lunes, 12 de abril de 2021

Se izará la bandera nacional (bicolor, por supuesto)

 Este artículo se publicó en La Voz del Sur

En San Fernando, la misma tarde del 18 de julio de 1936, una vez detenidos a casi todos los concejales del Frente Popular, se arrió la bandera republicana del ayuntamiento y se izó la bicolor monárquica. Era la mejor señal para demostrar la toma del poder por los militares rebeldes y por los fascistas de la Falange española. Decía Casado Montado que el personaje que arrió la enseña republicana había sido el Niño de la Verde, «un elemento repugnante, pedófilo notorio y despreciable». Era el apodo de un falangista local implicado en las reyertas fascistas ocurridas en la ciudad en la primavera de 1936.



 Pero el izado oficial de la nueva enseña bicolor, roja-gualda-roja, en toda Andalucía ocurrió, por orden del general don Gonzalo Queipo de Llano, el 15 de agosto de 1936. Ese día se izó con toda solemnidad en el ayuntamiento de San Fernando y en todos los colegios nacionales de la ciudad… por cierto, el escribiente que redactó la orden de alcaldía para los colegios tuvo que corregir uno por uno todos los oficios —y sus copias— para añadir la palabra “bicolor” a la descripción de la bandera nacional. Eran dos colores que desde ese momento quedaron identificados con un régimen criminal y autoritario que se afirmó por oposición a los valores democráticos que representaba la II República. Hoy día, los herederos ideológicos de aquel fascismo siguen identificados con esos dos colores, y flaco favor hacen a la bandera constitucional española.

 Para los propagandistas del Régimen del 18 de julio, la bandera tricolor republicana era:

 «…la de una nación que no existe, porque representaba a la antipatria, era, en una palabra, la de los judíos, que habrán de andar siempre errantes, sin Dios y sin Patria, porque maldición divina fue que de esta forma viviesen. Por eso tiene la bandera de ellos tres colores, como tres son también los vértices del triángulo masónico que clavado en sus tres dimensiones en el corazón de España venía destrozándola…». [La Correspondencia de San Fernando, 15 de agosto de 1936. La bandera de España. Francisco de Hevia, procurador].

 

Marxistas, masones y judíos, la tríada extinguible de la Dictadura. Es decir, el famoso contubernio judeo-masónico que mantuvo hasta su final el general Franco. Una fantasía paranoica que aseguraba la existencia de una confabulación de judíos, masones y marxistas para destruir España. Fantasía que se convirtió en una verdad indiscutible para las clases privilegiadas por el Régimen del 18 de julio —parte de la oficialidad del Ejército y la Marina, monárquicos borbónicos, fascistas, tradicionalistas, las oligarquías agrícola, industrial y financiera y, por supuesto, una iglesia católica española anclada en el concilio de Trento—. Tal paranoia se inicia mucho antes del siglo XIX (tal vez tenga su origen en los Reyes Católicos) y alcanza carta de naturaleza en la primera parte del XX. Para los creyentes en esta teoría, la II República española era la consecuencia de una conspiración —pensada por judíos, organizada por masones y perpetrada por la izquierda política y sindical— para destruir España y convertirla en una colonia de Rusia. Para estos paranoicos, los enemigos de su patria eran un revoltijo de republicanos (liberales, radicales, centristas y de izquierda), socialistas, comunistas, anarquistas, cenetistas, ugetistas, sin distinción de matices: eran los rojos, la anti-España, los sin-Dios, los sin-Patria, los malos españoles. Por el contrario, ellos, los que apoyaron el Régimen del 18 de julio, eran los únicos y verdaderos españoles, personas de orden y recta moral, decían. Esa idea básica —confabulación judeo-masónica y la lucha épica entre buenos y malos españoles— se transformó en un comodín ideológico que se repitió sin descanso en cada discurso después del golpe de Estado y sirvió de coartada para justificar el exterminio —físico o social— de cualquier español que hubiese estado comprometido con la II República.

 El Estado militar-fascista que sustituyó a la II República fue un régimen condenable desde todos los puntos de vista. Eran gobiernos autoritarios de militares cuarteleros, del fascismo de la Falange Española, de la confesionalidad de una Iglesia aberrante y obtusa, y del fanatismo religioso de los tradicionalistas más arcaicos. El fascismo fue condenable en el siglo XX y lo es actualmente, cuando resurgen los herederos ideológicos de aquella ponzoña política. El fascismo es condenable por los valores que defiende, por los derechos que quiere abolir y por los crímenes que se cometieron en su praxis española. Exterminaron a la oposición política y social que no se exilió de España al finalizar la guerra; eliminaron las libertades individuales y colectivas; condenaron a la mujer a la sumisión y al silencio; criminalizaron los valores democráticos; controlaron exhaustivamente los medios de comunicación; abandonaron el sistema educativo en manos de una iglesia anclada en el concilio de Trento, que impuso un nacional-catolicismo a varias generaciones de españoles; desarrollaron una propaganda castrante y una cultura oscura; impusieron una patria monolítica despreciando la historia y todas las manifestaciones nacionalistas del Estado; prohibieron el uso de lenguas distintas al castellano; cometieron un genocidio ideológico con total impunidad… pero, sobre todo, el régimen militar-fascista de los primeros años del franquismo construyó su modelo de sociedad sobre sobre el terror de los vivos y sobre miles de cadáveres abandonados en fosas comunes.

 El fascismo se sitúa en la zona más oscura de la historia española… y es nuestra obligación recordar el genocidio ideológico que cometieron, para aprender cuáles son las consecuencias de los fascismos e identificar las actuales y futuras veleidades con el mismo monstruo.


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