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viernes, 8 de febrero de 2013

Crónicas de jubilación: Haciendo recados por la calle real


En la plaza del Rey —Isla de León— hay una estatua ecuestre de un general bilaureado y filofascista, de esos que lucharon sin complejos contra otros españoles y medraron la mar de bien durante la dictadura. Orgullo de unos isleños y vergüenza de otros isleños. Hoy las palomas se le cagan encima; pero de ahí a que la reacción ácida disuelva el bronce van a pasar milenios (…habría que buscar otra forma más rapidita si es que se le quisiera perder de vista)




En una esquina de la misma plaza, sigue colocada una placa de mármol que recuerda la hazaña de dos hermanos, militares ellos, que fueron heridos gloriosamente, al servicio de Dios y de la patria, durante la Cruzada de liberación nacional. Eso va a ser que la memoria histórica sigue siendo unilateral por estas esquinas… lo digo porque los otros siguen siendo criminales anónimos, y hacinados en fosas comunes.

Un poco más abajo, un joven sentado en la acera, a la recachita del sol mañanero, exhibe un cartel explicativo. Dice que tiene 21 años, que es electricista y que pide una ayuda. Es muy joven, casi barbilampiño. Lleva un macuto de Decathlon y ropa que aún no está ajada… parece nuevo en la calle. No sé, antes se le podría reprochar que con su juventud y con esas dos manos tenía suficiente para ganarse la vida… “yo, con tu edad ya estaba jartito de trabajá”, le habría dicho cualquier viandante de cierta edad. Pero hoy no es así. Ya no es tan sencilla la oportunidad de esta idea. Hoy, simplemente, el sistema no le necesita. ¡Sobramos! El sistema inmoral que nos inyectan en las entendederas ha declarado ‘cosa prescindible’ a muchos ciudadanos como este. Y en consecuencia parece decirnos: ¡Muérete, causarás menos engorro!
Viendo a este chico, derrotado ya con 21 años, me vienen a la cabeza algunas palabras de Galeano: “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.

El problema es que el Estado que están construyendo a nuestras espaldas ha renunciado a ejercer la atención solidaria que los ciudadanos le habíamos delegado. El nuevo sistema neocapitalista de valores entiende que el Estado NO ESTÁ para atender a vagos y maleantes –señalemos que vagos y maleantes son los que no tienen encaje en el miserable entramado laboral que han diseñado-, que el Estado no está para atender enfermos o viejos; no está para ocuparse de la de educación de niños, que para eso están los padres… el Estado solamente TIENE que amparar el mercado y la libertad de los negocios en un ejercicio darwiniano de sálvese quien pueda.



Y al final de la calle —¡vaya por Dios!— me encuentro con la estatua de un cura amparando a un niño con su brazo. ¡Joder! Me da un repelús que me asusta. No sé… Me he sentido culpable de haber sentido ese repelús —pero me recupero enseguida, la verdad—. No hace mucho, ver juntos a un niño y a un cura no producía ningún tipo de reacción. Al contrario, uno recordaba la sensación naif de “…dejad que los niños se acerquen a mí”. Pero ya no es así… y no precisamente porque uno sea malpensado, lo es porque los sacerdotes –unos por acción y otros por omisión- se han ganado a pulso una sospecha general de pederastia.


Parménides tenía razón… ¡Esto cambia a una velocidad que no hay quien lo reconozca, tío!



miércoles, 25 de agosto de 2010

Micromomentos con ella: Carrión de los Condes

Septiembre del año 2000

En Carrión de los Condes, gran ciudad comparada con las que habíamos visto, paramos cerca de la iglesia de Santa María del Camino, construida, al parecer, para conmemorar la batalla que libró a la ciudad de pagar a los moros el famoso Tributo de las Cien Doncellas.

Nos sentamos un rato en el pórtico a dejar pasar el tiempo, a respirar el olor a piedra vieja, a disfrutar de la cercanía de esta chica guapa que me acompaña... Y, de paso, contemplar de reojo cómo un peregrino —con más pinta de vagabundo que de peregrino— dibujaba en un bloc de papel los bajorrelieves del pórtico...

…el hombre se sienta delante de la puerta, da dos caladas pensativas a su cigarrillo; se levanta para separarse y mirar desde otra perspectiva, y sigue fumando sin dejar de mirar con mala leche al santo de piedra. Vuelve a sentarse y toma su lápiz pero sin trazar nada.

Se comprende que el hombre no lo tiene nada claro.

Mientras tanto, un cachorro que tiene acostado en unos harapos —los vagabundos siempre tienen un perro mil-leches dormido a su lado—, se levanta y mordisquea juguetón nuestra mochila, con el rabo tieso... el hombre, sin decir una sola palabra, lo mete de nuevo entre sus harapos y vuelve a estudiar hoscamente el pórtico, con el ceño fruncido, como enfadado.

Cuando nos fuimos seguía sin trazar una sola línea...


martes, 10 de febrero de 2009

Esto es Cádiz


Para los monjes benedictinos la hora sexta era un periodo de descanso y mediación. De ahí derivó la siesta… En Cádiz —y en otros muchos lugares sabios—, la hora de la siesta es sagrada, y convierte la ciudad en laberinto de calles silenciosas y solitarias…
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El comerciante ni se molesta en cerrar su comercio. Simplemente apila tres sillas en la puerta y se mete en el chiringuito de al lado, pide un cafelito a Tomás y dormita con la cabeza apoyada en la pared, boca semiabierta y ronquido casual... al final se lo toma frío.
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Y pasado el peor momento de somnolencia, un señor se asoma a la ventana y respira el aire salino que corretea por las callejuelas del viejo Pópulo, por donde fenicios, romanos, árabes y cristianos construyeron la ciudad más primitiva y forjaron todo un carácter…
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Durante la siesta de Cádiz, el único ser vivo parece ser este lazy beggers que me pide 278 euros por dejarse hacer una foto. Y me asegura que es un tío sincero… que se deja de tonterías, que no tiene ni mujer ni niños que cuidar; que no está parado ni le han echado de astilleros ni de Delphi… No, a él lo que le gusta es vivir en la calle, comer en los comedores benéficos, beber cerveza, vino y, cuando las propinas son generosas, fumarse un porro de vez en cuando.
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¡Sí, señor, esto es Cádiz, con un par!