domingo, 8 de julio de 2018

El asesinato de Andrés Silva Lobato




En San Fernando —y en cada rincón de España— los asesinos que se destaparon el 18 de julio de 1936 no dejaron evidencias documentales de sus crímenes. La mayoría de los asesinatos cometidos durante el Terror Caliente (julio de 1936, marzo de 1937) no están documentados. No pueden estarlo porque nadie en su sano juicio certifica que ha cometido un asesinato. Eran asesinos, pero su grado de estulticia no llegaba al punto de dejar constancia escrita de tal crimen. En cambio, sí contaban con la complicidad, la comprensión y el silencio expreso de los suyos, es decir, de las cúpulas rebeldes de la Armada e Infantería de Marina, de los guardias civiles y carabineros sublevados contra el gobierno de la República, de entusiastas falangistas salvadores de su particular patria, de fanáticos sacerdotes salvadores de almas y condenadores de cuerpos, y de todas esas personas de orden que apoyaron un régimen que protegía sus privilegios de clase dominante, aunque ello implicara torturar, asesinar y hacer desaparecer los cuerpos de los que podían oponerse a la barbarie que ese día comenzó en San Fernando y en España. Sí… contaron con la complicidad de personas normales que protegieron sus normales privilegios de toda la vida. Y contaron también con el paralizante miedo que provoca el terror desparramado por las callejuelas del pueblo.

Lo que sí hicieron estos asesinos fue marcar los libros de actas del ayuntamiento. Trazaron una cruz junto al nombre de cada concejal asesinado. También inscribieron una cruz en el frontal de algunos expedientes que abrieron en la cárcel municipal a los enemigos de España… el nuevo país que estos criminales estaban construyendo sobre torturas y muertes. Esas cruces son las únicas señales escritas que dejaron de sus fechorías.

No. No hay pruebas documentales de los asesinatos cometidos durante el Terror Caliente. El único documento primario que los describe es el Libro único y secreto que ordenó abrir el Vicario Capitular de la Diócesis de Cádiz a los párrocos de San Fernando… Es el cuaderno que utilizó José Casado Montado para escribir Trigo tronzado, y el que usaron contados investigadores para listar a los muertos en la provincia de Cádiz. Hoy ese libro está bajo férrea custodia en algún archivo episcopal. ¡Que para eso era único y secreto, qué coño! Sólo podemos utilizar las fotocopias que furtivamente se hicieron en su momento…

…pues, a pesar de la ausencia documental a veces afloran evidencias que señalan a los criminales de manera inequívoca. Es el caso del asesinato de Andrés Silva Lobato, trabajador de la Sociedad Española de Construcciones Navales, que —según informaba Enrique García Escribano, Agente Jefe de la Comisaría de Investigación y Vigilancia de San Fernando, en junio de 1937— había sido vocal del Comité Local del Partido Comunista de la ciudad, y en enero de 1936 formó parte del comité que organizó un acto electoral presidido por Esteban Salamero Bernal, y que tuvo autorización gubernativa.


Detalle de la página 14 del Libro Único y Secreto.

Y eso era un crimen para los salvadores de la Patria. Pertenecer a un partido del Frente Popular y señalarse abiertamente, implicó una bala en el corazón junto al muro suroeste del cementerio de San Fernando, un tiro de gracia en la cabeza y una patada al borde de la fosa común para que el cuerpo rodara hasta el fondo. Los rojos, esos disolventes de la patria, no merecían otra cosa.

El dos de septiembre de 1936 detuvieron a Silva Lobato por orden del teniente coronel Ricardo Olivera Manzorro, Comandante Militar de la Plaza y máximo responsable de la represión desplegada en San Fernando desde el 18 de julio. Encerraron a Silva Lobato en la prisión de partido de San Fernando y le abrieron un expediente procesal incompleto. Eran tantos los detenidos en ese mes de septiembre que muchos de los datos quedaron en blanco. Ese mismo día, Olivera Manzorro ordena trasladarlo al Penal Naval Militar de la Casería de Osio: «A la presentación de este escrito se servirá V. entregar al detenido Andrés Silva Lobato para ser trasladado al Penal de la Casería», le ordenaba al director de la prisión de partido. La escolta de infantes de marina estuvo mandada por A. López y condujo al detenido hasta el Penal de la Casería. Dos días después lo sacan al amanecer, junto a siete compañeros más, Pedro Arroyo Utrera, Francisco Cosme Alonso (taxista), Juan Espinosa de los Monteros Pérez (capitán de Infantería de Marina), Félix Fernández Coco (fresador), Ángel León Ciordia (empleado del ayuntamiento), Juan Valverde Colón (conserje) y Francisco Villegas Oliva (maestro carpintero)… y los fusilan junto al muro del cementerio de la ciudad. A todos ellos les aplican lo que las nuevas autoridades llaman Ley de Guerra, una burda excusa para exterminar sin complejos cualquier asomo de disidencia… ya lo había anunciado el Director Mola en sus directivas, que el golpe habría de ser en extremo violento. Y lo cumplieron con creces.

El cura que presenció el asesinato de Andrés apenas anotó que vivía en la calle Jesús de San Fernando, que era feligrés de la Iglesia Mayor y que le aplicaron la Ley de Guerra. No indica si confesó o recibió sacramentos. Silva Lobato fue tirado de forma irrespetuosa en la fosa común que abrieron los represores en la zona civil del cementerio municipal. Su viuda, Petra Barroso Medina, madre de cinco huérfanos, no logró inscribir la muerte de su marido hasta junio de 1945… Un muerto y seis víctimas vivas.

Entre julio de 1936 y marzo de 1937, mientras Ricardo Olivera Manzorro fue Comandante Militar de la Plaza de San Fernando, y máxima autoridad en la ciudad, se cometieron cerca de doscientos asesinatos con la estética de fusilamientos judiciales. El 6 de marzo de 1937 el teniente coronel Ricardo Olivera Manzorro fue nombrado, por el Excmo. Ayuntamiento, Hijo Predilecto de la Ciudad de San Fernando debido a la «…acertada y patriótica actuación […] desde el instante mismo en que diera comienzo en nuestra querida España el Glorioso Movimiento Nacional, evitando con su rápida y decidida intervención en la histórica tarde del 18 de julio, que en San Fernando [no] imperase ni siquiera por unos minutos el terror marxista que tan dolorosas consecuencias tuvo en las poblaciones que fueron más tarde liberadas por el Glorioso Ejército Salvador…»

Efectivamente, el único terror que imperó en San Fernando fue el que impusieron los militares y fascistas que tomaron el poder. Fue el terror que exterminó a Andrés Silva Lobato, a sus siete compañeros de paredón y a los cerca de doscientos fusilados en San Fernando que siguen sin memoria y sin dignidad…

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