Informaba el
inspector jefe que el médico en cuestión era persona apolítica, que no estuvo
afiliado a ningún partido de izquierdas, ni a sectas masónicas. Y remataba el
informe admitiendo que «…es elemento de
orden y encuadrado en nuestro Glorioso Movimiento Nacional». No se podía
tener mejores antecedentes en 1940. Sus jefes podían confiar en la lealtad del
médico a ese Nuevo Régimen español que nos dirigía por el Imperio hacia
Dios. Sin embargo, para determinar la conducta y moralidad del médico, los policías
preguntaron a personas de verdadera garantía que vivían en la ciudad de San
Fernando, y dijeron que «…su moralidad es
dudosa, ya que a titulo de rumor, se dice es invertido, pudiéndose observar en
su modo de hablar las condiciones de afeminado y vérsele viajar y salir de un
lado para otro con elemento joven, lo que hace sospechar más la veracidad de
las versiones, sin que, desde luego, puedan concretar ningún hecho por el que
se le confirme lo expuesto».
No hacía falta
que encontrara este documento. Tampoco es que me lo hayan contado, es que
servidor estaba allí —me tocó vivir ese tiempo de posguerra tardía— y lo veía y
lo oía casi todos los días en las tertulias de mis mayores y en los púlpitos
(¡como ahora!). En mi niñez y adolescencia, los maricones —que así se podía y se
debía decir— eran pecadores; seres sucios y huidizos; habitantes de retretes
públicos que se movían entre las sombras, pura escoria. Eran carne de calabozo donde,
esa caterva de valientes con uniforme y gorra de plato, podía hacer con ellos
lo que quisieran… a no ser que fueran hijos de prohombres afectos al régimen.
En ese caso, su asunto era tratado
como desviaciones que había que sobrellevar con discreción. Aquella sociedad,
la de mi niñez y adolescencia, era una sociedad despreciable porque
despreciables eran sus fundamentos políticos y sociológicos… un régimen
fascista que, amparado y justificado por un catolicismo castrante, diseñó una
estructura social para abortar el mínimo asomo de pensamiento libre.
Hemos hecho un enorme
esfuerzo de racionalidad para escapar de ese corsé emocional. Y lo hemos hecho
en muy poco tiempo. Nadie nos ha marcado la pauta, pero lo hemos logrado. Seguramente
ha sido una marea generacional y cada uno de nosotros ha aportado una ínfima
gota de agua… Mi generación tiene sus raíces en una sociedad medieval, paternalista,
llena de sotanas, de confesiones y rosarios de la aurora, pero hemos conseguido
llegar a entender muchísimas cosas ajenas a ese mundo, entre ellas, aunque parezca
un asunto menor, la necesidad de celebrar un Día del Orgullo Gay…




