cementerios de medio país. Lo que decía el insigne poeta gaditano formó parte de un discurso de odio que muchos utilizaron para justificar la barbarie que desató el fascismo en España.

 Hace pocos días, la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía (Comisionado de la Concordia) organizó un homenaje al insigne poeta por el 40 aniversario de su fallecimiento. Se celebró en el oratorio de San Felipe Neri de Cádiz. Doña Patricia del Pozo, consejera de la cosa, dijo que Pemán reunía «valores de generosidad y concordia» y que «luchaba y soñaba por la restauración de la Monarquía y de la democracia constitucional». Dijo tal cosa como si Pemán quisiera exactamente lo que hoy tenemos en España: monarquía y democracia constitucional.

 No sé… deberíamos reírnos por la broma de la señora consejera. A carcajadas, diría. Pero es que esto es un drama. Otro drama español.

 

Nota 1 > Parte del discurso de José Mª Pemán dado en el homenaje tributado a don Ricardo Isasi Ivison, alcalde de San Fernando, celebrado en el ayuntamiento de la ciudad en diciembre de 1936. Discurso íntegro publicado en La Correspondencia de San Fernando, 21 diciembre 1936. El homenaje que San Fernando tributó el pasado sábado al alcalde don Ricardo Isasi Ivison.
Nota 2 > Alocución radiofónica transcrita en Diario de Cádiz, 13 agosto 1936.
Nota 3 > La Correspondencia de San Fernando, 22 agosto 1936. La hora del deber.
Nota 4 > Diario de Cádiz, 23 agosto 1936. Nueva conferencia de don José María Pemán.
Nota 5 > Ibídem.
Nota 6 > La Correspondencia de San Fernando, 12 noviembre 1936. Homenaje a don José María Pemán.

Nota 7 > Nota 1.