domingo, 24 de enero de 2021

El milagro del beato Spínola

Este artículo se publicó en La Voz del Sur

Sombras al amanecer


Un saltamontes jamás podrá entender la Teoría de las Cuerdas ni los asuntos derivados del campo de Higgs, porque al saltamontes le faltan neuronas (…y a servidor, también, la verdad sea dicha). El saltamontes no ha evolucionado durante millones de años para entender esas cosas, lo ha hecho para escapar de sus depredadores, para procurarse mejor alimento y para procrear más que otro saltamontes. Nosotros, los seres humanos, hacemos básicamente lo mismo, pero con algunas neuronas más. Y, eso sí, ambos —saltamontes y humanos— estamos hoy día en el mismo nivel evolutivo.

Sin embargo, no creo que tener algunas neuronas más nos sirva para explicar la totalidad del universo. Lo que ocurre es que, conforme más creemos entenderlo (los que lo entiendan), mayor es nuestra sensación de pequeñez. Que hayamos conseguido explicar una ínfima parte del universo —mediante teorías científicas que se van confirmando como acertadas o rechazando por erróneas— solo nos hace comprender que existe un volumen infinito de conocimientos por alcanzar. Y eso nos enseña a ser humildes y más conscientes de nuestras limitaciones como especie.

No tenemos más remedio que aceptar que solo podemos intuir la hermosa sinfonía del universo en el que somos —pasa lo mismo con el saltamontes, que no puede apreciar (creo) la belleza de una sinfonía de Mozart—. Aceptar esa limitación es tal vez nuestro descubrimiento más honesto. En cuanto que estamos vivos y conscientes, somos una anomalía en el devenir del universo…

Por eso, cuando algunos de mis compañeros de especie se empeñan en inventar explicaciones esotéricas a lo que no podemos entender me deprimo (…pero, oye, que tampoco tiene la menor importancia que servidor se deprima). No es que nos falten neuronas a los humanos —que también—, es que algunos se empeñan en usar de mala manera las pocas neuronas que tenemos. Me estoy refiriendo a los supuestos milagros perpetrados por los santos católicos, y a los aquelarres místico-científicos que se montan en torno a un hecho que no podemos explicar con nuestros escasos conocimientos. Concluir que detrás de nuestra incapacidad para explicar las cosas hay una entidad divina es decepcionante. Que eso pasara en otras épocas, con rebaños de hombres y mujeres iletrados, cuya única ilustración emanaba de los púlpitos, pase. Pero que ocurra hoy día es delirante. Estoy pensando en la sanación inexplicable de una enferma de cáncer atribuido a un supuesto milagro al beato Spínola.

Ante estas cosas ya hemos comprendido, y lo aceptamos humildemente, que existen fenómenos que no entendemos todavía. Punto. Hasta ahí llegamos… pero cuando algunos se inventan explicaciones ajustadas a su conveniencia, y echan mano de entidades etéreas para justificarlas, la cosa se vuelve muy graciosa.

Servidor siente vergüenza ajena viendo que, en San Fernando (Cádiz), en el año 2021, buenas personas, adultas y serias, que normalmente son honrados profesionales de su cosa, se presten a representar el lamentable espectáculo de considerar, como algo serio, un supuesto milagro de sanación ocurrido en San Fernando y atribuido a la mediación del beato don Marcelo Spínola. Y, sobre todo, siento vergüenza al ver a militares españoles, vistiendo sus uniformes y participando en semejante teatralización de lo absurdo. Uno siempre ha deseado que aquello del Estado aconfesional —que se puede leer en la Constitución española— significara ausencia de uniformes militares en actos religiosos. Pero, por lo visto, no es así…

Con total libertad las autoridades católicas investigan científicamente supuestos milagros, y lo hacen público sin el menor rubor (las conclusiones del asunto ya están depositadas en Roma para su estudio). Y a servidor le parece que los creyentes se hacen un flaco favor en estos días, porque la distancia entre milagreros y terraplanistas (negadores ambos de la evidencia científica) se hace mínima. Por eso, con la misma total libertad, servidor opina sobre la ridiculez de los milagros. Ridiculez supina, añado. Conste, finalmente, que sonreír ante estos asuntos no es una falta de respeto hacia las creencias de otros, es manifestar que el rey va desnudo, como en el cuento.


lunes, 11 de enero de 2021

Las calles indecentes de San Fernando

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur

General Varela. Bilaureado y traidor a la República


El paisaje urbano de la ciudad no es neutral. De las calles y plazas de cada pueblo debería emanar una pedagogía de convivencia y respeto que impregne a los ciudadanos. Pero eso no ocurre si de las esquinas cuelgan ejemplos de intolerancia y se exhiben rastros de ideologías opuestas a la democracia. Por eso conviene recordar que cuando una sociedad se organiza en torno a la voluntad popular, es nuestra obligación ser beligerantes contra la intolerancia que emana de postulados ideológicos próximos al franquismo… porque el franquismo es un régimen indeseable, condenable y criminal. Lo era hace ochenta años y lo es hoy. El franquismo y sus herencias ideológicas no se pueden justificar desde la decencia.

Cuando se inicia el año 2021, en la ciudad de San Fernando existen demasiadas calles dedicadas a personajes vinculados con la dictadura del general Franco. Pero ya no podemos apelar a la ignorancia para justificar su permanencia en el callejero de la ciudad. Hoy conocemos las trayectorias personales de muchos de esos personajes con calle, y la simple lectura de ciertos nombres ofende a la decencia, porque implica normalizar el crimen, supone la aceptar la sublevación militar como principio político válido y supone admitir la represión como método para perpetuarse en el poder. La mínima responsabilidad cívica nos impide aceptar estas premisas.

Hay en San Fernando calles con nombres de alcaldes que colaboraron, abierta y decididamente, en la represión política y social que se desplegó en la ciudad desde el 18 de julio de 1936. Fueron alcaldes que sirvieron a una dictadura militar de carácter fascista…

«…en origen, naturaleza, estructura y conducta general, el régimen de Franco es un régimen de carácter fascista, establecido en gran parte gracias a la ayuda recibida de la Alemania nazi de Hitler y de la Italia fascista de Mussolini».

Así lo definió y condenó la Asamblea General de las Naciones Unidas el 12 de diciembre de 1946, precisamente en los años en los que los alcaldes en cuestión actuaron. Estos mandatarios isleños fueron dirigentes políticos que colaboraron con un Estado ilegal. Las víctimas de la represión en esta ciudad (los asesinados y los perseguidos), que lo fueron bajo los mandatos de estos alcaldes, no merecen la afrenta de ver sus nombres rotulados en las calles. Su permanencia supone, en nuestra opinión, enaltecimiento del golpe militar de 1936, de la represión posterior y de la impunidad.

Permanecen en la ciudad calles con nombres de militares —fundamentalmente marinos— que participaron en el bando sublevado de la guerra civil española y que desarrollaron posteriormente una dilatada y brillante carrera militar, incluso regalaron a la ciudad una valiosa contribución política e intelectual. Todos esos militares tuvieron que demostrar inevitablemente su adhesión a la dictadura militar que se iniciaba el 18 de julio de 1936 y, con ella, acataron la cobertura ideológica de carácter fascista que adoptó el nuevo Estado. Aceptamos que un número indeterminado de ellos —nunca sabremos cuántos— se vieron arrastrados por la pulsión de sobrevivir y asumieron como inevitable la obediencia a una cadena de mando que traicionó la promesa de adhesión a la II República. Entendemos que esos militares se dejaron arrastrar por la supuesta obediencia debida a sus superiores, porque la mínima objeción habría implicado una ejecución inmediata y extrajudicial. Y en el mejor de los casos, un consejo de guerra sumarísimo en el que los militares rebeldes y traidores les acusarían precisamente de rebelión militar con pésimas consecuencias.

«Los militares que se opongan al Movimiento de Salvación iniciado serán pasados por las armas por los delitos de lesa patria y alta traición a España». [En el Decreto nº 2 de la Junta de Defensa Nacional. Burgos, 25 de julio de 1936]

Pero no todos los militares se sumaron a la rebelión iniciada en San Fernando el 18 de julio. Los hubo que cuestionaron las órdenes, o dudaron simplemente, o tenían filias republicanas o masónicas. Todos estos lo pagaron con su vida. Son los casos del comandante de Infantería de Marina Manuel de Sancha Morales, los capitanes del mismo cuerpo Antonio García Molés y Enrique Paz Pinacho, del teniente de navío en la reserva Ramón Alba Guerrero, los capitanes de corbeta Fco. Javier Biondi Onrubia y Virgilio Pérez Pérez, el maquinista Francisco Baptista Florenza, el condestable de la Armada Federico Beltrán del Castillo, los oficiales de Sanidad de la Armada José E. Ordaz Martínez, Antonio Martín Yarza, Antonio Zambonino Cano, etc., etc., etc. Eran militares, eran españoles fieles a la promesa de lealtad y murieron en La Isla. Ninguno de ellos, por supuesto, pudo demostrar su amor a la patria ni desarrollar una brillante carrera profesional. Simplemente fueron asesinados en 1936. Ninguno de ellos pudo hacer méritos para tener una calle en su ciudad. [Véanse militares leales a la República muertos en San Fernando: Por la dignidad de los militares muertos]

Desgraciadamente, todos los militares que se sumaron a la rebelión —unos abierta y decididamente, otros por pura supervivencia— lo hicieron para servir a un régimen ilegal. Sus carreras profesionales a partir de esa inflexión están vinculadas a valores incompatibles con la democracia. No obstante, si existiesen en San Fernando calles dedicadas a militares que no dirigieron la insurrección, no participaron en la represión posterior y contribuyeron de alguna manera al entramado cultural de San Fernando, entenderíamos su permanencia en el callejero. En estos casos damos por hecho que fueron las autoridades franquistas las que los utilizaron para engrosar la iconografía del Régimen. No cuestionaríamos la valía personal, ni la profesionalidad del personaje, sino el uso partidista que hizo la Dictadura de estos hombres.

Pero hubo militares que organizaron la sublevación y/o participaron conscientemente en la guerra posterior y, en consecuencia, asumieron las consecuencias de sus actos. Para fortuna de ellos, resultaron victoriosos y sus decisiones personales fueron recompensadas con una notable carrera militar y con reconocimientos en el ámbito municipal. Por eso algunas calles de San Fernando siguen dedicadas a militares que se alzaron contra el gobierno legítimo de la II República. Eligieron libremente colaborar con la sublevación y, por tanto, cometieron un evidente delito de rebelión contra la legalidad, delito que hoy día sigue impune. Esa decisión les hizo ser presuntos cómplices y/o tener responsabilidad en las detenciones ilegales, torturas y muerte de aquellos isleños susceptibles de oponerse al Movimiento Salvador de la Patria. Así mismo, pudieron ser responsables directos o indirectos de un número indeterminado de incautaciones de bienes, de cárcel, de exilio. Y como miembros de un plan general abiertamente criminal, son responsables en función de la punibilidad del plan…

 

«Líderes, organizadores, instigadores y cómplices que participen en la formulación o ejecución de un plan general o conspiración, para cometer cualquiera de los crímenes antes citados, son responsables de todos los actos realizados por cualquier persona que ejecute dicho plan…». [En Diligencias Previas Procedimiento abreviado 399 /2006 v, de 16 de octubre de 2008. Juez Garzón, citando el Estatuto de Nüremberg (8 de septiembre de 1945)]

En consecuencia, las carreras profesionales de estos militares parten de un comportamiento desleal e ilícito, es decir, parten de la máxima vergüenza que puede perpetrar un militar: quebrantar su promesa o juramento de acatar las leyes, en este caso promesa de fidelidad a la República para defenderla y servirla bien:


«Prometo por mi honor servir bien y fielmente a la República, obedecer sus leyes y defenderla con las armas».

Todos los militares traidores habían prometido defender precisamente a la República, no a una esotérica Patria diseñada ad hoc para justificar cualquier acto de rebeldía. Posiblemente no hay mayor deshonor para un militar que levantar sus armas contra sus propios compañeros y contra los ciudadanos que le otorgaron su confianza. Estos últimos militares no caben en el callejero de San Fernando, lo dice la ley que emana de la voluntad popular, y mantenerlos sería justificar y dar cobertura a la barbarie que se desplegó en este pueblo a partir del 18 de julio de 1936. Es nuestro deber, si tenemos ese conocimiento, exponerlo.

Y aún existen calles dedicadas a personas que avivaron la traición de los militares insurrectos, entendieron las tropelías de la Falange y demonizaron a los republicanos como antiespañoles. Por tanto, justificaron lo que estaba pasando en la ciudad, es decir, justificaron el exterminio físico de los posibles opositores políticos y sociales al Glorioso Movimiento Nacional. Máxime cuando desde su pretendida ascendencia moral declamaban justificaciones vistiendo sotana o blandiendo la pluma con destreza. Consideramos que tales personajes tampoco deberían tener una calle en San Fernando.

En nuestra opinión, eliminar de nuestras calles los vestigios de la dictadura franquista «...representa un paso fundamental hacia la realización del derecho a la verdad de todas las víctimas de graves violaciones de derechos humanos…» que ocurrieron en San Fernando. Pero, sobre todo, será un acto de justicia y valentía política que nos acerque a la conclusión de un ciclo histórico.

 

 

 

CALLES y ROTONDAS DE SAN FERNANDO CUYAS DENOMINACIONES PODRÍAN SER CONTRARIAS A LAS LEYES DE MEMORIA HISTÓRICA Y DEMOCRÁTICA DE ESPAÑA Y ANDALUCÍA

Enero de 2021


CALLE ALCÁZAR DE TOLEDO
CALLE ALMIRANTE BATURONE COLOMBO
CALLE ALMIRANTE CERVERA
CALLE ALMIRANTE FAUSTINO RUIZ
CALLE ALMIRANTE FRANCISCO MORENO
CALLE ALMIRANTE GARCÍA DE LOMAS
CALLE ALMIRANTE SALVADOR MORENO
CALLE ANTONIO RODRÍGUEZ
CALLE BATALLA DEL EBRO
CALLE BENITO CELLIER
CALLE CABO DE INFANTERÍA DE MARINA BENÍTEZ MORERA
CALLE CAPITÁN ÁNGEL SEVILLANO
CALLE CASTILLO DE OLITE
CALLE CENTURIA ISLA DE LEÓN
CALLE CONCHA PÉREZ BATURONE

CALLE CORONEL GABRIEL MOURENTE

CALLE EL PARDO
CALLE FERROL DEL CAUDILLO

CALLE GENERAL GARCÍA DE LA HERRÁN

CALLE GENERAL PUJALES

CALLE HERMANOS LAGARDE
CALLE HERMANOS LAULHÉ
CALLE HÉROES DEL BALEARES
CALLE JOSÉ GIL SÁNCHEZ
CALLE JOSÉ QUETAR
CALLE LUIS MILENA
CALLE PADRE FRANCO
CALLE CAPITÁN CONFORTO
CALLE RUIZ AHUMADA
ROTONDA ALMIRANTE GÓMEZ-PABLOS

(Esta lista está extraída del nomenclátor confeccionado por don Juan José Maruri Niño)


sábado, 19 de diciembre de 2020

El señor Scrooge que llevo dentro

 

Este artículo se publicó en La Voz del Sur


Como a muchos, ahora la vida me apabulla y me sobrepasa por la izquierda y por la derecha, por encima y por abajo… y permanezco sentado al borde del camino viéndola pasar, solo, sin despegar los labios, en mi sitio. Eso hago cada día, ver pasar la vida sin hacer nada. Callado y en silencio porque no encuentro nada positivo que contar y porque estamos hasta las narices de las penas que nos cuentan los comunicadores; de la intolerancia de algunos políticos; de las quejas por la gestión de la pandemia que exhalan los cuñaos de turno; harto de que nos echemos en cara los muertos por covid y cansado del negacionismo de este sujeto que parecía cuerdo; hastiado de las políticas que promueven unos, y que otros rechazan por sistema… indignado con el fascismo rampante de VOX, de muchos del PP y de aquellos que ni siquiera saben que son fascistas, pero son unos fascistas de tomo y lomo; cansado de la destrucción de la realidad a manos de las redes sociales… ¡Por tantas cosas estamos hartos! Y también estoy asustado porque he perdido las ganas de reír.

 

Sí… Conforme se acerca la Navidad aflora el detestable señor Scrooge que llevo dentro. Pero este año más agrio si cabe. Tal vez porque es más evidente lo absurdo y contradictorio de la sociedad que nos empeñamos en mantener a pesar de la cura de humildad que supone la pandemia de 2020. Ahora —después de superar un confinamiento— sabemos que, en realidad, necesitamos bastante poco para vivir, mucho menos de lo que nos decían… pero vivir con muy poco supone una hecatombe para la sociedad que tenemos. Solo si consumimos compulsivamente, como hacíamos antes de la pandemia, podemos mantener en pie el tinglado económico… y mantener en pie este tinglado económico supone desigualdad creciente, competición inhumana con nuestros iguales, injusticia, esclavitud y, a la larga, el suicidio colectivo de la especie y la venganza del planeta. Por eso he perdido las ganas de reír, porque necesito creer en un futuro para ellos y no lo veo claro…

 

…por eso miro una y otra vez el vídeo de Belén. Lo ha grabado su madre. Dos años tiene la niña. Le riñe a Habana, la paciente perra de siete que la ha visto crecer y que le tolera cualquier cosa. La niña le ordena con su media lengua que se siente y la perra se sienta y la mira esperando más órdenes. Luego Belén abre la palma de su manita y marca el número de su papi, se lleva la mano a la oreja y le explica a su papi que Habana ha sido buena, luego cuelga aplicando delicadamente su minúsculo dedo índice sobre la palma de su manita. Entonces se abraza al cuello de Habana y la aprieta con sus pequeñas fuerzas, y le dice cuánto la quiere porque ha sido buena. Eso me hace sonreír. ¡Coño! Me hace sonreír. Pero es una alegría triste. Lo mismo haría el señor Scrooge, dibujar una mueca detestable… y Belén no se lo merece.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Mucho más que una zona verde

 Este artículo se publicó en Patrimonio La Isla

La puesta en marcha de 59 expedientes para desalojar las casetas de la Casería de Ossio revitaliza un viejo proyecto de intervención en la costa oeste de La Isla de León. Incluye esta idea la regeneración de la playa y la construcción de un paseo marítimo que llegue hasta el viejo cementerio mal llamado de los ingleses, un enclave protegido en el PGOU de San Fernando y catalogado BIC en el año 2012 como parte del Legado Patrimonial de los Lugares de las Cortes y la Constitución de 1812… y es así en la falsa creencia de que allí están enterrados los aliados británicos de tal guerra. Error.

La placa errónea del cementerio de San Carlos

Es evidente la tropelía que pueden hacer con el valor etnográfico de la Casería de Ossio, pero también conviene recordar y enmendar los errores que se propagan a nivel oficial con el cementerio de San Carlos que, según el viejo proyecto, pretende que se transforme en una zona verde visitable. Bien, no es mala idea, pero conviene recordar el verdadero y auténtico valor de este lugar.

Este cementerio se acotó en 1809 en un extremo de la población militar de San Carlos —Isla de León—, lamiendo la orilla de la bahía de Cádiz. Y en su solar se enterraron inicialmente un mínimo de 313 franceses con nombres y grado militar conocidos. Todos ellos publicados en su momento [Un camposanto sin epitafios. Miguel Ángel López Moreno, 2016]. Estos hombres fueron algunos de los franceses presos después de las batallas de la Poza de Santa Isabel y Bailén, que acabaron encerrados en los pontones anclados en mitad de la Bahía [Lourdes Márquez, Recordando un olvido: Pontones Prisiones en la Bahía de Cádiz. 1808-1810. 2013-2020]. Las penurias higiénicas en los pontones provocaron muertes masivas entre los presos y aconsejó tratar a los enfermos en dos hospitales habilitados ad hoc: el de la Segunda Aguada (Cádiz) y el de San Carlos en la Isla de León. Los 313 enfermos franceses que murieron en este último hospital, entre febrero de 1809 y marzo de 1810, se enterraron en su cementerio anexo que se nombraba en los documentos de la época como cementerio del hospital para franceses. Por cierto, ahí siguen todos ellos y ningún hito los recuerda.

Cuando las tropas del mariscal Soult pusieron sitio a La Isla de León y Cádiz, en febrero de 1810, el hospital de San Carlos se vació de franceses y se utilizó exclusivamente para curar a soldados españoles heridos en la defensa de las islas gaditanas… Esos hombres luchaban y morían mientras a sus espaldas se discutía la primera constitución española. Los que murieron entre 1810 y 1812 luchando contra el francés fueron enterrados en el cementerio de San Carlos. Por cierto… esos 905 españoles de todas las procedencias, muertos en defensa de la patria, reposan en ese cementerio sin que un solo hito funerario o patriótico los recuerde.

Desde que comenzó la andadura del cementerio en 1809, hasta 1911 en que se entierra al último hombre —Manuel Teiros Muiños se llamaba— más de 5000 muertos fueron inhumados en ese cementerio. Los nombres de todos ellos están publicados, uno detrás de otro… por cierto, no hay ni un solo inglés entre ellos. El caso más cercano fue el del grumete del bergantín Cazador, llamado Manuel Juan, oriundo de una isla inglesa, de padre español y madre desconocida… pero, según dejó escrito el capellán, «…no recibió sacramento alguno porque no era de nuestra católica religión…». En consecuencia, no tuvo descanso en el cementerio de San Carlos, se sepultó en el campo, dijo el cura. Así eran las cosas para los no católicos, aunque fuesen españoles.

Durante la Guerra de la Independencia, los aliados ingleses —como no podía ser de otra forma— siguieron siendo herejes. Y, para su desgracia, en la católica, apostólica y romana España —cuna de santos y forja de mártires— los cadáveres de herejes no debían contaminar el suelo de la patria si se podía evitar. Es muy conocido el atroz destino del cadáver de Mr. Hole, secretario de Lord Digby, jefe de la embajada británica que envió Jacobo I en 1622 para tratar asuntos comerciales con el rey español Felipe IV… como inhumana era la forma de deshacerse de los británicos muertos en Málaga, según relato del mismo cónsul británico en Málaga, Willian Mark en 1831. Remito al lector interesado por estas y otras historias a la fuente [Un camposanto sin epitafios, 2016].

No. Los aliados ingleses muertos entre 1810 y 1812 se enterraron en el depósito central de Casa Alta (el actual cementerio de San Fernando) y, para evitar la contaminación del suelo sagrado del camposanto católico con carne de hereje, se construyó un muro de mampuesto que aislaba la zona inglesa. Pero, claro, estos ingleses tenían costumbres muy raras y así lo manifestó el enterrador, señor Joseph Anaya, en la sesión plenaria del ayuntamiento del día 16 de marzo de 1811. Dijo a los concejales allí reunidos: «…queda muy poco terreno en la cerca que se hizo para enterrar ingleses mediante a que estos tienen la costumbre de hacerlo de cada uno por separado…». Desde luego: raros, raros, raros…

Si algún lustro de estos se llega a rematar el proyecto de intervención en la franja litoral oeste de La Isla de León, téngase en cuenta que muchos los soldados que siguen enterrados en el cementerio de San Carlos dieron su vida para que los demás forjaran la primera constitución española, esa que decía que el objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen. Pues eso, un respeto a las viejas piedras y a los honorables huesos que allí reposan.


jueves, 29 de octubre de 2020

Nadie mata a un hombre bueno

Este artículo se publicó en La Voz del Sur

En condiciones normales nadie mata a un hombre bueno… a no ser que seas alguna especie de degenerado. El asesino podría ser una de estas dos cosas: o un psicópata que no distingue entre el bien y el mal o, por otro lado, puede que sea un sujeto que maneje un extraño código de valores en el que sea aceptable asesinar a un hombre bueno.

Don Cayetano y sus tres hijos. Todos, asesinados. Imagen cortesía de la familia

A Cayetano Roldán —último alcalde republicano de San Fernando— lo mataron algunos de sus vecinos un 29 de octubre de 1936, hace ya 84 años. Sus asesinos fueron gente normal; personas que paseaban por las aceras de San Fernando, desde la Mallorquina a la Alameda y vuelta atrás, como hacía todo el mundo. No creo que fueran psicópatas, pero sí estaban convencidos de que era aceptable exterminar a los que pensaban de cierta manera… y creo que mataron a Cayetano Roldán sin tener remordimientos de conciencia. ¿Que por qué no los tuvieron? Seguramente porque se sentían amparados por una ideología que justificaba el crimen y por una religión que les descargaba de culpas. Por eso.

A Cayetano Roldán lo mataron personas que en condiciones normales jamás lo hubieran hecho. A mí, personalmente, me obsesiona este proceso de cambio: ¿Cómo llega un hombre normal a criminalizar a otro hombre normal hasta el punto de justificar su asesinato?

¿En qué momento el rival político se convierte en enemigo político? ¿Qué tiene que pasar en la sociedad para que el rival se convierta en un enemigo que merece un tiro en el corazón y otro en la nuca? ¿Qué palabras hay que pronunciar para normalizar eso? ¿Cuántos mantras hay que propalar desde los medios de comunicación para que se asuman sin rechistar? ¿Cuántas mentiras hay que repetir en los discursos para que se conviertan en una verdad sobre la que construir otra realidad? ¿Cuántas ruedas de molino hay que tragar para que un hombre con ideas se convierta en un peligro por sus ideas, y sea aceptable eliminarlas colocando una bala en su cabeza…?

¡Cómo coño pasa eso! ¡Cómo fue posible el asesinato de Cayetano Roldan y de tantos otros que le acompañan en las fosas!

¿Cuáles son los detalles que debemos vigilar en nuestra sociedad? Detalles que nos vayan alertando de esta deriva colectiva hacia la barbarie. Porque nosotros no somos mejores que los hombres de hace 80 años. Solo hay que rascar un poquito en la superficie para que salga el lobo para el hombre que todos llevamos dentro. No somos mejores.

Todos nosotros, los que recordamos a Cayetano Roldán en el 84 aniversario de su asesinato, y los que no lo recuerdan porque activamente no quieren recordar —porque hay que dejar en paz a los muertos y no reabrir heridas— y, sobre todos, los herederos ideológicos de los asesinos de Cayetano Roldán… TODOS, digo, todos deberíamos reflexionar sobre estos asuntos. Es decir, sobre el proceso sociológico que nos deshumaniza y nos acerca a la barbarie… Homo homini lupus

Decía Pepe Mújica, en su despedida de la vida pública, que el objetivo de la política es la felicidad de las personas. Creo que difícilmente se puede encontrar la felicidad disparando una bala contra el corazón y contra las ideas de otro hombre… sobre todo, si eres la víctima.

sábado, 17 de octubre de 2020

Carcunda nacional


 Este artículo se publicó en La Voz del Sur

En este país inconcluso que es España, la derecha política que sufrimos es heredera directa del fascismo del siglo XX. Me refiero a esa ideología criminal e inaceptable, que dio cobertura política al general Franco y fue el brazo ejecutor de muchos de sus crímenes… crímenes de lesa humanidad que, por cierto, permanecen impunes. La derecha española del siglo XXI se forma y se desarrolla a partir de la hez oscura del franquismo. Es un concepto político que pretende monopolizar el poder porque en su ADN permanece la pulsión de partido único inherente a los fascismos. Esa derecha considera que el poder le pertenece por derecho divino y no concibe que, por esa zarandaja de democracia, caiga en manos de la izquierda… porque para eso se ganan no solo las guerras sino las transiciones modélicas que se estudian en todas las universidades del mundo. Se ganan —las guerras y las transiciones, digo— para conquistar el derecho a permanecer en el poder y ejercerlo a mayor gloria de los suyos, con votos o sin votos. ¡Se sienten, coño!

 

Sí… Estoy convencido de que en España nos hace falta —y necesitamos urgentemente— una derecha que sustituya al esperpento que tenemos. Sus votantes se lo merecen. Sería una derecha moderna, despojada de pasado, empática con el pueblo más necesitado, respetable por necesaria, respetuosa y honorable con los adversarios —que no enemigos—, incluida la izquierda… especialmente la izquierda. Porque la derecha que tenemos es una derecha insensible y bronca, irrespetuosa con el rival, de insulto grosero, de juego sucio, esencialmente corrupta y mentirosa… ¡que la detengan! Y, sobre todo eso, es una opción filofascista que no ha sido capaz de condenar abiertamente el régimen franquista, su mentor. La ausencia de una derecha civilizada es un desastre para nuestra frágil democracia.

No me lo han contado. No lo he oído en las tertulias. No lo he leído en sesudos libros. Lo he visto, lo he vivido, lo he aprendido por mí mismo…

Por ejemplo, en San Fernando, durante la II República (y con más intensidad a partir de las elecciones del 16 de febrero de 1936), para las personas de orden y recta moral —que así se señalaban ellos mismos— era inconcebible lo que estaba pasando. Y pasaba que, de la noche a la mañana, el origen de la autoridad ya no estaba en Dios [Carta de Pablo a los romanos, 13], sino que venía del pueblo. Sí, sí, la autoridad se originaba en esa chusma vociferante y altanera. Ese pueblo ordinario, analfabeto y miserable era el que entregaba el poder no a ellos, sino a la gente equivocada… ¡Eso cómo era posible! ¡Cómo se iba a permitir!

Para las personas de orden y recta moral de San Fernando —y supongo que en toda España pasaba igual— era inconcebible que los concejales que comenzaron a regir su ayuntamiento fueran ahora los empleados de las industrias en lugar de los dueños de las industrias. O fuesen trabajadores de las salinas en lugar de los amos de las salinas. O simples escribientes del Arsenal de la Carraca en lugar del capitán de navío retirado o del coronel de Infantería de Marina en la reserva… La democracia que vino con la República suponía una auténtica subversión de usos y costumbres. No era concebible que esta chusma izquierdista gobernase y se atreviese, por ejemplo, a implementar normas contrarias a costumbres religiosas profundamente arraigadas en la tradición. ¡El alcalde hasta se atrevió a ordenar a los párrocos que le pidiesen permiso antes hablar en misa desde los púlpitos! ¡Pero eso qué coño era! Las personas de orden y recta moral no entendían qué cosa era la laicidad del Estado ni la voluntad popular. Los tiempos del señor marqués estaban extinguiéndose, y los del señor cura también, y los del señor almirante de largos y compuestos apellidos…

Hoy pasa lo mismo: el pueblo ha entregado el poder no a ellos, sino a la gente equivocada y no saben qué hacer fuera del gobierno. Nunca lo han sabido, por eso parecen elefantes en una cacharrería para deshonra de todos los españoles. Han convertido el parlamento en un espectáculo vergonzoso y no porque todos los políticos sean iguales, que no lo son. Para la derecha que hoy campea en España —al igual que la de hace ochenta años— el poder pertenece inevitablemente a la carcunda nacional, como Dios manda. Es decir, a los que tienen una actitud retrógrada en lo político, insensible en lo social, sumisa en lo religioso y egocéntrica en lo personal. Y si las urnas dicen lo contrario, entonces las urnas fallan y el pueblo se equivoca. A esta derecha que sufrimos hoy le faltan los genes necesarios para respetar la voluntad de la gente y aceptar que a veces se gobierna y a veces se hace oposición… y cuando toca oposición hay que saber estar y aplicar responsabilidad, decencia y elegancia a la cosa. Pero ya vemos que no se ha hecho la miel para la boca del asno. Pues eso…

 

viernes, 9 de octubre de 2020

El almirante, el marinero y el cura

 


El almirante, el marinero y el cura

 

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur


Tres hombres enjaretados por el fino hilo del destino. Ramón Odriozola Lasarte era marinero vasco, de Orio y, pese a su enorme dignidad de hombre cabal, pocas veces le llamaron don Ramón. No era el caso del don Recaredo García Sabater, que parece que nació con el don pegado a su nombre... máxime desde que se hizo cura y capellán de la Armada con grado de comandante. Por su parte, don Faustino Ruiz González alcanzó el empleo de almirante en la Armada del general Franco —de la Armada sublevada contra la II República, digo— y el don lo tenía garantizado por norma y protocolo.

EL ALMIRANTE: El 29 de septiembre de 1936, el crucero rebelde Canarias detectó a treinta kilómetros de distancia al destructor Almirante Ferrándiz, leal a la II República, que patrullaba en el Estrecho de Gibraltar tratando de impedir que el ejército sublevado de Marruecos llegara a la península. El Canarias lanzó una andanada de cuatro disparos contra el Ferrándiz que resultó larga, impactó en el mar a 1200 metros del objetivo. En ese momento, ante la inminente huida del destructor y la probabilidad cierta de quedar fuera de alcance, el Director de Tiro del buque rebelde tomó la arriesgada decisión de saltarse el manual artillero y proponer una única andanada de disparos que hizo blanco a 21.000 metros. El Ferrándiz se hundió con rapidez. El mar se cubrió de cadáveres y de náufragos, y el prestigio personal del Director de Tiro del Canarias tuvo alcance internacional. Muchas marinas de guerra se interesaron por el procedimiento que se utilizó para hundir el destructor republicano a esa distancia y sin disparos de aproximación.

El Director de Tiro del Canarias era el isleño y capitán de corbeta don Faustino Ruiz González que, después de la hazaña, tuvo una larga y fructífera carrera militar —bajo la cobertura del régimen dictatorial del general Franco, naturalmente— hasta llegar al empleo de almirante. Entre 1949 y 1962 fue gobernador general de la Guinea Ecuatorial Española, años en los que reprimió con decisión el incipiente movimiento nacionalista guineano. Y en estas estaba don Faustino cuando fue procesado por la detención, torturas y asesinato del líder nativo Acacio Mañé. Una historia muy fea y muy torpe, que no le impidió seguir adelante con su carrera y su prestigio. En 1988, por sus servicios a la patria y por su condición de isleño se le nombró Hijo Predilecto de San Fernando y se denominó una calle de la ciudad con su nombre, precisamente la calle que separa su casa natal de la iglesia vaticana de San Francisco… de donde había sido párroco don Recaredo.

EL MARINERO: Por su lado, don Ramón Odriozola Lasarte, marinero de 2ª, fue uno de los náufragos del Ferrándiz.

Después del hundimiento, el buque rebelde Canarias recogió a un grupo de náufragos que fueron atendidos inicialmente en Ceuta, más tarde encarcelados en el Penal de Cuatro Torres del Arsenal de la Carraca y sometidos a consejo de guerra acusados de rebelión militar —así se hacían las cosas: los militares rebeldes acusaban de rebelión a los que habían permanecido leales a la legalidad republicana. Al menos, veintiuno de ellos fueron condenados a muerte, ejecutados el 30 de diciembre de 1936, probablemente en el llamado Caño de la Jarcia del Arsenal de La Carraca, y enterrados en la fosa común del cementerio de San Fernando. La suerte de Ramón, el marinero vasco, fue que no lo rescataron inmediatamente después del naufragio, sino que se mantuvo tres días a la deriva, herido de metralla en la espalda, agarrado a un madero, junto a un compañero. Cuando finalmente lo rescataron, y sanó de sus heridas, el consejo de guerra iniciado contra sus compañeros ya estaba en marcha y él quedó fuera. No obstante, llegado el momento, también fue acusado de rebelión militar y condenado a muerte. Afortunadamente la pena le fue conmutada a cadena perpetua… y en el ínterin, mientras permanecía preso en el Penal de Cuatro Torres, fue sometido a la crueldad de pasar por varios simulacros de fusilamiento.

Pero acabada la guerra civil, la población reclusa en España era de tales proporciones que el propio régimen instrumentó la forma de recuperar esa masa humana como recurso laboral utilizable en la reconstrucción del país. Ramón Odriozola fue excarcelado en 1942 y logró rehacer su vida. Empezó a trabajar en los astilleros de Matagorda, se casó con la isleña Isabel O'Dogherty y, a partir de 1954, trabajó en la Sociedad Española de Construcciones Navales. Diez años más tarde, en enero de 1964, siendo jefe de equipos del taller de prensa, explotó una caldera. Ramón perdió ambos ojos y sufrió quemaduras de tercer grado en todo el cuerpo. Tardó años y numerosas operaciones (uno de los brazos había quedado adherido al costado a consecuencia de las quemaduras) en alcanzar una vida medianamente digna.

EL CURA: Don Recaredo García Sabater —cura católico de negra sotana, párroco de la iglesia vaticana de San Francisco, capellán comandante de la Marina y odiador de marxistas— era un declarado admirador de Mussolini. En su entendimiento, lo que había realizado el cerebro esclarecido de Mussolini con el fascismo era, simplemente, convertir la divina doctrina de Jesús en leyes civiles, y como España era, antes que cualquier cosa, un país católico, pues había que aplicar aquí el fascismo de forma ineludible. Dicho de otro modo: si el fascismo era poner en la práctica la divina doctrina de Jesús, y España era católica… España debía ser fascista. ¡Fácil!

Recio carácter el de don Recaredo, y muy oscura su sotana. Muchos isleños han recordado toda su vida sus arengas contra los marxistas desde el púlpito de la iglesia. A Isidro Cereceda, por ejemplo, le partió el labio con su crucifijo porque se negó a besarlo… y así se presentó Isidro en el paredón y así, con el labio roto, recibió la andanada de disparos asesinos. Oscuro recuerdo dejó don Recaredo entre muchos vecinos de San Fernando… muy oscuro.

Una tarde, Ramón Odriozola aquel vasco de Lasarte, casado con una isleña valerosa y tenaz, el que fuera marinero de 2ª durante el naufragio del Ferrándiz, con su cuerpo quemado y ojos consumidos paseaba por calle Real. Su hija Guadalupe, cogida de su brazo, hacía de lazarillo. A la altura de la iglesia de San Francisco, a escasos metros de la casa natal de don Faustino, el de la puntería prodigiosa que hundió su barco, se cruzó con el tristemente conocido cura don Recaredo García Sabater. Se paró el clérigo, y le dijo condescendiente y paternal:

       — ¡Ay! Ramón, Ramón. Que al final cada uno tiene lo que se merece.

Pues sí. Creo que sí, estoy de acuerdo con el cura, cada cual deja a la posteridad el recuerdo que merece.